El fraude de la personalidad múltiple

La psicología es, junto a la medicina, la parcela de la ciencia donde más abundan los mitos y la pseudociencia. La situación es tan extrema que todas estas cosas no sólo afectan a los consumidores de psicología, sino a los propios profesionales, que, muchas veces, creen firmemente en ideas que no gozan del más mínimo soporte empírico. Una de esas ideas es la que voy a analizar en estas líneas: la del trastorno de personalidad múltiple, hoy en día disfrazado bajo el nombre de ‘trastorno de identidad disociativo’ (TID).

Lo cierto es que este diagnóstico ha experimentado un gran auge en los últimos tiempos. Es, de hecho, un pseudodiagnóstico que puede estar avalado por los manuales que se emplean para ello, y de ahí la especial gravedad del caso. Incluso los que elaboran el DSM-V y el CIE-10 parecen estar convencidos de que la gente con 3, 6 o 18 yos es muy común, y de que existen casos muy bien descritos. O eso o nos están colando una trola tremenda a fin de contentar a una serie de pseudopsicoterapeutas muy revoltosos y especialmente dañinos: los psicoanalistas. Argumentaré, en lo que sigue, que este último es el caso.

Mucha imaginación, un fraude literario y colársela a la comunidad científica —y no es el título de la última de Narnia.

En la cultura popular el trastorno de personalidad múltiple es todo un tópico. Una persona, normalmente muy joven, sufre un trauma tremendo —abusos sexuales principalmente. Tras esta desgracia su yo se rompe en dos o más personalidades. Estas personalidades no se reconocen entre sí y sirven para proteger a la víctima de los recuerdos de su doloroso pasado, al ser muy dominantes y psicológicamente resistentes. ¿Te suena la película? Te suena porque la has visto y leído mil veces.

La primera referencia que se le viene a uno a la cabeza es la del Dr. Jekill y Mr. Hyde. También tenemos, ya en los 50′, Las tres caras de Eva, y en los 70′ llega el momento decisivo: Sybil. Más contemporáneas tenemos Yo, yo mismo e Irene, El club de la lucha o recientes series de televisión como United States of Tara —en la que la protagonista tiene 8 personalidades que van desde una adolescente hasta un animal, pasando por un excombatiente de la guerra de Vietnan. Pero la realidad del trastorno se remite a estas referencias de la cultura popular; nunca se ha encontrado un caso concluyente, descrito con rigurosidad y sometido a una batería de pruebas fiables que confirme su existencia.

Lo cierto es que el trastorno de personalidad múltiple es un pseudotrastorno ideado por el psicoanálisis, al mismo nivel que el complejo de Edipo o la envidia de pene. No existe en todos los registros históricos ni una sola referencia a la existencia de casos de personalidad múltiple, lo cual es un dato digno de ser tenido en seria cuenta si consideramos lo llamativo del trastorno. Tenemos descripciones antiguas de depresiones, esquizofrenias, tuberculosis, incluso de otitis… pero no de una persona que de repente haya desarrollado cuatro personalidades diferentes. Es más, se trata de un trastorno que sólo se ha ‘presentado’ —por decir algo— en la cultura occidental, especialmente en los lugares donde más predomina el psicoanálisis; y, encima, sólo es diagnosticado por psicoanalistas y nunca por gente seria.

Los primeros casos que construyeron los psicoanalistas fueron interpretaciones fantasiosas —como todo el psicoanálisis— de pacientes como Anna O y varios propios de Freud. La idea psicoanalista consiste en que cuando se sufre un trauma el Yo puede disociarse a modo de mecanismo de defensa, reprimiendo el recuerdo y construyendo otra personalidad capaz de lidiar con él. Esta idea tan imaginativa, sin embargo, no salió de los círculos propios de esta pseudociencia y mantuvo una tasa de pseudodiagnósticos muy baja hasta que llegó el afamado caso de Sybil y lo cambió todo.

