Los intensitos de la divulgación

Existen tribus urbanas de todos los tamaños y colores: góticos, punkarras, futboleros, jebis, surferos, reguetoneros… Aquí se va a hablar de una muy curiosa a la que bautizaremos como «intensitos de la divulgación». Estos tales intensitos son personas plenamente comprometidas con el extravagante ideal de convertir la «cultura científica» (sea lo que sea eso) en «cultura popular» (término aún más confuso), de modo que la «alfabetización científica» (holocausto semántico) llegue a todos. Este ideal, en sí mismo, no está del todo mal. Es decir, es mejor que ir por ahí esnifando cocaína o contagiando la gonorrea, de modo que no deberíamos considerar que pretender embutir ciencia en la mente de la gente sea algo intrínsecamente reprobable. Pero los intensitos, que son una subespecie de divulgadores cuyo tamaño va al alza, sí tienen efectos negativos que analizaremos en este texto. En primer lugar, parten de presupuestos filosóficos y antropológicos bastante ridículos. En segundo lugar, su existencia, y, lo que es peor, su éxito, es un indicativo de empobrecimiento cultural. En tercer lugar, son una pérdida de tiempo, de focus y de dinero, así como la materialización de una serie de prácticas que podrían ser contraproducentes. Y, por último, son muy pesados. Es que son muy pesados tío, en serio. No tanto como los intensitos de la filosofía, del vino y de la psicología positiva, pero juegan en la misma liga.

Lo intenso del intensito

Es bueno saber cosas y que te las cuenten bien (algo muy complicado), pero la divulgación está viviendo un proceso de descarrilamiento que, a estas alturas, ya resulta evidente. En este sentido, el intensito se ve a sí mismo como un predicador que ha de ejercer las 24 horas del día. Tiene unos conocimientos relativos de ciencia, ha de demostrarlo y ha de ilustrarnos continuamente, salvándonos así de nuestra ignorancia. Todos tienen que saber lo que pasa en su labo (si lo tiene), porque no sólo hay que producir conocimiento (si lo produce): contar lo de tus plantitas y lo de tus pulgones es igual o más importante, aunque no tenga relevancia objetiva. La ecuación del intensito suele ser la siguiente: resultados ultrapreliminares en moscas y/o batallitas muy manidas de científicos + un par de chistes de pililas (por ejemplo, compararlas con chipirones o llamar «hijoputa» a Darwin porque los huevos no cuelgan de forma simétrica) = el plan de viernes por la noche que todo ser culto, o que pretenda una mínima salvación intelectual, debería poner en práctica. Y con 15 minutos basta, no te flipes. ¡La ciencia es fácil! ¡Descubre la bioquímica! ¡La termodinámica a tu alcance! Porque nosotros, pobres diablos, tenemos que saber las curiosidades del concepto de infinito y de la dualidad onda-partícula. Todos tienen que saber esas cosas y ellos tienen la responsabilidad social de rescatarnos de la vida de vulgares gilipollas que llevamos. «Debería haber muchas más horas de ciencia en secundaria». «El único bachiller real es el científico, y le sobran asignaturas». «La gente tiene que saber más matemáticas». «¿Cómo vas a ir por la vida sin saber sobre la Turing-computabilidad de los algoritmos? ¿No usas ordenadores o es que vives en una cueva?». «Compran homeopatía y comen biodinámico porque no entienden la ciencia». «Ha salido la convocatoria del FECYT para proyectos divulgativos, ¿vas a pedir dinero para ese programa de radio marginal que nadie escucha? No, este año pediré dinero para un programa de arte y ciencia para que músicos negros ciegos de Burjassot puedan interpretar la mecánica cuántica con corospum y purpurina, ¿y tú? Yo voy a pedir dinero para una exposición en el centro cultural de mi pueblo sobre la evolución de la radiología, a la que únicamente irán colegiales con el entusiasmo de quien recibe el chupetón de un leproso». «¡Más dinero para divulgación!». Esto último lo repiten constantemente, muy enfadados. Son como Carl Sagan con dismenorrea.

Pero vayamos a un nivel más básico para preguntarnos sobre el porqué del intensito. ¿De dónde sale esta gente tan obsesionada por que todos conozcamos teorías y datos que no van a mejorar nuestras condiciones de vida en absoluto? Las razones son varias:

1) Mediocridad: Los intensitos de la divulgación no son, necesariamente, personas más apasionadas por la ciencia que otros divulgadores o interesados. Son, en cambio, personas que se adscriben a un marco teórico en el cual la divulgación más tristona es entendida como una panacea social, y para tragarse este anzuelo hay que ser muy mediocre intelectualmente. Aunque no nos engañemos: una porcentaje considerable de los divulgadores profesionales son la personificación misma de la mediocridad (por cierto, un fenómeno también observable entre historiadores de la ciencia), pero los intensitos son la crème de la crème. Son como esos funcionarios que tienen que inventarse un formulario inútil para seguir calentando la silla con el culo. En este caso, los intensitos convierten una demanda acomodada como saber ciencia en una necesidad social, inventando para ello falsos beneficios que embellecen su producto.

