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Evidencia, mitos y barbaridades sobre el autismo

Pese a que todos conocemos el término y hemos visto casos en películas o en la vida real, el autismo continúa siendo un gran desconocido. Y este deconocimiento no se limita a la gente de a pie, sino que se extiende a los científicos y profesionales de la salud que, pese a todos los recientes esfuerzos en la investigación del trastorno, muchas veces tienen que lidiar con problemas semánticos recalcitrantes y con lagunas de evidencia. En este artículo me propongo hacer 3 cosas. En primer lugar, acercar al lector la información de la que disponemos, que es algo confusa pero que puede ayudar a comprender mejor a estas personas. En segundo lugar, echar luz sobre algunos mitos que rodean al autismo y explicar algunos de los problemas que propician la sorprendente carencia de avances científicos en relación a él. Y, por último, comentar acerca de las posibles intervenciones que sabemos que pueden dar resultados, mencionando al final algunas de las burradas pseudocientíficas que algunos desgraciados ofertan para aprovecharse del dolor de las personas. En este caso, el dolor de una familia que ve con frustración cómo su hijo padece un trastorno neurológico que le impide llevar una vida plena. Aprovecharse de la gente que está en una situación así es auténticamente vomitivo, así que creo que vale la pena comentarlo aunque sea brevemente.

Lo que sabemos sobre el autismo

Lo que tradicionalmente se ha llamado ‘autismo’ a secas, se denomina en la actualidad, de una forma bastante polémica, ‘TEA’ —trastorno de espectro autista. Se trata de un trastorno del neurodesarrollo que prácticamente podríamos considerar masculino, dado que los niños alcanzan casi al 90% de los afectados. Esto tampoco es algo extraño, dado que una gran cantidad de trastornos neuropsicológicos también tienen diferencias epidemiológicas sustanciales entre los sexos, como la esquizofrenia, el trastorno límite o la depresión. El autismo tiene 3 rasgos definitorios. En primer lugar, los afectados muestran graves problemas para la interacción social, siendo esta deficiente o inexistente. Tienen problemas para comprender las intenciones de las otras personas, para empatizar con ellas, o incluso su interés en los otros llega a ser nulo, encerrándose en sí mismos durante largos períodos. En segundo lugar, presentan notabes alteraciones respecto a la comunicación, tanto verbal como no verbal, implícita y explícita, incapacitándolos para intercambiar información de forma exitosa con la gente que los rodea. Por último, el tercer rasgo definitorio es la aparición de comportamientos estereotipados y recurrentes, que repiten de forma continua a lo largo del tiempo. Normalmente se trata de intereses obsesivos, sistemáticos, centrados en un tema o actividad en particular. Puede ser la informática, la pintura, los OVNIS, los dinosaurios u otras cosas que exploran en todos sus detalles hasta conocerlos a la perfección. Otras veces, en cambio, las estereotipias no son tan intelectuales y pueden consistir en cosas menos teóricas.

Los autistas no son psicópatas, es decir, tienen un mundo emocional complejo y rico. Lo que les pasa es que no son capaces de adaptarlo de forma funcional a las interacciones sociales. Al contrario, muchas veces se trata de niños muy sensibles y frágiles emocionalmente, con poca tolerancia a la frustración —normalmente tienen problemas para adaptarse a un entorno reglado—, y con casos frecuentes de hipersensibilidad auditiva o visual. En los casos menos graves, porque el TEA va desde autistas profundos hasta otros más funcionales, les importa y duele el rechazo social, lo cual los lleva a estar sometidos a un estrés constante y a una pérdida de autoestima que se acrecienta a cada interacción social fallida o a cada burla que reciben. A veces los niños pueden ser muy crueles, lo cual ha hecho que se desarrollen protocolos de actuación en los colegios para que los compañeros sepan cómo interaccionar con ellos, la situación real y el daño que pueden ocasionarles. Todo este estrés crónico hace que el autismo tenga una extendida comorbilidad con la depresión y con diversas fobias, especialmente la social. Más del 65% de los casos de Asperger, por ejemplo, tienen alguna de las dos cosas.

El autismo tiene una altísima tasa de heredabilidad genética, quizás la más alta de entre todos los trastornos mentales que contemplamos en el DSM-V. Casi todos los casos tienen familiares dentro del espectro, y conocemos al menos dos genes directamente implicados. Cada uno de estos genes es el causante directo de un tipo específico de epilepsia, lo cual ha llevado a los investigadores a pensar que ambos trastornos pueden estar relacionados. Las implicaciones genéticas son tan notables que llegan al 92% en casos de hermanos gemelos monocigóticos si somos laxos en el diagnóstico —65% si somos más estrictos.

