Psicoterapias alternativas: elucidación conceptual y marco epidemiológico

Artículo publicado originalmente como: Fasce, A., & Adrián-Ventura, J. (2020). Alternative psychotherapies: Conceptual elucidation and epidemiological framework. Professional Psychology: Research and Practice. https://doi.org/10.1037/pro0000310

© 2020, American Psychological Association. This paper is not the copy of record and may not exactly replicate the final, authoritative version of the article. Please do not copy or cite without authors’ permission. The final article will be available, upon publication, via its DOI: 10.1037/pro0000310


Resumen: En este artículo se definen operacionalmente las psicoterapias alternativas y se describen las variables que explican por qué algunos psicólogos profesionales son propensos a respaldar estas prácticas. En primer lugar, el novedoso concepto de “psicoterapias complementarias y alternativas” (CAP) es definido en el marco de la jerarquía establecida de evidencia clínica. En segundo lugar, reportamos una revisión de literatura a fin de aumentar nuestra comprensión respecto a las principales variables que explican por qué algunos practicantes prefieren CAP. En este sentido, revisamos el rechazo al razonamiento científico, las concepciones erróneos sobre la naturaleza humana y las limitaciones pragmáticas de la práctica basada en evidencia.

Declaración de interés público: Este artículo define el concepto de psicoterapias complementarias y alternativas (CAP): todas aquellas técnicas presentadas como psicoterapias sin el respaldo de evidencia adecuada de efectividad clínica. Además, detallamos las principales razones que explican la actitud indulgente de los clínicos. Tanto la discusión filosófica como el análisis epidemiológico de CAP abren una novedosa y prometedora línea de investigación encaminada a dilucidar en mayor profundidad las raíces del rechazo a la práctica basada en evidencia.

Palabras clave: psicología basada en evidencia, psicoterapias alternativas, medicina alternativa, CAP, pseudociencia.


La pseudociencia constituye una de las mayores amenazas para el desarrollo científico de la psicología (Lilienfeld, 2010), pero está fuertemente establecida en la práctica clínica (Lilienfeld, Lynn y Lohr, 2003). Las psicoterapias alternativas con frecuencia comparten ciertos antecedentes históricos (Fasce, 2018; Mercer, 2014),¹ con casos populares y potencialmente dañinos (Lalich y Singer, 1996). Aunque los efectos negativos están también presentes en las psicoterapias basadas en evidencia en calidad de efectos secundarios (Berk y Parker, 2009; Schermuly-Haupt, Linden y Rush, 2018), las implicaciones negativas de las psicoterapias alternativas son más abundantes y van mucho más allá del deterioro a largo plazo de la sintomatología específica (para una revisión ver Lilienfeld, 2007). Ello es debido a su falta de controles éticos y estandarización, así como al desapego de los modelos pseudocientíficos respecto a la evidencia empírica.

En el presente artículo definimos estas técnicas alternativas en el contexto de la psicología profesional. Además, revisamos por qué estas técnicas son tan populares entre los clínicos. En la primera sección del artículo presentamos y definimos el concepto de “psicoterapias complementarias y alternativas” (CAP), análogo a la “medicina complementaria y alternativa” (CAM) en el marco de la psicología clínica. La definición de este concepto es de gran relevancia dado que, hasta hoy, las psicoterapias alternativas apenas han sido consideradas y estudiadas como un concepto unificado. En la segunda sección llevamos a cabo una revisión de literatura respecto a las variables que explican la presencia de CAP y el consecuente rechazo de la psicología basada en evidencia (EBP) entre los clínicos. Revisamos el rechazo del razonamiento científico, las concepciones erróneas sobre la naturaleza humana y los problemas pragmáticos que dificultan la toma de decisiones basada en evidencia.

