La armería del escéptico (3): reduccionismo, propiedades emergentes y metafísica

Suelo hablar aquí de algunas herramientas conceptuales de la filosofía de la ciencia que pueden resultar de utilidad al escéptico —o, usando un término un poco más amplio, al ‘pensador crítico’. En anteriores ocasiones he comentado acerca de algunos argumentos anticientíficos especialmente engorrosos y sobre falacias. En esta ocasión la cosa será un poco más técnica, aunque creo que igual de valiosa para ciertos debates que acaban llevando el judo argumental al terreno filosófico. Aún a sabiendas de estar simplificando considerablemente los temas que voy a tratar, creo que vale la pena hacerlos accesibles y que aquellos interesados puedan ampliar por sí mismos la información.

Hablaré entonces de qué entender cuando alguien te llama ‘reduccionista’, cuando alguien esgrime que una propiedad es ‘emergente’ y a qué nos referimos cuando criticamos a alguien por estar haciendo ‘metafísica’.

‘Reduccionista’ es el nuevo ‘gilipollas’

Yo suelo hacer vida en una facultad de filosofía, donde tengo trato y lo que nos es trato con todo tipo de personajes más o menos razonables —el espectro intelectual en filosofía es extremo, y va desde el genio más absoluto hasta seres que uno no sabe muy bien si hablarles o tirarles un hueso. En mi día a día hay dos palabras que escucho más que ‘hola’ y ‘adiós’: ‘reduccionista’ y ‘cientificista’. Términos que para el filósofo medio son sinónimos de ‘Satanás’ y ‘comandante en jefe de las SS’. Normalmemte estos términos se arrojan a modo de insulto, considerándolos descalificaciones intelectuales. Lo realmente curioso es que habitualmente cuando les pides una definición de lo que tratan de decirte son incapaces de articularla, lo cual es alarmante teniendo en cuenta que usan los términos con total alegría.

Las ciencia se compone de diversos programas de investigación, que a su vez se subdividen en otros muchos. Tenemos la biología, la psicología, la física, la historia, etc. Y dentro de la biología, por ejemplo, la genética, la ecología, la zoología… e incluso dentro de ellas hay más, como la herpetología, la antomía animal o la dinámica de poblaciones, en el caso de la zoología. Estos son los ‘macroprogramas’, y dentro de ellos se alojan diversas comunidades de investigadores que trabajan en programas más pequeños que exploran hipótesis e ideas. Los diversos programas que integran la ciencia se relacionan entre sí de formas muy complejas, compitiendo, compartiendo triunfos o fusionándose. Este tipo de relaciones han sido ampliamente estudiadas por la filosofía de la ciencia en una de las tareas más interesantes y prácticas del campo.

En general los programas pueden tener cuatro actitudes entre ellos:

1) Competición: Dos programas compiten cuando luchan entre sí por imponer sus ideas, tratando de refutar las del rival y de buscar apoyo empírico a las propias. Esta relación es súmamente habitual y muy sana para el desarrollo del conocimiento científico. Han habido muchos casos históricos, por ejemplo la disputa entre la doctrina de la neurona y la teoría reticular, o la actual disputa entre defensores y detractores de la panspermia —a veces incluso la cosa se llega a ir de las manos. Hay que tener claro que un enfrentamiento de este tipo tiene lugar únicamente entre dos programas científicos. No se puede incluir como un debate científico propiamente dicho cuestiones semánticas del tipo ‘¿son los virus o priones seres vivos?’, dado que eso es un debate filosófico, o debates entre ciencia y no-ciencia. No existe un debate científico ‘ciencia vs. religión’, ‘evolución vs. diseño inteligente’ o la tontería esta de moda de ‘alopático vs. alternativo’.

2) Neutralidad: Dos programas de investigación son mutuamente neutrales cuando carecen de relación directa considerable o cuando no existe una teoría que los ponga en relación. Por ejemplo, la mirmecología —el estudio de las hormigas— no tiene relación directa con la mecánica cuántica —o por lo menos con los fenómenos característicos de esta mecánica—; o la psicología social tiene poco que ver con la ingeniería de caminos. Uno de los rasgos más fascinantes de la ciencia desde un punto de vista filosófico es que normalmente los programas de investigación que se desarrollan de forma totalmente autónoma unos de otros no se contradicen entre sí. De entrada, todos apostaríamos dinero a que no hay nada en las hormigas que viole los principios de la física cuántica. Esta idea hay que tenerla en cuenta cuando debatamos con un relativista extremo: o tenemos una suerte realmente increible a la hora de construir el conocimiento, o hay ciertos factores objetivos en la actividad científica.