Sybil fue una paciente de Cornelia Wilbur, una psicoanalista norteamericana —porque, pese a tener el título de psiquiatra, Cornelia era una psicoanalista fanática. Esta señora ya había mostrado su escasa capacidad de razonamiento y su nula calidad como investigadora con la publicación de un libro sobre la homosexualidad lleno de datos inventados e ideas delirantes, en el que explicaba esta tendencia sexual como un complejo de Edipo mal resuelto —es decir, los gays eran gays porque padecían un trastorno que consistía en tener un padre dictatorial y en querer follarse a sus madres toda la vida y no sólo cuando eran niños pequeños, que es lo normal. Cornelia afirmó tener una paciente, cuyo nombre real era Shirley Manson, que había sufrido abusos sexuales de forma reiterada y que tenía nada más y nada menos que decenas de personalidades. Escribió un libro, se hizo una película, la personalidad múltiple se puso de moda y la tasa de diagnósticos se incrementó de forma exponencial.

No parece una mala forma de describir un trastorno, ¿verdad? Se describe un buen caso, se toma consciencia, se afina el diagnóstico y todo es una maravilla. ¿Cuál es el problema entonces? Pues que doña Cornelia se lo inventó todo. Bueno, más que inventárselo fue víctima de su propia falta de luces, de sus ganas de confirmar las ideas psicoanalistas en la que creía cual enseñanza bíblica, de una paciente no tan inocente como se pensaba y, por qué no decirlo, de ganarse unos buenos euros que no le vienen mal a nadie —porque es triste ser una magufa e inventarte una enfermedad, pero más triste es robar.

El fraude de Cornelia ha sido ampliamente analizado, y hoy en día sabemos a ciencia cierta que toda la historia no fue más que imaginación y sugestión. Para empezar, la paciente sabía que ella estaba obsesionada con la personalidad múltiple. Shirley, cuyo diagnóstico hasta ese momento era esquizofrenia, desarrolló una fuerte dependencia hacia ella, incluso económica, lo cual la empujaba a contentarla. Un buen día llegó afirmando que no era Shirley, sino Peggy, otra personalidad. Cornelia, que seguro no durmió dos semanas de la emoción, sometió a la paciente a sesiones fuertemente sugestivas de esa mamarrachada llamada hipnosis y le suministró dosis tremendas de pentotal sódico —también llamado ‘suero de la verdad’ aunque de eso tiene poco; además de ser peligroso y una técnica absolutamente reprobable del psicoanálisis, simplemente te deja en duermevela, atontado y fácilmente sugestionable, y Shirley, además, se hizo drogadicta.

La paciente fue desarrollando una cantidad enorme de personalidades que fingía, para el gozo y disfrute de su psicoanalista que se lo creía todo encantada. Hay quien afirma que Cornelia se daba cuenta, dado que Shirley no era una persona estable y sus imposturas eran incongruentes. Era capaz incluso de distorsionar una simple extracción de amígdalas hasta covertirla una terrible escena de abusos sexuales. Incluso algunos psiquiatras la evaluaron y concluyeron que no tenía de ninguna manera el trastorno que le achacaba su psicoanalista —Shirley, que se tomaba todo como un juego, llegó a preguntarle a Herbert Spiegel que quién quería que fuera durante una sesión. Pero Cornelia tenía ya un contrato editorial firmado y necesitaba una historia a cualquier precio. El fraude fue tan radical que, en un arrebato de sensatez pese a que Cornelia le pagaba la renta y le compraba ropa, Shirley le escribió una carta avergonzada diciéndole que se lo había inventado todo y que realmente no tenia muchas personalidades —una versión que mantuvo hasta su reciente muerte. Algo a lo que hizo oídos sordos, afirmando que se trataba de una forma psicoanalítica de negación.

Todo este pasado ridículo y sonrojante fue, poco a poco, saliendo a la luz. Hacia los años 90′ ya era algo evidente que el trastorno de personalidad múltiple era una fantochada, y más con lo que se comenzó a descubrir sobre el caso de Shirley y todas las demandas que comenzaban a interponer los afectados. Y ahí fue cuando sucedió uno de los episodios más vergonzantes de la psicología contemporánea. A fin de contentar a los siempre problemáticos psicoanalistas, los editores del DSM decidieron cambiar el ya quemado nombre del trastorno por el de ‘trastorno de identidad disociativo’ e incluirlo en el manual. Incluirlo pese a no existir un sólo caso serio descrito, saber sobre su origen propio de conspiranoia ufológica y contradecir la evidencia científica disponible.

