Psicología y neurociencia, ese amor/odio

La rivalidad entre la psicología y la neurociencia tiene ya una larga historia, intercambiando reproches y acusaciones, pero también un amor mutuo mal disimulado. Pese a que hay gente que no participa de esta tangana cutre de partido de fútbol entre pueblos rivales, la muerte de la psicología lleva ya algunas décadas siendo un tema recurrente, incluso poniendo en entredicho su estatus como ciencia, mientras la neurociencia, pese a la explosividad de sus resultados en los últimos años, ha sido acusada de timar al personal y de anunciar una potencia explicativa y una fiabilidad de la que carecería. He vivido esta rivalidad en primera persona y de un modo muy intenso, además. Trato a ambos bandos, leo a ambos bandos y, sobre todo, he estudiado con ambos bandos. Los primeros días tratándolos fueron alucinantes para mí, que venía de un campo muy diferente. Los neurocientíficos tenían una actitud bastante desdeñosa hacia los psicólogos, a los que consideraban algo así como ignorantes e irreproducibles apologistas de la envidia de pene, y los psicólogos consideraban a los neurocientíficos como gente de muy pocas miras, encerrados en laboratorios con sus ratas, vendiendo batamantas y robando muchos fondos de investigación mientras eran ellos los que resolvían los problemas del mundo real. Sin embargo, con el pasar de las semanas, se fueron conociendo. No os voy a mentir, los bandos se mantuvieron y sobre todo las barreras de los biólogos aguantaron firmes, pero el respeto mutuo aumentó considerablemente. Por ejemplo, los neuros fueron apreciando los mayores conocimientos de estadística de los psicos, y muchos se sorprendieron de los sólidos conocimientos de psicobiología de muchos de ellos. ¿Por qué no los usaban entonces y, en lugar de pasarse el día haciendo el idiota midiendo conductas y manipulando gente, no se ponían a estudiar las bases moleculares y los subsistemas nerviosos específicos que subyacen a esas conductas? ¿Por qué conformarse con estudios que, ellos entendían, eran superficiales, sesgados y poco explicativos? A responder a esa pregunta dedicaremos el resto de este escrito, porque, siendo diferentes, la psicología y la neurociencia tienen enfoques muy potentes y complementarios, con sus pros y sus contras.

* Nota: El premio a los mejores compañeros de birras, eso sí, se lo tengo que dar a los psicólogos que, sin llegar a la barbarie de un grupo de filósofos, llevan el salvajismo en las venas. Los neuros, según mi experiencia, son gente más colaborativa y apasionada por el conocimiento, con los que da gusto conversar.

Todos los caminos llevan al sistema nervioso

La psicología y la neurociencia no van de la mano por casualidad, sino por un rasgo filosófico muy interesante: comparten dominio. Un «dominio» es el conjunto de fenómenos que estudia un determinado campo científico — considerando que «campo» es el término que incluye las variables sociológicas, psicológicas y procedimentales de una determinada rama de la ciencia. Los dominios de las ciencias están más o menos delineados, aunque abundan las zonas grises. Por ejemplo, el dominio de la biología es la organización de la materia orgánica en organismos que consideramos «vivientes»; pero la relación entre la biología y la química, cuyo dominio es la interacción bajo la forma de «reacciones» de los componentes del mundo, puede ser muy estrecha, razón por la cual existe la bioquímica, que llena ese agujero. Otro caso afamado es el de la mecánica cuántica y la física relativista, cuyos dominios se separan según el tamaño de las entidades estudiadas, pero con un agujero considerable entre ellas, en un territorio comanche intermedio que no se ha conseguido explorar con un marco teórico adecuado. Aunque, bueno, estos son los casos más sencillitos, porque definir el dominio de las ciencias aplicadas — medicina, psicología clínica, ingenierías — o de las ciencias del diseño introduce problemas filosóficos de gran calado. En estos casos, como suele suceder en general, los conceptos que empleamos son más o menos informales y están definidos de forma tácita.

