Un criterio de demarcación para la ciencia, la no-ciencia y la pseudociencia

El problema relativo a la naturaleza de la ciencia es el problema central de la filosofía de la ciencia. Del mismo modo que la filosofía de la mente elucida el concepto de mente y la epistemología se ocupa del de conocimiento, la filosofía de la ciencia debe hacer lo mismo con el de ciencia. De hecho, esta cuestión era la principal preocupación de los primeros filósofos involucrados en el campo. Tras un período de olvido o incluso de negación del problema, marcado por el giro histórico y algunas corrientes relacionadas con el constructivismo y el sociologismo, los años 80′ vieron un retorno de la actitud demarcacionista con los principales autores del giro cognitivo y las diversas propuestas multicriterio. Hoy en día estamos viviendo un nuevo renacimiento, con algunos autores especialmente preocupados por los peligros de la pseudociencia.

Es importante señalar que todos estos resurgimientos vinieron motivados por el ambiente sociológico. La actitud demarcacionista del Círculo de Viena y de Popper fue motivada por la pseudociencia nazi y comunista, el empuje de los años 80′ fue motivado por la New Age, y hoy en día vemos una infiltración generalizada de pseudociencia, industrializada, sofisticada y muy dañina, en la educación y en los contextos sanitarios. La pseudociencia es una práctica muy peligrosa, no sólo porque perjudica la comprensión pública de la ciencia, sino porque puede conllevar daños médicos, morales y psicológicos, incluso ocasionando muertes evitables. La tarea de ofrecer un criterio de demarcación sólido y funcional es una responsabilidad social de la filosofía de la ciencia, y debemos responder a esta necesidad social. Sería inadmisible, en vistas a la magnitud de la problemática social, continuar delegando esta responsabilidad en los divulgadores científicos o en las organizaciones de pensadores escépticos, como lo ha estado haciendo una gran parte de los filósofos de la ciencia en las últimas décadas.

En este trabajo pretendo abordar esta cuestión, aportando algo más de concreción al criterio de demarcación de Sven Ove Hansson (Ver Anexo I), que articula mi propia propuesta. Se trata de un criterio que tiene como intención deshacerse de los problemas lógicos y metodológicos de los intentos anteriores. En este sentido, apela a comprender la ciencia como un sistema de garantía epistémica aplicado sobre un determinado dominio específico de estudio. Sin embargo, en su estado actual, supone más bien un marco general basado en tres premisas que un criterio de demarcación propiamente dicho. Como marco general es altamente últil, ofreciendo una base sólida sobre la que trabajar, pero en un sentido práctico resulta tremendamente ambiguo, dificultando su aplicación a problemas sofisticados en los que demarcar entre ciencia, no-ciencia y pseudociencia pueda requerir de una serie de matices que Hansson no introduce. Cada uno de los puntos de su esquema merece una elucidación pormenorizada, una tarea que encararé en lo siguiente. Con ello pretendo ofrecer un criterio sofisticado aunque funcional.

La nueva aproximación de Hansson

A lo largo de la tradición filosófica han tenido lugar multitud de intentos de desarrollar un criterio de demarcación sólido entre la ciencia y la no-ciencia (Nickles, 2013). El primer intento fue el verificacionista, que entendía la ciencia como un «marco lingüístico» basado en la manipulación de símbolos plenamente significativos (Carnap, 1935; 1937; Neurath, 1931). Una idea que, además de presentar problemas filosóficos y prácticos notables, ha recibido refutación empírica (Varley, 2002). Otro intento fue el de comprender la ciencia como un método (Gower, 1997; Nola, 2007), calificando como «científico» aquello que lo emplee en la producción de teorías acerca del mundo. Aquí se sitúan los intentos falsacionista, las teorizaciones acerca del método hipotético-deductivo, el falsacionismo ingenuo y, con muchos matices, también el sofisticado. Sin embargo, ninguno de estos intentos ha conseguido explicar la totalidad de la metodología científica, e incluso alguno de ellos, como el falsacionismo popperiano, ha recibido críticas al no corresponderse con una descripción adecuada de la ciencia (Hansson, 2006). Ante esta situación de insatisfacción se ha llegado a negar la posibilidad de unificar los métodos que calificamos como «científicos», relativizando la idea desde diversos enfoques (Kuhn, 1962; Feyerabend, 1989). Hoy en día, sin embargo, existe consenso respecto a la existencia de un pluralismo metodológico dentro de la ciencia (Bell y Newby, 1977, Kellert, Longino y Waters, 2006), aunque no existe consenso respecto a qué rasgos unifican a todos estos métodos. Todo ello ha evidenciado al camino metodológico como estéril en relación al establecimiento de un criterio de demarcación.

En los 80′ surgieron dos nuevos intentos. El primero de ellos vino de la mano del denominado «giro cognitivo» (Martínez-Freire, 1997), con autores como Giere (1988), Thagard (1988) y Goldman (1986). Sin embargo, si bien entender la ciencia como un determinado proceso o conjuntos de procesos cognitivos resultó muy prometedor, y hoy en día es un idea bastante intuitiva, el giro cognitivo nos ha legado intentos muy poco sólidos de criterios de demarcación (Giere, 1979; Thagard, 1978; 1988). También durante la misma década tuvieron lugar una gran cantidad de propuestas multicriterio (Dutch, 1982; Bunge, 1982; Radner y Radner, 1982; Kitcher, 1982; Hansson, 1983; Groove 1985). De hecho, la propuesta de Hansson que este escrito tiene como objetivo ampliar, pese a ser muy reciente, continúa siendo de tipo multicriterio. Es habitual, además, que cuando los tribunales requieren de un criterio de demarcación hagan frente a su elaboración empleando un punto de vista de este tipo, combinando factores lógicos, epistemológicos y sociológicos (Claramonte, 2011). Sin embargo, el principal problema de estas propuestas es que habitualmente se construyen de una manera relativamente aleatoria. Todas ellas son diferentes debido a que sus respectivos autores han recogido distintas características que piensan son las correctas, pero no llevan a cabo una fundamentación realmente profunda de su seleccción.

