La mordaza posmoderna

La gente que sabe de filosofía (no yo, la gente que sabe sabe) ha llegado a un cierto consenso respecto a la posmodernidad, considerándola un conjunto de ideas de tercera división. Una especie de inmundicia provinciana consistente en meros estribillos extremistas robados a filósofos anteriores más o menos rescatables, empaquetados y servidos para el disfrute de esa gente escasa que se emociona con el glamour de ser los más listos del granero. Es normal que los filósofos de envergadura piensen estas cosas sobre los posmodernos, porque para una catedrático experto en Leibniz, en el concepto de nación bajo el yugo napoleónico o en el empirismo constructivo de Van Fraassen, sentarse a escuchar a un tipo salido de la nada hablar desde su condición de género fluido sobre la evidente cultura de la violación en la sociedad vasca contemporánea hace que la silla queme y la vergüenza ajena sea difícilmente asumible.

Pero, ¿por qué, pese a ser tan mediocre, es tan poderosa? ¿Cómo consigue la posmodernidad erosionar la capacidad crítica hasta someter academias y poderes políticos? La mordaza posmoderna es compleja y supone un reto para cualquier análisis retórico al que estemos acostumbrados, dado que su gran poder reside en su ambivalencia. En efecto, la retórica posmoderna se parece mucho a la retórica pseudocientífica al impostar un producto estéril basado en la autoridad como el fruto de un análisis critico adecuado. Nos consigue vender por medio de toda una batería de argucias una filosofía colectivista, sin poder emancipatorio alguno e incapaz de asegurar un marco garantista, impostada como una forma de compasión por las víctimas y los desfavorecidos.

El sujeto posmoderno

Comencemos por preguntarnos quiénes son los posmodernos. O, mejor dicho, en qué clase de sujetos nos convierte la posmodernidad. Cuando en filosofía se habla de “sujeto” suele ser en dos contextos. En primer lugar, en relación a los sujetos históricos, a los protagonistas de la historia. Por ejemplo, para el marxismo el sujeto histórico son las clases sociales: la nobleza, la burguesía, el proletariado y alguna más que es controvertida. No hay sujetos individuales, sino clases sociales que se relacionan, según el esquema del materialismo histórico, de un modo teleológico (acercándose a la sociedad sin clases) y siguiendo una determinada lógica (la dialéctica) hacia un espacio de completa realización humana (el paraíso comunista). El sujeto histórico del nacionalismo orgánico son las naciones, el del liberalismo los individuos libres, el de las feministas la dinámica patriarcado/mujeres, etc. Por su parte, el sujeto histórico de la posmodernidad es el colectivo. Unos colectivos que, además, son definidos por las razones más superficiales que podamos imaginar — no son precisamente empiristas lógicos carnapianos, fans de Neil Young, afectados por un determinado terremoto o pacientes galeses de cáncer de tiroides. No son colectivos que podamos definir por sus intereses, experiencias y objetivos comunes, o por su desempeño laboral, sino que son definidos por cosas tan generales y vagas como el color de piel (negros, blancos, latinos…), el lugar de nacimiento (asiáticos, europeos del este…), la gente con la que quieres acostarte (homosexuales, heterosexuales, bisexuales…), haber llevado a cabo un proceso de cambio de género (transexuales…), características morfológicas (gordos, flacos, rellenitos, bajitos, altos…) o lo que tienes entre las piernas (hombres, mujeres…).

De hecho, la definición de colectivos por parte de la posmodernidad es delirante. Por ejemplo, debido a algo tan superficial como la concentración de melanina en la piel, un estudiante negro de la Universidad de Nueva York cuyos padres pagan setenta mil dólares anuales para que pueda hacer cursos de estudios de género, que dedica su tiempo libre a ir a escuchar jazz al West Village y a gestionar un meetup de fans de Madonna, es considerado por esta gente como parte del mismo colectivo que los esclavos africanos de los campos de algodón del Misisipi del siglo XVIII. Lo mismo podría decirse de una persona homosexual española que no se haya tenido que enfrentar a más problemas que cualquier otra persona, en relación a una persona homosexual que es tirada desde un tejado por el Estado Islámico. O sobre las mujeres europeas actuales respecto a las mujeres europeas de la Edad Media. O de la ingente y poco rigurosa cantidad de géneros que han descrito los posmodernos — ¿aceptaron helicóptero de guerra como género? Y es que el sexo, la raza, la religión, la orientación sexual o el lugar de nacimiento no son rasgos suficientemente determinantes en la vida de los occidentales como para definir el colectivo al que un individuo pertenece: no definen sistemas de pensamiento, ni objetivos, ni necesidades más allá de cuestiones absurdamente superficiales. Es que ni siquiera todas las mujeres tienen la regla o todos los hombres tienen barba; no hay nada en esas colectividades que permita conceptualizar a sus miembros de un modo racional. Se trata de sujetos ficticios que no responden a la realidad, sin más. ¿Qué podría decir yo en calidad de europeo? ¿Podría alguien representar a las mujeres sin tiranizar a buena parte de sus supuestas representadas? ¿Qué quieren los gays? ¿Y los latinos? De hecho, ¿quién demonios son los latinos?

Pero, ¿de dónde surge esta obsesión posmoderna por las colectividades inventadas? La posmodernidad nació como una crítica a lo que podemos denominar como “metafísica de la historia”: la idea de que la historia tiene un fin, una lógica y grandes sujetos. Ya hemos visto un ejemplo en el marxismo — de hecho, la aplastante mayoría de autores posmodernos son marxistas desencantados, jóvenes militantes que vieron cómo se derrumbaba la URSS. Su crítica a esta forma de pensamiento, a las filosofías de la historia tipo Hegel que suponen un proceso lógico hacia un espacio de definitiva grandeza, es, de hecho, parcialmente acertada. En efecto, cuando uno se acerca a un hecho histórico, lo que ve es ese hecho histórico y no su significado posterior, lo cual, sí, es una forma de contemplación metafísica que hizo un enorme daño en el pasado al suponer que los hechos históricos, incluso los regresivos, obedecían a un fin determinado. Aunque en esta crítica los posmodernos no son novedosos en absoluto: se limitan a adoptar y a distorsionar el análisis neomarxista de gente como Adorno y Horkheimer. La Escuela de Frankfurt ya había criticado la dinámica sacrifical de la metafísica de la historia, de modo que si la historia es lineal y su lógica permite realizar predicciones equivalentes a las de la física, cualquier sacrificio a fin de adelantar su desenlace debería ser aceptado con resignación — llevaron a cabo esta crítica pensando en los regímenes totalitarios de la primera mitad del siglo XX, aunque ya a ellos se le fue de las manos al aplicarla a la práctica totalidad de Occidente.