El caso de la neurociencia y de la psicología, sin embargo, es uno de los más llamativos  en relación al tema del dominio. En efecto, ambos campos estudian el sistema nervioso, aunque empleando enfoques muy diferentes. Uno, la neurociencia, estudia las bases moleculares, celulares, tisulares y de sistemas biológicos que dan pie a la actividad nerviosa — en este sentido, estudia, por ejemplo, por qué tenemos neuronas de distinto tipo, el papel de los astrocitos en la recaptación de glutamato, el papel de los canales del calcio en las variaciones sinápticas, las vías aferentes de los ganglios basales, las diferencias entre los potenciales de acción de dendritas y axones, el papel de los núcleos hipotalámicos, etc. —, para ello suele emplear modelos animales, inmunohistoquímicas, cultivos celulares, neuroimágenes y otras técnicas por el estilo. La psicología, por su parte, también lidia con el funcionamiento del sistema nervioso, aunque lo hace atendiendo a sus productos conductuales observables, centrándose en el caso del ser humano y empleando poco, al menos hoy en día, modelos animales. Por ejemplo, estudia las personalidades de las personas, los condicionantes del comportamiento prosocial, los trastornos mentales — cuya etiología está muy poco definida —, o los sesgos cognitivos. Para este fin emplea técnicas de observación conductual más o menos sofisticadas, como las escalas, las tareas cognitivas — por ejemplo, de toma de decisiones en juegos del tipo «dilema del prisionero», o de tipo stroop —, o técnicas de psicofisiología, como el eye tracking o el electroencefalograma. En este sentido, la psicología se hace cargo de procesos de orden superior, de gran complejidad, que incluyen variables ocultas de todo tipo — culturales, hormonales, de sugestión — a los que aspira la neurociencia pero que actualmente es incapaz de estudiar con sus metodologías.

Existe, por supuesto, un área gris entre ambos campos, como es el caso de la psicobiología, aunque muchas veces la distinción entre lo neuro y lo psico es básicamente consensual. Por ejemplo, ¿por qué consideramos que los potenciales evocados son psico y las resonancias magnéticas son neuro? ¿No es acaso la actividad hemodinámica tan conducta como la actividad eléctrica del cerebro? En este caso la distinción se lleva a cabo únicamente porque en una neuroimagen «vemos» un cerebro — atención a las comillas, porque las neuroimágenes tienen más filtro y reconstrucción que Robocop — y en los potenciales «vemos» ondas dibujadas en una gráfica — atención nuevamente a las comillas, porque los EEG son un arte que ríete tú del kamasutra — , lo cual parece encajar más con nuestra idea de lo que es cada campo.

Son dos las preguntas que suele hacerse la gente respecto a lo dicho hasta ahora: ¿Pretende correr la psicología antes de poder siquiera caminar? Y, ¿deberían los psicólogos dejarse de pamplinas y ponerse a estudiar cerebros con microscopios? Las respuestas a estas preguntas no gustarán a los totalitaristas de la actividad científica.

El mecánico y la aspirina

Tradicionalmente se ha considerado que la ciencia lleva a cabo dos actividades: predecir y explicar hechos. Por supuesto, encontrar hechos, entendidos como evidencias, es una actividad que los científicos llevan a cabo, pero la mayor peculiaridad filosófica de la ciencia es que, en base a estos hechos, elabora explicaciones y predice otros nuevos. Por supuesto, las peculiaridades de la explicación y de la predicción científicas son tremendamente complejas y han conllevado ríos de tinta filosófica, de modo que, según el momento histórico y el autor, se ha dado más atención a una cosa o a la otra. Por ejemplo, Popper y Reichenbach eran grandes fans de la predicción, mientras otros, como Hempel o Salmon consideraban que la explicación tenía un valor primordial. Respecto a la predicción, por ejemplo los filósofos solemos demandar que esta sea relativamente improbable, aunque es debatible que, siguiendo a Popper, más improblable = mejor. También solemos exigir que la predicción haya sido claramente delineada, de modo que uno no pueda jugar a su antojo con la interpretación de los hechos.

Las predicciones, qué duda cabe, tienen un gran impacto psicológico en la aceptación de una hipótesis. Un ejemplo clásico de esto fue la predicción por parte de Einstein del desplazamiento de la posición relativa de las estrellas si tenemos en cuenta el efecto gravitacional del sol. Este hecho fue confirmado por Eddington en una de las predicciones más acojonantes de la historia de la ciencia, lo cual supuso un apoyo tremendo a la aceptación de la relatividad. Sin embargo, ¿hasta qué punto es necesario para una ciencia ser capaz de predecir? Por ejemplo, la economía, la historia, la antropología o la biología evolutiva tienen grandes problemas para llevar a cabo predicciones — especialmente si consideramos que en ocasiones se ha separado la predicción de hechos nuevos de la predicción de hechos ya existentes, a veces denominada «retrodicción». La sociología también presenta este problema, aunque en un grado mucho menor a lo que suele decirse por ahí, a la luz de las efectivas técnicas de manipulación de masas. Por esta razón, la predicción ha de ser valorada como un valor muy positivo de la ciencia y como el mayor indicador de capacidad de progreso tecnológico, pero no puede ser el rasgo definitorio de un criterio de demarcación de la ciencia.