Sin embargo, el enfoque de Hansson es algo diferente al de otras propuestas multicriterio anteriores. Este nuevo enfoque enfatiza el tipo de justificación epistémica de la que gozan las teorías científicas, en contraste con el resto de teorías, prácticas o simplemente ideas. Alvin Goldman fue el primero en destacar sistemáticamente esta cuestión respecto a las peculiaridados en la justificación doxástica de la ciencia (Goldman, 1992). Las creencias científicas estarían más justificadas que otras porque se basarían en procesos que resultarían más fiables (Goldman, 1986; 1988). Pero, ¿qué entender por «fiable»? Para Goldman, esto es la tendencia de un proceso a conducirnos a verdades en lugar de a falsedades (Goldman, 1979). Es sencillo, sin embargo, notar cuán vaga es esta idea, al menos en la formulación que Goldman hace de ella. El fiabilismo —el nombre que recibe su teoría de la justificación doxástica— no es un marco adecuado para el análisis de la naturaleza de la ciencia. No lo es porque no considera muchos rasgos importantes de la justificación epistémica de la ciencia, como los requisitos especiales para la evidencia, la irrelevancia del concepto de verdad en ciencia o la posible suspensión del juicio, siendo una teoría general de la justificación doxástica que pretende ser aplicable a cualquier tipo de creencia.

Hansson sigue esta idea de la justificación epistémica como la cuestión clave para demarcar entre ciencia, no ciencia y pseudociencia (Hansson, 2007; 2013), pero no sigue estrictamente, ni mucho menos, los desarrollos de Goldman —de hecho, y hasta donde tengo noticia por el propio Hansson, no se vio influenciado por Goldman durante el desarrollo de su criterio—.

El criterio que propone para evaluar un campo o una idea en cuanto a su estatus de cientificidad es:

1) Se refiere a un problema dentro del dominio de la ciencia en un sentido amplio (criterio de dominio científico).

2) Adolece de una grave falta de fiabilidad, tal que no resulta en absoluto ser de confianza (criterio de fiabilidad).

3) Es parte de una doctrina para la que sus defensores tratan de crear la impresión de que representa el conocimiento más confiable de su temática (criterio de doctrina desviada).

De este modo, algo constituirá no-ciencia siempre que 1) pertenezca al dominio de la ciencia en un sentido amplio y 2) adolezca de una falta grave de fiabilidad. Y constituirá pseudociencia si, además, 3) pretende hacerse pasar por ciencia —yo recomiendo una interpretación en la cual 1 y 2 fueran suficientes por sí mismos, sin necesidad de darse a la vez—. El principal problema de su propuesta es que Hansson no define —y lo hace de forma consciente— qué es el «dominio científico en un sentido amplio», cuándo algo presenta una «grave falta de fiabilidad», y cuándo alguien está creando la impresión de ser ciencia.

Pese que el esquema de Hansson es muy intuitivo y no tiene contraejemplos claros, es posible tener serias reticencias respecto a varios de los fundamentos teóricos desde los que parte. El problema de base es la propia concepción que Hansson sostiene de la ciencia, porque, si bien es cierto que la concibe como una garantia epistémica muy particular, la extiende hacia dominios que no sólo la relativizan históricamente, sino que la expande hacia campos de conocimiento que nos resistiríamos a denominar como «científicos», como es el caso de las humanidades. Afirma respecto a los campos que considera científicos, siguiendo el concepto alemán de Wissenschaft, que «su raison d’etre es proporcionarnos los enunciados más epistémicamente justificadas que puedan llevarse a cabo, en un tiempo determinado, acerca de un tema que esté dentro de sus respectivos dominios. Juntos conforman una comunidad de disciplinas de conocimiento caracterizada por el respeto mutuo hacia los resultados y métodos de cada uno» (Hansson, 2013, 63). En este sentido, llega a afirmar que «la filosofía, por supuesto, es una ciencia en este sentido amplio de la palabra» (Hansson, 2013, p. 63).

Encuentro cuatro problemas básicos en su planteamiento. En primer lugar, que las características sociológicas y metodológicas de la ciencia y de la humanidades no son lo suficientemente parecidas como para considerarlas del mismo modo. De hecho, en algunos casos, como el de la crítica literaria —que incluye de forma explícita—, el método es prácticamente inexistente. Ello hace que los mecanismos que se consideran aceptables para considerar una teoría como «fiable» o «garantizada» en ambas esferas sean muy diferentes. En segundo lugar, que los dominios de ambas parcelas no siempre se parecen. Un ejemplo de esto es la filosofía, que se encarga de elucidaciones semánticas, manteniendo perspectivas normativas que requieren de consenso y que apelan a lo razonable en lugar de a lo evidencial. En tercer lugar, que la ciencia sea la mejor explicación disponible «en un tiempo determinado», sin establecer más características necesarias, hace que tengamos que considerar como científicas ideas que nos resistiríamos a considerar de este modo desde un punto de vista histórico, como el sistema ptolemáico o incluso la idea sostenida en la antigüedad de que la tierra era plana. Al fin y al cabo, estas eran las mejores explicaciones disponibles en determinados momentos históricos. Y, por último, que una de las cláusulas más importantes que propone Hansson para considerar campos de conocimiento como parte de la ciencia, la congruencia entre disciplinas y el mutuo respeto, no siempre tiene lugar entre la ciencia y las humanidades. La química y la biología mantienen esta clase de relación, pero no siempre sucede así entre la psicología y la filosofía, o entre la física y la crítica literaria.