Psicología y pseudopsicología

Establecer una frontera entre la ciencia y la no-ciencia es una tarea enmarcada dentro del denominado “problema de demarcación”. Esta cuestión filosófica puede enfocarse en cualquiera de los límites de la ciencia; sin embargo, al definir los límites de la psicología resulta particularmente interesante la demarcación entre la ciencia y la pseudociencia, dado que implica definir tanto la no-ciencia como una multiplicidad de estrategias retóricas desplegadas a fin de imitar la estética de la ciencia (Blancke, Boudry y Pigliucci, 2017). Existen dos formas predominantes de pseudociencia: la promoción de pseudoteorías y el negacionismo de la ciencia (Fasce y Picó, 2019a; Hansson, 2017), aunque las instancias mixtas son comunes.² Por ejemplo, la antipsiquiatría puede ser definida como una instancia de negacionismo de la ciencia dentro de la psicología, al promover controversias infundadas que caracterizan la atención de la salud mental como un “mito” represivo — de hecho, estos autores afirman que son la psiquiatría y la psicología clínica aquellas que constituyen pseudociencia. Por el contrario, la grafología, el análisis transaccional y las teorías lacanianas pueden ser descritas como instancias de promoción de pseudoteorías, al implicar un contenido doctrinal complejo, aunque erróneo, que trata en la mayoría de los casos de coexistir con la ciencia. La epidemiología de la pseudociencia mantiene gran interés psicológico, dado que estas creencias se vuelven recalcitrantes bajo condiciones de razonamiento motivado (Kahan, 2016), adquiriendo gran resistencia a la información desacreditadora (por ejemplo, Nyhan, Reifler, Richey y Freed, 2014; Palm, Lewis y Feng, 2017) y al pensamiento analítico (por ejemplo, Kahan, 2013).

Sin embargo, aún asumiendo como filosóficamente legítimo establecer una distinción entre psicología y pseudopsicología en base a determinadas transgresiones epistémicas radicales, ¿resulta empíricamente viable determinar si una técnica en particular es o no es CAP? La Asociación Americana de Psicología (APA) define la práctica psicológica basada en evidencia como “la integración de la mejor investigación disponible con la experiencia clínica en el contexto de las características, cultura y preferencias del paciente” (APA, 2006, p. 273), integrando así investigación y práctica mediante la adaptación de la definición clásica de medicina basada en evidencia provista por Sackett, Rosenberg, Gray, Haynes y Richardson (1996). Adicionalmente, la APA se encuentra desarrollando en la actualidad una guía de práctica profesional a fin de clarificar e implementar el modelo tripartito establecido por su definición de EBP.

Pese a que la investigación acerca de la efectividad y la eficiencia de las psicoterapias aún es limitada, conocemos lo suficiente como para rechazar la versión fuerte del argumento basado en los factores no específicos (DeRubeis, Brotman y Gibbons, 2005), también conocido como “veredicto del dodo”: la idea de que todas las psicoterapias tendrían la misma eficacia en tanto aquello relevante para la obtención de resultados clínicos positivos serían sus factores comunes — especialmente la alianza psicoterapéutica. Aunque en algunos contextos la equivalencia parece ser la norma, las diferencias entre tratamientos son comunes para algunas afecciones y algunas poblaciones. En consecuencia, existen diferencias estadísticamente significativas respecto a resultados primarios y un número significativo de psicoterapias no ha demostrado su efectividad, ya sea debido a resultados negativos o a la falta de investigación empírica fiable (Marcus, O’Connell, Norris y Sawaqdeh, 2014). Considerando los niveles I (ensayos clínicos aleatorizados o metaanálisis de ensayos clínicos aleatorizados) y II (diseños cuasi-experimentales como estudios prospectivos y ensayos clínicos no aleatorizados) como el umbral de evidencia estadística aceptable (Burns, Rohrich y Chung, 2011), solo unas pocas psicoterapias han confirmado su efectividad, mientras su eficiencia varía de un caso a otro — de hecho, únicamente 18 son consideradas como tratamientos “bien establecidos” por la APA (Duncan y Reese, 2012).

Resulta innegable que la evaluación de cientificidad en el marco de la psicología clínica involucra algunas complejidades metodológicas, como la definición y operacionalización de placebos y grupos de control, los anteriormente mencionados componentes no específicos, la falta de validez externa de técnicas no estandarizadas y cierta carencia de comparaciones significativas entre tratamientos. Además, las prácticas de investigación cuestionables son comunes y resultan preocupantes, especialmente para los psicólogos experimentales (John, Loewenstein y Prelec, 2012; para un ejemplo de estas prácticas cuestionables en el marco de la investigación clínica ver O’Donohue, Snipes y Soto, 2016). Sin embargo, han sido publicadas numerosas guías de práctica clínica basada en evidencia (Hollon et al., 2014), facilitando así la toma racional de decisiones con respecto a la selección apropiada de psicoterapias y la distinción entre ciencia y pseudociencia (Lee y Hunsley, 2015). La psicología clínica estudia fenómenos naturales, utiliza metodologías fiables capaces de superar diversas problemáticas de muestra y medición, y consigue obtener evidencia consistente basada en teorías sofisticadas. En consecuencia, estas dificultades específicas del dominio no son mayores que las encontradas al cribar pseudociencia en el marco de otras ramas del conocimiento, como la fisioterapia, la historia o la nutrición.

