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La armería del escéptico (2): Una de falacias

‘Falacia’ es uno de los términos más empleados por los pensadores críticos cuando se encuentran enzarzados en una discusión. Tenerlas a mano y conocerlas es uno de los recursos más efectivos de los que disponemos en un debate, dado que ello nos permite dejar en evidencia al contrario apelando a la forma general de su argumento sin tener que embarrarnos con los detalles. Normalmente cuando la falacia es muy clara el golpe suele ser demoledor. Por ello, nos conviene entrenarnos para saber detectarlas rápidamente. Espero que este texto suponga una ayuda para entender su naturaleza y los distintos matices que algunas de ellas tienen.

La naturaleza escurridiza de las falacias

Todo el mundo habla de falacias, pero poca gente comprende al detalle su significado. Existe un uso habitual del término en el que es empleado como sinónimo de ‘mentira’, pero se trata de una práctica que, aunque extendida, no se identifica con lo que los actuales estudiosos de las falacias aceptan como tales. No es estrictamente necesario que una falacia sea una mentira, aunque pueden emplearse como herramientas útiles a la hora de mentir.

También hay un significado habitual, ya más especializado, que las identifica con deducciones lógicas erróneas. Esta acepción del término fue muy habitual en los albores del estudio de las falacias, y, de hecho, fueron los lógicos formales los primeros que se hicieron cargo de ellas. Pero este primer intento fue un auténtico fiasco. Lo fue porque la lógica formal se centra en las características puramente sintácticas de los argumentos, dejando de lado la importancia de los aspectos semánticos de los mismos.

Para un lógico formal es lo mismo decir

1) Si llueve, entonces las calles se mojan.
2) Ha llovido.
3) Luego, las calles están mojadas.

que decir

1) Si el Valencia gana la liga, entonces Júpiter está habitado.
2) El Valencia ha ganado la liga.
3) Luego, Júpiter está habitado.

Ambos argumentos son lógicamente válidos, ya que su forma es la de un clásico modus ponens, esto es:

1) Si p, entonces q
2) p
3) Luego, q

Sin embargo, si atendemos a la semántica de los términos que están implicados en el segundo de los argumentos mencionados nunca lo aceptaríamos como válido a la luz de los conocimientos de los que disponemos. No tiene nada que ver el Valencia con Júpiter. Por este tipo de problemas, presentes en varias de las falacias que habitualmente contemplamos como tales, los lógicos formales abandonaron el campo en favor de los informales -de hecho, y sin ánimo de ofender a mis colegas lógicos formales a los que aprecio mucho, lo cierto es que la lógica formal tiene un campo de aplicaciones muy reducido dentro del pensamiento crítico.

La lógica informal tiene en cuenta el significado de los términos, la incidencia social de determinadas formas de argumentación, la lógica inductiva y no únicamente la deductiva, los conocimientos previos, etc. Hay bastantes chistes dentro de los departamentos de lógica entre lógicos informales y formales, muy parecidos a los que existen este topólogos y geómetras. Actualmente es la informal la que se encarga de las falacias, y es este tipo de lógica la que emplean los teóricos de la argumentación especializados en el tema. Pese a todo, el estudio de las falacias fue un campo que estuvo mucho tiempo estancado y en el que reinaba la frustración, hasta que los psicólogos comenzaron a aportar interesantes datos que están haciendo que su estudio se vuelva a mover de forma progresiva.

Emplearé entonces la definición más contemporánea de ‘falacia’, que resumiré como: “Todo argumento que contiene carencias lógicas (contenido lógico formal) y/o incongruencias semánticas (contenido lógico informal), y que tiene una alta incidencia social (contenido sociológico), y que parece válido (contenido psicológico), pero que no lo es (contenido epistemológico)”. Es decir, una falacia es una razonamiento que aparece mucho en la sociedad y que parece bueno, pero que realmente es incorrecto. Con el trabajo de pizarra hecho paso a analizarlas, aportando algunos contraataques en caso de que tenga interés mencionarlos.

Algunas falacias importantes para el pensador crítico

Apelación a la probabilidad: Aparece cuando la persona que argumenta confunde un nivel alto de improbabilidad con la imposibilidad. Es un recurso clásico del creacionismo y de la parapsicología: “El origen de la vida es un hecho altamente improbable, por lo tanto, la teoría de la evolución química está refutada” o “la telepatía es cierta porque una vez estaba pensando en alguien que justamente llamó”.