3) Síntesis: Un proceso de síntesis tiene lugar cuando dos programas que anteriormente se desarrollaban por separado se fusionan en uno. El ejemplo de la biología evolutiva y la genética en la llamada ‘síntesis neodarwinista’ es un clásico, así como la ‘segunda síntesis’ de la sociobiología. También está el caso de la psicología ‘cognitiva-conductual’. Estos procesos son muy comunes y no sólo se caracterizan porque el campo resultante es mixto, sino porque todos los programas implicados cumplen el mismo papel durante la síntesis.

4) Reducción: Por último tenemos el caso de la reducción. Estos procesos consisten en que uno de los campos implicados, el ‘reductor’, logra traducir completamente el lenguaje de otro campo, el ‘reducido’. Por ejemplo, hoy en día consideramos que la física reduce a la química y que esta, a su vez, reduce a la biología. Todo aquello que decimos en el vocabulario típico de la biología se podría decir en el vocabulario de la química. ¿Por qué no lo hacemos? Porque la jerga de la biología ha sido desarrollada para atender de forma funcional a los fenómenos específicos que estudia el campo, y hablar en términos químicos todo el rato podría ser un lastre. Hoy en día estamos viviendo apasionantes procesos de reducción en directo, como el de la psicología a manos de la neurociencia.

Los procesos de reducción interteórica son extremadamente complejos y algunos de los libros más duros de leer de la filosofía de la ciencia se centran en ellos. Hay también casos muy ambiguos, en los que existe debate acerca del éxito o no de la reducción. Por ejemplo, el caso de intento logicista de reducción de la matemática a la lógica. Una reduccion es algo maravilloso para el avance de la ciencia, porque dota al campo reducido de nuevas herramientas y posibilidades de estudio. La psicología nunca ha sido tan potente como lo es ahora mismo gracias a las herramientas de la neurociencia, y los psicólogos que se toman en serio su campo están realmente encantados con el proceso. Pero siempre hay egos heridos y gente que resiste estoicamente incluso hasta el fin de sus días.

Siempre estarán aquellos psicólogos que sigan sin aceptar la situación, o aquellos filósofos de la mente que sigan trabajando de espaldas a la neurociencia. Una actitud del todo irracional a estas alturas que se debe a muchos factores. El principal, y voy a ser directo, es un tema de edad. La gente joven se suele sumar entusiasmada al proceso, pero la más mayor no lo hace. Cuando uno tiene una carrera ya asentada, cómoda, sobre un tema y alguien llega para decirte que ahora vas a tener que aprender un montón de cosas nuevas y que aceptar que lo que digas sin ellas carecerá de valor, mucha gente se aferra a su posición haciendo oídos sordos y continúa su camino aunque este ya esté acabado.

Hay tres formas diferentes de reducción. (1) Las reducciones irracionales, como, por ejemplo, pretender explicar la guerra de los cien años en términos de movimientos de partículas. Un completo sinsentido. (2) Las apresuradas, que son aquellas que pintan bien pero que se realizan de forma demasiado tosca. Por ejemplo, el intento de la sociobiología de reducir el estudio del comportamiento humano. Y (3) las racionales. Estas reducciones están bien pensadas, son sofisticadas, pertinentes y se ejecutan con corrección. En este caso no hay nada que reprochar al proceso.

Cuando alguien te llame ‘reduccionista’ plantéate si la reducción que estás haciendo es sensata o no. Y si lo es, entonces mantén la cabeza alta porque no hay nada de malo en ello. Si crees que la consciencia o la astrología pueden ser reducidas a un lenguaje mucho más explicativo y sofisticado, que incluya todos los fenómenos existentes, entonces estás haciendo bien tu trabajo como pensador crítico. Y con ‘fenómenos existentes’ me refiero a cribar y eliminar aquellos pseudofenómenos o pseudoprocesos que sólo enturbian el panorama. Y para definir lo que son estas cosas que acabo de mencionar pasaré a hablar del emergentismo y de la metafísica.