Psicoterapias complementarias y alternativas

No existe un concepto ampliamente aceptado que abarque técnicas pseudocientíficas dentro de la psicología clínica, y los actuales cuestionarios de medicina alternativa no incluyen prácticas como la hipnosis regresiva, el psicoanálisis de largo plazo, las constelaciones familiares, la terapia gestalt, el rebirthing, la psicología transpersonal, la programación neurolingüística (PNL) y la vegetoterapia caracteroanalítica. Por lo tanto, consideramos necesario introducir un nuevo concepto, las psicoterapias complementarias y alternativas (CAP), definidas como todas las técnicas presentadas como psicoterapias sin evidencia adecuada de efectividad clínica.

Esta definición cumple con los requisitos de la jerarquía ampliamente establecida de evidencia clínica a fin de considerar un tratamiento como empíricamente respaldado o basado en evidencia, en lugar de los requisitos, más exigentes, necesarios para ser considerado un tratamiento bien establecido (Duncan y Reese, 2012).³ La evidencia adecuada es definida aquí como resultados de investigación de nivel I o II obtenidos mediante el uso de metodologías fiables (diseños experimentales informativos, grupos de control, análisis de datos bien ejecutados y pertinentes, etc.), consistentes a la luz de protocolos como revisiones sistemáticas y metanálisis, y no refutados por información más fiable o completa. Además, aunque la influencia de los factores comunes en los resultados clínicos es sustancial, particularmente en relación a los resultados secundarios, la evidencia adecuada debe centrarse en los componentes específicos de los tratamientos a fin de validar los postulados específicos de un determinado enfoque terapéutico.4 En resumen, la evidencia adecuada debe ser fiable, consistente, específica y vigente.

CAP incluye dos categorías. Puede denotar psicoterapias que carecen de evidencia adecuada para el tratamiento de un trastorno mental específico (CAP dependiente del contexto; CD-CAP) o para todos los trastornos mentales (CAP radical o pseudocientífico; R-CAP).5 En otras palabras, una técnica sería considerada como R-CAP si su categorización en tanto que psicoterapia alternativa es independiente de qué trastorno está siendo evaluado o como CD-CAP si su categorización es específica de uno o varios trastornos — por ejemplo, una terapia de tipo CD-CAP puede ser efectiva para el tratamiento del trastorno de depresión mayor pero no para el trastorno del espectro autista. Por lo tanto, incluso técnicas como la terapia cognitivo-conductual, altamente efectiva y eficiente para una amplia gama de trastornos mentales, deben ser consideradas como CD-CAP en el contexto de trastornos para los cuales su efectividad no ha sido demostrada por medio de evidencia adecuada. Por el contrario, técnicas como el análisis bioenergético, la terapia narrativa y la terapia primal deben ser consideradas como R-CAP para todos los trastornos mentales descritos.

Del mismo modo, el estatus de CAP puede verse modificado y variar con el tiempo; no todas sus instancias actuales involucran problemas lógicos insalvables o contenido metafísico, de modo que resultados de investigaciones futuras podrían respaldar psicoterapias que actualmente deben ser consideradas como técnicas alternativas. Por lo tanto, CAP no debe interpretarse como una categoría ahistórica y concluyente, sino como una categoría científica y ética enmarcada en un corpus de conocimiento científico enmarcado en un determinado momento histórico. En este sentido, no es lo mismo estar invalidado que no validado (Westen y Morrison, 2001), y no todas las instancias actuales de CAP han sido invalidadas. Al contrario, muchas de ellas no han sido suficientemente estudiadas. Sin embargo, debido a la naturaleza del concepto, estrechamente relacionado con el conocimiento científico y la ética profesional, estas técnicas no validadas también deben ser conceptualizadas como CAP.