Por otro lado, encontramos las complejas explicaciones, cuyo armatoste conceptual suele ser mucho mayor que el de la actividad predictiva. Las explicaciones científicas, por supuesto, se basan en la evidencia y mantienen bajos niveles de elucubración, aunque habitualmente incluyen términos teóricos que sirven para hilar un hecho con otro, dotando de sentido lo que sin ellos es un conjunto desestructurado de evidencia. Existen diversos tipos de explicación científica que han rivalizado dentro de la filosofía de la ciencia, pero que son perfectamente compatibles si consideramos la explicación científica usando gafas pluralistas, que fomenten la concordia y eviten las tendencias al sectarismo. Por ejemplo, el clásico modelo legaliforme hempeliano, el modelo de relevancia estadistica de Salmon, el unificacionista de Kitcher, modelos contextuales como el de van Fraaseen, o modelos causalistas más o menos exigentes, como la laxa propuesta de Woodward y su maravillosa noción de «invarianza» o modelos mecanicistas más complejos, en los que explicar en ciencia consiste en aportar el mecanismo — entendido como una red causal modular y estable — que da pie al fenómeno observado. Hoy en día, siendo Woodward quien ha establecido la noción más empleada de causalidad, es el modelo mecanicista el que goza de mayor auge, considerando que si un campo científico no aporta mecanismos entonces no es explicativo, con casos límite como la física básica, donde se apela a leyes sin más.

Por supuesto, esta idea mecanicista nos obliga a tomar determinadas decisiones, por ejemplo, respecto a las explicaciones estadísticas. Aunque hay quien podría argumentar, no sin razones de peso, que los razonamientos de este tipo son, en realidad, predicciones sofisticadas. Las explicaciones, sean mecanicistas o de cualquier otro tipo, no son imprescindible para el científico, que puede proceder mediante correlaciones y estudios estadísticos. Por ejemplo, sabemos que la corteza de sauce sirve para calmar el dolor desde hace mucho, aunque desconocíamos el mecanismo de su actuación, y conocer este hecho por medio de estudios bien diseñados ya es un gran avance y nos permite operar con él, aunque hayamos conocido su mecanismo mucho tiempo después. Sin embargo, tener explicaciones es muy interesante y da alas a nuestra comprensión del mundo: por ejemplo, sin ella no habríamos sintetizado ácido acetilsalicílico y no habríamos desarrollado aspirinas. Por ello, la relación entre la predicción y la explicación es compleja y requiere de decisiones prácticas atendiendo a diversas variables; preferir una teoría explicativa u otra predictiva depende en gran medida de qué nos aporten, del mismo modo que la cantidad de evidencia que demandamos para aceptar una teoría varía de un contexto a otro. La epistemología de la ciencia es más o menos plástica de acuerdo a lo que más nos convenga, aunque no vale saltarse las reglas.

En este sentido, podemos afirmar que, a grandes rasgos, la neurociencia se ha centrado en explicar el funcionamiento de los mecanismos que componen el sistema nervioso, mientras la psicología está más volcada hacia la predicción de sus outputs conductuales observables. Ambos enfoques, por supuesto, son complementarios: a más conozcas un mecanismo es esperable que aumente tu capacidad para predecir sus outputs.

Sobre constructos y mecanismos

Uno de los puntos más llamativos para notar la diferencia entre ambos enfoques son las entidades que busca estudiar y elucidar cada uno. La neurociencia, en la línea habitual de la biología, busca describir mecanismos. Por ejemplo: los mecanismos que operan sobre el neurodesarrollo de los embriones, los mecanismos nerviosos para detectar el tono muscular o el calor, los mecanismos que desencadenan conductas como el freezing o la respuesta sexual, qué mecanismos fallan en las personas con autismo, esquizofrenia o Alzheimer, o los mecanismos propios de cada sentido a fin de procesar la información. Nuestra comprensión de estos mecanismos, además, no es baja, siendo la neurociencia una ciencia bastante desarrollada — contradiciendo así la leyenda urbana que pontifica que casi no conocemos cómo opera el cerebro. Sin embargo, muchas veces los mecanismos que nos ofrece la neurociencia tienen problemas para la predicción de conductas humanas, tanto por los problemas de extrapolación de los modelos animales como por la aparición de propiedades emergentes y de variables ocultas en niveles de análisis de mayor complejidad. Para ilustrar esta idea: la economía es una rama de la sociología, sin embargo, le cuesta predecir porque está demasiado centrada en las interacciones económicas de las sociedades olvidando otras variables que afectan a su campo, dando lugar así a engendros como pensar que ofreciendo 3 mil euros la gente tendrá más hijos, que el mercado por sí mismo alcanza el precio óptimo que asegura reparto social, o que la satisfacción económica se obtiene únicamente aumentando los propios ingresos.