Por ello, los posmodernos buscaron dinamitar lo que denominan como “grandes relatos”, los relatos que hilarían los hechos históricos imponiendo un lógica que no sólo resultaría inadecuada, sino también políticamente perniciosa. Pero no se quedan ahí, sino que, adicionalmente, ofrecen una visión alternativa de la historia — aunque esto tampoco es suyo, sino que se lo roban a Foucault, que a su vez se lo había robado a Nietzsche. Los posmodernos sostienen una visión brutal de la historia, en la que ésta queda retratada como un salvaje proceso de imposición violenta por parte de unos colectivos hacia otros. Una interpretación basada en la existencia constante de vencedores y vencidos, de explotados y explotadores, sin situaciones intermedias. Es decir, los colectivos superficiales que definen no sólo son sujetos históricos, sino que se relacionan entre sí formando una estructura rígida de opresores y oprimidos.

La lectura que llevan a cabo a partir de este planteamiento es muy llamativa debido a su radicalidad, dado que, si bien podemos encontrar casos claros de opresores y oprimidos, como un grupo de señores que va a Ghana con unas cadenas a fin de llevarse a una pobre gente a rastras para explotarlos, los posmodernos encuentran esta clase de dinámicas en todas las relaciones entre colectivos que ellos definen de antemano como opresores y oprimidos. Esto significa que todas las relaciones que tenga un hombre con una mujer van a ser de opresión, lo mismo que todas las relaciones que tenga un heterosexual con un homosexual o que todas las que pueda tener un occidental con un musulmán. Esto es lo que podemos denominar como un “principio de opresión” que se traduce en casos específicos como “principio patriarcal”, “principio colonial”, “principio heteronormativo”, etc., y que tiene resultados que llegan a dejar boquiabierto al pensador crítico que se acerca a estos autores. Por ejemplo, ¿qué pasa con las relaciones entre un hombre negro musulmán y una mujer lesbiana? Dado que uno es negro y musulmán mientras la otra es mujer y homosexual, podemos pensar que hay un empate, pero ser hombre es un -1, con lo cual ya tenemos opresor. Los posmodernos llegan a tal nivel de desvarío que elaboran escalas de privilegios para determinar quién oprime a quién por el mero hecho de existir. Por ejemplo, si una profesora es maltratada hasta las lágrimas por sus superiores negros por haber puesto un vídeo en clase en el que un reputado profesor universitario criticaba la perspectiva posmoderna, será ella la opresora por el hecho de ser blanca, delgada, guapa y hetero — de hecho, este es el caso real de Lindsay Shepherd.

Todo esto suena radical porque, en efecto, es una interpretación radical de la historia y de la sociología. Las relaciones de opresión son complejas, muchas veces inexistentes y muchas veces de ambigua interpretación. Pensemos por ejemplo en el principio patriarcal, ¿son los hombres siempre opresores de las mujeres? ¿Somos privilegiados por el mero hecho de ser hombres? Si observamos la historia de forma honesta, las mujeres parecen haber tenido en multitud de ocasiones una posición más deseable: mientras la mayoría de la población de hombres rusos o paraguayos era aniquilada, ellas se quedaban en casa o, como mucho, iban a trabajar para la industria de la guerra. Hoy en día existe una amplia gama de casos legales en los cuales ellas tienen ventajas por el mero hecho de ser mujeres — divorcios, violencia doméstica, discriminación positiva en oposiciones, etc. Por supuesto, sobra decir a estas alturas que la brecha salarial es un mito que no pasa de ser un dato bruto univariante, dado que cuando se hacen bien los estudios, con análisis multivariantes que igualen (en la medida de lo posible) los perfiles profesionales de hombres y mujeres, la brecha simplemente desaparece, excepto para un caso: la maternidad. Sin embargo, igualar los permisos de paternidad y de maternidad, lo cual situaría la brecha entre parejas con y sin hijos, no es una idea que guste a las feministas posmodernas, dado que supone aceptar de facto que son los hombres los que sufren una desventaja al ejercer la paternidad, violando así el principio patriarcal. Es decir, que si ellas tienen problemas para compatibilizar la crianza de los hijos y la carrera laboral, los hombres tienen una situación equivalente pero a la inversa, con lo cual estamos ante una problemática hombres/mujeres que no puede ser interpretada de forma adecuada mediante mecanismos de opresión unidireccionales. De hecho, no se me ocurre ninguna dinámica diferencial entre hombres y mujeres en el primer mundo contemporáneo que pueda ser interpretada de forma adecuada desde este punto de vista, dado que las ventajas y las desventajas de ambos sexos, que en muchos casos son subjetivas, pueden ser interpretadas de forma bidireccional — algo que los biólogos evolutivos saben desde hace mucho tiempo: en la naturaleza las relaciones de cooperación o mutua explotación también son más comunes que las de parasitismo, por simple teoría de juegos.

La segunda acepción del concepto de sujeto hace referencia a la subjetividad de los individuos de un momento histórico o en un entorno sociológico determinado. En este caso, por ejemplo, podemos hablar de qué clase de subjetividad aparece en la Grecia clásica, durante la Ilustración o durante las vanguardias artísticas. ¿Qué clase de cambio en la subjetividad del artista tuvo lugar para pasar de los autores del medievo, que no firmaban las obras, a que Velázquez se pintara a sí mismo en Las Meninas? En este sentido, el sujeto posmoderno es raquítico, sostenido de forma precaria por el huesitos de la indignación, definido y controlado por la colectividad superficial a la que pertenece. Está tan desarticulado como lo está su falsa colectividad, situando sus experiencias y su supuesto conocimiento desde su color de piel o sus preferencias al ver porno. Porque la radicalidad de la posmodernidad no termina en su visión de la historia como el mantenimiento de estructuras de opresión por medio de inefable violencia estructural, sino que se hace extensiva a su interpretación de las dinámicas que operan dentro de los propios colectivos, postulando extravagantes formas de constructivismo epistemológico y de relativismo ético. De hecho, los posmodernos combinan dos formas de relativismo, una de ellas de corte pragmatista, basada en las interacciones lingüísticas de cada colectivo y que roban de Wittgenstein, y otra forma, original, de relativización del conocimiento por medio de la introducción de la experiencia de opresión como categoría filosófica.

