¿Existen los recuerdos reprimidos?

Los recuerdos reprimidos de experiencias traumáticas son todo un tópico de la psicología popular. Son el centro de atención de teorías filosóficas tan extendidas como el psicoanálisis, la gente ajena a la psicología los da por existentes con total naturalidad, e incluso una gran cantidad de psicólogos creen que son una realidad neurológica y clínica. Aún hoy en día una buena cantidad de pseudopsicoterapias se basan en tratar de sacarlos a la luz. La idea es sencilla: cuando tenemos una experiencia traumática, y a fin de protegernos a nosotros mismos, reprimimos su recuerdo en las profundidades de nuestro inconsciente; pero éste lucharía por salir a la luz, generándonos así un problema psicológico.

En estas líneas quisiera explicar por qué estos recuerdos son parte de la mitología de nuestra cultura, y no representan una realidad científicamente contrastada. La idea de la represión de recuerdos traumáticos es un pseudofenómeno construido por los primeros psicoanalistas y autores relacionados, sin evidencia que contraste su existencia —de hecho, Harrison Pope llegó a ofrecer un premio en metálico para cualquiera que pudiera ofrecer alguna referencia a ellos antes de 1800, incluso en obras de ficción; nadie pudo.

El tema es complejo, y quisiera abordarlo en cierta profundidad. Hablaré primero del funcionamiento de la memoria en general, tratando de ser todo lo claro posible aunque sin caer en simplificaciones absurdas. Tras ello hablaré de la explicación científica para las lagunas mentales y el olvido de hechos estresantes, en los raros casos en los que se da este fenómeno. Finalmente mencionaré los mecanismo de creación de falsas memorias, que las pseudoterapias basadas en la recuperación de recuerdos reprimidos han generado en gran cantidad de personas. Vamos al lío.

¿Una memoria o varias?

El estudio de la memoria ha sido una de las aventuras más fascinantes de la ciencia. Una buena parte de lo que somos se basa en los contenidos de nuestra memoria; los recuerdos de hechos pasados que conforman nuestra historia vital. Y, por ello, comprender cómo nuestras vivencias son almacenadas y recuperadas ha sido una forma muy reveladora de entendernos a nosotros mismos. Sabíamos muy poco acerca de la memoria en el pasado, pero en las últimas décadas los programas de investigación científica dedicados a ello se han multiplicado —principalmente desde los trabajos de Kandel, auténtico impulsor del campo. Existe una leyenda urbana que predica que “no sabemos casi nada del funcionamiento del cerebro”, pero esta idea no puede estar más alejada de la realidad. Si bien es verdad que este fascinante y complejo órgano aún encierra misterios que la neurociencia debe desvelar, lo cierto que es sabemos bastante acerca de su funcionamiento y estamos en condiciones de poder entender en profundidad muchos de sus procesos, la memoria incluida.

Habitualmente, dentro de lo que se denomina ‘psicología folk‘, tenemos un concepción muy simplista de cómo funcionan nuestros recuerdos. La gente suele pensar que estos son como películas o fotografías que se reproducen en algún sitio del cerebro, que hace la función de proyector. Pero ello no es así. Más bien hay un enorme contenido de construcción en nuestros recuerdos, que son continuamente modificados, y que se almacenan distribuidos en varios sistemas independientes entre sí. El mismo recuerdo puede implicar muchas funciones, áreas y procesos, y, además, puede ser altamente falible, falto de detalles, etc. De hecho, los seres humanos, al contrario que otros animales que centran sus memorias en detalles específicos, centramos la nuestra en una forma de almacenamiento conceptual, que mantiene lo relevante y obvia muchos detalles.

Hay varias memorias diferentes. Está la memoria a corto plazo y la de largo plazo. Y dentro de la de largo plazo la declarativa y la no declarativa, con algunos subtipos dentro de cada categoría. Vamos a analizar un poco todas ellas, porque es fascinante y tremendamente útil entender bien estos procesos, incluso para nuestro día a día.