Por supuesto, hay casos en los que la neurociencia no opera describiendo mecanismos, por ejemplo, en casos como estimulación cerebral profunda en la que se asocia un estímulo en determinada parte del cerebro con un cambio conductual. Sin embargo, la ambición de un neurocientífico que trabaja en estas cuestiones es poder describir por qué esto es así en base a un mecanismo bien definido. Mientras se mantenga en un nivel puramente correlacional, aunque útil y muy interesante, su trabajo será considerado un paso previo. En cambio, lo que encontramos habitualmente en un libro de texto de neurociencia son descripciones de mecanismos como las siguientes:

Mecanismo12mecanismo2

mecanismo14Mecanismo11

La psicología, en cambio, opera sobre unas entidades muy diferentes, que habitualmente se denominan «constructos». No hemos de ententender estos constructos como un producto de constructivismo social en absoluto, dado que un constructo psicológico es una realidad descubierta por medio de la investigación rigurosa, ajena a si vivimos en la URSS o en Australia, aunque su sustrato biológico sea más o menos irrelevante para el psicólogo — y cabe mencionar que incluso la psicobiología funciona parcialmente con constructos; entre los que lo hacen casi completamente están la psicología de la personalidad, la clínica o la psicología social. Los constructos son fascinantes desde un punto de vista filosófico, y consisten, a grandes rasgos, en paquetes de conductas que resultan interna y externamente congruentes. Pongamos un ejemplo: la teoría dual de procesamiento (aka teoría dual del razonamiento) — otro ejemplo canónico es el Big-5. La psicología cognitiva asume desde hace muchas décadas que los seres humanos tenemos dos sistemas de procesamiento de la información: los subsistemas analítico e intuitivo. El subsistema intuitivo es rápido, inherentemente sesgado, emocional y holístico, mientras el analítico es lento, calculador y muy focalizado. Ambos subsistemas, además, son independientes entre sí, de modo que una persona puede tener tendencias variables hacia cada uno de estos subsistemas sin afectar al otro, lo cual quiere decir que uno puede ser analítico sin que ello signifique que uno no sea también intuitivo.

Ambos subsistemas se miden empleando una escala, el REI, que tiene dos factores, «fe en la intuición» y «necesidad de cognición». Estos factores se consideran fiables porque mantienen un alto nivel de congruencia interna, medida por medio de lo que se denomina «alfa de Cronbach», y altos niveles de congruencia externa, medida en base a sus correlaciones estables con otros constructos — por ejemplo, correlaciones con mejor desempeño en tareas de pensamiento crítico o mayores niveles de creencias paranormales. El estudio pormenorizado, iterativo y bien diseñado a nivel estadístico que podamos hacer del REI permite ir delineando ambos subsistemas, estableciendo sus relaciones con otros constructos y sus posibilidades de manipulación experimental. Sin embargo, y pese a que recientemente ha ido progresando el estudio de sus bases neuronales, toda la teoría del procesamiento dual se ha desarrollado de forma puramente predictiva, sin apelar a mecanismos, o empleando algunos pocos muy sencillos y siempre basados en constructos. Este proceder puede parecer marciano para un biólogo ortodoxo, que buscaría entramados causales, sin embargo, no os recomiendo menospreciar el poder de la psicología, que siendo una ciencia ligera y matemáticamente refinada, es capaz de grandes proezas — y, además, también de establecer causalidades mediante la psicología experimental, aunque de forma modesta y metodológicamente compleja.

Trabajar con mecanismos tiene sus ventajas: mayor comprensión, mayor poder de manipulación, mayor capacidad explicativa. Sin embargo, trabajar con constructos también las tiene: mayor capacidad de estudio de fenómenos complejos, menos necesidades tecnológicas, mayor capacidad de resolución de problemas.