Por todas estas razones, Hansson prefiere mantener el esquema general en la máxima ambigüedad, dado que introducir alguna característica propia de la justificación doxástica específica de la ciencia en su sentido habitual produciría como efecto colateral tener que volver a dar un estatus de no-ciencia a las humanidades. El origen de su reticencia, cabe decirlo, es bastante sorprendente. Proviene de querer eliminar el concepto de «pseudohumanidad» —como el negacionismo del holocausto o la sindonología—, pretendiendo incluir también estos casos bajo el paraguas del concepto de pseudociencia. Pero, pese a que ambas cuestiones se parecen mucho y a que para valorarlas emplearíamos un esquema general parecido —el que él mismo plantea—, las características específicas de ambos tipos de fraudes intelectuales son tan diferentes que considero que vale la pena mantener la noción de «pseudohumanidad» presente en nuestro análisis de los fraudes intelectuales. No separar ambas cuestiones supone retorcer de forma innecesaria muchos conceptos ya establecidos y nos incapacita a fin de concretar el criterio lo suficiente como para que este gane en detalle y, con ello, en funcionalidad. No veo ningún problema en mantener ambas nociones separadas aunque estrechamente relacionadas, y sí muchos en considerar que ciertas parcelas de la filosofía o de la teoría literaria puedan ser pseudociencia.

Hansson es perfectamente consciente de las consecuencias de su preferencia por la ambigüedad en relación a su asimilación de las pseudohumanidades como pseudociencias —«la justificación para elegir un criterio que no es directamente aplicable a cuestiones concretas de demarcación es que dicha aplicabilidad directa tiene un precio elevado: es incompatible con la exhaustividad deseada de la definición» (Hansson, 2013, 73)—. Sin embargo, introduce una razón que reduce la arbitrariedad de su elección: «la razón de esta incompatibilidad a la que he hecho referencia es que la unidad de las diferentes ramas de la ciencia no incluye la uniformidad metodológica» (Hansson, 2013, 73). En este punto Hansson, bajo mi punto de vista, confunde pluralismo metodológico con anarquismo metodológico. La ciencia, como he indicado anteriormente, tiene múltiples metodologías, pero eso no quiere decir que las metodologías que denominamos como «científicas» sean compatibles con las metodologías de la filosofía o de otras humanidades. No todo vale en ciencia. Este punto es realmente crucial, dado que Hansson realmente está haciendo explícita una de las principales carencias de los defensores del pluralismo metodológico: no existe un consenso acerca de las caracteristicas necesarias y suficientes que hacen de un método «científico» en el sentido habitual del término. Con la definición que me propongo llevar a cabo acerca de la garantia epistémica de la ciencia, el punto dos del su esquema general, pretendo solventar esta carencia teórica, fundamentando la posibilidad de unificar los métodos de la ciencia en torno a ella y separándolos de los empleados en las humanidades.

1) Criterio de dominio científico

Este primer criterio, relativo al dominio de la ciencia, nos permite discernir a priori si una idea puede o no ser científica. En este sentido, supone una importante herramienta demarcativa, dado que, independientemente de las complicaciones de los otros dos criterios, lo cierto es que con este bastaría para eliminar muchas ideas pseudocientíficas. Una gran cantidad del contenido doctrinal de diversas pseudociencias es metafísico, como las «subluxaciones» de la quiropraxia, la «memoria del agua» de la homeopatía, el «Qi» de la acupuntura o la «energía» que dicen manipular los practicantes de reiki. Intentar contrastar ideas metafísicas siempre es una mala idea. En primer lugar, porque si lo intentamos la ciencia les otorga estatus social, haciéndolas parecer hipótesis científicas válidas. En segundo lugar, porque intentar contrastaciones experimentales de estas ideas es un esfuerzo vano, dado que obtener resultados es imposible por definición; e incluso si probamos su radical improbabilidad sus defensores siempre podrán refugiarse en el nivel de la posibilidad lógica y salvar así su creencia —o su negocio—. Y, en tercer lugar, y debido a lo anterior, porque es un desperdicio de recursos y de energía.

En lo siguiente defenderé que el dominio de la ciencia es lo «científicamente confirmable», un conjunto de fenómenos naturales biológicamente contrastables que permiten un tipo de contrastaciones empíricas muy determinadas. Se trata de una visión apoyada en la teoría de la confirmación, pero que define lo confirmable en términos biológicos y que, además, exige a las hipótesis biológicamente confirmables una serie de condiciones iniciales a fin de ser consideradas como hipótesis válidas. De este modo, realizaré dos ejercicios demarcativos. Lo biológicamente contrastable hace referencia a los límites de la percepción humana, siendo la condición de posibilidad de una clase de fenómenos más acotada, lo científicamente confirmable, que definiré en base a cuatro las características necesarias. En todo el desarrollo teórico, los compromisos filosóficos serán mínimos, al igual que las aspiraciones demarcativas. Con ello pretendo desarrollar una propuesta para el primer punto del criterio capaz de conseguir el mayor consenso posible.

La definición del dominio de la ciencia que defenderé, lo científicamente confirmable, será la siguiente:

(criterio de dominio científico) hipótesis semánticamente elucidada, internamente congruente, biológicamente confirmable y disconfirmable, que no incurre en falacias y que no implica sesgos en su contrastación, que pretende servir como propuesta a fin de resolver un problema científico.

Donde,

hipótesis: un proceso imaginativo que puede ser llevado a cabo ya sea de forma totalmente original o mediante la deducción parcial a partir de conocimiento ya establecido que tiene como fin explicar o predecir hechos.

problema científico: un problema abarcable por una hipótesis científicamente confirmable.