1) Memoria a corto plazo: Es capaz de almacenar durante breves segundos entre 5 y 9 elementos. Ha sido bastante estudiada a nivel psicológico, aunque su neurobiología no está del todo clarificada. Lo que sí sabemos es que no implica expresión genética, y que están implicadas áreas encargadas de la planificación y la ejecución, como la corteza prefrontal —la parte delantera de tu cerebro, que está detrás de tu frente.

1.1) Memoria de trabajo: Es un tipo de memoria a corto plazo más compleja. Incluye varios subsistemas, en concreto 4: el ‘bucle fonológico’, que consiste en hablar interna o externamente lo que queremos recordar; la ‘agenda visuoespacial’, en la que manipulamos imágenes mentales para, por ejemplo, recordar un itinerario; el ‘buffer episódico’, que relaciona lo que retenemos a corto plazo con la información que tenemos almacenada a largo plazo; y el ‘sistema ejecutivo’, con el cual controlamos y planeamos estrategias. Este sistema nos permite manipular información y trabajar con ella a corto plazo, sin tener que usar la memoria a largo plazo.

2) Memoria a largo plazo: Las cosas que consideramos importantes, que afectan a nuestros sesgos, o a veces porque simplemente sucede así, son, mediante un proceso bastante complejo a nivel bioquímico llamado ‘potenciación a largo plazo’, pasadas a la memoria a largo plazo. Hay varios subtipos.

2.1) Memoria no declarativa: Estas memorias son las que versan acerca de cómo hacer las cosas y de qué sentimientos hemos sentido en relación a determinados eventos u objetos. Dos tipos:

2.1.1) Memoria procedimental: La memoria procedimental es la que empleamos para aprender a conducir un coche o para atarnos los cordones de los zapatos. Cuando aprendemos algo de este tipo primero lo aprendemos a hacer de forma consciente. Este aprendizaje implica directamente a una zona de nuestro cerebro, que se sitúa en su centro, llamada ‘ganglios basales’. Los ganglios basales regulan el movimiento consciente, recibiendo las órdenes de la corteza motora, situada justo encima de ellos, en la parte de nuestra cabeza que tocamos si nos ponemos la mano justo sobre ella.

Cuando adquirimos mucha destreza en algo entra en funcionamiento el cerebelo. Esta estructura, que está justo encima de tu nuca, se encarga del movimiento inconsciente del cuerpo, incluyendo la regulación del equilibrio cuando caminamos. Montamos bien en bicicleta y conducimos bien un coche cuando lo hacemos de forma automática, sin pensar en los cambios o en el pedaleo. Hemos de agradecer al cerebelo, una parte bastante primitiva de nuestro cerebro que compartimos con muchos otros animales, por ello.

2.1.2) Memoria emocional: La memoria emocional es una de las formas de memoria más instantáneas y potentes que tenemos. Y es comprensible desde un punto de vista evolutivo: si uno ve un tigre ha de asustarse, activar el sistema simpático y correr; ya sobre la marcha pensaremos qué es lo que hemos visto. Esta memoria guarda las impregnaciones emocionales que hemos ido viviendo, y tiñe emocionalmente nuestros recuerdos. Volviendo al tigre, si vivimos en la India cerca de donde habitan, les temeremos por las historias y por nuestras vivencias. Pero si vivimos en una zona sin estos animales seguramente les temeremos menos, ya que nuestra memoria emocional es diferente respecto a ellos.

La memoria emocional implica una formación que está en el centro del cerebro tirando hacia abajo, llamada ‘amígdala’ —no confundir con lo que tenemos en la garganta. La amígdala es capaz de secuestrar el cerebro entero, disparando reacciones de profunda emotividad como tristeza, alegría desbordante o ansiedad, bajo la forma de comportamientos de ‘lucha o huida’. Por ejemplo, cuando tenemos un trastorno de ansiedad tenemos esta zona afectada, ya que dispara comportamientos de ansiedad cuando no hay ninguna amenaza cerca. La amígdala es la que se encarga de que nos sintamos melancólicos cuando visitamos la casa de nuestra abuela, o de que nos sintamos felices cuando escuchamos esa canción que sonaba durante nuestro primer beso. Si nos la extirparan todas estas asociaciones emocionales se desvanecerían, y nos convertiríamos en personas muy diferentes a las que somos.