Existe al menos un intento previo de subsumir las psicoterapias pseudocientíficas bajo una categoría conceptual: la definición efectuada por David y Montgomery (2011) de las “psicoterapias pseudocientíficamente orientadas” (POPs) como “terapias utilizadas y promovidas en el campo clínico como si tuvieran una base científica, a pesar de la fuerte evidencia contraria relacionada con al menos uno de sus dos componentes (es decir, con su teoría y su aplicación terapéutica)” (p. 92). Sin embargo, existen algunas diferencias sustanciales entre POP y CAP. En primer lugar, CAP se define por medio de la actual jerarquía de evidencia clínica, mientras que las POPs son definidas dentro de una jerarquía evidencial novedosa y aún controvertida que incluye tanto evidencia teórica/mecanicista como criterios para definir tratamientos bien establecidos (para algunas de las dificultades de esta propuesta ver Lilienfeld, 2011). En segundo lugar, si bien las POPs se clasifican por medio de seis categorías, en dos de las cuales la teoría tiene prioridad sobre los ensayos clínicos, CAP se restringe a casos radicales de mala conducta epistémica, caracterizados por una flagrante falta de evidencia estadística adecuada y no por fundamentos teóricos defectuosos.

La definición de CAP identifica técnicas alternativas a través de la falta de evidencia estadística de efectividad en entornos clínicos, estableciendo así una distinción tajante entre psicoterapias alternativas y basadas en evidencia. En consecuencia, a pesar de los estimulantes debates sobre el papel de la plausibilidad teórica, los mediadores y los procesos en la evaluación de la causalidad terapéutica (por ejemplo, Kazdin, 2007), la definición de CAP encaja bien con la definición y operacionalización de CAM. También encaja satisfactoriamente con las actuales guías de práctica basadas en evidencia, ofreciendo una definición parsimoniosa y funcional de las psicoterapias alternativas.

¿Por qué es CAP tan popular entre psicólogos clínicos?

A pesar de los actuales esfuerzos institucionales dentro de la psicología clínica, existe una amplia brecha entre investigadores y practicantes respecto a la aceptación de EBP debido a múltiples razones (Lilienfeld, Ritschel, Lynn, Cautin y Latzman, 2015). En efecto, los investigadores tienden a respaldar la práctica basada en evidencia (r = 0,39), mientras los clínicos muestran una actitud opuesta (r = -0,11; ambos tamaños de efecto han sido extraídos de Seligman et al., 2016). Además, los psicólogos clínicos son menos propensos a respaldar EBP en comparación con otros profesionales de la salud. De hecho, han mostrado niveles más bajos de apoyo para la EBP que los trabajadores sociales y los consejeros registrados (d = 1,68, en Padmanabhanunni y Sui, 2017),7 que los enfermeros (d = 0,21, en Rye, Friburgo y Skre, 2019), y que los profesionales de otras especialidades psicológicas (d = 0,25, en Rye et al., 2019). Esta renuencia a apoyar EBP es mayor entre los practicantes privados (β = -0,24, en Nelson y Steele, 2007; β = -0,19, en Rye et al., 2019) y dentro de algunas orientaciones teóricas — como es esperable, la aceptación de la EBP es significativamente más baja entre practicantes de CAP que entre, por ejemplo, los clínicos de orientación cognitivo-conductual (β = -0,32, en Nelson y Steele, 2007; para un estudio cualitativo ver Gyani, Shafran, Rose y Lee, 2015). Por último, y a pesar de que el liderazgo influye en la aceptación de la EBP por medio de un clima de trabajo favorable (β = -0,19, en Brimhall et al., 2016), algunos estudios recientes indican que los líderes en entornos clínicos muestran el mismo nivel general de compromiso respecto a la EBP que sus subordinados (Rye et al., 2019; Stadnick, et al., 2018).

Las elevadas tasas de uso de CAM entre psicólogos clínicos ilustran la resistencia a la práctica basada en evidencia, con populares apologistas de su uso clínico (JE Barnett, Shale, Elkins y Fisher, 2014) y una fuerte oposición basada en la defensa de los resultados científicos (Swan, Skarsten, Heesacker and Chambers, 2015). En Liem y Newcombe (2017) el 73% de los clínicos indonesios recomendaron a sus clientes el uso de CAM, mientras el 98% había hecho uso de estas técnicas alternativas para el tratamiento de sus propios problemas de salud. En dos estudios australianos alrededor del 69% de los clínicos reportaron haber utilizado CAM (Ligorio & Lyons, 2019; L. M. Wilson, White y Obst, 2011). De estos, el 81% utilizó CAM para el bienestar psicológico y el 86% para la salud general (Ligorio & Lyons, 2019), mientras el 51% derivó pacientes a practicantes de CAM (L. M. Wilson et al., 2011). En Stapleton et al. (2015) una muestra internacional de clínicos australianos, estadounidenses, neozelandeses y británicos reportaron un 99,6% de uso de CAM, con el 64,2% de la muestra habiendo recibido algún tipo de capacitación formal en al menos una técnica de CAM.8