En una formulación más accesible habría que plantear la pregunta «¿Cumple la hipótesis presentada los requisitos necesarios para ser científicamente confirmable?» a fin de dilucidar si pertenece o no al dominio de la ciencia.

1.1) Las cuatro necesidades de la confirmabilidad científica

Existen mucho ejemplos de cuestiones biológicamente confirmables que no lo son en un sentido científico. Por ejemplo, diversos tipos de falacias de ambigüedad —de oscuridad, de vaguedad, etc.—, en las que las afirmaciones son contrastables pero el valor de la contrastación varía según la interpretación que se realice de la hipótesis —este es el caso, por ejemplo, de las mancias o de cuestiones relacionadas con la adivinación del futuro, donde las anfibologías y ambigüedades son constantes—. Todo esto hace que también existan grises en relación a la capacidad de una hipótesis para ser contrastada empíricamente de forma fiable, lo cual ocasiona que, por ejemplo, la psicologia evolucionista, aunque científica, no pueda ser considerada al mismo nivel de cientificidad que la física de péndulos (Sokal, 2008).

En este sentido han sido muy habituales en la tradición filosófica las listas de valores científicos (Kuhn, 1977; Merton, 1973; Hansson, 2007; Lacey, 2004; Laudan, 1984), que han intentado establecer una valoración axiológica de las teorías e hipótesis científicas que permita diferenciarlas de otro tipo de ideas o que permita decidir en contextos de cambio interteórico. Estas listas, sin embargo, suponen un ejercicio teórico que confunde en todas sus versiones entre valores positivos y requisitos necesarios para que una hipótesis pueda ser ser considerada por la ciencia. Por ejemplo, la falsabilidad no es un valor, es una necesidad lógica, mientras que la parsimonia o la reproducibilidad suponen valores, deseables, pero también prescindibles en ciertos contextos. Ninguna de estas cuestiones debería ser consideraba como una necesidad de la investigación científica, dado que es posible que exista ciencia no reproducible, inútil y/o carente de parsimonia.

La investigación científica tiene cuatro necesidades ineludibles:

A) Elucidación semántica: La elucidación semántica ha sido una aspiración tradicional de la filosofía de la ciencia (Carnap, 1950; Coffa, 1975). Toda hipótesis científica ha de esforzarse por definir sus términos hasta conseguir la mayor claridad posible, propiciando con ello que todos los conceptos e ideas que contenga sean confirmables por medio de un método científico. Por supuesto, pueden existir diferentes interpretaciones de la hipótesis o de la teoría, pero todas esas interpretaciones han de estar claramente separadas unas de otras y definir sus respectivos términos de un modo claro. En caso contrario, la investigación respecto a dichas hipótesis caerá en falacias de ambigüedad, de vaguedad, de oscuridad, del francotirador, etc., haciendo que la no-ciencia sea inevitable. El lenguaje de la ciencia no sólo consiste en la matemática y, por ello, en ocasiones presenta ambigüedades, pero estas siempre han de ser minimizadas y, por supuesto, nunca pueden constituir un lastre para la interpretación de la evidencia.

Pese a que hay un cierto nivel de tolerancia, por ejemplo con términos tan centrales como «especie» (Wilkins, 2006; Stamos, 2003) o «gen» (Dietrich, 2000), lo cierto es que una alta tasa de ambigüedad imposibilita la ciencia. Un caso claro es el del estudio de ciertos trastornos mentales, como el autismo o la esquizofrenia, que presentan problemas de ambigüedad que necesitarán de una decisión semántica en alguno de los futuros manuales diagnósticos. Muchos de estos trastornos, se sospecha, denominan a etiologías y cuadros clínicos diferentes con el mismo nombre por razones de solapamiento conductual, lo cual hace que construir grupos de sujetos para la investigación o extrapolar resultados sea muy problemático. La falta de elucidación facilita, además, que las hipótesis no sean falsables, al poder cambiar los significados de sus términos como más les convenga en un momento dado.

B) Congruencia interna: La congruencia externa generalizada, la unificación o consilience (Wilson, 1998), es una de las grandes aspiraciones axiológicas de la ciencia. Existe una tendencia innata en el ser humano por buscar la congruencia externa entre las creencias que sostiene, dado que, pese a la aparición recurrente de disonancias cognitivas (Festinger, 1962), lo cierto es que las contradicciones dentro de un sistema conceptual resultan tremendamente molestas, especialmente cuando son recalcitrantes. Pero hay que distinguir entre dos tipos de congruencia cuando nos referimos a las hipótesis: la externa y la interna. La distinción es crítica dado que la interna es una necesidad lógica y no un valor. En este sentido, argumentaré en contra de quienes consideran la congruencia externa una necesidad de una hipótesis o teoría científica (Bunge, 1982, Dutch, 1982), aunque es evidente que existen grados de gravedad dentro de la incongruencia. No es lo mismo ser incongruente respecto a una teoría reciente en relación a la función del ADN mitocondrial que ser incongruente con los principios básicos de la teoría de la relatividad. Pero esta es una cuestión de valoración contextual en relación a la altura a la que se encuentra la incongruencia en el edificio del conocimiento científico. Considero que incluir como un rasgo necesario la congruencia externa ahoga la actividad científica, además de ser incompatible con la historia de la ciencia, que se suele basar en debates entre posturas encontradas.