A fin de clarificar un poco este último, conviene remontarnos un poco y comentar la mayor fuente teórica de la posmodernidad. Los posmodernos no sólo heredaron su visión de la historia, sino también el análisis al poder que llevó a cabo Foucault, según el cual la razón sería un dispositivo más de opresión y control. La razón como tal no sería más que la forma según el cual aquellos que ostentan el poder pueden imponer su verdad y su moral a los demás — nótese la estrecha relación que tiene esta idea con la noción de voluntad de poder de Nietzsche. La verdad es guerra, es el campo de batalla en el cuál se definen los opresores y los oprimidos. Por ello, el objetivo de Foucault fue atacar la idea misma de verdad, que no sólo relativizó, sino que despreció. Su táctica consistió en llevar a cabo análisis históricos a fin de desentrañar la lógica tiránica de la verdad como herramienta política. Foucault, hay que admitirlo, fue un intérprete original y audaz del poder, pero fue un historiador bastante mediocre, un epistemólogo inviable y un auténtico cretino en su acercamiento a ciertas problemáticas, como los trastornos mentales. Consideró que la locura no era más que una categoría empleada para sacar del espacio público el discurso del disidente, del que no se pliega a la razón. Es decir, el loco no tiene un problema intrínseco, sino que sufre una estructura de opresión que lo construye como una persona que necesita ayuda, medicación y ser recluida — de hecho, Foucault tenía en mente en todo momento una visión de la psiquiatría y de la psicología clínica que las caracterizaba como prácticas prácticamente inhumanas. Todo esto supone una visión absurda que ha dado alas a la antipsiquiatría en el contexto posmoderno, al frivolizar el sufrimiento humano desde categorías nietzscheanas tan bizarras como lo dionisiaco.

De este modo, la verdad como concepto universalizable queda abolida al ser relativizada a los constructos sociales que se desarrollan dentro de cada colectivo, incluso dentro del colectivo de psicóticos. El poder, encarnado para Foucault en el estado y en colectividades opresoras para los posmodernos, es el pastor del hombre, ejerce un poder pastoral y panóptico, deslocalizado, que pretende sujetar al sujeto, dominarlo y hacerlo suyo. Está en todos lados y en ninguno, lo cual dificulta la rebelión contra él, y ejerce su poder en todas y cada una de las parcelas de la vida humana — algo que Foucault denominaba como “biopolítica”. La verdad para la posmodernidad es guerra porque la única razón sería la razón instrumental. Esto supone asumir la crítica del neomarxismo, pero también asumir que no hay salida a esta situación: no hay escapatoria a la lucha entre las razones instrumentales de los colectivos. Estamos atrapados en ella. Quizás cabe preguntarse, ¿dónde queda la ciencia en este esquema conceptual de corte relativista? Al fin y al cabo, da la sensación de que teorías como la relatividad o la evolución biológica son suficientemente sólidas y universalizables como para pensar que no son propiedad de una colectivo determinado. Para llevar a cabo un análisis posmoderno de la ciencia, materializado en las teorías de gente como Latour o los sociólogos escoceses del conocimiento, apelan a una interpretación radical de la obra de Kuhn, según la cual la ciencia no mostraría progreso en términos generales, sino que sería la concatenación de un paradigma tras otro. Unos paradigmas que, además, serían impuestos por razones básicamente sociológicas, de luchas entre grupos de poder, en base a procesos irracionales de imposición de teorías fundamentales.

Todo esto podría decirse, por supuesto, de los datos estadísticos que contraríen un principio de opresión o de cualquier intento de progreso conceptual en el marco de una teoría general de la argumentación o de la adecuación empírica. Sólo podemos aspirar a una ciencia europea, a una ética negra y a una razón transexual. Sin embargo, la posmodernidad, que tiene una agenda política antes que ganas de hacer filosofía seria, no es neutral respecto a la calidad epistémica o ética de todos estos constructos, y ahí es donde interviene la experiencia de la opresión como categoría filosófica. Esta clase de experiencia dotaría de mayor relevancia política a los constructos (supuestamente) impregnados de ella, con lo cual ya puestos a elegir entre razones instrumentales deberíamos elegir aquellas desarrolladas por los colectivos oprimidos — o, expresado de forma realista, por los autoproclamados portavoces de dichos colectivos inexistentes. De este modo, deberías dejar de leer este texto, escrito por un hombre heterosexual, y leer algún otro texto escrito por una mujer, y si es una mujer posmoderna, mejor. Se debería dar preferencia, tanto en el espacio público como en el privado, a la ciencia hecha por negros, a la lógica desarrollada por homosexuales y a los partidos políticos dispuestos a aportar una óptica feminista o a luchar contra la apropiación cultural en las directrices económicas o territoriales que planteen, porque nadie habla cabalmente en calidad de experto, sino en calidad de negro, homosexual, inmigrante, mujer o budista.

Esto tiene cuatro consecuencias directas sobre el sujeto posmoderno: el autoodio, la superioridad moral por defecto, la incapacidad para ejercer la autocrítica y el autoritarismo. En primer lugar, el sujeto posmoderno ha de odiar sus privilegios, ya sean de cuna, ganados con el sudor de su frente, reales o inventados, ha de odiarse por ser blanco, o hetero, o delgado, u hombre, y ha de deconstruirse, desmontarse, tomar conciencia de que no es mejor que nadie por ser como es y esforzarse en que los demás le pasen por encima por el mero hecho de tener la piel de otro color o los cromosomas de determinado tipo — las prácticas de deconstrucción identitaria que pretende la posmodernidad tienen ciertas características religioso-sectarias bastante perturbadoras que las acercan a nociones como la redención del pecado original o a las auditaciones a preaclarados de la dianética. En segundo lugar, primero el oprimido y luego el deconstruido tendrán superioridad moral sobre cualquier otra persona, dado que ellos son los únicos y verdaderos luchadores contra la opresión. En tercer lugar, quedarán invalidados para el ejercicio de la autocrítica, dado que ello atentaría contra su propia identidad colectivizada — la disidencia ante los portavoces implica salir de uno mismo. En este sentido, el dogma es importante dentro de los colectivos. Es importante porque permite caracterizar como “falsos” o “traidores” a aquellos que no aceptan las ideas posmodernas, por ejemplo, a las biólogas evolutivas o a las que decidan libremente dedicarse a la crianza y depender económicamente de sus maridos. Porque los posmodernos han llegado para decirnos cómo ser buenos hombres, buenos latinos, buenas lesbianas y buenos africanos. Lo de ser cura es que es muy buena vida y quién quiere leer la Biblia, que es un aburrimiento, si puedes leer a Butler y a Lyotard.