Haciendo emerger conejos de chisteras

Existen una serie de propiedades de las cosas a las que llamamos ‘emergentes’ y otras que a veces son llamadas ‘disposicionales’. Por ejemplo, la consciencia es una propiedad emergente y la fragilidad una disposicional. Muchos magufos se refieren a estas propiedades como imposibles de reducir, por definición, por parte del vocabulario científico. Pero esta jugada de trilero semántico no tiene ningún sentido. Por ejemplo, el ser ‘frágil’ —uno de los ejemplos favoritos de los filósofos— podría ser definido como la tendencia de algo a romperse con facilidad en ciertas circunstancias. Alegan que no se trata de una característica que el objeto tenga siempre, sino de una característica que denota una propensión y que se manifiesta en determinados momentos —por ejemplo, cuando le tiro una piedra al cristal este sería frágil, pero no lo sería cuando no lo hago. Esta concepción, sin embargo, sólo puede salir de una mente completamente magufil. La ‘fragilidad’ es un término que usamos de forma informal, pero que un físico explicaría en términos de las propiedades intrínsecas de las partículas que componen el objeto. En este sentido, un objeto es frágil siempre y no sólo cuando observamos la fragilidad a simple vista. Lo mismo con ‘soluble’, que es otro ejemplo que les encanta. El azúcar es soluble aunque no se esté disolviendo.

Pero les queda un as en la manga: afirmar que, aunque tengamos razón con lo del azúcar, hay otras propiedades que son ‘emergentes’ y por ello no reducibles. El ejemplo clásico es el de la propiedad ‘tener mente’. Alegan que la mente emerge del funcionamiento de todo el cerebro. Pero hay dos formas de entender este proceso de emergencia. Uno es el del profesor de metafísica verborreico que entiende que la mente es algo ajeno al cerebro. Un fantasma que ‘emerge’ del funcionamiento de la máquina, pero que tiene distinta naturaleza. Esta es una forma tremendamente reaccionaria que contrarrestar la revolución neurocientífica: ‘vale, acepto que la mente depende del cerebro, pero son dos cosas de naturaleza distinta’. Al fin y al cabo, es sólo un pequeño giro de matiz respecto al concepto de ‘alma’ o de ‘mente’ que usaban autores como Descartes. Pero hay otra forma de entender la emergencia: que la mente sea una cualidad del funcionamiento del cerebro en su conjunto. Algo que sólo consideramos cuando se juntan todas las piezas. Por ejemplo, la propiedad de poder llevarme de Valencia a Asturias no la tiene ni un radiador ni un carburador, pero sí un Seat León.

La mente es, efectivamente, una cualidad emergente. ¿Eso la convierte en algo especial o ajeno a la ciencia? En absoluto. Veamos un ejemplo práctico. La proteómica es la ciencia que estudia las proteínas. Cuando en proteómica se habla de las propiedades estructurales de determinada proteína hay que tener mucho cuidado con el nivel de abstracción del estructuraproteinasbl9que se está hablando, porque se consideran 4 diferentes. Hay un nivel primario que es la cadena de aminoácidos que componen la proteína. Otro nivel, el secundario, que consiste en saber si determinada parte de la cadena forma una hoja o una hélice. El tercer nivel es el de la estructura global que tiene toda la proteína. Y existe un último y cuarto nivel que es el de los ‘multímeros’, que son conjuntos de proteínas —sí, la proteómica es tremendamente jodida. Las propiedades del nivel 3 emergen del 2, que emergen, a su vez, del 1. Pero obervando el nivel 2 los expertos aún no son capaces de predecir las propiedades del nivel 3. Este es el problema de los priones, unas proteínas que causan enfermedades terribles debido a que, por alguna razón que desconocemos, tienen propiedades terciarias diferentes a las de nuestras proteínas endógenas equivalentes, que se ven contagiadas cambiando su estructura.