La congruencia interna, en cambio, sí es una necesidad de toda hipótesis que pretenda entrar al corpus del conocimiento científico. Una idea que resulte contradictoria entre sus propias partes es una idea que hay que descartar hasta que consiga, mediante trabajo teórico, reconstruirse hasta alcanzar que sus postulados sean congruentes entre sí. La ciencia se caracteriza por el rigor lógico de sus afirmaciones, siendo la falta de este rigor y las contradicciones características típicas de la pseudociencia o de la no-ciencia menos rigurosa. En este sentido, la lógica es implacable, dado que cualquier incongruencia supone un problema mayor tanto en la contrastación como en la interpretación de los resultados experimentales, dado que resulta imposible confirmar una hipótesis internamente incongruente. Es posible contrastar pequeñas parcelas de ella que no presenten problemas lógicos, pero si es incongruente la confirmación de dicha parcela constituirá la disconfirmación del resto. Cabe mencionar que aquí estoy apelando a la incongruencia, no a la falta de una adecuada cadena causal entre las diversas partes de la hipótesis. En ese caso, es posible confirmarla por partes en un estudio correlacional, aunque el problema será unirlas todas bajo un marco teórico o, en los casos más extremos de correlaciones intrascendentes, encontrarle sentido alguno a mantenerlas unidas.

C) Confirmabilidad y disconfirmabilidad: Ya he definido la confirmabilidad en un sentido biológico como los limites de nuestros sentidos, a lo que hay que sumar la disconfirmabilidad. Centrarse sólo en una de estas cuestiones, asumiendo que la ciencia avanza unicamente atendiendo a la confirmaciones de sus hipótesis, en un sesgo de confirmación metodológico, o pensando, como hacía Popper, que la ciencia funciona atendiendo unicamente a las falsaciones —entendidas como disconfirmaciones radicales—, son visiones parcializadas del funcionamiento real de la ciencia. La asimetría lógica entre ambos procesos existe, pero la lógica formal no se corresponde con una práctica real que la mayoría de las veces es mucho más compleja y convierte en ciencia ficción suponer que existen verificaciones y falsaciones en el sentido más taxativo de lo términos.

Para que un método científico pueda hacerse cargo de una hipótesis, esta no debe presentar círculos argumentales, explicándolo o prediciéndolo todo (Boudry y Braeckman, 2011; 2012). En este sentido, son famosos los casos de círculos argumentales dentro del psicoanálisis. Si presentas complejo de Edipo será porque lo tienes, pero si no entonces es porque lo reprimes; si aceptas la interpretación del psicoanalista es porque es correcta, pero si la niegas es porque presentas un caso de negación. En estos casos, no haría falta recurrir a lo absurdo del complejo de Edipo desde un punto de vista biológico y psicológico, ni tampoco a la deficiente calidad de la psicometría y dignóstico de los psicoanalistas: basta con que una idea presente este rasgo para que, por definición, no pueda ser científica. El psicoanálisis, debido a esto, no aspiraría a ser ni siquiera una hipótesis científicamente confirmable, dado que la contrastación científica no puede confirmar al 100% una teoría; ninguna teoría científica puede tener un 100% de confirmación dado que siempre hay un margen de error y existe la posibilidad de que tenga disconfirmaciones en el futuro.

D) No incurrir en falacias o sesgos: Dejando de lado las falacias de ambigüedad, ya eliminadas durante el proceso de elucidación conceptual, la hipótesis no debe contener otras falacias o proponer que la contrastación incluya sesgos. Por ejemplo, hipótesis como «la acupuntura funciona como cura para el cáncer porque es muy antigua», «las estrellas no desaparecerán del firmamento cuando la expansión del universo acelere por encima de la velocidad de la luz porque en caso contrario los seres humanos no podrán verlas», o «más neurogénesis aumenta la inteligencia porque trabajo en Oxford y mi rival trabaja en una universidad sin renombre», son hipótesis que no califican como científicas al contener diversas falacias —en estos casos de apelación a la tradición, de apelación a las consecuencias y de autoridad—. Las razones que esgrimen para ser tenidas en cuenta para una contrastación científicas no son válidas. También hipótesis que propongan sesgos, como generalizaciones apresuradas, pensamiento bandwagon, de anclaje o percepciones selectivas. Entre este tipo de hipótesis «sesgantes» podríamos incluir la astrología y el «efecto Forer» o alguna versión de la homeopatía que afirme que sus preparados sólo sirven para aquellos que son conscientes de haber tomado homeopatía y sienten mejoría.

Siempre se ha supuesto que en el contexto de descubrimiento todo vale, pero la práctica científica establece ciertas normas. Por supuesto, no es estrictamente necesario que una falacia o un sesgo genere una hipótesis que, al menos en parte, no pueda ser contrastada, pero hemos de tener en cuenta dos factores. En primer lugar, que las hipótesis suelen ser una afirmación y una razón, y que la práctica científica consistirá en contrastar la razón a fin de confirmar la afirmación. La persona que creía que la neurogénesis aumenta los niveles de inteligencia podría tener razón en la afirmación básica, pero no en la razón que ofrece, porque, por definición, esa razón está fuera del marco científico —como lo están todas las falacias descritas—. Por propia definición, toda afirmación que contenga una falacia no podrá ser contrastada dentro del discurso de la ciencia. No puede pasar que algo sea mejor porque lo diga tal o cual persona, o algo no puede funcionar porque es muy antiguo. En el caso de sesgar la contrastación, más que un problema lógico, el problema reside en atentar por definición contra la fiabilidad científica. Ambas, falacias y sesgos intrínsecos, son un límite, junto a la metafísica y la disconfirmabilidad, para el contexto de descubrimiento, en el que, sin duda, no vale todo. No todas las ideas merecen una oportunidad científica.

2) Criterio de fiabilidad

La fuente de la mayor fiabilidad de la ciencia, en comparación a otras formas de conocimiento, emana de la estrica garantía epistémica de la que gozan sus teorías. Una garantía que quedaría definida del siguiente modo:

(Criterio de fiabilidad) Si S cree que p en un momento t basándose en la evidencia científica, obtenida mediante el uso de un método cientifico, de la que dispone la comunidad científica, y no existe ninguna otra opción rival q que goce claramente de mayor evidencia, entonces la creencia de S en p en el momento t será más fiable en un sentido científico que la creencia en q.