Un diagnóstico de broma para un trastorno inexistente

Lo primero que hay que aclarar para entender el carácter engañoso de este trastorno es elucidar el significado del término ‘disociación’. El término suele bascular en los textos de psicología entre dos significados muy diferentes, aunque en un principio parezca que únicamente los separa un leve matiz. Por un lado, el significado tradicional, psicoanalítico, en el cual la disociación es un mecanismo de defensa según el cual aquello que resulta inaceptable para el Yo es reprimido. La persona no es capaz de acceder a ese recuerdo, viviendo en un estado de profunda incongruencia. Esta idea psicoanalítica, como casi todo el psicoanálisis, es claramente pseudocientífica. De hecho, la posibilidad de disociar una experiencia de esta forma ha sido ya refutada por la evidencia científica. Los recuerdos reprimidos no existen. Son pura ciencia ficción, y de la dañina.

El otro significado es el habitual en psicología contemporánea. Una disociación en este sentido consiste en un alejamiento del individuo respecto a sus experiencias. Normalmente las disociaciones tienen lugar por causas neurofisiológicas bien estudiadas, aunque algunas veces hace referencia a intentos de no afrontar algo que resulta perturbador —nótese que esto es diferente a la idea psicoanalítica: es diferente huir de tu pasado que reprimirlo. Este sentido del término, científico y con bastante evidencia que lo apoya, es el que se emplea en todos los trastornos disociativos menos en el TID, donde el DSM-V pasa a la acepción psicoanalítica. Sin avisar, sin sentido aparente, y con un salto mortal semántico que supone una sorpresiva sodomía al lenguaje científico. Una argucia retórica realmente escandalosa para un manual diagnóstico que pretende ser serio y que se trata, a fin de cuentas, de una falacia de ambigüedad.

Esto es lo que dicen los otros trastornos disociativos:

1) Amnesia disociativa: Consiste en no recordar eventos traumáticos o estresantes. La amnesia disociativa es perfectamente explicable sin tener que recurrir a la represión psicoanalítica. Se trata del efecto de los glucocorticoides en el hipocampo, que inhiben la potenciación a largo plazo de la memoria episódica. Es más, no termino de entender cómo es posible que sea considerado un trastorno algo que le pasa a todo el mundo y que es parte del funcionamiento normal de la memoria bajo condiciones de estrés agudo.

2) Fuga disociativa: Consiste en periodos de tiempo perdidos. En la existencia de lagunas continuas en el individuo, que puede tomar consciencia de repente en un determinado lugar sin saber ni cómo ni cuándo ha llegado hasta ahí. Evidentemente, no hace falta apelar a la existencia de diversas personalidades para explicar estos episodios. Demencias como el alzheimer causan este tipo de episodios, que pueden ser terroríficos tanto para los afectados como para sus allegados. También traumatismos craneoencefálicos pueden causar fallos graves de memoria, o la acción de sustancias psicotrópicas.

3) Trastorno de despersonalización: Consiste en la experiencia recurrente de vivir la propia vida desde el punto de vista de un observador externo. Estas personas tienen la sensación de vivir en una película o un sueño, aunque se mantienen, hasta cierto punto, funcionales a lo largo del día. El trastorno de despersonalización está íntimamente relacionado con trastornos de ansiedad, depresiones y trastornos bipolares. De hecho, es una experiencia bastante común entre aquellos que han sufrido un ataque de ansiedad.

4) Tastorno disociativo no especificado: Es un término papelera para aquellos casos que combinan los criterios diagnósticos de algunos de los trastornos disociativos anteriores.

Como vemos, estos trastornos están bien estudiados. Estoy dispuesto a discutir si han de ser considerados trastornos por sí mismos o síntomas de otros trastornos, pero el término ‘disociación’ está perfectamente bien delimitado y goza de apoyo empírico.

Ahora analicemos el caso del TID y cómo el DSM-V entra en un juego del trilero semántico incomprensible. Estos son los criterios diagnósticos:

A. Presencia de dos o más identidades o estados de personalidad (cada una con un patrón propio y relativamente persistente de percepción, interacción y concepción del entorno de sí mismo).