La reducción absurda

Cuando se desprecia a la psicología no se está atendiendo a su capacidad para resolver problemas que otras ramas son incapaces de abordar. De acuerdo, vamos a abolir el uso del sistema de clasificación y diagnóstico conductual de los trastornos mentales, apoyándonos únicamente en biomarcadores y en clasificaciones neurológicas. ¿Sabéis lo que pasaría entonces? Pues que todo sería un desastre, porque no tenemos biomarcadores suficientes y nuestras capacidades para el diagnóstico clínico apelando a ellos es muy limitado y está muy poco desarrollado. Sería mejor apelar a ellos, claro está, pero de momento la neurociencia no llega hasta ahí, siendo la psicología el Señor Lobo de las enfermedades mentales, al menos de forma provisional. La psicología es biología, eso es evidente para cualquiera que tenga dos dedos de frente y no crea en hadas, en almas y en causas incausadas, y por ello es ontológicamente reducible al estudio de la materia orgánica, que es reducible, a su vez, a la química, pero la biología no es homogénea; existen diversas metodologías y enfoques, teniendo estos enfoques diversas potencialidades. Si apoyáramos la ya largamente anunciada reducción de la psicología a manos de la neurociencia perderíamos mucho, dado que esta reducción siempre será de la peor de las calañas, al ser incompleta, metodológicamente disfuncional y éticamente reprobable.

Curva memoria

Os pongo un ejemplo práctico acerca de la capacidad de la humilde psicología, de cómo la neurociencia, pese a ser más elegante y fardona, suele ser también menos operativa. El estudio de la memoria por parte de la psicología tiene ya una larga historia que supera ampliamente el siglo. En 1885 Ebbinghaus ya había descrito lo que conocemos como «curva del olvido», empleando para ello autorregistros. Esta curva aún es aceptada hoy en día, y fue establecida de un modo muy rudimentario pero fiable. En 1968, Atkinson y Shiffrin presentaron un modelo general de la memoria que ya incluía la memoria a corto plazo, la de largo plazo y la memoria sensorial, además de algunas relaciones entre ellas:

Modelo memorias

Si la modelización de Atkinson y Shiffrin es o no la descripción de un mecanismo muy sencillo es algo que está abierto a debate, dado que no ahondaron en las relaciones causales entre los módulos, sin embargo, como modelo aún es la base de lo que hoy en día consideramos el estudio de la memoria. En 1968, cabe recalcarlo, no teníamos ni repajolera idea de dónde estaba o qué mecanismos daban pie a la memoria a corto plazo o a la de largo plazo, sin embargo, la psicología ya trabajaba con ellas sin despeinarse, tratándolas como constructos congruentes por predictivos. Para hacernos una idea del avance que presentaba la psicología en contraste con la neurociencia hemos de considerar que en 1949 aún se estaba desarrollando el marco teórico del estudio neurocientífico de la memoria, el postulado de Hebb, y que en 1965 Kandel estaba estudiando los pepinos de mar para ver qué mecanismos operaban sobre constructos psicológicos tan viejos como la habituación, la sensibilización o el condicionamiento. En 1973 los neurocientíficos lograron desentrañar a grandes rasgos el mecanismo básico de la memoria, la potenciación y la depresión a largo plazo. De este modo, mientras los psicólogos ya estaban analizando los límites de la memoria a corto plazo, viendo la relación entre esta y el estrés, o los efectos en la memoria de fármacos o de determinados trastornos mentales, por poner algunos ejemplos, los neuros aún estaban con el ABC de la memoria desde un punto de vista neurofisiológico. En el año 2005 Quian Quiroga comenzó a desentrañar cómo funciona la memoria conceptual, ¿os cuento desde cuándo trabaja la psicología con agrupaciones conceptuales y, en general, con este tipo de performance cognitiva? Pues eso.

En resumen, lo que debería cundir entre neuros y psicos es el mutuo respeto. Claro que la psicología está de mierda hasta arriba, pero también es cierto que es una rama de la ciencia muy potente, relevante y que, en caso de estar bien ejecutada, aporta conocimiento muy fiable. Los neurocientíficos deberían ver en la psicología los horizontes de sus próximos retos, y los psicólogos deberían ver en la neurociencia nuevas posibilidades experimentales y la confirmación o matización de sus propios constructos. No tiene sentido despreciar a la neurociencia, como hacen algunos psicólogos, afirmando que esta no tiene poder explicativo real y que son unos vendedores de crecepelo, ni tampoco lo tiene el caso inverso, el de la psicología como neurociencia para dummies. La humildad, junto a la estadística, a la experimentación y a la interdisciplinariedad, nos llevará más lejos.