Donde:

  • evidencia científica: es toda implicación fáctica contrastada de la hipótesis, obtenida mediante un método científico, que aumenta su probabilidad como solución a un problema científico determinado.
  • método científico: es un proceso cognitivo reglado basado en procesos sensitivos del sistema nervioso humano, intersubjetivamente compartido, estable en el tiempo respecto a sus resultados y que reduzca al mínimo posible la presencia de sesgos y de falacias, capaz por ello de obtener una evidencia tan justificada que diremos que es «evidencia científica».
  • problema científico: explicar o predecir hechos científicamente confirmables.
  • otra opción q que resulte claramente más fiable: hace referencia a algún otro programa de investigación rival claramente más progresivo de forma sostenida en el tiempo (donde «más progresivo» y «de forma sostenida en el tiempo» mantienen un cierto margen de interpretación).

En relación a esta definición, hemos de plantear tres preguntas adicionales al segundo punto del criterio de Hansson:

– ¿Existe evidencia científica que confirme la teoría?
– En caso de existir esta evidencia, ¿existe una explicación alternativa que esté apoyada por más evidencia?
– ¿Se trata de una teoría que busque encontrar y fundamentarse en esta evidencia?

De este modo, una teoría o práctica científicamente confirmables puede ser ajena a la ciencia si 1) no tiene evidencia científica que la apoye —por ejemplo, la homeopatía— o 2) hay evidencia científica, pero tenemos mejores explicaciones —por ejemplo, el EMDR—. Algo relevante de esta definición es que prácticamente articula a toda la filosofía de la ciencia alrededor de ella —evidencia, método, progresividad, comunidad científica, cambio interteórico, etc.— .

2.1) ¿Qué entender por «evidencia»?

Resulta sencillo notar que una gran parte del peso de esta definición descansa en el concepto de evidencia. Se han dado otros intentos de establecer la justificación doxástica apelando a este concepto, como el evidencialismo (Conee y Feldman, 2004) o el reciente fiabilismo evidencialista (Comesaña, 2010), pero la ciencia está muy alejada de ellos. La razón principal es que, igual que el fiabilismo, estos otros intentos pretenden ser teorías universales de la justificación doxástica; gobernar sobre todas las creencias, y, además, presentan varias carencias (Iranzo, 1996; Dougherty, 2011). Son dos los principales desencuentros entre estas ideas y la ciencia. En primer lugar, que la ciencia presenta un tipo muy particular de evidencia, alejada de la noción informal que barajamos en el día a día —ellos consideran todo tipo de evidencia, en un uso más general del término—. Y, en segundo lugar, que el evidencialismo es profundamente internista al juzgar la valoración de la evidencia. La ciencia, por su parte, es claramente externista en sus justificaciones doxásticas, considerando que la evidencia que respalda una teoría es la evidencia total de la que se dispone en un momento dado, y no la evidencia de la que dispone un determinado investigador.

La bayesiana es la definición más aceptada respecto a la evidencia: «e es una evidencia para h, dado b, si y sólo si P (h/eb) > P (h/b)». Esto quiere decir que e es una evidencia en favor de una hipótesis sí y sólo sí su probabilidad es más alta después de saber e que antes. Esta es una visión probabilística de la ciencia muy relacionada con las teorías de la confirmación (Carnap, 1936, Hàjek y Joyce, 2008), en la que una hipótesis científica se confirma o disconfirma gradualmente contrastándola repetidamente. Por supuesto, una pregunta muy lógica viene a nuestras mentes cuando pensamos en esta cuestión: ¿Cuándo podemos considerar una hipótesis como «confirmada», la frontera de la alta probabilidad? Lo cierto es que no tenemos una respuesta final a esta pregunta, porque el nivel satisfactorio de confirmación es una cuestión consensuada y contextual —por ejemplo, exigimos mucha más confirmación en contextos médicos que en históricos—.

Existen dos interpretaciones diferentes de esta definición bayesiana de «evidencia» (Achinstein, 2011). Una de ellas es la interpretación bayesiana subjetiva (Joyce, 2011). Sus defensores afirman que e es una evidencia para h sólo si P la considera como tal, con la única restricción de ser coherente con el resto de su sistema conceptual —además, los valores iniciales de probabilidad de e, en caso de ser aceptada como evidencia, serían enteramente subjetivos—. Esta concepción relativiza parcialmente la evidencia a un sujeto cognitivo en un momento determinado. Algo puede ser una evidencia en un momento t y dejar de serlo en t1 después de algún cambio en el sistema conceptual del sujeto cognitivo. Aunque el requisito de coherencia es generalizado dentro de esta posición, la creencia de P en h tiene que ser coherente con su creencia en h1, h2 y así sucesivamente. Algo puede ser una evidencia para mí, pero no para ti. Evidencia para un investigador, pero no para otro. Para los médicos, pero no para los homeópatas…

Sin embargo, esta interpretación, pese a encajar con algunos de nuestros usos coloquiales del término, no es el concepto de evidencia que la ciencia demanda para garantizar sus teorías (Malmgren, 2013; Maher, 1996). En ciencia, la conexión lógica entre las evidencias y las teorías se asegura al máximo, por ello existe disciplina con respecto a la consideración de la evidencia en tanto que evidencia. Los científicos siempre tienen intención de universalidad en sus declaraciones, no la intención de encontrar evidencia únicamente para ellos. Por estas razones, la concepción subjetiva no encaja con la práctica de la ciencia, con la epistemología de la ciencia, con la retórica de la ciencia y, por supuesto, con la evidencia que denominamos «científica».