Estos son los rasgos que conocemos sobre el cerebro de estos niños:

  • Expresión de los genes SNC1A y PCDH19.
  • Niveles bajos de oxitocina —un neurotransmisor directamente implicado en el aumento de los niveles de empatía, confianza y filiación social.
  • Subdesarrollo del sistema de neuronas espejo —lo cual sería la causa de su ausencia de empatía emocional y cognitiva.
  • Sobrepoblación y diferencias en el tamaño de las neuronas del hipocampo
  • Deslocalización de los receptos de GABA en la corteza prefrontal.
  • Diferencias estructurales en el septum, la amígdala y los núcleos mamilares.
  • Niveles bajos de serotonina —un neurotransmisor que se relaciona con problemas en la síntesis de melatonina y, por ello, con los trastornos del sueño que suelen presentar los autistas.
  • Están afectados los mecanismos de apóptosis y poda sináptica, generando cerebros más grandes e interconectados de una forma anómala.

El problema es que, por carencias definicionales de las que hablaré más adelante, estos estudios no son extrapolables a todos los afectados. Cabe la perfecta posibilidad de que los cerebros de dos autistas no compartan ninguna de estas características, lo cual nos indica que estaríamos llamando de la misma manera a dos problemas que en realidad son diferentes en su etiología.

Vale la pena hacer un comentario sobre la última de las características, la más extendida de todas: el mayor peso cerebral. Durante el neurodesarrollo es tan importante la generación de células nerviosas como la muerte de las mismas para que el sistema nervioso se desarrolle de forma adecuada. Un ejemplo de esto, denominado ‘apóptosis’, es el desarrollo de la mano. En un momento del desarrollo fetal han de morir las célular que habían entre nuestros dedos para que estos se puedan formar con éxito. En el caso de los niños autistas estos mecanismos parecen estar afectados, desarrollando cerebros más pesados de los normal, con más sinapsis intramodular y más materia gris que la media —un 7% más de peso encefálico antes del año y medio de edad. Este, el tamaño del cerebro, es el único biomarcador fiable que tenemos en la actualidad para el diagnóstico temprano del trastorno, con una tasa de acierto del 92%. Sin duda, un avance gigantesco y muy esperanzador, porque sabemos que la actuación temprana es de extrema importancia para contrarrestar los síntomas dentro de lo posible.

La cuestión del tamaño cerebral, del exceso de materia gris y del estilo cognitivo de los autistas no es un tema nimio, sino que está estrechamente relacionado con la hipótesis más aceptada respecto a la naturaleza del trastorno. Una hipótesis que se ve reforzada por la enorme prevalencia masculina entre los afectados. El autismo, pensamos, podría ser una hipermasculinización del sistema nervioso durante el neurodesarrollo. Cuando un cigoto con el cromosoma 23 de tipo XY —uno masculino— se desarrolla, es bañado en testosterona, en un proceso que implica primero defeminización y después masculinización, y que afecta de un modo notable al desarrollo posterior del cerebro. Los hombres tenemos más materia gris que las mujeres —que tienen más blanca—, nuestras habilidades sociales son bastante más reducidas —incluídas las lingüísticas—, y nuestro estilo cognitivo es mejor en relación a la comprensión de los detalles específicos de sistemas cerrados, en lugar de las mayores habilidades de ellas para la comprensión holística, conceptual, y para comprender las relaciones existentes entre sistemas. Para tener un punto de vista, digamos, metasistemático. Para ello, el cerebro de las mujeres es más relacional entre sus distintos módulos de procesamiento de información, que se encargan de cosas específicas. Es un cerebro más holista, con mayor comunicación interhemisférica. El exceso de sinapsis presentes en los autistas se concentra en el interior de los módulos, generando en cambio deficiencias en la comunicación entre estos e impidiéndoles relacionar la información que procesan, unificarla, y generando ese estilo cognitivo poco social y obsesivo respecto a cuestiones muy concretas.

La hipótesis que barajamos afirma, en última instancia, que el trastorno se ve reforzado por el neurodesarrollo masculino, hipertrofiándose, y que, en cambio, es paliado por el femenino, que funciona como protector. Los niveles más altos de oxitocina o de materia blanca de ellas, por ejemplo, les servirían para contrarrestar los efectos que, de otro modo, se expresarían con mayor gravedad.