A pesar de esta situación, los psicólogos clínicos tienden a aceptan la investigación científica como una referencia relevante durante la toma de decisiones profesionales, pero no consideran la investigación como una fuente principal de información (Borntrager, Chorpita, Higa-McMillan y Weisz, 2009). En consecuencia, tienden a priorizar las discusiones informales con colegas (Gyani et al., 2015; Nelson, Steele, & Mize, 2006; Pignotti, 2009; Stewart & Chambless, 2007), su experiencia directa con pacientes (Gyani et al., 2015 ; Nelson et al., 2006; Pignotti, 2009; Stewart y Chambless, 2007), la compatibilidad con su orientación teórica (Pignotti, 2009; Stewart y Chambless, 2007; Stewart, Chambless y Baron, 2012), e incluso la compatibilidad con sus intuiciones, personalidad y emociones (Pignotti, 2009). Se han propuesto varias teorizaciones para explicar la persistencia de este desprecio por parte de los clínicos hacia la EBP (por ejemplo, Gallo y Barlow, 2012; Lee y Hunsley, 2015; Lilienfeld, 2010; Lilienfeld, Marshall, Todd y Shane, 2014; Lilienfeld, Ritschel , Lynn, Cautin y Latzman, 2013; Stewart et al., 2012). Detallaremos las explicaciones más aceptadas en las siguientes secciones.

Rechazo del razonamiento científico

Una de las características más importantes del estilo de razonamiento de los profesionales que se resisten a la EBP es lo que los filósofos denominan como “realismo ingenuo”: la idea de que la información intuitiva que recibimos “a través de nuestros propios ojos” representa en gran medida o de forma completa la verdadera estructura y comportamiento de la realidad (L. Ross y Ward, 1996). En el marco de la teoría dual de la cognición, particularmente en la interpretación intervencionista (Evans, 2007), la respuesta rápida e intuitiva derivada del Sistema 1 constituye nuestro subsistema cognitivo por defecto, pero puede ser anulado o revertido por medio de la clase de cogniciones lentas y analíticas que caracterizan el Sistema 2. El pensamiento intuitivo no es inherentemente incorrecto, pero algunos autores exageran sus beneficios epistémicos (por ejemplo, Gigerenzer, 2007) dado que la intuición se ve fácilmente afectada por sesgos cognitivos (Myers, 2003). En relación a esto, Seligman y sus colaboradores (2016) encontraron resultados preocupantes: la toma intuitiva de decisiones está correlacionada de forma positiva con el interés en la práctica clínica (r = 0,17), mientras el pensamiento analítico se asocia de forma fuerte y positiva con el interés en desarrollar una carrera centrada en la investigación (r = 0,43). Además, una mayor predominancia del estilo intuitivo de razonamiento entre los clínicos se encuentra negativamente asociada con el apoyo a la EBP (r = -0,33, en Seligman et al., 2016), así como de forma positiva con creencias mágicas relacionadas con la salud (r = 0,43, en Gaudiano, Brown & Miller, 2011) y con el respaldo a la medicina alternativa (r = 0,57, en Gaudiano et al., 2011).

Existen otros factores lógico-metodológicos que interfieren con la aceptación de la EBP, como la deficiente comprensión de la lógica de la carga de la prueba (Pigliucci y Boudry, 2014) — la inversión de este estándar epistémico genera una “llamada a la ignorancia” en la cual la falta de evidencia se convierte en evidencia confirmatoria. Adicionalmente, la tensión entre la investigación psicológica nomotética e ideográfica también constituye una problemática habitual (Grove y Meehl, 1996). Pese a que, debido a las distribuciones de probabilidad, las predicciones basadas en generalizaciones no funcionan para todos los pacientes, sí son capaces de ofrecer la mayor garantía para la mayoría de ellos al facilitar la reducción de la incertidumbre durante la toma de decisiones (Ægisdóttir et al., 2006). Sin embargo, la disparidad entre el enfoque estadístico de los investigadores y la práctica clínica individualizada dificulta el uso de hallazgos basados en muestras amplias, llevando a muchos clínicos a exigir una mayor flexibilidad al implementar los resultados de la investigación cuantitativa (Kendall y Frank, 2018; Nelson et al., 2006).