La otra interpretación bayesiana es la objetiva (Howson y Urbach, 2006). Como sugiere su nombre, aquí la evidencia es objetiva, intersubjetivamente compartida y todos tienen la obligación epistémica de aceptarla una vez que se descubre como un hecho por medio de un método científico. En ciencia, la evidencia es el resultado de usar un método científico ajeno a sesgos y falacias, y por ello es objetiva de la manera más fuerte en la que podamos hablar de objetividad con sentido. Incluso la asignación incial de probabilidad, aunque pueda ser valorativa, acaba alcanzando niveles consensuables debido a la investigación iterativa. Por supuesto, consideramos suficiente o no la evidencia científica dependiendo del contexto, una idea que estuvo presente incluso en la extensa teorización de Carnap sobre confirmación probabilística (Carnap, 1950). Pero estamos justificados a considerar que el umbral de alta probabilidad es contextual, mas no la evidencia en sí misma. Esta es la razón por la cual, en la definición presentada, la apelación a «ninguna otra opción rival q claramente respaldada por más evidencia» está abierta a la interpretación.

3) Criterio de doctrina desviada

Este tercer criterio es el único exclusivo de la pseudociencia, dado que los dos anteriores son compartidos con otros tipos de creencias carentes de garantía epistémica. Para una discusión psicocognitiva en profundidad respecto a los mecanismos de impostación que emplea el engaño pseudocientífico ver (Fasce, 2017). El estatus de pseudociencia, sin embargo, no tiene por qué ser fijo; una idea o práctica puede entrar o salir del mismo dependiendo de sus formas y de su contexto en un momento dado. Por ejemplo, una presentación de las constelaciones familiares en un centro de crecimiento espiritual puede contener una cantidad mayoritaria de pensamiento paranormal, sin embargo, una presentación de las mismas ideas en una universidad o en un colegio profesional tendrá un efecto psicológico en el oyente mucho más acorde a lo que esperaríamos de un discurso pseudocientífico. Tampoco es necesaria una declaración explícita; el estatus de pseudociencia puede provenir de formas implícitas de presentación. Por ejemplo, aunque algunos psicoanalistas insistan en que ellos no pretenden ser una ciencia, lo cierto es que llamar «colegas» a otros psicólogos y luchar por tener presencia en colegios profesionales y facultades ya es razón suficiente para constituir pseudociencia —dejando de lado la enorme cantidad de declaraciones abiertamiente pseudocientíficas presentes en la historia del psicoanálisis, ya desde Freud—.

(criterio de doctrina desviada) toda práctica o propuesta teórica que, sin cumplir el criterio de dominio científico y/o el criterio de fiabilidad, se presenta públicamente como ciencia.

Donde,

  • presentarse públicamente como ciencia: consiste en parasitar los espacios de enseñanza y organización profesional de la ciencia, así como sus medios de divulgación, su lenguaje, sus formas tecnológicas y/o su estética.

 

Por Angelo Fasce

 

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Anexo I: El criterio de demarcación al completo

1) Se refiere a un problema dentro del dominio de la ciencia en un sentido amplio (criterio de dominio científico).

(criterio de dominio científico) hipótesis semánticamente elucidada, internamente congruente, biológicamente confirmable y disconfirmable, que no incurre en falacias y que no implica sesgos en su contrastación, que pretende servir como propuesta a fin de resolver un problema científico.

Donde,

  • hipótesis: un proceso imaginativo que puede ser llevado a cabo ya sea de forma totalmente original o mediante la deducción parcial a partir de conocimiento ya establecido que tiene como fin explicar o predecir hechos.
  • problema científico: un problema abarcable por una hipótesis científicamente confirmable.

2) Adolece de una grave falta de fiabilidad, tal que no resulta en absoluto ser de confianza (criterio de fiabilidad).

(Criterio de fiabilidad) Si S cree que p en un momento t basándose en la evidencia científica, obtenida mediante el uso de un método cientifico, de la que dispone la comunidad científica, y no existe ninguna otra opción rival q que goce claramente de mayor evidencia, entonces la creencia de S en p en el momento t será más fiable en un sentido científico que la creencia en q.

Donde:

  • evidencia científica: es toda implicación fáctica contrastada de la hipótesis, obtenida mediante un método científico, que aumenta su probabilidad como solución a un problema científico determinado.
  • método científico: es un proceso cognitivo reglado basado en procesos sensitivos del sistema nervioso humano, intersubjetivamente compartido, estable en el tiempo respecto a sus resultados y que reduzca al mínimo posible la presencia de sesgos y de falacias, capaz por ello de obtener una evidencia tan justificada que diremos que es «evidencia científica».
  • problema científico: explicar o predecir hechos científicamente confirmables.
  • otra opción q que resulte claramente más fiable: hace referencia a algún otro programa de investigación rival claramente más progresivo de forma sostenida en el tiempo (donde «más progresivo» y «de forma sostenida en el tiempo» mantienen un cierto margen de interpretación).

3) Es parte de una doctrina para la que sus defensores tratan de crear la impresión de que representa el conocimiento más confiable de su temática (criterio de la doctrina desviada).

(criterio de doctrina desviada) toda práctica o propuesta teórica que, sin cumplir el criterio de dominio científico y/o el criterio de fiabilidad, se presenta públicamente como ciencia.

Donde,

  • presentarse públicamente como ciencia: consiste en parasitar los espacios de enseñanza y organización profesional de la ciencia, así como sus medios de divulgación, su lenguaje, sus formas tecnológicas y/o su estética.

 

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15 comentarios en “Un criterio de demarcación para la ciencia, la no-ciencia y la pseudociencia

  1. Muy interesante aporte. Tengo una pregunta que no tiene mucha relación con el análisis teórico.

    Según esta propuesta ¿Cómo se enmarcaría la Teoría de Cuerdas? No es por la mera diversión de catalogar ideas cual pokemones. Sino por las consecuencias prácticas, como destinar las mejores mentes físicas y matemáticas a su desarrollo (una cuestión de costes de oportunidad).