Por último, la mezcla de superioridad moral y de falta de autocrítica lleva al autoritarismo. Dado que la suya también es una razón instrumental y que la única herramienta de movimiento histórico que contemplan es la imposición social por medio del enfrentamiento revolucionario, la posmodernidad aspira a imponer sus concepciones ideológicas a los demás. Si pensáis que exagero, os animo a analizar la relación entre las feministas posmodernas y los denominados “aliados”, o las iniciativas legislativas por imponer a la sociedad un lenguaje basado en la corrección política más mojigata, denominado engañosamente como “inclusivo”. Los aliados han de callar y aprender porque son hombres y ellas son mujeres, y el lenguaje inclusivo no es planteado como una opción preferible por x o y argumentos, sino como algo que está “mal” no emplear, incluso en la esfera privada. De hecho, aunque afirman que se trata de un lenguaje inclusivo que visibiliza y empodera, la explicación a la obsesión de los posmodernos con la creación de una neolengua reside en que sostienen la errónea creencia de que aquellos que comparten un lenguaje constituyen un colectivo — lo cual en realidad es una idea tan vieja como el nacionalismo orgánico de corte germánico, tan de moda hoy en día. Es decir, esta gente cree que si todos habláramos de miembros y de miembras, o usáramos los veintisiete pronombres canadienses, seríamos automáticamente intelectuales tan válidos como nuestras portavozas.

Para evaluar el talante del sujeto posmoderno en contraste con el sujeto moderno basta con notar las diferencias entre sus dos conceptos filosófico-políticos clave, la emancipación ilustrada en contraste con el empoderamiento posmoderno. Para desentrañar cómo funcionan los engranajes de la biensonante trampa del empoderamiento basta con recurrir a las definiciones que nos ofrece la RAE respecto a ambos conceptos.

Emancipar: Libertar de la patria potestadde la tutela o de la servidumbre / Liberarse de cualquier clase de subordinación o dependencia.

Empoderar: Hacer poderoso o fuerte a un individuo o grupo social desfavorecido.

El proyecto ilustrado fue esencialmente emancipatorio, su premisa consistía en que la población fuera capaz, mediante la educación en civismo y en capacidad crítica, de adquirir responsabilidad intelectual, defendiendo una ética de mínimos racionales que permita la convivencia de sujetos autónomos. De hecho, los estados de derecho occidentales, basados en una democracia representativa en la que la responsabilidad individual y social recae en los individuos, es un sistema pensado para la emancipación, para que la humanidad entrara en la mayoría de edad, de modo que cada uno de nosotros pudiera tomar sus propias decisiones en un contexto de libertad individual constitucionalmente garantizado. Por supuesto, la emancipación es un proceso costoso, de gran trabajo en uno mismo para conseguir mejorar como persona en base a un marco teórico firme y sustentado por un sistema general de razonamiento. Por el contrario, el proyecto empoderante que la posmodernidad traza para sus sujetos no se aplica a los individuos sino a los colectivos. Los individuos son negados al ser sometidos a los mandatos de la colectividad. Además, empoderar no supone mejora o meritocracia alguna, sino simplemente dotar de poder a los colectivos por el mero hecho de considerarse a sí mismos víctimas.

Esta cuestión nos lleva a un tema más profundo: ¿Quién merece tener poder y quién no? La Ilustración tuvo siempre una cierta tendencia elitista; la emancipación es un proyecto individual de cada uno de nosotros, pero hay gente con más capacidad que otra. De hecho, si la Ilustración tuvo lugar, siendo un fenómeno excepcional en varios sentidos dentro de la historia universal, es porque un determinado grupo de gente muy válida (Voltaire, D’Alembert, Kant, Diderot, Lessing, los ilustrados escoceses, etc.) estuvo en el lugar adecuado en el momento adecuado. La posmodernidad niega esta idea, relativizando doblemente la meritocracia. Primero entre colectivos, matando la experticia como excelencia formativa, y en segundo lugar entre individuos, eliminando el rendimiento como baremo para justificar que alguien continúe ejerciendo o alcance el poder. Todos los proyectos de discriminación positiva se postran ante estas ideas posmodernas, atentando contra el proyecto ilustrado de responsabilidad individual y emancipación. El problema es evidente: los imbéciles existen, son mayoría, y vienen en todos los tamaños, sexos, colores y orientaciones sexuales que nos podamos imaginar.

La justicia posmoderna no es justicia

La mediocridad de la filosofía posmoderna hace aparición también en sus proyectos políticos, aunque no ofrecen una agenda alternativa sólida, sino una conjunto de propuestas esporádicas que, además de resultar regresivas, acaban cayendo en continuas contradicciones. Esto se debe en parte a que el contenido teórico propio de la posmodernidad, dejando de lado su característica logorrea, es muy escaso. Habitualmente no va más allá del saqueo a unos autores anteriores que muy pocas veces teorizaron en detalle sobre una alternativa coherente. De hecho, todos los antecedentes directos de la posmodernidad, Nietzsche, Heidegger, Kuhn, Wittgenstein, Foucault, eran conservadores a la vieja usanza, en el sentido de la defensa explícita del mantenimiento del status quo. No hay ni una gota de progresismo en ellos. Wittgenstein afirmaba que las reglas que determinaban los juegos del lenguaje que configuran las formas de vida son prácticamente inmutables y, es más, dotaba de cierto contenido moral a que así fuera: las reglas no debían ser puestas en entredicho, especialmente por parte de otras formas de vida. Kuhn dictaminó la dictadura de un único paradigma, siendo incapaz de explicar los procesos de cambio conceptual de gran calado más allá de caracterizarlos como procesos irracionales basados en la mera persuasión retórica o en la muerte de las groupies de un paradigma. Dentro de la filosofía de Kuhn, el progreso sustancial resulta ser un auténtico misterio que evita todo análisis racional, de modo que los procesos de cambio de paradigma escapaban a su alcance explicativo. Por su parte, Foucault defendió una línea de pensamiento parecida al emular a Nietzsche anunciando la muerte del hombre en favor de la estructura social. Para Foucault el hombre que se rebela es incomprensible, demostrando una actitud bastante más conservadora de la que suelen presentar sus seguidores más superficiales. De hecho, no fue hasta el final de su vida cuando se interesó por la posibilidad de la subversión ante la verdad impuesta, aunque no pasaron de ser propuestas bastante generales entorno a una idea ya de por sí estúpida como la contraconducta.