Contraataque: ley de los números realmente grandes o principio antrópico.

Apelación a las consecuencias: Consiste el apelar a las consecuencias supuestamente negativas que tendría la veracidad de algo. Por ejemplo, “si la mente son interacciones electroquímicas regidas por algoritmos en el cerebro, entonces el libre albedrío en el sentido clásico no existe”, “si el SIDA no es lo que dice la nueva medicina germánica, entonces es incurable” o “Jesucristo existió históricamente, porque de caso contrario el nuevo testamento cuenta una historia falsa”. Sobra decir que las consecuencias negativas de algo no son ninguna evidencia ni a favor ni en contra de su validez.

* Un subtipo de esta apelación es la falacia ad baculum (apelar al bastón). Esta ocurre cuando se apela a un castigo para aquellos que no creen en algo. Muy común en sectas y regímenes totalitarios.

Contraataque: “No eres tan importante como para que al mundo le importe un pimiento lo que te gusta o no de él”. También funciona un “pues que pena oye, la vida es una mierda”.

Apelación a la tradición: Esta falacia consiste en apelar a lo tradiBatman-abofetea-a-Robin-Tauromaquia-600x600cional o antiguo de algo para justificar su validez o superioridad por encima de lo nuevo. Se trata de una actitud conservadora que ensalza lo viejo y desprecia lo contemporáneo. La verdad o falsedad se ha de establecer en relación a la evidencia disponible, sin importar el tiempo durante el cual determinada idea ha estado en el acervo cultural de una población. Esta falacia es muy típica en pseudociencia, cuando se apela a los conocimientos astronómicos de babilonios o mayas, a la milenaria cultura China o a los ancestrales conocimiento ayurvedas. A nivel epistemológico e histórico es una aberración argumental, dado que la gente puede creer tonterías durante largo tiempo, incluso milenios.

Falacias de oscuridad: Las falacias de oscuridad son especialmente interesantes para analizar la pseudociencia. El uso de estas falacias se explica fácilmente con una frase de mi querido Bob Dylan: “No puedes criticar lo que no puedes entender”. Se emplean a fin de oscurecer el lenguaje, causar confusión y, al fin y al cabo, reconducir el debate al significado de los términos en lugar de hablar del valor de los argumentos. Son 3:

1) Falacia de ambigüedad: Esta falacia tiene lugar cuando se emplea el mismo término con dos o más significados dentro de un mismo argumento. Por ejemplo: “La energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma. El cuerpo humano contiene energía. Luego, hay vida después de la muerte”. En este caso el uso del término ‘energía’ es ambiguo, dado que primero se emplea en su acepción habitual en la física y luego como una especie de sinónimo de ‘alma’. Otro ejemplo sería “Si los sexos no son iguales, los derechos no pueden ser iguales”, donde el significado del término ‘igualdad’ fluctúa entre su acepción jurídica y su acepción biológica sin mucho sentido.

* Un caso interesante de las falacias de ambigüedad son las anfibologías. En este 65Ccaso la ambigüedad no radica en una única palabra, sino en el significado de todo el enunciado. Son extremadamente comunes en las mancias, y los adivinadores son expertos en su uso. Un ejemplo clásico es: “Si emprendes la guerra contra Persia, destruirás un imperio poderoso”. Creso, último rey de Lidia, destruyó su propio poderoso imperio al interpretar esta profecía del oráculo de Delfos como referente a Persia.

* Otro caso interesante son las llamadas profundicias. En este caso se emplea un término de forma ambigua, pero confundiendo dos o más de sus significados válidos. Normalmente la afirmación es trivialmente verdadera en uno de sus sentidos empleados, mientras que es radicalmente falsa en el otro. Por ejemplo, la frase de John Lennon “Dios es sólo un concepto”. En este caso se usa el nombre del dios judeocristiano para luego emplearlo apelando al concepto dios, que engloba a todos los dioses. El efecto es psicológicamente muy poderoso y poético.