El caso de la mente como propiedad emergente puede ser perfectamente explicado sin apelar a ideas bizarras. Los seres humanos hemos evolucionado como seres sociales, y por ello tenemos la tendencia y la capacidad de reconocer a otros ser inteligentes como nosotros. Hemos desarrollado a este fin grandes habilidades de empatía cognitiva y emocional que aplicamos en aquellas cosas en las que reconocemos inteligencia. A esta atribución de inteligencia gracias a poder empatizar con algo la denominamos a veces ‘tener mente’. De hecho, la empatía es algo muy común tras conocer las capacidades de algo. Ahí están las películas de Pixar, que nos hacen sentir empatía por coches, aviones y cosas aún más raras; u otras como Ex Machina, Her o Autómata. La mente está en el ojo del obervador. Yo no tengo duda alguna de que mi perro tiene mente, pero ello no es nada ajeno al funcionamiento de su cerebro, sino simplemente la forma según la cual yo interpreto su comportamiento.

Un ejemplo muy bonito de esto es el del duelo entre Deep Blue y Gary Kasparov. Deep Blue fue un super ordenador de los 90′ desarrollado para jugar al ajedrez, que se enfrentó al entonces campeón del mundo en repetidas ocasiones. Las primeras fueron muy sencillas para Kasparov, que vencía sin mucho esfuerzo. Pero los ingenieros informáticos fueron mejorando la máquina. La mejoraron tanto que Kasparov, hasta entonces bastante arrogante respecto a su superioridad, perdió frente a ella en 1997. Tras el baño de humildad comentó en una entrevista que hacia el final de la partida sintió de súbito una sensación de miedo, al reconocer que tenía a “una extraña inteligencia alienígena” como contrincante. Así es como emerge la mente.

Metafísica: hablar sin decir nada

El concepto de metafísica es el más interesante para el pensador crítico. Esto que voy a hacer a continuación es un ejercicio kamikaze, porque un filósofo tratando de defender una definición de ‘metafísica’ es alguien que pide a gritos la exclusión social —o una paliza nocturna en algún congreso. Hay dos acepciones clásicas del término. La primera, que se remonta al empirismo clásico y que fue desarrollada en detalle por el Círculo de Viena, la define como todo nombre, concepto o proposición que por su propia definición es incapaz de ser referida a experiencias sensibles. La segunda, algo más contemporánea, la define como la forma según la cual decidimos ordenar el mundo. Por ejemplo, por qué consideramos que las mesas acaban donde las patas tocan el suelo, o por qué clasificamos a los animales por razones genéticas en lugar de por su forma de correr. Si uno lo piensa bien, las dos definiciones no tienen nada que ver la una con la otra a menos que nos volvamos platónicos y pensemos que existe la idea objetiva de Mesa. La primera critica nociones ajenas a la experiencia como ‘Dios’ o ‘alma’, mientras que la otra no tiene por qué chocar con la ciencia.

Considero de especial interés la primera definición, a la que denominaré ‘metafísica’ en solitario. Es la definición que más se emplea tanto entre filósofos como entre científicos, y Rudolf Carnap fue el principal abanderado de la crítica contra esta idea. Carnap fue el líder del ya mencionado Círculo de Viena —un grupo de intelectuales que fundaron la filosofía de la ciencia tal como la conocemos— y sin lugar a dudas se trata de uno de los intelectuales más importantes de todo el siglo XX. Una auténtica bestia filosófica. Para ciertos sectores de la filosofía mencionar su nombre aún siembra el pánico y desata accesos de furia. ¿Por qué, siendo tan importante, no es más famoso? Porque, lamentablemente, era un intelectual bastante sosegado —yo diría que era un tipo bastante aburrido—, de estilo expresivo muy seco y que evadía por lo general la disputa directa respecto a sus incendiarias ideas.

Carnap, siguiendo a Hume, desarrolló todo un método de análisis lógico para desentrañar si el lenguaje que utilizamos es o no metafísico. Por ejemplo, cuando decimos que algo es una molécula podemos pensar en diversas maneras de conseguir o no evidencia; lo mismo cuando decimos que humanos y chimpancés tenemos un acestro común. Todo ello no constituirá metafísica. Pero cuando decimos ‘Dios existe’, ‘yo no sufro de complejo de Edipo‘, ‘tienes una subluxación‘ o ‘tu Qì está desequilibrado‘, es imposible, por la propia definición de los términos o por la estructura sintáctica de la frase, pensar en alguna forma de contrastación de lo dicho. Todo aquello que constituya metafísica deberá ser inmediatamente descartado como científico, porque la ciencia consiste en investigación empírica.