Los clínicos han mostrado de forma consistente mayores dificultades que los investigadores para comprender el marco lógico de la epistemología científica (conocimiento provisional e incompleto, pero fiable), especialmente en relación a los ensayos clínicos aleatorizados (Gyani et al., 2015; Nelson et al., 2006). En consecuencia, los practicantes muestran una sorprendente tendencia a desplegar un “enfoque filosófico” respecto a los ensayos clínicos, sobredimensionando sus preocupaciones sobre cuestiones relacionadas con la naturaleza, la metodología y la jerarquía de la evidencia clínica (Gyani et al., 2015). En los casos más extremos, este enfoque puede interpretarse como una forma de “pseudoescepticismo” (Torcello, 2016).

Concepciones erróneas sobre la naturaleza humana

Existen muchos mitos sobre la psicología, muchos de ellos directamente relacionados con la etiología y el tratamiento de los trastornos mentales (Hughes et al., 2015; Lilienfeld, Lynn, Ruscio y Beyerstein, 2009) — por ejemplo, que las personas con esquizofrenia muestran trastorno de identidad disociativo o que los sueños expresan deseos inconscientes. La persistencia de estas concepciones erróneas causa fuertes distorsiones en las valoraciones que realizan los clínicos respecto a qué enfoque psicoterapéutico se adapta mejor a la naturaleza humana. Las concepciones erróneas relacionadas con el funcionamiento de la memoria resultan particularmente dañinas en este sentido (Lynn, Lock, Loftus, Krackow y Lilienfeld, 2003), en tanto la represión de recuerdos traumáticos ha sido postulada por algunos autores como la etiología de prácticamente todos los trastornos mentales existentes (por ejemplo, C. Ross y Pam, 1995). En los Estados Unidos el 60,3% de los psicólogos clínicos, el 77,6% de los estudiantes de psicología, el 89,8% de los practicantes de PNL y el 82% de los hipnoterapeutas creen que los recuerdos reprimidos son un fenómeno psicológico real, recurrente y con profundas implicaciones para el cuidado de la salud mental (Patihis, Ho, Tingen , Lilienfeld y Loftus, 2014). Otras concepciones erróneas, como el ambientalismo radical y la primacía psicopatológica de las experiencias infantiles, se hallan a la base de la denominada “visión traumacéntrica” de los trastornos mentale (Giesbrecht, Lynn, Lilienfeld y Merckelbach, 2010), lo cual ha conllevado afirmaciones tales como “traumas crónicos graves en la etapa infantil constituyen la abrumadora causa de la psicopatología en la civilización occidental” (C. Ross y Pam, 1995, p. 122). Estos marcos conceptuales erróneos impulsan las preferencias hacia CAP entre los clínicos y representan un grave impedimento para la elección de psicoterapias que no buscan profundizar en un pasado supuestamente traumático de los pacientes — siendo la terapia cognitivo-conductual un ejemplo de ello.

Limitaciones pragmáticas

Existen ciertas actitudes estrechamente relacionadas con la práctica y la enseñanza de la psicología clínica que explican por qué algunos profesionales prefieren CAP en lugar de la práctica basada en evidencia (Gallo y Barlow, 2012; Stewart et al., 2012). Por ejemplo, muchos clínicos se encuentran emocionalmente agotados debido a las altas cargas de trabajo que asumen, careciendo de tiempo para buscar información sobre intervenciones basadas en evidencia (M. Barnett et al., 2017; Gallo y Barlow, 2012). Algunos de ellos se sienten abrumados por la gran cantidad de información existente acerca de la EBP e interpretan la búsqueda de resultados de investigación relevantes como un esfuerzo sin fin (Gallo y Barlow, 2012), mientras muchos encuentran problemático el lenguaje técnico utilizado en los artículos académicos, especialmente la jerga estadística (Backer, 2000). Por último, un gran número de psicólogos clínicos no sostiene una comprensión clara acerca de qué es un manual de tratamiento y de qué valor tiene para la práctica clínica (Borntrager et al., 2009).