2) Falacia de vaguedad: En este caso la falacia tiene lugar cuando un término es empleado de forma tal que carece totalmente de definición, o con una definición demasiado amplia, o con una que es incongruente. Los argumentos de los defensores del ecologismo fanático, que basan sus afirmaciones en el neblinoso concepto de lo natural son un claro ejemplo. Nadie sabe exactamente qué significa esa expresión, ni tampoco cuando hablan de lo químico.

Un pensador crítico ha de definir sus conceptos siempre antes de emplearlos, dado que en caso contrario no se está jugando limpio. Uno podría mover el significado de los mismos como mejor le convenga. En mi entorno tengo continuamente pseudodebates debido a este tipo de entuertos en las definiciones de los términos. Y si no me creéis preguntadle a cualquier valenciano si lo que hablan es un dialecto o una lengua, o si lo que venden en Madrid es una paella o no.

3) Falacia de oscuridad: Las falacias de oscuridad no son una característica específica de algunos términos, sino el resultado de un estilo de expresión que combina los tipos y subtipos de falacias que he mencionado antexplicites. Se trata de hacer el texto tan críptico que acabe teniendo una apariencia de profundidad, pese a que las ideas que expresa realmente carecen de ella. Quizás por influencia de la filosofía -que tiene un grave problema con esta falacia desde hace mucho tiempo- hay una cierta tendencia social a considerar que los textos más difíciles de entender son más interesantes que los que presentan sus ideas de forma clara, lo cual es erróneo. Lo cierto es que una forma no comunicativa de expresión denota un carácter autoritario en el autor, al no querer exponerse a la crítica. Ejemplos claros y abundantes los podéis encontrar en las parrafadas ininteligibles de Deepak Chopra o en algunos de los textos logorreicos que Sokal y Bricmont analizan en Imposturas Intelectuales.

Contraataque: “Define x”, “qué quieres decir con…”. Hemos de insistir hasta que nos den definiciones, en caso contrario no estamos hablando de nada.

Ad populum: Se trata de apelar a lo que piensa la mayoría a modo de justificación 61zbrV7lEVLde una idea que se intenta defender. Está íntimamente relacionada con el dicho “cuando el río suena, agua lleva”. Algo importante a tener en cuenta es que esta falacia aparece siempre que apelamos a los opiniones y no a las evidencias. Por ejemplo, sería una falacia decir “el ADN codifica proteínas porque así lo sostienen los más prestigiosos genetistas”. Lo correcto sería apelar a las evidencias, al nivel epistemológico, porque de lo contrario nos movemos en un nivel psicológico en el cual el argumento es falaz.

Su uso en pseudociencia es muy habitual, principalmente entre las más extendidas. La homeopatía es la campeona con sus constantes apelaciones a lo mucho que se vende y lo popular que es.

Contraataque: “Mucha gente delega la responsabilidad de sus decisiones en la autoridad o en sus instituciones. Que una creencia esté extendida es interesante para los sociólogos, pero no para la gente que ha de comprobar la validez de tales creencias”.

Falacia de alegato especial: Aparece cuando se apela a una supuesta falta de sensibilidad o conocimiento en el pensador crítico, que le impide darse cuenta del supuesto carácter indudablemente verdadero de lo que pone en entredicho. Es muy común entre iluminados y gurús, también entre defensores de la parapsicología y del espiritismo.

Falacia del hombre de paja: Extremadamente común hoy en día en casi cualquier debate. Se trata de distorsionar el argumento del contrario hasta construir un hombre de paja tosco al cual resulta más sencillo refutar. Por ejemplo, cuando uno defiende la ineficacia de determinado pseudotratamiento y nuestro contrario responde con un “tú es que defiendes los intereses de las farmacéuticas y crees que todo lo que hacen es bueno”.

Afirmación del consecuente: Una falacia clásica extremadamente común. Sería algo así:

1) Si llueve, entonces las calles se mojan.
2) Las calles están mojadas.
3) Luego, ha llovido.

Este argumento es falaz, porque las calles podría haberse mojado de alguna otra forma. El pensador crítico mirará el parte metereológico, preguntará a testigos, analizará el agua para ver su procedencia, etc. No se guiará únicamente de 1 y 2 para afirmar 3, sino que hará una deducción basada en muchas más premisas. Una forma muy bonita de ver la ciencia es como una guerra constante contra esta falacia, tratando de afinar cada vez más la relación entre la causa de los fenómenos y los fenómenos mismos. La ciencia trata de maximizar la explicación de la relación entre la causa y el efecto, y esta falacia aparece cuando ese compromiso se va de fiesta.