¿En qué posición deja esto a determindas hipótesis pseudocientíficas y a algunas corrientes filosóficas? En una bastante mala. Al ser metafísica consisten en meros castillos en el aire que están condenados a no progresar. ¿Preferimos la metafísica hegeliana, la cristiana o la del reiki? La que te de la gana, porque ninguna tiene relación con el mundo en el que vivimos, y todo cambio que se produzca en ellas se deberá a la irrupción de algún iluminado y nunca a evidencia seria. Desde un punto de vista científico, respecto a la metafísica no sería una mala idea seguir el consejo de Hume:

Tomemos en nuestras manos, por ejemplo, un volumen cualquiera de teología o de metafísica escolástica y preguntémonos: ¿contiene algún razonamiento abstracto acerca de la cantidad y el número? No. ¿Contiene algún razonamiento experimental acerca de los hechos y cosas existentes? Tampoco. Pues, entonces, arrojémoslo a la hoguera, porque no puede contener otra cosa que sofismas y engaño

Siguiendo a Carnap, podemos encontrar diversos formatos de metafísica y todo pensador crítico ha de estar bien atento a detectarla:

Pseudonombres y pseudoconceptos: ‘Dios’, ‘alma’ o ‘subluxación’ ya están dichos. ‘Ego’ freudiano; ojo con la típica ‘energía’ indetectable; el ‘ser’ de Heidegger; o el dragón en el garage de Sagan.

Pseudoprocesos: La ‘memoria del agua’ homeopática; telepatía, precognición, telequinesis y todo aquello que se ha denominado erróneamente ‘fenómenos paranormales’; o la ‘compejidad irreductible’ del diseño inteligente.

Pseudopreguntas: Todas aquellas preguntas que interrogan acerca de pseudonombres o pseudoprocesos, o aquellas que carecen de sentido sintáctico, constituyen pseudopreguntas. Este tipo de preguntas se caracterizan por ser incapaces de recibir una respuesta. ‘¿Dónde habita el 13?’; ‘¿Cuál es el sexo de los ángeles?; o ‘¿Cuál es el nombre del actual rey de Francia?’.

Bibliografía:

– Para las ideas expuestas en relación al reduccionismo y al emergentismo en La peligrosa idea de Darwin, de Daniel Dennett, se puede encontrar una exposición más detallada. También resulta interesante la lectura de La metodología de las programas de investigación científica, de Lakatos.

– Para la metafísica el artículo de Carnap La superación de la metafísica mediante el análisis lógico del lenguaje es, de lejos, su escrito más accesible sobre el tema.

Por Angelo Fasce

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16 comentarios en “La armería del escéptico (3): reduccionismo, propiedades emergentes y metafísica

  1. Muy bueno. Me llama la atención que no hayas mencionado a Mario Bunge entre la bibliografía relacionada. Muchas de sus obras abordan con brillo estas cuestiones. Saludos

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    1. Hola Marcelo,

      Mucha gente me ha comentado lo de Bunge, y la mayoría se queda sorprendida con mi respuesta. Con él, pese a compartir una misma aspiración y una misma forma de entender la filosofía, no nos unen demasiadas ideas. Creo que por un lado es demasiado blando en muchas cosas, como, por ejemplo, con la metafísica o con ciertas formas de marxismo. Mientras que por otro lado desarrolla un criterio de demarcación absolutamente extremista y fisicocéntrico, que lo lleva a cierta actitud de ‘caza de brujas’. Para él la ciencia cognitiva, la sociobiología, la psicología evolucionista, casi toda la economía… son todas pseudociencias. Y no sé qué mosca le ha picado en estos últimos años contra Dennett, Pinker y Dawkins, pero ya roza la obsesión.