* Una cosa curiosa es la estrecha relación entre el bulbo olfatorio, situado justo encima de tu nariz hacia dentro, y la amígdala. Estas zonas tan antiguas están muy relacionadas, como lo están también en muchos otros animales. Por esta razón los olores son capaces de evocarnos sentimientos tan potentes, más que cualquier otro sentido.

2.2) Memoria declarativa: Es la que se encarga de guardar a largo plazo recuerdos acerca de hechos y eventos. Aquí entran en juego muchas zonas y muchos subsistemas. El hipocampo es el gran gestor de este tipo de memoria, aunque es la corteza prefrontal —la parte izquierda, específicamente— la que se encarga de organizar la información. La gramática y las palabras se almacenan en el ‘área de Wernicke’ —que está justo encima de tu oreja izquierda. Esta área es la que empleamos para entender el lenguaje, que es una herramienta muy importante en la memoria declarativa y en su modificación. Aunque no imprescindible, ya que animales no humanos carentes de lenguaje parecido al nuestro también la tienen.amigdala-hipocampo-corteza-entorrinal

La memoria declarativa realmente es la conjunción de todos los tipos y subtipos de memorias que tenemos, teniendo al hipocampo como índice central que conecta todos los recuerdos entre sí. Por ejemplo, queremos recordar nuestro último cumpleaños. Según la evidencia de la que disponemos, el hipocampo —al menos durante un tiempo— es el encargado de reunir la información cumpliendo las órdenes de la corteza prefrontal, que es la que solicita la recuperación del recuerdo. El hipocampo pedirá entonces imágenes asociadas a esa fecha, almacenadas en la corteza visual, así como sonidos y hechos almacenados en diferentes zonas de la corteza. También la amígdala enviará las emociones asociadas al evento, como nuestra alegría al recibir los regalos, o nuestra tristeza al saber que la chica que nos gustaba no pudo venir.

* Un dato extremadamente curioso es la forma en la que se almacenan los recuerdos visuales en la corteza visual. Esta corteza guarda lo que se llama ‘opticotopía’, esto es, un patrón de activación que plasma de forma directa el patrón de activación de los conos y los bastones de nuestros ojos. Esto significa que, si tuviéramos la tecnología adecuada, podríamos reconstruir una imagen del mundo sólo mirando la activación de las neuronas de esa parte de nuestro cerebro. Cuando recordamos una imagen el patrón de activación es casi el mismo que el que tenemos cuando la miramos. Lo que se almacena es ese patrón, y es ello lo que nos evoca la imagen. De hecho, cuando soñamos estos patrones de la corteza visual se activan.

Actualmente se está estudiando la forma en la que el hipocampo asocia todas las memorias que conforman nuestros recuerdos. Quian Quiroga, un neurocientífico bastante joven aunque extremadamente reputado, ha sido pionero en este campo, descubriendo lo que se ha llamado ‘neuronas concepto’. Estas neuronas estarían implicadas en redes que dispararían ante estímulos muy específicos, y su disparo desencadenaría una cascada de procesos neurales que acarrearían la solicitud de todas las memorias asociadas conceptualmente al estímulo. Hizo el descubrimiento con pacientes preoperatorios de casos severos de epilepsia, con electrodos insertados en la zona del hipocampo que recogían la actividad de pequeñas zonas, incluso de neuronas individuales. Famosos se hicieron los casos de neuronas del hipocampo de un sujeto que disparaban únicamente ante Halle Berry. Tanto ante ella vestida normal, como ante ella disfrazada de Catwoman, como ante su nombre escrito. O las que disparaban sólo ante la imagen de la Ópera de Sidney, pero que también lo hacían ante el Templo del Loto de Nueva Delhi únicamente cuando el paciente confundía ambas estructuras. Así es como parece ser que nuestro hipocampo almacena conceptos con memorias asociadas.