Otra razón pragmática que explica la alta aceptación de CAP reside en el ambiente de corrección política que tradicionalmente caracteriza las interacciones entre psicólogos. Debido a esto, muchos clínicos consideran que los proveedores de CAP pertenecen a una “escuela de pensamiento” igualmente respetable (Lilienfeld, 2010). En campos científicos como la psicología clínica es legítimo defender una hipótesis o una teoría subdeterminada, pero “escuela de pensamiento” es un concepto relacionado con el dogmatismo, inaceptable en el marco de la epistemología y el ethos de la investigación científica.

A la luz de esta situación, autores como Lilienfeld, Lohr y Morier (2001) han argumentado que la educación de los psicólogos debería incluir capacitación explícita encaminada a mejorar la detección de pseudociencia. Los fundamentos empíricos de estas propuestas pedagógicas son sólidos: aunque existen correlaciones lineales negativas entre algunos componentes de la alfabetización científica y ciertos tipos de creencias injustificadas (Fasce y Picó, 2019b), únicamente los cursos que abordan de manera específica y explícita dichas creencias injustificadas se asocian con su reducción; por el contrario, la instrucción general en pensamiento crítico y métodos de investigación no vinculada de forma directa con la pseudociencia carece de tales resultados satisfactorios (Dyer & Hall, 2019; JA Wilson, 2018). En consecuencia, se ha observado que la educación psicológica general no tiene un efecto sólido y sostenido contra el rechazo de la EBP (por ejemplo, Aarons et al., 2010; Aarons y Sawitzky, 2006; Nelson y Steele, 2007), mientras los cursos explícitamente focalizados en la EBP (β = 0,27, en Nelson y Steele, 2007) y en una cultura institucional constructiva (d = 0,55, en Aarons y Sawitzky, 2006; β = 0,38, en Nelson y Steele, 2007) son particularmente efectivos en aras de incrementar la apertura hacia la práctica profesional basada en evidencia.

Observaciones finales

Algunos clínicos sufren de una falta sistemática y persistente de comprensión internalizada de los fundamentos filosóficos de la psicología en tanto campo científico, así como de los beneficios pragmáticos y éticos de la EBP. Como consecuencia, estos clínicos han de ser persuadidos a incrementar su comprensión y compromiso, mientras, en términos generales, los clientes deben ser mejor informados acerca de las posibles consecuencias negativas de las psicoterapias alternativas. Aunque existen avances, como el compromiso de la APA respecto a la práctica basada en evidencia (APA, 2006), son necesarias mejoras de mayor calado en la enseñanza, la difusión, la acreditación profesional y el control ético de la psicología clínica.

Sería interesante en este sentido analizar cómo han sido implementadas estas mejoras en el contexto de la medicina, aunque la psicología clínica podría conllevar algunas problemáticas intrínsecas. Por ejemplo, ciertas peculiaridades como la naturaleza abstracta y difusa de los constructos psicológicos, la relativa falta de conocimiento sobre los procesos terapéuticos y los mecanismos de nivel inferior, y la amplia gama de técnicas estadísticas exigentes podrían dificultar una comprensión adecuada del campo. En relación a las ventajas pragmáticas de la EBP, el estigma histórico de la salud mental, movimientos posmodernos de negacionismo de la ciencia como el movimiento antipsiquiatría, y las profundas implicaciones emocionales y relacionales de la salud mental podrían ser, a su vez, particularmente problemáticas en relación a la aceptación pública de la psicología clínica.

Hemos ofrecido una definición operacional de las psicoterapias alternativas a fin de que sea empleada en futuras investigaciones sobre la cuestión. Sin embargo, el objetivo más básico de este artículo no es otro que alentar a otros autores a investigar CAP de la misma manera que ha sucedido con CAM. Hacerlo resulta de gran importancia, dado que CAP ha demostrado ciertas características distintivas profundamente arraigadas en la atención de la salud mental, siendo un conjunto de prácticas persistentes y potencialmente dañinas. Además, el estudio de CAP no es únicamente preventivo; puede ayudarnos a mejorar la implementación de la EBP a través de una mejor comprensión de sus deficiencias, así como explicar por qué su rechazo resulta tan atractivo.

Notas:

1: Este trasfondo histórico a menudo se remonta al mesmerismo e incluye como principales hitos la escuela de hipnosis de la Salpêtrière, el psicoanálisis freudiano y el movimiento del potencial humano. Debido a ello, la mayor parte de psicoterapias alternativas comparte una cantidad sustancial de fundamentos conceptuales tales como la regresión, los recuerdos reprimidos, la catarsis como forma de curación y la etiología emocional, traumática e infantil de los trastornos mentales.