Por Angelo Fasce

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4 comentarios en “Psicología y neurociencia, ese amor/odio

  1. Las neurociencias subestiman dos factores que son los pilares para que la psicología se mantenga firme. Estos son; el lenguaje y el ser humano como un ser social.

    Por otro lado, el entendimiento sobre el funcionamiento de las unidades elementales, no basta para comprender la sinergia producto de ellas. De lo contrario existiría un solo dominio y cubierto por un único campo, la física.

    Quizás es otro tema, pero es asombroso ver la lucha de egos entre todas las disciplinas (y dentro de ellas igualmente) al interior de la ciencia.

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    1. Más divertido es ver como varios grupos “escépticos” como los que promueve Fasce terminan rabiosamente atacando y difamando a varios investigadores, cuando creen que nunca tendrán ninguna respuesta o se creen impunes. Al final de cuentas, e irónicamente, los seudoescépticos son el mejor ejemplo que comprueba algunas tesis de Fayerabend y otros filósofos. Desde los fraudes de Monsanto con la EPA; la colusión de grandes capítales de Relaciones Públicas como Sense About Science, Science Media Centre y Genetic Literacy con Monsanto, Coca Cola, y varias empresas dedicadas a medios de comunicación como el grupo PRISA y los periodistas de ARP-SAPC, etc. Hasta los fraudes de manipulación por supuestos “escépticos”, los equipos tácticos que emplean en twitter y varios foros para amedrentar a los demás, y toda la suerte de elementos corruptos para calificar a los demás como “posmodernos, magufos, conspiranoicos, newage, anti vacunas, anti gmo, etc”. Y eso es sólo una pequeña muestra de muchos grandes escándalos que deberían hacer pensar por qué todos o la mayoría de “escépticos” pensaron que Popper era su adalid basándose en el modelo de la física para tratar de explicar todo. Pero Fasce ya tiene una explicación vaga para atacar a quienes le cuestionan, y los caricaturiza.

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  2. Nuevamente, Fasce no tiene manera de demarcar la ciencia de la seudociencia de forma reproducible y rigurosa. Vi sus últimos “artículillos” en su nuevo dossier que será publicado pronto en una revista de esas de las que se queja, y de nuevo ni él ni sus amigos logran definir nada, se la pasan divagando en cómo insultar a los demás, o cómo emplear estrategias de RP para “desmontar seudociencias”, la misma basura sólo que “revisada por pares” por ellos mismos y por su heróe Alan Sokal (curiosamente editor de Métode Studies).

    Si Fasce es tan inútil de colaborar con un embaucador como Edzard Ernst (capaz de manipular fichas de pacientes o manipular estadística), y Fasce se hace de la vista gorda acusando de fraude, y sin pruebas, a los científicos que contradicen su visión simplista de las ciencias, ya tienen el par dinámico que creen poder potenciar su efecto, cuando lo más probable es que su asociación resulte en un estrepitoso fracaso de todo el movimiento “escéptico”.

    Ya casi termina el 2017 con numerosos escándalos de los grupos “escépticos” y cada vez se prueba con mayor claridad que muchos de sus cabecillas sólo son vendidos al mejor postor. Han logrado un record sumamente sustansioso para que en los medios apropiados se pueda denunciar a charlatánes como Fasce y compañia. Y sus estrategias baratas en twitter cada vez son más sospechosas y poco a poco la gente les cree menos y los cuestiona más o se burlan de ellos, incluso cada vez más desmontan sus grupos tácticos de paramilitares (mecos, en realidad).

    Es dulce y bonito notar como por primera vez en la historia todos los seudoescépticos verán su caída de manera exponencial, tanto dinero en los medios de comunicación para que terminen debiendo más a sus patrones por inútiles. Fasce llegó tarde. Ya ni modo. XD

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    1. Tu no te preocupes querido bastardetic a la gente nunca le ha interesado la ciencia ni mucho menos el escepticismo y la divulgación. A los escépticos siempre se los ha visto como arrogantes matones de ilusiones y amargados cuando desmontan algún mito o intentan tumbarle el negocio al charlatán de turno o aún mas como servidores de algún poder oscuro.

      Así que podrás seguir promoviendo comodamente esa pseudomedicina que tanto te gusta, de hecho me sorprende que con la estupidez de algunos no tuvieras éxito y vivas tan frustrado.

      Pero bueno es lo que hay divulgadores mediocres luchando contra charlatanes expertos contra eso no hay ley.

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