¿Lo almacenamos todo?

La respuesta corta a la pregunta que encabeza esta sección es contundente: No. Memorizar es un proceso costoso, y memorizar información no relevante no sería adaptativo. Piensa en la atención, incluso en la consciencia o en la selección de información que consideras que conforma tu ‘yo’. Estos procesos están pensados para no perdernos entre los trillones de estímulos, vivencias y datos que nos rodean a diario. No podemos estar en todo, y estar en todo no es bueno porque no afinamos el tiro al perdernos en lo irrelevante.

El proceso de olvido también está muy estudiado. Si el proceso de memorización a largo plazo se llama ‘potenciación a largo plazo’, el de olvido se llama ‘depresión a largo plazo’. La memoria a largo plazo, al contrario que la de corto plazo, requiere de la expresión de genes. Los genes se encargan de sintetizar proteínas digamos que sirven de molde para que estos componentes de nuestro cuerpo puedan ser producidos. Para mantener una memoria hemos de variar la estructura de nuestro cerebro. Un vez memorizas algo tu cerebro ya no es el mismo, ya que mantener el recuerdo requiere que cambie para poder codificarlo.

La potenciación a largo plazo implica que las uniones que hay entre las neuronas —sinapsis— se refuerzen, y que la respuesta a la comunicación entre ellas sea más sensible. Los mecanismos para este reforzamiento entre las neuronas varían entre especies y zonas del cerebro. Por ejemplo, puede consistir en generar más canales de calcio, o de potasio, o en aumentar la cantidad de neurotransmisor, o en aumentar la cantidad de receptores del neurotrasmisor. Lo relevante es que, o bien el umbral de disparo de la neurona disminuye —es decir, la neurona dispara ante menos excitación—, o bien el umbral es el mismo pero es más fácil llegar a él. La depresión a largo plazo es el proceso contrario: la uniones de las neuronas se debilitan. Y una vez hemos olvidado algo, el cerebro, que ha sufrido otra modificación, ya ha borrado esa información. Para volver a tenerla hemos de volver a generar la memoria. Por ello, si recordamos algo es que lo tenemos en la memoria, y si no lo recordamos pese a hacer mucho esfuerzo —porque a veces cuesta—, es que no lo tenemos. No hay recuerdos que se queden en zonas inaccesibles ni dando vueltas por el cerebro sin que los podamos detectar —al menos en casos no patológicos.

Hemos de quedarnos con estos datos para entender por qué no hay recuerdos reprimidos:

1) La memoria no es un proceso único, sino muchos procesos autónomos diferentes que se encargan de almacenar cosas distintas, y que implican zonas diferentes del cerebro.
2) Sólo tenemos una copia de cada recuerdo.
3) La potenciación a largo plazo es el proceso encargado de generar memorias a largo plazo, y es revertido con un proceso contrario.
4) La amígdala y el hipocampo funcionan de forma autónoma, aunque intercambian información para evocar recuerdos complejos —que incluyan imágenes, sonido, datos y emociones.

¿Reprimimos o no tenemos?

Cuando vivimos estrés agudo —mucho estrés en muy poco tiempo— generamos corticoesteroides, siendo el cortisol el más relevante en relación a la memoria. Este glucocorticoide inhibe la generación de potenciación a largo plazo en el hipocampo, teniendo como consecuencia que se vea seriamente afectada nuestra capacidad para generar memorias a largo plazo, al menos en los tipos de memoria que requieren de esta estructura para consolidarse. El estrés agudo es, entonces, un inhibidor de la generación de recuerdos que implican al hipocampo. Cabe mencionar que el estrés crónico —mantenido en el tiempo— llega incluso a reducir el tamaño de esta estructura, afectándola de forma permanente, y que también es causa de inmunodepresión, afectando a nuestra capacidad para afrontar y prevenir enfermedades. Así que mejor tomarse la vida con calma.