2: La demarcación de la pseudociencia no debe ser considerada como un subproducto de la definición de la ciencia; pseudociencias como la homeopatía, el diseño inteligente y el misticismo cuántico involucran rasgos claramente extracientíficos. Por lo tanto, la ciencia y la pseudociencia se definen por características distintivas y exclusivas que caracterizan a la pseudociencia como una etiqueta extrema que no debe ser esgrimida a fin de desacreditar, entre otros, a la protociencia, a la “ciencia blanda” y a líneas de investigación prometedoras.

3: Las técnicas de liberación emocional, la terapia holística del campo del pensamiento, la terapia narrativa, la psicología energética, el psicodrama, la arteterapia, la psicomagia, la regresión hipnótica y la terapia primal constituyen ejemplos adicionales de CAP.

4: La efectividad de los postulados específicos de los enfoques terapéuticos deben ser evaluados de forma independiente, en particular a fin de evitar variables confundentes. Por ejemplo, existe un animado debate acerca de la efectividad de los factores específicos de la desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares (EMDR). Algunos estudios defienden que la imitación de los movimientos sacádicos no mantienen un papel causal respecto a los resultados positivos observados de esta psicoterapia (por ejemplo, Davidson y Parker, 2001), mientras otros estudios sostienen que sí presentan efecto clínico debido a que los movimientos oculares comprometerían la memoria de trabajo durante la recolección de recuerdos estresantes (por ejemplo, van den Hout y Engelhard, 2012). Sin embargo, esta explicación contradice la teoría de “estimulación bilateral” que sostienen los defensores del EMDR y únicamente afectaría a la eficiencia de la intervención; es decir, los movimientos oculares serían un moderador, no un mediador, respecto a los resultados clínicos observados, de modo que la exposición en imaginación constituiría una variable confundente. Que el EMDR funcione o no mediante exposición encubierta no supone una cuestión menor; a pesar de la evidencia de eficacia inespecífica que ha situado esta técnica como un tratamiento de primera línea para el trastorno de estrés postraumático, aún podría constituir CAP si sus postulados específicos no demuestran mantener un vínculo causal respecto a sus resultados clínicos.

5: Vale la pena mencionar que CAP se define aquí como un conjunto de intervenciones específicas con trasfondos teóricos complejos, con lo cual el concepto no incluye actitudes, estilos de respuesta y características personales de los terapeutas, sean o no moderadores positivos o negativos de la psicoterapia — por ejemplo, la empatía y la tendencia hacia la confrontación o los comentarios hostiles (para una revisión ver Norcross & Wampold, 2019). Por lo tanto, CAP únicamente hace referencia a técnicas fuertemente basadas en teorías específicas destinadas a definir mediadores para resultados psicoterapéuticos positivos. En este sentido, resulta de gran importancia que los psicólogos definan de forma explícita las variables y procesos incluidos en sus modelos teóricos, dado que la ambigüedad dificulta su evaluación empírica.

6: Todas las instancias de CAP mencionadas en este artículo son incontrovertidas en tanto se trata de prácticas que muestran una total ausencia en las guías de práctica basada en evidencia y, por lo tanto, se encuentran ampliamente desacreditadas. Para casos controvertidos en los cuales nos vemos obligados a valorar la calidad e idoneidad de los resultados de investigación (tamaños de muestra, medición, fiabilidad de la revisión por pares, solidez de los análisis de datos, etc.), resulta necesaria más investigación a fin de desarrollar protocolos adecuados. Sin embargo, como sucede con la definición de “pseudociencia”, consideramos que la definición de CAP resulta de mayor utilidad para fines científicos y sociales si es limitada a casos radicales de mala conducta epistémica.

7: Este resultado se obtuvo analizando las diferencias entre psicólogos clínicos (n = 27) versus otros (trabajadores sociales y consejeros registrados; n =13) respecto a la subescala de requisitos de la escala de actitudes hacia la práctica basada en evidencia (Aarons, 2004).

8: De forma similar, investigaciones previas han demostrado que el uso de CAM entre pacientes de servicios de salud mental también es sustancial (de Jonge et al., 2018; Hansen & Kristoffersen, 2016; Spinks & Hollingsworth, 2012).

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