Ya he dicho que nunca, en toda la experiencia clínica y experimental de la psicología, se ha descrito un caso como este. Una cosa es tener múltiples personalidades, otra muy diferente fingirlo, y otra aún más diferente que tu psicoanalista interprete tu carácter inestable de este modo. Una cosa es que una persona con esquizofrenia o trastorno bipolar tenga altibajos tremendos en el estado de ánimo y la personalidad, y otra muy diferente que tenga varias diferentes. Que, además, han de actuar de forma autónoma unas de otras, no influenciarse directamente y olvidar todo lo que ha hecho la otra.

B. Al menos dos de estas identidades o estados de personalidad controlan de forma recurrente el comportamiento del individuo.

Cuando se ha pasado baterías de pruebas rigurosas a posibles afectados de TID se ha visto con bastante facilidad que estas personas fingían. En muchos casos se trataba de mentirosos patológicos, pero en la mayoría de ellos se trataba de sugestiones iatrogénicas. Sugestiones como la llevada a cabo por Cornelia en Shirley. Puede parecer una casualidad que sean siempre los psicoanalistas los que creen haber diagnosticado un caso de estos, pero de casualidad no tiene nada. Son ellos mismos los que se inventan esta interpretación o generan este comportamiento en pacientes altamente sugestionables, abusando de su posición de poder y, muchas veces, cayendo en su propia credulidad —porque, no nos engañemos, si alguien aún se cree el psicoanálisis en el siglo XXI posiblemente crea en Papá Noel y en lo de Ricky Martin y la mermelada. Se genera así una espiral de mutua influencia entre ambos, generando un huracán de insensatez y patadas al código deontológico.

C. Incapacidad para recordar información personal importante, que es demasiado amplia para ser explicada por el olvido ordinario.

Lo dicho: hay más razones para olvidar cosas.

D. El trastorno no es debido a los efectos fisiológicos directos de una sustancia (p. ej. comportamiento automático o caótico por intoxicación alcohólica) o a una enfermedad médica (p. ej., crisis parciales complejas).

¿Qué trastorno? ¿Qué droga te genera personalidad múltiple? ¿Alguien se ha ido de fiesta y ha acabado con cinco personalidades? Joder, yo he tenido borracheras terribles, pero hasta ahí nunca he llegado. Normalmente aterrizo como puedo a mi cama en lugar de acabar creyéndome Chiquito de la Calzada frente a un psicólogo. No sé, a lo mejor es que no voy a los sitios adecuados y me estoy perdiendo cosas. Y, ¿qué enfermedad médica lo hace? ¿Por qué tanta seguridad gratuita en el DSM-V? ¡Está describiendo el argumento de películas y un caso de fraude literario y falso diagnóstico! Hay que recordar que una cosa es que te cambie la personalidad estando bajo los efectos de una sustancia y otra muy diferente que ese no seas tú. Eres tú drogado, o tú enfermo, pero tú.

Algunas palabras finales

Mirad, yo soy de los que defienden y respetan a la psicología. La considero un campo apasionante y una parcela del sistema sanitario absolutamente imprescindible. La respecto tanto que para hablar sobre ella decidí salir de mi casa, la facultad de filosofía, cruzar la avenida Blasco Ibáñez de Valencia y estudiar psicología con psicólogos. Ahí conocí gente increiblemente inteligente, muy comprometida y un campo que nunca ha dejado de fascinarme en todos los sentidos. Pero también me encontré con cosas realmente sorprendentes, que me suelen poner muy difícil defender a la psicología de sus críticos. A cierta falta de rigor intelectual, a la infiltración de pseudociencias y a cierto pasotismo divulgativo se suman algunas barbaridades del DSM-V. Los casos más sangrantes son, sin duda, el TDAH —del que ya hablaré— y el TID. Este último un auténtico escándalo. Cada día que pasa la psicología sanitaria con ese trastorno descrito en su manual diagnóstico es una humillación para un campo que aspira a ser respetable y gozar de estatus científico.