Esta falta de recursos para poder encontrar ideas en autores mucho mejores que ellos llevó a los posmodernos a tener que esforzarse un poco, ofreciendo algún tipo de alternativa a las estructuras de opresión que vaya más allá de la llamada insustancial al empoderamiento de los suyos. Para ofrecer esta clase de ideas de corte político, se acuñó un término en la línea habitual de retórica engañosa: la justicia social, defendida en la actualidad por una horda de universitarios victimizados denominados en inglés como “social justice warriors”. La justicia social posmoderna no es lo que normalmente consideraríamos como justicia social. Por ejemplo, todos estamos de acuerdo en que igualar el estatus constitucional de hombres y de mujeres, por ejemplo en relación al sufragio, fue una cuestión de justicia social porque se partía de una situación de asimetría y se terminaba en otra de simetría y de expansión de derechos sin perjuicio. Sin embargo, la justicia social posmoderna consiste en la reparación histórica a determinados colectivos entendidos como personas supraindividuales. Esto supone llevar una situación de simetría a otra de asimetría, en un proceso que conlleva evidentes damnificados.

Explico mejor esta idea. La justicia en el marco de un estado de derecho se basa en el derecho penal de acto, en el cual se condenan determinadas conductas consideradas como ilegales, independientemente de quién las haya cometido. Por supuesto, en el derecho penal de acto puede haber casos atenuantes o agravantes, aunque son muy específicos y suelen relacionarse con determinadas responsabilidades legales o con estados mentales que impliquen disminución del control sobre los propios actos. Los posmodernos, en cambio, defienden un derecho penal de autor en el cual los actos han de ser interpretados en relación a quién los ha cometido y contra quién. En España, donde la posmodernidad tiene poder legislativo y judicial real, hay varios casos que permiten ejemplificar esta idea. Por ejemplo, las personas que tan mal aconsejaron a Juana Rivas consideran que el secuestro o retención de niños es algo que no debería condenarse si la persona que lo perpetra es una mujer, pese a existir varias sentencias, evaluaciones psicológicas y todo un sistema judicial garantista advirtiéndole expresamente a fin de defender los intereses de los menores implicados.

Paremos un poco en estos casos. ¿Qué quieren decir los posmodernos cuando exigen que se incluya en el sistema judicial una “perspectiva de género”? Y no hay que confundir la perspectiva de género con lo que ciertos grupos conservadores denominan “ideología de género”, que acaba siendo la mera defensa de derechos razonables como el aborto, el matrimonio homosexual y otros temas que tienen muy poca o nula relación con la posmodernidad. La perspectiva de género básicamente significa que deberíamos dejar de lado el derecho penal de acto al incluir nociones difusas que se “prueban” asumiendo las ideas de ciertos filósofos, como la violencia estructural, de modo que se recoja la muy supuesta situación de opresión de la mujer, dotando por ello a este muy supuesto colectivo de determinadas ventajas legales. Todo ello no para emancipar a las mujeres, que, de hecho, dependerían cada vez más de la protección estatal al ser tratadas como menores incapaces, sino para empoderarlas sin importar sus casos específicos, lo buenas, ineptas, brillantes o retorcidas que puedan ser. La posmodernidad cae aquí en una notable contradicción respecto a su adopción de las ideas del neomaxismo frankfurtiano al poner el grito en el cielo ante cualquier dinámica sacrifical presente en las ideologías contrarias sin mostrar reparo alguno en aplicar dicha lógica a su propia agenda de justicia social. Al fin y al cabo, los hombres que se vean afectados por estas ventajas legales, ya sea perdiendo puestos que merecen a causa de discriminación positiva o viéndose afectados por demandas falsas y sentencias asimétricas, son completamente pasados por alto. No son más que sacrificios asumibles en aras de un fin mayor: que lo femenino como entidad abstracta sea retribuido históricamente.

Desde una perspectiva posmoderna, los crímenes no han de ser evaluados en sus detalles específicos. Si un policía abate a una persona de piel negra la razón radica en que es negra, independientemente de cualquier consideración adicional. Si hay porcentualmente más negros que blancos en las cárceles estadounidenses no hay que atender a la justicia particular de cada uno de estos casos, porque la situación es en sí misma un agravio contra la negritud — esta clase de reificaciones son la base del romance que mantiene la izquierda posmoderna con el neonacionalismo. Es decir, si la negritud como sujeto o persona entra más a la cárcel que la blancura, ¿qué ha hecho la negritud para merecer eso más allá de los casos concretos? Como es habitual, explicarán esta falsa situación de agravio al colectivo como una estructura de opresión, pidiendo, por supuesto, algún tipo de inequidad retributiva y debidamente empoderante para la negritud.

Pensemos en la brecha salarial. Antes he dicho que es un dato insostenible desde una perspectiva científica, dado que los hombres y las mujeres tenemos, de media, diferentes perfiles laborales. Sin embargo, desde una perspectiva posmoderna, que no científica o racional, el dato resulta perfectamente adecuado a nivel ideológico, dado que el resultado univariante que compara los salarios de todos los hombres y de todas las mujeres indica que lo femenino gana menos dinero que lo masculino, lo cual desde la óptica de la desviada justicia posmoderna constituiría una prueba inequívoca de opresión estructural. Sin embargo, para justificar esta clase de diagnóstico es necesario faltar el respeto al propio colectivo que se pretende representar, sacando a pasear nuevamente el autoritarismo. Es decir, las mujeres que eligen libremente trabajar menos horas o en puestos con menos riesgos laborales serían pobres alienadas o traidoras al colectivo, con lo cual o cambian a las mujeres en base a despreciar sus decisiones personales o consiguen imponer que ellas ganen más por hacer el mismo trabajo. La lógica que emplean no es bidireccional. Por ejemplo, cuando se lanzan al linchamiento los ofendiditos en Twitter contra las actrices con cromosoma veintitrés XX que interpretan a transexuales, la lógica no se aplica a la inversa dado que ello supondría una tumba para la carrera de todos los actores considerados como miembros de colectivos oprimidos.