Leyendas urbanas

Uno de lo mitos más extendidos es que los autistas son genios, gente con capacidades extraordinarias que se vuelve excelente como una consecuencia natural de su trastorno. Esto no es cierto. Si bien es verdad que un grupo extremadamente reducido presenta lo que se ha denominado ‘savantismo‘, que implica genialidad desaforada para cuestiones relacionadas con memorización o comprensión de sistemas lógicos, lo cierto es que un 75% de los autistas presenta retraso mental. El resto mantiene unos niveles de inteligencia situados en la media. Esta idea es muy antigua, proviene de la propia descripción del doctor Asperger acerca del cuadro autista que se encargó de analizar. Los entendió como “pequeños profesores”, y elucubró que Einstein, Newton o Leonardo habrían sido autistas. Incluso afirmó que para destacar en ciencia había que tener cierto nivel de autismo. Esto no tiene sentido. Ni esos científicos pueden ser descritos como autistas con seguridad, ni es verdad que los rasgos propios del autismo sean una ventaja para el trabajo científico, que suele requerir altas dosis de colaboración y de habilidades sociales.

Esta idea es una de las que ha fomentado la banalización actual del síndrome de Asperger. Se ha convertido en una moda autodefinirse como tal, retorcer la interpretación del comportamiento de ciertas personas a fin de forzar un diagnóstico que no tiene mucho sentido. A veces es incluso sorprendente la consideración de padecer este trastorno como algo cool, que te convierte en un genio incomprendido. Esto también ha alimentado la idea, defendida por algunos posmodernos negacionistas de las enfermedades mentales, de que el autismo no es un trastorno real, de que es un mero constructo social. Que no es más que un estilo cognitivo inocuo que no se debería considerar de un modo negativo, como si los psicólogos y psiquiatras funcionaran como inquisidores modernos respecto al diferente. Esto es un insensatez que, además, es altamente contraproducente. El autismo, además de causar sufrimiento en aquellos que lo padecem, viene acompañado de una gran cantidad de problemas médicos que pueden ser graves. Es importante que sean monitorizados por varios tipos de especialistas para evitar complicaciones, y las intervenciones psicológicas pueden tener un efecto positivo en su calidad de vida.

Los negacionistas fomentan que estos niños no sean atendidos, demonizando al profesional sanitario y generando en los padres conductas irresponsables. No es un falta de respeto decir que alguien es autista, al contrario, es un primer paso para intentar darle todo el apoyo y toda la ayuda que la sociedad pueda brindarle. Y no debería haber límite alguno, ni en esfuerzos ni en recursos, para ello. Muchos de estos supuestos activistas, además, afirman ser autistas cuando claramente se encuentran en la frontera o directamente pertenecen a ese grupo sobrediagnosticado. No son representativos, y su esfuerzo ideologizado, desde posturas filosóficas absurdas, esconde ideas muy dañinas.

Para solventar esta idea tan extendida de que cualquier persona retraída tiene Asperger, nada mejor que ver un caso real:

Los problemas de sociabilización de Gerardo son graves y requieren de atención profesional. Me pongo de ejemplo a mí mismo. Yo tengo una tendencia recurrente a encerrarme en mi propio mundo, con mis temas y mis cosas, aislándome de los demás. Me siento apasionado por mi campo, que he estudiado de forma casi obsesiva. También tengo problemas para mantener amistades, que he ido perdiendo a lo largo de los años siempre por razones parecidas. A veces siento cierta ansiedad en contextos sociales y no tengo buenas habilidades de sociabilización. ¿Eso me convierte en un caso de Asperger? En absoluto. Simplemente me apasiona lo que hago, soy una persona solitaria y soy algo torpe en mi forma de relacionarme. Y como yo hay mucha gente que, siendo así, no tenemos ningún trastorno. Así que, por favor, no banalicemos más a los chicos que padecen de esto de verdad, porque lo único que hacemos es quitarle rigor a un asunto que debería ser considerado de un modo más serio. Lo mismo está pasando con trastornos como la depresión o los de ansiedad, que sufren banalización y falta de tratamiento.