Para terminar, me gustaría indicar cómo no me gustaría que se interpretara este texto. No quisiera que nadie pensara que esto es una crítica a los manuales diagnósticos de la psicología en general. El DSM-V ha ido avanzando por el buen camino, y hoy en día es una herramienta útil y necesaria. El problema son esos casos recalcitrantes. Esas pequeñas victorias del maguferio que no dejan de colarse en los manuales, los colegios y la facultades de psicología, y contra las que hay que luchar incansablemente. Y no hay que luchar por nosotros, ni por la verdad, ni por la ciencia, ni por los que trabajamos por la psicología. Porque, al fin y al cabo, nosotros tenemos lo que nos merecemos. Hay que luchar por los afectados. Esa gente que tiene un problema serio aunque tratable con los medios actuales, pero que inocentemente acaba frente a un psicoanalista sacacuartos o frente a un psicólogo que no merece tal nombre.

 

Por Angelo Fasce

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10 comentarios en “El fraude de la personalidad múltiple

  1. Si bien hay magufería en medicina y psicología, me parece que la psicología se presta más, ya que es difícil determinar ciertos casos.

    Te comento un par de ejemplos para conocer tu opinión:

    – Una persona que ha tenido un accidente de tránsito con una motocicleta, aduce que eso le provocó depresión, dejó de trabajar y siente un zumbido permanente en su cabeza. No hubo ningún médico que dijera que quedó algún trastorno físico, pero ¿cómo llegar a la verdad si con eso saca más indemnización en un juicio? Se hicieron pericias psiquiátricas y algunas daban a favor y otras en contra.

    – En el lugar en donde vivo hay un psicólogo al que recurren muchos trabajadores para pedir licencia psiquiátrica e incluso inician acciones judiciales contra las empresas por daños. La mayoría por ansiedad, estado de pánico, depresión, etc. y renueva el certificado periódicamente. ¿Hasta dónde es posible decir si hay fraude?

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    1. Hola Diego,

      Estoy de acuerdo contigo en que la psicología es un filón para la pseudociencia. Y también con que gran parte de ese filón tenga su explicación en que los criterios diagnósticos muchas veces son interpretables. Se suelen mantener en el nivel conductual o en autorregistros. Aunque el conocimiento va avanzando. Por ejemplo, en el caso que me planteas de la depresión, existen biomarcadores bastante fiables para saber si alguien tiene una depresión clínica o no. El problema con los biomarcadores en psicología es que son caros, no los suele incluir la seguridad social, y además hay que investigalos más (¿Qué consideramos un nivel normal de dopamina?).

      El desarrollo de los biomarcadores son está permitiendo también afinar mucho mejor con la descripción de los trastornos. Por ejemplo, estamos viendo que la esquizofrenia muy posiblemente sea un conjunto de trastornos que se parecen en su manifestación conductual. O el trastorno bipolar, que cada vez se acerca más a ciertos tipos de esquizofrenia. La cosa va avanzando, y nos permite descartar también pseudotrastornos que antes se contemplaban y que hoy sabemos que no tienen ni pies ni cabeza.

      Respecto al fraude al seguro… eso es parte de la pillería, y los seguros suelen investigarlo. Como bien dices, para muchos casos de acúfenos no se han desarrollado pruebas diagnósticas más allá del testimonio del paciente. Muchos no sabemos ni por qué suceden. También pasa con los dolores cervicales (esos típicos cuando te dan un golpe por detrás en el coche), que en muchos casos sólo se pueden valorar según lo que te cuente el supuesto afectado. En psicología pasa bastante eso también, pero no te creas que es tan fácil engañar a un psicólogo bien entrenado… tienen herramientas para dejar en evidencia a muchos mentirosos y en general no les cuesta mucho.

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    1. Tampoco así, hombre. Leer a Freud y a sus seguidores puede ser entretenido por los delirios que se gastan para formular sus interpretaciones (“El del hombre de las ratas” es una pequeña muestra de esto). Ahora, como cuerpo teórico serio para explicar la conducta humana y como forma de terapia, bueno, ahí si que no.

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  2. Tu falta de conocimiento acerca de la teoría psicoanalítica es evidente, tanto como para llegar a confundirla con la psiquiatría y la psicología dinámica. Es evidente que pretendes desprestigiar algo que no entiendes y la única forma que encuentras para hacerlo es escribir fúricas lineas llenas de errores, lo cual no parece un escrito critico proveniente de un filosofo. Te invito a que te documentes mas al respecto antes de dedicarte simplemente a ofender y desinformar.

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