No deja de ser llamativo que en su búsqueda obsesiva por la igualdad en un contexto en el que ya hay igualdad para ejercer la libertad individual más allá de casos puntuales que deberíamos esforzarnos por solucionar, los posmodernos lleguen a proponer un contexto de desigualdad explícita. Su problema básico es que no se preocupan por las personas, sino únicamente por los colectivos, lo cual sería menos grave si al menos los colectivos que definen tuvieran el más mínimo sentido. Por supuesto, estas ideas, que atentan contra las bases mismas de nuestra noción de igualdad legal, encuentran resistencia en los expertos. ¿Cómo explican entonces esta clase de rechazo? La hacen de forma sencilla, en base a un estilo cognitivo que atraviesa todo el desarrollo teórico de la posmodernidad: la ideación conspirativa. Si no aceptan nuestra forma de justicia es porque hay una conspiración contra los pobres oprimidos a los que representamos. La justicia es patriarcado — de hecho, el patriarcado es un caso bastante claro de teoría de la conspiración que ridiculiza cualquier análisis que lo incluya como premisa o conclusión —, la policía es racista, los políticos son homófobos, los empresarios son… En fin, todo ello un argumentario a la altura de un niño quejándose de que el profesor le tiene manía.

¿Qué podemos esperar de la posmodernidad?

A menos que nos sorprendan con una propuesta tardía realmente interesante, algo que me temo no va a pasar viendo el panorama de extrema mediocridad intelectual que impera entre los posmodernos, la agenda futura de la posmodernidad es bastante previsible. En primer lugar, es esperable que la estrategia general siga siendo la imposición doctrinal, dado que por principios filosóficos no contemplan ninguna opción intermedia, como el diálogo entre colectivos. En este sentido, es esperable un crecimiento paulatino de los grupos de presión dentro de las universidades, los linchamientos en las redes sociales a manos de moralistas con demasiado tiempo libre y, sobre todo, la imposición de agendas políticas a los partidos más mediocres intelectualmente o con más necesidad de supervivencia. El conservadurismo posmoderno, que implica interpretaciones radicales, limpieza ideológica en los colectivos, el desprecio a la disidencia y la negación de todo diálogo racional entre las partes, seguirá su marcha imparable hacia el neopuritanismo, la tutela estatal de los colectivos y el ataque a los que son definidos como el opresor conspirador.

Sostengo respecto a la posmodernidad una opinión parecida a la que Russell sostenía sobre el comunismo. La dimensión más desviada y despreciable de ambas ideologías reside en su origen compartido: ambas nacen del odio y del resentimiento, no de la compasión. Ambos sistemas filosóficos desprecian a aquellos que dicen defender, negando la compleja realidad de sus identidades y deseos. Cuando se piensa en las penas terribles que tienen que padecer los ricos en las sociedades comunistas se suele perder de vista que son los propios trabajadores los que acaban siendo brutalmente explotados y “reeducados”. Esto se hace para que adquieran aún más identidad de clase: en lugar de sacar del río a quienes no saben nadar, les atan a los pies una hoz y un martillo para que se hundan aún más profundamente en lo que, se les cuenta, los ha condenado. La posmodernidad sigue una lógica semejante respecto al fomento de la colectivización, invitando a la gente a pensarse día tras días como negros, hombres, lesbianas o asiáticos en lugar de luchar para que puedan emanciparse de esos condicionantes (si es que acaso lo son) a fin de poner en práctica el plan de vida que  cada cual tenga razones para valorar. La posmodernidad no es una doctrina que busque ayudar a los más desfavorecidos, sino dividirnos en categorías fantasiosas y catalizar a través de ellas el resentimiento de unos ideólogos que pretenden guiarnos por los oportunos caminos del pudor. Pero el resentimiento no es un buen aliado al razonar: del odio sólo sale más odio.

Pese a todo, no creo que el empobrecimiento cultural que supone castigar la disidencia ideológica, la libre expresión sexual, las relaciones complejas y ambiguas, el creer que la visibilización es por sí misma una forma de justicia o de producto intelectual valioso, o que establecer una dictadura de los ineptos por medio de su empoderamiento forzado vaya a impedir el triunfo de la posmodernidad. No tenemos anticuerpos retóricos suficientes como para hacer frente a un producto tan vendible como este. Resulta imposible defenderse de la gran capacidad demostrada por los posmodernos para impostar su autoritarismo bajo una apariencia fácilmente digerible por las masas de pensadores perezosos. Por si fuera poco, la estrategia de calificar como minorías ultrajadas a mayorías sociales que gozan de amplias cuotas de poder y de autonomía, alegando que merecen un trato de ventaja, ha demostrado ser una formidable estrategia electoral. El victimismo es la postura más cómoda desde la cual atropellar a los demás, dado que convierte el ataque en defensa de un modo cínico aunque efectivo de cara a la autojustificación del agresor.

La base del contrato social occidental consiste en poner el foco en los espacios comunes, en el hecho de que, pese a nuestras diferencias culturales o biológicas, como sociedad podemos conseguir mayores niveles de libertad y de capacidad para afrontar problemas de gran calado. Parece ser, sin embargo, que el histrionismo identitario amenaza esos logros sociales de los que podemos sentirnos orgullosos, que no son perfectos ni son todos los que podríamos desear, pero que al menos son mejores que someterse al autoritarismo después de la autoridad.

Por Angelo Fasce

Anuncios

37 comentarios en “La mordaza posmoderna

  1. Felicidades por este artículo. Hay muchas cosas en las que estoy de acuerdo y otras en las que no. Pero no importa, para mí es muy bonito conocer otros puntos de vista.
    Te dejo por si fuera de tu interés estos textos.
    • 2016. Miradas sinceras, ojos eternos, Ed. Hades, Castellón de la Plana.
    • 2013. Sobre el silencio en la postmodernidad, Ed. Vivelibro, Madrid, 2013.
    • 2011. Diarias Opiniones, (Aforismos), Ed. Ibéricas.
    • 2009 II Reflexión sobre la Pasión y la Postmodernidad, Ed. STJ, Barcelona. (Análisis crítico de los conceptos nietzscheanos de ‘Voluntad de Poder’, ‘Eterno Retorno’ y ‘Súper-hombre’)

    https://ernestocapuani.wordpress.com/

    Le gusta a 1 persona

  2. Después de la posmodernidad la técnica es el gran interrogante. la victoria de trump ha hecho nacer la duda de si la realidad se puede manipular a placer por quien domine la técnica adecuada.