No hay evidencia concluyente de que el origen del trastorno tenga lugar por complicaciones en el parto, aunque quizás el estrés prenatal pueda afectar de forma negativa. Sabemos también, y esto es de extrema importancia por la macabra moda que se ha instaurado en la actualidad, que las vacunas no causan autismo. La gran proclama del infame movimiento antivacunas es que muchas de ellas causan el trastorno, lo cual no es cierto. La versión contemporánea a la que esta gentuza se adscribe proviene de un estudio fraudulento llevado a cabo por un tal Andrew Wakefield. Hoy sabemos que nada de ese estudio era verdad y que, si bien las vacunas han de ser administradas por profesionales competentes, son seguras y eficaces, son uno de los inventos más grandiosos de la historia de la humanidad. Relacionarlas con el autismo es algo abyecto, una forma de sembrar el miedo en los padres en aras de defender supercherías y estupideces dignas de mentes intoxicadas, de fanáticos descerebrados.

Otro mito es el psicoanalítico. Porque el psicoanálisis siempre tiene alguna estupidez que decir para empeorar las cosas. En este caso propició la idea del origen emocional del autismo, causado por padres a los que denominan ‘padre-madre nevera’. Se supone que estos padres, fríos como témpanos de hielo, que no antendían al desarrollo psicosexual enajenado que postulan estos tan extendidos pseudocientíficos, ocasionaba el enclaustramiento de los autistas. Esta idea, sin embargo, está plenamente descartada por la evidencia disponible. Si bien es cierto que los padres son importantes porque está en sus manos motivar y ayudar al niño, no son los causantes del trastorno. Cargar la culpa en sus hombros, en unas personas asustadas que posiblemente sólo quieren lo mejor para su hijo, es otra forma tremendamente vil de entender la situación. ¡Ah! Y nada de ondas electromagnéticas y de echarle la culpa a los móviles o al microondas, o a los pobres transgénicos, sabemos que ahí tampoco está la causa.

El reciente retroceso

El DSM-V —el manual que utilizan psicólogos y psiquiatras para diagnosticar— ha supuesto un retroceso muy dañino respecto a la posibilidad de elucidar y estudiar el trastorno con más éxito. En la versión anterior se consideraba un apartado para los ‘trastornos generalizados del desarrollo’ (TGD), entre los que se consideraban varios, como el autismo clásico, el no especificado, el Asperger o el síndrome de Rett. Todos estos diagnósticos eran excluyentes, sólo podías tener uno. Y, además, eran diagnósticos por sí mismos, es decir, uno era diagnosticado como Asperger o Rett y no como TGD, que era una mera categoría para agruparlos en el manual. Esto es lo deseable. No todos los que estaban dentro de la categoría ‘TGD’ tenían lo mismo, así que con el tiempo habría que haber ido incluyendo nuevas subcategorías que nos permitan afinar más y más los diagnósticos en grupos cada vez más homogéneos.

En el manual ahora vigente, en cambio, se introdujo el TEA, que es el diagnóstico que se aplica a todos sin matiz. El TGD desapareció y dentro del TEA no se incluyen diferencias, pese a que informalmente podemos seguir hablando de Asperger pero como un mero cuadro. Es el equivalente a diagnosticar el dolor de estómago como ‘dolor de estómago’ a secas, en un sentido puramente conductual, y suponer que todos lo que se comportan poniéndose las manos en el vientre y quejándose tienen lo mismo. Un sinsentido. Lo que ha pasado gracias a este desacierto de la APA es que el diagnóstico se ha hecho muy ambiguo. Los criterios se han ensanchado tanto y, al ser meramente conductuales, se han vuelto tan interpretables, que el sobrediagnóstico es notable. Tan notable como que en los últimos años la tasa de afectados ha aumentado exponencialmente. 15 veces, un 1500%, pasando del 0,1% de la población al 1,5% en las sociedades más desarrolladas.

Esta situación tiene implicaciones directas en la investigación, porque hace que sea más complicado hacer grupos experimentales homogéneos y que los resultados que obtenemos no puedan ser extrapolables a un grupo definido de diagnosticados. Pensemos un poco en los Aspeger, por ejemplo. ¿Por qué los llamamos ‘autistas’? Por mera tradición, en realidad, porque ellos no tienen afectado de forma general el desarrollo del habla y en muchas ocasiones pueden llegar a adaptarse a puestos de trabajo que resulten adecuados. Su nivel de socialización puede ser suficiente. Tienen afectada la empatía, pero sólo hasta cierto punto, y lo que tienen afectado respecto al lenguaje es el lóbulo temporal derecho, que se encarga de las cuestiones prosódicas y contextuales. Entienden la estructura gramatical de la lengua, pero no los dobles sentidos o la comunicación implícita o no verbal. No entienden las ironías o los chistes al comprender los mensajes en un sentido estrictamente lógico, así que nada de refranes o de metáforas con ellos. Pese a que tienen ciertos problemas de coordinación motora e intereses recurrentes, estos son muy diferentes al de los autistas clásicos. Es evidente que estamos ante dos trastornos diferentes, que tienen etiologías distintas y síntomas particulares. Lo que ha hecho el DSM-V es obligarnos a llamar del mismo modo a trastornos que son fenocopias, es decir, que simplemente se parecen en sus manifestaciones conductuales. Y a veces el parecido es lejano.