Todos hemos vivido algún caso de este tipo. Yo tengo dos ejemplos. Recuerdo que cuando era niño sufrí un accidente de coche medianamente fuerte. Tengo el recuerdo de estar sentado en la parte trasera del coche de mi abuelo, y lo siguiente que recuerdo es estar jugando, tiempo después, con el parachoques abollado mientras la ambulancia atendía a mis familiares. No recuerdo ni el accidente ni los momentos inmediatamente posteriores. Lo mismo me pasa con un temblor fuerte que viví, en el que no recuerdo el camino de mi habitación a la calle. Ni siquiera recuerdo bien el temblor en sí mismo. Momentos de estrés agudo como peleas, accidentes o eventos traumáticos no se almacenan en nuestra memoria porque el hipocampo no era capaz de hacer su trabajo debido a los glucocorticoides.

Pero no todas las memorias se ven afectadas por el estrés agudo. La memoria emocional y la procedimental no requieren del hipocampo para consolidarse, algo descubierto estudiando el caso de Henry Molaison. Pensemos en términos evolutivos: si nos trata de comer un tigre es imprescindible, para próximas ocasiones, que la memoria emocional se active. De hecho, esta memoria se sensibiliza bajo estrés agudo. Por esa razón, pese a no recordar el temblor ni el accidente, cuando era niño desarrollé un temor muy grande a ambos. Mi amígdala disparaba ante los estímulos que había asociado con peligro y ansiedad —como mi abuelo conduciendo, o estar sólo en mi habitación. Esta explicación, avalada por la evidencia y la experimentación rigurosa, deja muy atrás los simplismos psicoanalíticos, en los que la explicación a mi ansiedad serían recuerdos reprimidos tratando de emerger a mi consciencia, luchando contra mis mecanismos de defensa. Toda esta palabrería hueca no significa nada a nivel neurológico.

Lo dicho explica que haya mucha gente que no es capaz de recordar los detalles de los eventos que le han causado trastornos de ansiedad, como sus fobias o las cosas que les desencadenan ataques de pánico. Es normal, a todos nos sucede y no pasa nada. No es que hayamos reprimido esas memorias, es que no las tenemos. Pero la amígdala va por otro lado y es la que nos causa el problema en su intento anarcrónico de ayudarnos a sobrevivir. Lo bueno es que la amígdala es una estructura tremendamente antigua, que fija estas reacciones de formas muy estereotipadas. De hecho, el tratamiento más efectivo para tratar este tipo de afecciones, la ‘desensibilización sistemática’, es el mismo en humanos, ratas o perros, ya que nuestras amígdalas son básicamente iguales.

¿Y por qué la gente está tan segura de haber reprimido recuerdos?

La falsedad de los recuerdos reprimidos genera rechazo en mucha gente porque saca a relucir dos realidades muy inquietantes de nuestra naturaleza: (1) que no tenemos infalibilidad papal respecto a lo que pensamos de nosotros mismos o creemos recordar y, (2) que somos más sugestionables de lo que nos gusta admitir. Hay una primera causa general a este fenómeno, y es el enorme arraigo cultural de la idea de los recuerdos reprimidos. Mucha gente piensa que existen y va a terapia totalmente predispuesta a que emerjan, lo cual predetermina su comportamiento posterior.