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    1. La teoría de las supercuerdas es controvertida, yo he escuchado a físicos definirla como una pseudociencia e incluso casi como una secta que colonizó en su momento la física teórica. Si duda, tiene trazas. Que una buena cantidad de las dimensiones no sean contrastables es un grave problema, especialmente porque son necesarias para que el constructo matemático no se venga abajo. Por eso suenan mucho a hipótesis ad-hoc de las malas. Sin embargo, aunque estas dimensiones sean postuladas teóricamente, bastaría con evidencia de las dimensiones observables, de algún fenómeno nuevo que se desprenda de su existencia, lo cual no ha pasado. Bajo mi punto de vista, lo peor de la teoría de las supercuerdas no es que sea una pseudociencia (cosa que no creo que sea, al menos no en el sentido en el que la homeopatía puede serlo), sino el uso arbitrario que se hace en física del término “teoría”. Es una hipótesis, una hipótesis mala y casi fronteriza, pero una hipótesis sin más; como la de los multiversos, por ejemplo.

      Otra cosa interesante es su capacidad de seducción. A los platonistas matemáticas les encanta, suelen defenderla alegando que es tan bella a nivel matemático que debe ser cierta. Eso es un sinsentido.

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  2. Fantástica entrada, Angelo. Estudio psicología y es terreno fertil para todo tipo de teorías y tratamientos pseudocientíficos; así que este tipo de información le vendría bien a más de uno mis profesores y compañeros que andan repitiendo ad nauseam que en “psicología todo vale” y “todas las teorías y tratamientos merecen el mismo estatus”.

    Quisiera comentar que, desde mi experiencia en la universidad, me resulta curioso como incluso entre mis profesores más rigurosos y críticos de las pseudociencias en la Psicología, predomine en su mentalidad el criterio popperiano del falsacionismo como el mayor indicador que permite discenir lo que es ciencia de aquello que no lo es. Por cosas tan sencillas como esa me parece que en las carreras universitarias debería brindarse algún curso de filosofía de la ciencia, y uno como profesional tener un mínimo de interés en el tema para utilizarlo como herramienta que permita mejorar la comprensión del propio quéhacer, de las hipótesis de trabajo, de las teorías psicológicas que abundan a patadas, etc.

    Por cierto, me has dado bastante para leer con toda esa lista de referencias 😉

    Saludos.

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    1. http://www.apa.org/about/policy/resolution-psychotherapy.aspx

      Lee eso anda. Tienes ahí referencias de sobra, y eso solo para empezar.

      Otro alumno que se cree que sabe más que gente con años de experiencia en Psicología y que demuestra con este tipo de comentarios que no ha entendido nada. No, no todo vale en psicoterapia. Todos los modelos mayores (no cualquier mierda) han mostrado su eficacia, sin que existan diferencias significativas entre ellos y teniendo en cuenta que el modelo y las técnicas tienen que ver con un porcentaje minúsculo de la varianza de los resultados.

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      1. Pero yo en ningún momento me he referido exclusivamente a la psicoterapia. No vaya a ser que usted piensa que la psicología se reduce a su aplicación clínica. Me parece que ha querido interpretar lo que yo dije como le vino en gana.

        El documento que tan altaneramente me manda a revisar, lo leí cuando cursaba tercer año en la carrera, en los cursos de psicoterapia. Así que no me muestra nada nuevo.

        Yo tampoco he dicho que sepa más que mis profesores. No. Y en todo caso su apreciación parece caer en un intento de falacia de autoridad; que alguien tenga x cantidad de años dedicándose a algo no quiere decir que lo sepa hacer mejor o que esté mejor informado sobre el tema . El “ojo clínico”, algo que usualmente se le atribuye a la experiencia, por ejemplo, puede afectar la forma de realizar evaluaciones.

        En fin, no tengo interés en discutir con quien deforma lo que digo para… ¿refutarlo? Así que no comentaré más.

        Saludos.

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    2. No puedo estar más de acuerdo contigo, es urgente comenzar a dar filosofía de la ciencia en las carreras de ciencia. Es algo imprescindible para comprender tu propia actividad y algo muy positivo para mejorar la calidad de la producción y la organización de la ciencia. Y en psicología todavía más, ahí la situación es desesperada.

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  3. Hola Angelo, siempre leo tus artículos y me encantan. Actualmente mi tesis de licenciatura va sobre evaluar la consistencia metodológica de las investigaciones de mi facultad y mucho de lo que has escrito me ha servido bastante.

    Te quiero hacer la siguiente pregunta a partir de la lectura que hice del ultimo libro de Yuval Noah Harari. Según el autor los algoritmos o maquinas vienen reemplazando a las actividades humanas cada ves con mayor frecuencia, entre ellas la investigación científica. A este ritmo, ¿lo científicamente confirmable seguiría requiriendo de la contrastabilidad biológica para establecerse dentro del dominio de la ciencia?

    Saludos

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    1. Hola Álvaro. Harari es uno de esos autores que dice una cosa interesante por cada 5 locuras sin sentido, especialmente cuando se pone a hacer profecías y demás. Todo esto de lo cyborgs y nuestra posibilidad de aumentar nuestras capacidades perceptivas está muy bien, pero actualmente no creo que sea algo relevante para un criterio biológico de contrastación. Tenemos muchas herramientas para medir cosas que a simple vista no podemos captar, pero siempre hay que traducirlas al espectro visible, audible, etc. Si ese espectro se modificara, pues movemos un poco la frontera y ya está. No supone una amenaza.

      Saludo!

      Le gusta a 1 persona

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