En pseudociencia es extremadamente habitual bajo formas parecidas a:

1) Si tienes el quinto chakra bloqueado, entonces tendrás fiebre.
2) Tienes fiebre.
3) Luego, tienes el quinto chakra bloqueado.

Contraataque: “Explícame la relación entre causa y efecto”, o “correlación no implica causación”.

Falacia de composición: Consiste en pensar que un conjunto de cosas habrá de tener las mismas cualidades que tienen las cosas que lo componen de forma aislada. El pobre Richard Dawkins lleva padeciendo esta falacia desde 1976, cuando lo cierto es que un conjunto de genes egoístas no necesariamente habrán de dar lugar a un individuo egoísta.

* Su contraparte es la falacia de divisón, que consiste en pensar que las partes que forman un conjunto han de tener las mismas cualidades que tienen cuando se agrupan. Por ejemplo, cuando se afirma que partes de la memoria del donante pueden pasar al receptor de un órgano.

Llamada a la ignorancia: Esta falacia consiste en tratar de sosteneD01r la veracidad de una afirmación en la supuesta falta de pruebas en su contra, o en la incapacidad de la otra persona de aportarlas. Se trata de una argucia retórica muy poderosa en manos de un orador hábil. Sin entrar en muchos detalles, podemos decir que para afirmar la existencia de algo con rigor lo que hay que hacer es aportar evidencia que lo sostenga, no atacar otras alternativas. En el caso de objetos generalmente es imposible probar la inexistencia sin margen de error. En el caso de procesos es más sencillo. Pero en todo caso la carga de la prueba la tiene el que afirma algo, no el que lo niega. Aquí, en el último apartado, analicé brevemente ya un caso de un argumento anticientífico basado en esta falacia.

* No hay que confundir las llamadas a la ignorancia con los argumentos desde la ignorancia, que se basan en hacer una afirmación sacada de la chistera a fin de llenar un hueco en el conocimiento. Funcionan así: “no puedo explicar lo que son estas bolas blancas en mis fotografías -orbs-, luego, deben ser espíritus”.

* Tampoco hay que confundirlas con las pruebas diabólicas, aunque estas también se basen en explotar el mismo principio epistemológico. Las pruebas diabólicas son en verdad afirmaciones que por su propia estructura lógica son imposibles de refutar, mientras las llamadas a la ignorancia son lo que viene a veces tras ellas. Por ejemplo: “prueba que los extraterrestres no existen”.

Contraataque: “prueba tú en qué sentido la ausencia de pruebas prueba tu afirmación” -vais a conseguir marear un poco, lo cual es un plus en un debate.

Falacia Ad Hominem: De sobra conocida por todo pensador crítico. Se basa en atacar a la persona en lugar de atacar sus argumentos y es extremadamente común en debates de todo tipo, incluso en los alturados. Lo cierto es que no importa lo bien o mal que te caiga alguien, su tendencia política, su género, su orientación sexual, su color de piel, su nivel de formación o las tonterías que haya dicho antes que no estén relacionadas con el tema a debatir. Los argumentos se han de analizar atendiendo a otras razones.

Argumento de autoridad: Esta es una de mis favoritas porque actualmente la ciencia tiene un serio problema con ella. Me explico. Es muy común que los defensores de alguna pseudociencia apelen a los conocimientos de algún gurú. Este es el caso clásico de esta falacia. También es bastante común sacar de contexto afirmaciones de reputados científicos para tratar de fundamentar algún despropósito intelectual. Un ejemplo claro de esto lo hemos vivido todos los que hemos tenido la desternillante experiencia de ojear El Secreto. Pero el problema actual es que es cada vez más común que apelen a algún disparate afirmado por un científico de prestigio, dicho con la total intención de hacerlo.