Hay dos fenómenos, muy estudiados y bien descritos por la psicología, que hemos de tener en cuenta para evaluar los falsos recuerdos reprimidos:

1) La manipulación de memorias: Antes he dicho que sólo tenemos una copia de cada memoria. Por ejemplo, una sola copia de los recuerdos visuales de nuestro cumpleaños —que no son, ni mucho menos, fotos, sino construcciones más o menos elaboradas. Cuando el hipocampo las solicita, estas copias únicas son examinadas, evaluadas y reelaboradas por lo que suceda con ellas en los procesos que la corteza prefrontal realiza. Por ejemplo, si nos dicen que en nuestro cumpleaños estaba un primo que no recordábamos este se acabará incluyendo en el recuerdo, y nuestra copia del mismo será modificada. Si olvidamos que nos lo han dicho a posteriori, o si nos lo dicen de forma manipulativa, pensaremos que hemos sabido que estaba ahí toda la vida. Ahora imaginemos que nos han mentido, y que ese primo realmente no estuvo nunca. Entonces el recuerdo ha sido manipulado para ser ahora menos veraz. Manipular recuerdos es algo que cualquier persona con algo de entrenamiento puede hacer, y todos somos víctimas de ello constantemente.

Pensemos en las consecuencias de esto: los recuerdos que más evocamos son más susceptibles de ser manipulados sin darnos cuenta. Cuando nos obsesionamos con un recuerdo y el terapeuta nos sugestiona para pensar en él en cierto sentido, entonces lo iremos manipulando inconscientemente hasta pensar que los añadidos posteriores realmente han sucedido.

Imaginemos que vamos al psicoanalista porque tenemos ansiedad generalizada. El psicoanalista, tras meses de sesiones, comienza a indagar en nuestra infancia de forma reiterada. Se comienza a centrar en un viaje que hicimos con nuestro padre una y otra vez, insistiendo en que recordemos más y más cuando no hay ya más recuerdos en nuestra mente. El recuerdo va y viene del repositorio a la zona de análisis. Ahora imaginemos que el psicoanalista comienza a explicarnos que hay muchos recuerdos reprimidos en nosotros, y comienza a guiar nuestra interpretación hacia el abuso sexual. Pregunta una y otra vez, prometiendo a una persona afectada por una patología que se curará si logra desbloquear tales recuerdos, lo que empuja a manipularlos y, además, a querer hacerlo. Al final de este proceso de sugestión el paciente puede llegar a creer vívidamente que su padre abuso de él, habiendo manipulado hasta el extremo los recuerdos que tenía del viaje.

2) La confabulación: La confabulación es un fenómeno extremadamente curioso y muy descrito en la literatura psicológica. Esto explica las invenciones más rebuscadas e imaginativas que no se pueden explicar por meras manipulaciones de recuerdos ya existentes. Cuando las personas son incapaces de recordar algo tienden a inventar una historia para llenar el vacío. Por ejemplo, los afectados por el síndrome de Korsakoff —una enfermedad neurológica causada por el abuso extremo de alcohol que dificulta la generación de recuerdos— tienden a confabular historias increiblemente detalladas cuando se les pregunta acerca de sucesos que son incapaces de recordar.

Cuando una persona es empujada a recordar una memoria que no tiene, siendo encima culpabilizada de haberla reprimido, y con promesas de recuperación de una patología de por medio, el riesgo de confabulación es extremadamente alto. El psicoanalista y el hipnotista es un experto en empujar a los pacientes hacia la confabulación, y encima allana el camino manipulando los recuerdos; la sugestión es extrema. Han habido gran cantidad de casos muy sonados de falsos recuerdos, como los casos masivos de abusos rituales satánicos inventados en EEUU durante los años 80′, o las muchas personas inocentes que han acabado en la cárcel cuando se aceptaban en los tribunales los recuerdos recuperados por medio de hipnosis regresiva. Los interrogatorios coercitivos, junto a pacientes altamente sugestionables y a la dudosa ética de algunos hipnotistas, son capaces de hacer estragos en nuestras memorias e implantarnos otras falsas, en ocasiones imposibles de diferenciar de las verdaderas.

Dicho todo esto, cabe hacer una última mención. Hay casos documentados de personas que han podido tirar de determinados hilos y deducir que sufrieron determinados traumas. No siempre estos casos son falsas memorias, aunque hace falta un análisis crítico y una contrastación de le evidencia para poder establecer la validez de estas deducciones.