Esta grave situación de inútil complejidad semántica, que va en el sentido contrario al que se mueve la neurociencia contemporánea, se suma a los problemas metodológicos. Sobra decir que estudiar el cerebro de niños tiene limitaciones éticas y tecnológicas notables. Tampoco tenemos modelos animales para el caso del autismo. Aunque se han desarrollado algunos intentos, acaban siendo meras metáforas, más fenocopias que no son extrapolables al caso humano. Por ejemplo, en el que fue más prometedor aumentar los niveles de serotonina de las ratas mejoraba sus interacciones sociales. Pero en el caso de los niños sabemos, en cambio, que hacerlo empeora los síntomas.

Intervenciones y barbaridades

El autismo, lamentablemente, es incurable. Esa es la dura y exasperante realidad. Aunque hemos desarrollado intervenciones psicológicas que mitigan los síntomas y permiten una mayor integración social de estas personas. Las que tienen evidencia fuerte a su favor, refrendada por muchos estudios que obtienen resultados positivos y relevantes, son los de tipo conductual. Lo importante es que estas intervenciones sean tempranas e intensivas, que comiencen en la niñez y, más que ir mucho a consulta, que sean mantenidas en el tiempo por la gente que rodea al niño. La más extendida es ABA, que es extensamente usada. Hoy en día también se emplea PRT, que es algo menos exigente que la anterior y que se usa cada vez más. Son importantes también los programas de psicoeducación, como TEAACH, que se centran en intervenir en los colegios a los que estos niños asisten para facilitar su integración. Hay varias más, aunque esas tres son las que se consideran de primera opción.

Los enfoques relaciones no tienen evidencia a día de hoy, aunque se emplean y no se debería hacer hasta que estén avalados por el conocimiento científico disponible. El psicoanálisis, muy utilizado en el pasado, y todas las intervenciones psicodinámicas inspiradas en él, son contraproducentes y altamente desaconsejables. El grupo del Carlos III, uno de los más prestigiosos del mundo en relación a las intervenciones en autismo, llevó a cabo una guía para profesionales. El rechazo al uso del psicoanálisis infantil es tajante y explícito, denominándolo como “uno de los mayores errores de la historia de la neuropsiquiatría infantil”.

Hay gente aún más desaprensiva, que oferta todo tipo de productos-milagro para curar el autismo. Uno de los casos más siniestros fue el de la llamada ‘comunicación facilitada‘. Estas personas creían que los autistas, y los comatosos, estaban encerrados en sus cuerpos. Que tenían un trastorno motor que les impedía comunicarse. Afirmaban que tocándolos y haciendo de mediums podían hablar en nombre del niño. Se metían en la casa de estas familias, conviviendo con ellos y usurpando la identidad del afectado, algo realmente escalofriante, digno de una película de terror. Y lo peor no es eso. Lo peor es que estaban convencidos, por influencia psicoanalítica, de que el trastorno había sido causado por los padres, especialmente debido a abusos sexuales. Al poco tiempo de convivir con la familia el ‘facilitador’ comenzaba a narrar detallados y terribles abusos que el niño ‘quería’ expresar a través suyo. Muchos jueces aceptaron estos testimonios como evidencia en los juicios, y muchos padres fueron injustamente encarcelados por abuso de menores. Posteriormente, toda esta escoria fue desenmascarada en una serie de sencillos pero muy bien diseñados experimentos, pasando de la moda e impunidad a ser echados de las casas a patadas.

También se oferta reiki, homeopatia, constelaciones familiares, quiropraxia, agua de mar hexagonal (¿?), estupideces cuánticas, flores de Bach, biodescodificación, magnetoterapia y todas las chaladuras y sinvergoncerías que todos estos hijos de puta sin escrúpulos ofrecen para explotar el dolor ajeno. Mucho cuidado con estas cosas. No sólo porque pueden hacernos perder un tiempo y unos recursos valiosos que podríamos emplear en cosas que sí pueden tener perspectivas positivas, sino porque muchas de estas prácticas son capaces de ocasionar daños o estados de estrés y ansiedad en el niños. Al fin y al cabo, nadie serio o con un cerebro encima de los hombros sería capaz de ofertar algo así, y la falta de preparación para llevar a cabo algo tan complejo seguramente hará que las intervenciones no cumplan con ciertos mínimos procedimentales.