Ahí tenemos los casos de Damasio o Kandel con el psicoanálisis, o el de Michio Kaku con sus predicciones dignas de programa cutre nocturno de adivinación, o de sus a-quic3a9n-va-usted-a-creer-a-mc3ad-o-a-sus-propios-ojosdisparates sobre Dios. El caso es que la gente es experta en un determinado campo y no en otros, la exposición a los medios hoy en día es muy alta, y en 90 años de vida todos vamos a decir un buen montón de estupideces. De esto no se salvaron ni Darwin, ni Newton, ni ningún científico por más reputado que haya sido. También está el caso de las apelaciones a gente con muchos títulos, que al fin y al cabo son sólo papel. La inteligencia y audacia de las personas se mide con otras variables. Hay un montón de gente muy tonta graduándose todos los años, incluso en medicina, física o arquitectura, y ello es un problema serio que las universidades han de comenzar a atajar.

Contraataque: “En ciencia no importa quién diga qué. El valor de una afirmación viene medida por la relación que esta tiene con la evidencia disponible”.

Falacia de reificación: Esta falacia es típica de la filosofía desde los tiempos de Platón y sus Ideas, pasando por los delirios de Heidegger sobre el ser. Consiste en confundir distintos estratos ontológicos, normalmente debido a la forma en la que utilizamos las palabras. A través de ella convertimos en objetos a cosas que en realidad son conceptos abstractos. Es un recurso estético empleado en poesía, pero que tiene también implicaciones políticas, especialmente en el nacionalismo -el volkgeist nazi y su necesidad de espacio vital, por ejemplo. En pseudociencia vemos esta falacia cuando se apela a la ‘mente’ como si de una entidad ajena a los procesos cerebrales se tratara, o cuando en numerología se habla de la vibración de los números, como si fueran entidades fácticas capaces de vibrar en lugar meras abstracciones.

Falacia de ningún escocés verdadero: Este es un recurso típico del charlatán, ya que le permite evadir todo lo negativo de su propuesta argumentaurlndo que ninguno de los ejemplos que le damos es realmente lo que él está proponiendo. Por ejemplo, cuando uno habla de toda la gente que tiene secuelas por la quiropráctica, o de los fallos siempre observados en las predicciones de los astrólogos. Esta falacia aparece cuando nuestro interlocutor afirma que “esos no son verdaderos quiroprácticos o verdaderos astrólogos”.

Petición de principio: Se trata de argumentos circulares, que acaban donde comienzan. Por ejemplo, “Dios existe porque lo dice la Biblia. Lo que dice la Biblia es sagrado y constituye evidencia. La Biblia es sagrada porque Dios existe”. Se construyen muchos argumentos anticientíficos muy refinados en base a supuestas peticiones de principio. Por ejemplo, el que acusa a la teoría de la evolución de ser una tautología cuando afirma que los organismos mejor adaptados son los que sobreviven. Sus defensores suponen que un biólogo evolutivo explicaría las razones de que tales organismos hayan sobrevivido diciendo “porque han sido los mejor adaptados”. Pero ello no es cierto. La presión ambiental y la selección de los fenotipos tienen lugar por razones muy diversas, que hacen que las explicaciones evolutivas vayan mucho más allá de esa respuesta simplona, digna de un 0 en un examen sobre el tema.

Por Angelo Fasce

14 comentarios en “La armería del escéptico (2): Una de falacias

    1. No creo haberlo malinterpretado. Si bien es cierto que corren unas declaraciones por ahí que parecen haber salido de un portal humorístico, con las declaraciones contrastadas que ha hecho Kaku durante su carrera sobre Dios ya me es suficiente para ponerle una medalla a la mayor contribución al maguferio y a la desinformación científica. Personalmente lo interpreto como una forma de autobombo y marketing de sus propias ideas, tampoco tan cruciales, tratando de mezclarlas con Dios y de darles un aura de grandeza que no tienen (por no hablar de toda la sarta de tonterías proféticas que le encanta soltar sin ton ni son).

      Me refiero a declaraciones como estas:

      https://www.youtube.com/watch?v=xlHPmyfRYM8

      https://www.youtube.com/watch?v=PrEIPTzdEl8

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      1. Pues tengo que insistir en que las has interpretado mal. Kaku jamás dice “Dios existe”: dice “si Dios existe y ha creado el universo, tendría estas características”.
        En la entrevista, en concreto, habla del enfoque de Einstein (“si hay algo en mí que se puede considerar religioso es mi ilimitada admiración por la estructura del universo hasta donde discierne nuestra ciencia”… aproximadamente).