    Me gusta

  3. Muy buen artículo. Difícil de seguir, al menos para mí, pero creo que en esencia he comprendido lo que su autor quiere explicar. Insisto en la capacidad nula de autocrítica de, por ejemplo, las feministas. He discutido muchas veces con mujeres que tienen comida la cabeza por este postmodernismo y la razón de por qué no se puede ni siquiera llegar a un diálogo con ellas está en este artículo. Bravo!

    Le gusta a 1 persona

  4. Me encantó este artículo en algunas cosas no estoy del todo de acuerdo pero en su mayoría si, realmente la posmodernidad tiene a los marginados en su mismo papel en lugar de que se les haga crecer como personas los sigue manteniendo en su zona de confort victimizandoce y solo peleando por lo que sólo a ellos les conviene. Una cosa es definirse como transgénero y si luchar por una igualdad legal y de derechos pero también de obligaciones sin olvidar qué más allá de esas etiquetas somos animales políticos , somos seres humanos y que TODOS deberíamos poner de nuestra parte para qué en vez de ir en decadencia trascendamos en conocimiento y en ser mejores.

    Le gusta a 1 persona

  5. Usas el término posmoderno de forma muy laxa para agrupar, en uno de estos colectivos difusos a los que arrancas criticando, a tus “enemigos intelectuales”. No mencionas ningún autor específico que sea posmoderno. Por el contrario, mencionas a neomarxistas que estarían a kilometros de ser considerados posmodernos.

    Si vas afirmar que la brecha salarial es un mito, necesitas algo más que palabras, necesitas fuentes.

    “Los posmodernos, en cambio, defienden un derecho penal de autor en el cual los actos han de ser interpretados en relación a quién los ha cometido y contra quién.” Esta noción es mucho más antigua que los posmodernos y existe en el derecho penal (y moral) desde hace siglos. Si el autor de un homicidio es un padre o un hermano o una pareja, la pena varía (o sea, que varía respecto de quién y contra quién). Ahora si te referís a delitos como el femicidio o queres criticar la “violencia estructural” no das contra argumentos que expliquen el alto indice de homicidios de mujeres intrafamiliares o el accionar violento que #blacklivesmater denuncia sobre como procede la policía.

    Tenes puntos interesantes pero, en mi opinión, por momentos tus argumentos son más cercanos a declamaciones panfletarias donde la virulencia del mensaje oscurece la racionalidad de fondo sobre la que intentas pararte (y que logras cuando abandonas el discurso de odio que denuncias).

    Fuente:
    – Aldina Mesic, Lydia Franklin, Alev Cansever, Fiona Potter, Anika Sharma, Anita Knopov, Michael Siegel. The Relationship Between Structural Racism and Black-White Disparities in Fatal Police Shootings at the State Level. Journal of the National Medical Association,

    Le gusta a 1 persona

      1. Exacto, una crítica a tus demonios disfrazada de deconstrucción de la posmodernidad. Para decir que te parecen mal la discriminación positiva y otras políticas te podrías haber ahorrado todo el envoltorio filosófico. En efecto, demuestras saber de filosofía solo de manera superficial… Y además admites ser un liberal al que ya le va bien reforzar los valores de los que se burla.

        Me gusta

    1. No hace falta aportar ninguna referencia que invalide la falacia de la brecha salarial. Basta lo siguiente:

      – En España la brecha salarial sería directamente ilegal.
      – En España los juicios por este motivo son gratuítos para el trabajador.
      – Si alguien afirma estar afectado por la brecha salarial, o bien es imbécil por no ir a juicio, o bien bien miente.
      – Nadie que afirme que la brecha salarial existe presenta datos sobre cómo ha fluctuado la cantidad de este tipos de juicios con respecto al pasado.

      Las falacias lógicas se combaten con lógica válida. La brecha salarial es una falacia lógica basada en agregar datos inconexos, en lenguaje popular se le dice “juntar churras con merinas”, lo cual es una manipulación estadística. Es acientífico y son los mismos argumentos que usan las pseudociencias.

      Le gusta a 2 personas

      1. @Spam: Decir que leer el post es suficiente es omitir el hecho que se llama mito a un hecho al que en ningún momento se demuestra que lo sea. Esto es estadística, no religión.

        @Mariano: Las falacias aplican a razonamientos, no a estadística. Un razonamiento puede tener una estadística. Una estadística puede no tenerlo. Son procedimientos distintos. Tenés que criticar la elección de muestras, los pesos de las variables, la ausencia de variables, etc en una estadística concreta sino es mera opinión.

        En cambio, si es una falacia decir que porque algo es ilegal no ocurre. Tu razonamiento:
        – Si hay juicios sobre discriminación laboral, entonces, hay brecha salarial. No hay juicios, entonces no hay brecha. Esto es una falacia de negación del antecedente.

        Por otro lado, tu premisa es falsa:
        http://cadenaser.com/ser/2018/02/23/sociedad/1519370716_197504.html

        Ya hay estadísticas multivariantes (o sea, ajustadas como reclama Jordan Peterson, adalid del argumento de que es un mito… un tipo que es un maquina de decir pavadas como que la mujer elige al hombre para mejorar la especie y que hay que imitar a las langostas y pararse derecho)

        https://elpais.com/elpais/2018/03/06/media/1520349163_919876.html
        Fuente: http://documentos.fedea.net/pubs/eee/eee2018-06.pdf

        Conclusión: “Los principales resultados del trabajo son los siguientes. En primer lugar, los autores encuentran que la brecha por hora trabajada, controlando solo por características socioeconómicas, es del 17%, mientras que, cuando además se controla por las características del puesto de trabajo y de la empresa, esta se reduce hasta el 13%. En segundo lugar, el estudio concluye que las brechas ajustadas aumentan con la edad, se reducen con el nivel educativo y aumentan con la antigüedad en la empresa. Las brechas ajustadas también son más altas en los contratos indefinidos y a tiempo completo y en los sectores y ocupaciones con una mayor presencia masculina. Por último, la brecha salarial ajustada es especialmente alta en la parte superior de la distribución de los salarios, evidencia del “techo de cristal” en el mercado laboral español y, sorprendentemente, tiende a ser mayor en las empresas grandes que en las pequeñas.”