      Muchas veces se comporta como un elefante en una cristalería. Si te fijas bien, es un autor extremadamente poco citado en los artículos y trabajos sobre criterio de demarcación. Él lo achaca, con cierto toque de manía persecutoria, a ‘sus enemigos’, que se han encargado de echar tierra sobre sus ideas. Pero de eso nada. Simplemente es que su punto de vista se considera excesivamente tosco y ya muy anacrónico. Piensa que el criterio de demarcación de Bunge, que es el mismo desde 1983 sin cambiar ni una coma pese a los avances vividos y las críticas recibidas, requiere para ser ciencia apoyo social, todos los tipos de realismo, incluyendo el metafísico, determinadas formas de organización sociológica, y toda una serie de compromisos un poco absurdos. Así te queda poca ciencia la verdad.

      Autores más refinados sobre el tema tienes al propio Pigliucci, a Braeckman, a Hansson, a Mahner o a Nickles, o incluso a autores no propiamente filósofos pero muy interesantes como Shermer, Gordin o Sokal. Bunge no es, ni muchos menos, el autor de referencia sobre el tema. Ni siquiera es un autor de relevancia en el campo, aunque mucha gente, especialmente en latinoamérica, lo considere la única voz autorizada y la máxima autoridad. Eso sí, su valentía en cierto momento es digna de admirar.

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      1. Gracias por tu respuesta. Comparto varias de tus críticas a Bunge, en particular su desmedida descalificación de la biología evolutiva que me resulta un poco forzada y la crítica al nuevo ateísmo que da la impresión que tuviera un trasfondo personal. El libro de Pinker La tabla Rasa me parece brillante desde todo punto de vista y las críticas de MB a sus trabajos son exageradas. Con relación a su crítica a la hipótesis del gen egoísta de RD ya no sé si no le asiste algo de razón al criticar su debilidad desde el punto de vista científico. Sin embargo, creo que la mala fama de MB, o su identificación con un dinosaurio poco refinado en su pensamiento está sumamente exagerada y a menudo proviene de personas que no han leído más que titulares. Por ejemplo, el trabajo “crítica a la nueva sociología de la ciencia” es lapidario, y anterior tanto a Importuras de Sokal como a Higher Superstition de Gross y Levit (ambas obras, notables). Creo que nunca se le reconoció como es debido la enorme lucidez de su trabajo contra el idealismo, la superstición, el psicoanálisis y las modas posmodernas. Un saludo.

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  2. Sabéis bien que reduccionismo es un concepto bien definido. En su texto usted hace un falacia del equívoco redefiniendo a su conveniencia las críticas realizadas al reduccionismo en ciencias.
    Por lo visto, como supuestos escépticos no pasan de obrar de una forma que se sigue basando, por mucho que lo nieguen en este wordpress, en la ideología de Mario Bunge, fundador de ARP.
    Citas como:

    “Muchos magufos se refieren a estas propiedades como imposibles de reducir, por definición, por parte del vocabulario científico”

    Carecen de relevancia cuando muchos autores que no pertenecen al mundillo de las “pseudociencias” hablan desde hace décadas de nuevos abordajes inter y multi disciplinarios.

    Lo que me ha impactado es su defensa de Lakatos, un filósofo que muchos del mundillo pseudoescéptico han rechazado como “magufo relativista posmoderno”. Por lo visto en su mundo no han salido del atoradero de Carnap y la influencia de Popper -auto negado neo positivista que era más positivista que nada-. Por ejemplo, cuando mencionas:

    “Todo aquello que constituya metafísica deberá ser inmediatamente descartado como científico, porque la ciencia consiste en investigación empírica.”

    Los ejemplos que dais no se corresponden con lo que defiendes. No hay coherencia. En el caso de la acupuntura por mucho que os descalifiquéis porque tiene un fundamento metafísico no implica falta de testabilidad conforme a la metodología científica. Usted mismo se contradice en su otro texto donde alude a los ensayos clínicos, y lo hace mal:

    “donde se detallan todos estos estudios y se pueden observar con claridad sus incongruencias”

    Menciona el NHI que en ningún caso menciona “todos” los estudios, es una escueta revisión que reconoce la eficacia para disminuir algunos dolores corporales. Su argumento de lo inconcluyente se puede aplicar por igual a los criterios de demaración que usáis para discriminar la ciencia de la pseudociencia. No hay evidencia concluyente, ya os dijo Larry Laudan; su criterio es estéril hasta que no hallen una forma correcta de demaración. Y como sabéis, Massimo P no lo ha hecho, sus papers tienen los mismos sesgos y son menos complejos que los de Bunge.

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