Algo de bibliografía al respecto

Para acabar, algunos estudios que sirven para apoyar lo dicho o ampliar la información.

  • Richard McNally es uno de los autores más importantes en el estudio de las falsas memorias y en la refutación de la represión. Algunos artículo son:- McNally, R.J. (2004). “The Science and Folklore of Traumatic Amnesia”. Clinical Psychology Science and Practice 11 (1): 29-33.
    – McNally R.J. (2007). “Dispelling confusion about traumatic dissociative amnesia”. Mayo Clin. Proc. 82 (9): 1083-90.
    – McNally R.J. (2004). “Is traumatic amnesia nothing but psychiatric folklore?”. Cogn Behav Ther 33 (2): 97-101; discussion 102-4, 109-11.
    – McNally R.J. (2005). “Debunking myths about trauma and memory”. Can J Psychiatry 50 (13): 817-22.
  • Elisabeth Loftus ha sido pionera y una de las autoridades en este tema. En The Myth of Repressed Memory hace un repaso excelente del tema, aunque ya un poco desfasado a nivel neurocientífico. También hay información en: https://faculty.washington.edu/eloftus/Articles/sciam.htm
  • En 50 Grandes Mitos de la Psicologia Popular, de Scott Lilienfield, hay un acceso muy divulgativo a este tema. En el capítulo sobre hipnosis.

Por Angelo Fasce

Anuncios

24 comentarios en “¿Existen los recuerdos reprimidos?

  1. Bueno, pero de esa manera, también podríamos afirmar que los leptones, hadrones o quarks son fenómenos inexistentes construidos por los grandes aceleradores de partículas y que se reducen sólo a su evidencia. El pobre Pope vivía dentro de su propio paradigma antes que Kuhn le avisara que cada tanto cambiaban. No hay nada peor para la ciencia que los científicos con síndrome de Asperger. Media pila che.

    Me gusta

    1. Lo realmente útil sería que desmientas los datos. Sino, es solo un intento desesperado por mantener el ingreso económico que te han de generar tus pacientes.

      Replanteo: ¿Es esto un desconocimiento sobre el psicoanálisis o es el psicoanálisis un desconocimiento de los HECHOS?

      Le gusta a 1 persona

  2. HAY MUCHISIMA EVIDENCIA CIENTIFICA A FAVOR DE LOS RECUERDOS REPRIMIDOS.

    Lean “una demostracion del inconsciente”, en revista aperturas, numero 54, capitulo “3.b. soporte empirico a la represion de recuerdos” veran decenas de investigaciones cientificas, algunas de ellas del año 2016, algo mas actualizado . Ademas, el blog demuestra un total desconocimiento sobre el fenomeno de la represion. En ese trabajo que menciono esta explicado bien este tipo de equivocos. Supongo que van a borrar este comentario, porque quieren mostrar una sola parte y esconder la otra cara de la moneda (esconder sobre todo la fuerte evidencia cientifica a favor de la represion).

    Dejo el link:

    http://www.aperturas.org/articulos.php?id=0000966&a=Una-demostracion-teorica-de-la-existencia-del-inconsciente-y-de-la-represion-de-recuerdos-con-soporte-en-la-evidencia-de-la-psicologia-experimental

    Me gusta

      1. Np leiste el contenido citado y todas las evidencias cientificas a favor de la represion de recuerdos que alli refieren,. A pesar de eso, comentas desde la ignorancia. Tipico de estos blogs “escepticos” que no les interesa la evidencia empirica sino su propia secta

        Me gusta

  3. Al igual que otros artículos de éste sitio, no veo información que tenga validez científica. Simplemente son acusaciones sin valor. Lo más seguro es que se deba a una experiencia traumática con algún psicólogo. No tiene caso ni siquiera recomendar el sitio o mejor aún, recordarlo. Yo quedo satisfecho al decir lo que opino. Espero y ya no tengas alguna mala experiencia con algún psicólogo o psiquiatra.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s