        Le gusta a 1 persona

    2. Carlos Monson,

      Le estás respondiendo a un autor que nunca te va a responder directamente. En todos los posts que lo crítican, Fasce deja que su grupito de fanáticos le hagan el trabajo. Estos seudoescépticos son tan clásicos que nunca argumentan nada, excepto o poner algún ad-hominem o inventar cosas que nadie ha escrito y caricaturizan. Luego se hacen víctimas y te acusan de “anti vacunas, conspiranoico, anti transgénicos, anti ciencia, posmoderno, new age, relativista moral” y de ahí evitan poder responder. Luego generan monstruos defiendo corrupción, pedófilia, fraude, engaño y todo porque acaparan medios de comunicación. Un ejemplo donde se explica lo que hacen:

      https://losseudoescepticos.wordpress.com/2018/06/17/el-seudoesceptico-de-monsanto-o-de-como-el-lobby-arp-sapc-emplea-propaganda-mentiras-y-carne-de-canon-para-su-agenda-multiple/

      Me gusta

  6. Todo el artículo es un gran hombre de paja. Mezcla el concepto de filosofía posmoderna desarrollada por autores como Lyotard, Derrida y Vattimo con propuestas políticas que poco tienen que ver con esos autores. Lyotard por ejemplo no tiene nada que ver con el contenido de este texto y sí que se le pueden criticar cosas pero no esas.

    Por otro lado, recomendaría al autor que deje de oir la COPE y que se planteé por qué cada vez su discurso recuerda más al de Federico Jiménez Losantos.

    Le gusta a 3 personas

  7. ¿Cómo se les llama a los seguidores del autor de este artículo, fasceístas? ¿Hay alguna diferencia entre el fasceísmo y el fascismo? ¿Por qué el autor no se cambió el apellido para que el chiste, a tenor de su discurso, no fuese tan evidente?

    Me gusta

    1. Se les conoce como seudoescépticos y son un tipo de secta ultra derechosa que se creen de izquierda y les encanta estar empinados para que Monsanto les dé. Son astroturfers profesionales y tienen Community Managers en gobiern, prensa y el CSIC.

      Me gusta

  8. La brecha salarial es un mito, los permisos por paternidad colocan la brecha en las pobrecitas parejas sin hijos y Lindsay Shepherd es una gran profesional que ha sufrido mobbing y opresión por parte de los negros.

    Filosofía de la güena, sí. No hase farta disir ná más.

    Me gusta

  9. El artículo rezuma un elitismo bastante cursi y desdibuja paródicamente, vía hombre de paja, a una supuesta escuela de pensamiento cuya existencia como tal es más que cuestionable. He dejado de leer cuando he llegado a esta charlotada:

    “mientras la mayoría de la población de hombres rusos o paraguayos era aniquilada, ellas se quedaban en casa o, como mucho, iban a trabajar para la industria de la guerra. ”

    Esta burrada la podría haber escrito cualquier Men’s Right Advocate o Incel de medio pelo. Quien no sepa cómo las guerras (y muchos regímenes autoritarios) se traducen con frecuencia en hambre, violencia sexual y desprotección para las mujeres, aún teniendo hartos ejemplos de ello a día de hoy, no tiene ningún derecho a pontificar sobre la ignorancia de los demás.

    Le gusta a 3 personas

  10. Lo que dice el autor sobre la ciencia es muy gracioso. Además no entiendo cuál es la amenaza y el gran miedo que siente el autor ante una gran mayoría de imbéciles, feministas, homosexuales, mujeres, negros y progres. Siendo como es el autor muy listo y muy leído. (Me encanta como usa el término epistolar) no tendrá problemas para medrar en medio de esta mediocridad. O que sugiere? Matar a todos los tontos? Dejar todo de lado y ponernos a hacer filosofía al estilo del siglo XXI ?
    Quizás lo que el autor desea es que el resto de formas de vida le alabemos por su mérito y su inteligencia?

    Me gusta

  11. Este artículo destila una enorme dosis de elitismo y de victimismo. Defender la modernidad exclusivamente por ser una de las privilegiadas de la misma. Atacar lonaue él mismo denomina como “posmodernidad” solo porque limita sus privilegios y le cuestionan sus creencias.
    Tampoco se molesta en proponer alternativas, y eso sí que suena a conservadurismo rancio.

    Le gusta a 1 persona

  12. Cuando la mayoría de las respuestas recurren a falacias ad hominem y piden datos y pruebas empíricas sobre sus propias creencias sociales, que en el caso de la brecha salarial ha sido desmentida incluso por Ana Pastor en la Sexta, no me queda más que felicitar al autor por su valentía al publicar el artículo y tener una opinión diferente a la de los imbéciles colectivistas de todos los colores.

    Me gusta

  13. Introducir en un mismo saco distintos fenómenos bajo el término de la postmodernidad, distorsionando su contenido para atribuirle diversos males de nuestro tiempo, destilando ideología conservadora y machista. Esto no es filosofía ni racionalismo, ¡ es un desahogo reaccionario !

    Me gusta

  14. Excelente artículo. Me encantan los comentarios en los que determinados individuos se vanaglorian de haber leído sólo hasta cierto punto. Parece que se está gestando un pánico a la lógica y la argumentación entre la juventud analfabeta funcional que plaga estas tierras. Cadenas de más de 140 signos no son asimilables por gente cuya única literatura es Twitter. Se palpa el miedo del fanático que ve amenazado su dogma, y el odio del gandul mental hacia el que se esfuerza en poner remedio a su ignorancia. Ahora llaman elitismo a la inteligencia… El imperio de los mediocres y los ignorantes se yergue altivo y soberbio, allanando las cumbres la razón y cavando pozos donde verter el excedente de odio, envidia y bilis negra que emanan por doquier. Enajenados que se retroalimentan en sus mohosos y putrefactos “espacios seguros” arden como vampiros bajo el sol de Platón.

    Me gusta

    1. Típico de ti, siempre respondes al último para que no te respondan y quedes cantando victoria. Y curiosamente nunca aportas un mísero argumento de nada, te basta con etiquetar de “indignados”. ¿Por qué no le respondes a Carlos Monson? ¿Acaso no puedes solito y necesitas ayuda de Fasce y sus troletes? Te ves tan patético.

      Le gusta a 1 persona

      1. Curiosamente todos tus correligionarios hacen la misma táctica, para no responder o dan el famoso “like”, el voto en twitter o el me gusta de wordpress o el voto de youtube. Menuda panda de hipócritas, todos cortados por el mismo brazo. XD

        Me gusta

  15. Te ha quedado una pose reaccionaria, machista y liberal, envuelta en una cubierta de crítica al posmodernismo excelente. En fin ¿algún filósofo en la sala?

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s