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  1. Hay un patinazo referente a la apelación a la tradición.

    Primero, por la utilización del término reaccionario en sentido despectivo, lo cual no deja de ser una forma de apelación a la tradición de determinada tradición de pensamiento y toma partido claramente en la oposición reacción-revolución porque así se ha venido haciendo. Segundo porque es una forma de ad hominem. Tercero porque el hecho de determinar que algo sea válido o no, como el ejemplo de la tauromaquia (poco idóneo), se hace, en ese caso concreto, de acuerdo con criterios ad populum; en este sentido no es tanto una crítica al contenido sino a una omisión importante en el mismo. Cuarto, cuando se apela a la tradición se suele apelar a todo un conjunto de argumentos que hay detrás de su validez (que no desarrollo pero que puedo hacer si es necesario), no a la tradición en sí misma; suele ocurrir que las personas que lo aducen lo intuyen pero no son capaces de articularlos (estamos de acuerdo, supongo, en que no todo el mundo es igual de capaz o culto). Quinto, echo en falta la apelación a la novedad, al tiempo histórico, al progreso, o al cambio, que sí suelen ser formas de falacia ya que, al contrario que la tradición, no suelen existir evidencias fehacientes (por su dimensión histórica) sobre la idoneidad o validez de lo que se propone y sí mucha especulación.

    Cuando se detecta y se arguye dentro de una discusión científica puede estar claro que es una falacia, cuando desborda ese ámbito el terreno se vuelve movedizo (política, historia, etc.).

    Atentamente,

    Un reaccionario.

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  2. El artículo me parece un tanto sesgado, en el sentido que a continuación explicaré.

    Podría parecer, a tenor de los ejemplos que usa el autor para ilustrar los distintos tipos de falacias argumentativas, que la propensión a recurrir a las mismas es algo que caracteriza, de manera particularmente señalada, a los defensores de las pseudociencias. Ciertamente, muchas proposiciones pseudocientíficas se sostienen mediante argumentos falaces, y eso es algo que sus contradictores no dejan de señalar con delectación. Pero eso no significa que los defensores de la perspectiva científica estén exentos de incurrir, a su vez, en modos de argumentación falaz. De hecho, por cada ejemplo que se da en el artículo de falacia cometida por un pseudocientífico, sería fácil proponer otro análogo cometido por los supuestos defensores de la ciencia -los autodenominados “escépticos”. Además, estos incurren muy a menudo en las distintas modalidades de falacia ad hominem, etiquetando a la parte contraria con calificativos peyorativos (“magufo” es el más extendido, pero no es el único) antes de entrar a analizar y criticar la esencia de sus argumentos o, precisamente, para evitar tener que molestarse siquiera en tomarlos en consideración.

    Haciendo un poco de crítica en el plano meta-argumentativo, tendría que apuntar que, en los foros por donde circulan estos escépticos, domina un estilo de comentarista que, aunque detecte con prontitud la más mínima falacia en el ojo del magufo, se muestra inhábil a la hora de descubrir el más burdo pecado sofista en el ojo escéptico. Es más: por lo que he podido comprobar personalmente, no hay nada que suscite reacciones más enconadas en estos círculos que toparse con alguien que les señale las falacias que cometen en sus razonamientos, y que les haga notar que tales artimañas dialécticas deberían ser evitadas a toda costa por quienes abogamos por fomentar el pensamiento analítico y crítico.

    Por cierto, el término “magufo”, en rigor, solo sería aplicable a tipos como como J. J. Benítez que conjugan la aseveración de que nos visitan/invaden los extraterrestres (pilotando UFOs) con la creencia en alguna forma de pensamiento MAGico. Lo digo para señalar que Micho Kaku podrá ser criticable por muchos motivos, pero, desde luego, nada tiene que ver con el “maguferío”, como he leído en alguno de los comentarios anteriores… Stricto sensu, casi nada de lo que se entiende como “pseudociencia” tiene que ver con el maguferío; habría que hacer uso de otras caracterizaciones, por aquello de “definir bien los términos”.

    Un saludo.

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