Por Angelo Fasce

12 comentarios en “Evidencia, mitos y barbaridades sobre el autismo

  1. Hay datos “científicos” que en realidad no están ampliamente confirmados, como el del peso cerebral, entre otros. Ojo con las afirmaciones, hay que ser cautelosos.

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    1. Estoy deacuerdo con este comentario.
      Hay diferencias a nivel cerebral como en las neuronas espejo pero en otras afirmaciones que haces no hay tanta rotundidad y consenso.

      A nivel psicodinámico, no se niegan los estudios neurocientíficos que hay, así como una predisposición de ciertos niños a nivel genético. La diferencia con otras formas de trabajar con estos niños es que se focalizan en la relación. Realmente se sabe poco a nivel de evidencia sobre el origen del autismo que las distintas intervenciones parecen adaptarse a las distintas formas de expresión que tiene.

      Leí un articulo sobre las intervenciones con más evidència y la que contaba con más era la atención precoz, sin especificar mucho el como (tendrían que haberlo especificado) . El ABA contaba con evidencia débil, pero la mayoria tenian una falta de evidencia.
      Escribo desde el movil y no tengo aquí la referencia, si te interesa te la paso luego.

      Es un tema muy complejo, en el que se debe seguir estudiando e investigando para mejorar la calidad de vida de quien tiene autismo y la de sus famílias.

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  2. Buen artículo. Tengo un hijo con TEA y síndrome de Lennox. Como también tengo un exmarido bastante hijoputa, te rogaría una entrada sobre teorías de psicopatías narcisistas. Léase, los Roberthares, Hugosmarietanes o Iñaquispiñueles.
    Gracias!

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  3. ¡Hola!

    ¿Qué opinas de la equinoterapia u otras en las que los autistas se relacionan con animales como delfines o perros, cuidándolos, sacándolos de paseo, etc? A mi me suenan un poco a magufada y me gustaría saber si hay algo más sólido y científico detrás de ellas o es puro cuento especulativo.

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  4. Ni sí ni no. Por propia experiencia me atrevería a decir que aún existiendo una clara base biológica, e hipersensibilidad del sistema nervioso, coincido plenamente en la teoría del mundo intenso, de tal modo que necesitan un entorno extremadamente seguro y tranquilo para su desarrollo. Por otro lado, afirmar que tienen un retraso mental en un porcentaje tan alto es una simple observación de la adaptación al medio y su propia identificación de sí mismos, si no te identificas a ti mismo como persona, no te desarrollas, la conciencia es imprescindible para entender el mundo. Yo si creo, por una experiencia personal con mi hijo, que es su hipersensibilidad lo que les frena, pero la sensibilidad es sinónimo de potencial de inteligencia, en su mas alto estado, que necesita el entorno adecuado para desarrollarse.
    Estoy deacuerdo en ayudar y adaptarse a ellos. Lo malo son las etiquetas a niños que les limitan a un trastorno tan grave e incurable por algunos rasgos, tales como los que describes de ti mismo, no dudes que en esta época, muchos de nosotros de niños encajariamos en ese cajón desastre del tea.
    Me parece que hay que ser muy cuidadosos en los diagnósticos, y siempre conservadores, pero ésto no es lo que se está haciendo, hoy día hasta los maestros y orientadores se dedican a colgar etiquetas, con una falta de ética y de profesionalidad de tal modo que cualquier niño que se salga de la norma que ellos creen, se apresuran a etiquetar y acosar a sus familiares.
    En mi opinión, solo se deberían incluir en el autismo, a los más afectados, para prestarles toda la ayuda. Y los que presentan dificultades, enseñarles y darles herramientas para que se sientan seguros y les suba la autoestima. La vida es complicada para todos.
    Por último recordar que los talentos son fuente inagotable de heterogeneidad, la igualdad es un principio, y dentro debe estar siempre la diversidad.

    Pd, queda muy bien éso de que el psicoanálisis es patraña, hay partes de él en los que no coincido, pero te invito a leer la obra completa de Freud, un gran pensador, y después discutimos si es o no, una pseudociencia, o si la psicología y psiquiatría es una ciencia exacta…

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