2) Chovinismo: El intensito es esa clase de ente que piensa que lo que está más cerca de su nariz es infinitamente mejor que aquello cercano a la nariz de los demás. Se parece a esos que piensan que su comida regional es Dios, algo muy común entre españoles cuando podría refutarlo cualquiera que sepa ver que las tapas son en su mayoría fritanga grasienta, que la comida vasca es un daño injustificado (casi tanto como aparcar en el País Vasco, aunque no tanto como ligar en el País Vasco) y que los catalanes comen con babero (joder con los catalanes, ¿no? Estos genios es que nos han llegado a vender la moto de Miró y Tàpies). El intensito presenta una carencia de miras lo suficientemente acusada como para considerar, desde un punto de vista muy freudiano, que su propia actividad del día a día es lo que de verdad importa. De forma más amplia, considera que su campo es la respuesta a necesidades sociales que no le competen y, ahondando en su mediocridad, que otros campos que ni siquiera domina, pero sobre los que está convencido que puede enseñar e incluso elucubrar las más arriesgadas metáforas, conforman un conjunto de conocimiento que, siguiendo su visión cándidamente ilustrada, podría traernos el cielo en la tierra. Por supuesto, lo que exceda de este conjunto de ideas no son más que paparruchas pseudointelectuales propias de maricones afrancesados y de columnistas de tres al cuarto.

3) Ego: El intensito busca constantemente alimentar su ego, en este caso explicando el ABC de un campo o echando monsergas caóticas sobre temas muy complejos a gente que es incapaz de, o no esta interesada en, comprenderlo y que, y esto es muy importante, no puede dejarlo en evidencia. Es la versión pedantesca de un abusón de patio de colegio que pega y roba el almuerzo a los niños que son más pequeños que él. También es muy intensita la tendencia a organizar eventos y jornadas que, en lugar de expertos, protagonizan ellos mismos. También la competencia feroz por quién habla dónde, las envidias y las intrigas palaciegas propias de telenovelas venezolanas. Es una rockstar de la divulgación, el centro, lo importante, el je ne sais pas, y no está dispuesto a mostrar simpatía por nadie que lo ponga en entredicho. En la mente del intensito, los libros de ciencia son doctrina moralizante, organizar cosas es como redactar un misal y los actos divulgativos son el equivalente intelectual de pajearse en el metro en hora punta, lo cual nunca he hecho, pero debe estar muy bien. A ver si vuelvo a Nueva York algún día, que es donde se va para eso.

La filosofía intensita

Como en casi todo, detrás de los intensitos hay todo un entramado de mierdecitas filosóficas que se organizan como un contexto adecuado para que este gente florezca. El esquema filosófico de los intensitos sigue una estructura básica, fundamentada en una ontología de sujetos y objetos que se relacionan según una determinada epistemología. Casi todos los grandes sistemas filosóficos hasta el siglo XX han tenido esta misma estructura (Platón, Descartes, Kant, Hegel, empiristas clásicos tipo Locke o Hume, etc.), en la cual los sujetos, las personas, se caracterizarían por «conocer» el mundo, de modo que es esta relación la que configura nuestras vidas y nuestra posición existencial. Las cosas, por su parte, se nos muestran inertes, dispuestas a ser diseccionadas y medidas de forma calmada por unos sujetos que las van conociendo paulatinamente y desarrollando su propio Yo durante el proceso. Eres lo que conoces: Pienso, luego existo en tanto de sustancia pensante y todo aquel espanto. Esta clase de esquema filosófico se puede observar con claridad en, por ejemplo, el sujeto kantiano, que no es más que un espectro constituido por un esquema conceptual que otorga determinadas características espacio-temporales a la realidad que está más allá de su realidad. Este sujeto se limita a relacionarse con su mundo en base a conocerlo, siendo irrelevante lo que siente respecto a él.

Hay un autor que resulta clave si pretendemos interpretar la historia de la filosofía rastreando esta estructura de sujeto/epistemología/objeto: Heidegger, un tipo odiado y amado con la misma intensidad. La mayor parte de la obra de Heidegger conforma la más inmunda basura pseudofilosófica, sin embargo, los fundamentos conceptuales desde los que parte (que no el torcido árbol que crece de ellos) son muy interesantes, incluso parcialmente adecuados, y suponen un punto de ruptura. Heidegger dinamita esta estructura ontológica, renombrando a ese ser humano sabiondo de los platones y de los kants como «dasein» o «ser-ahí». Ahora las personas no son pasivos sujetos esencialmente epistemológicos, sino seres «eyectados» en el mundo, lanzados sobre unos objetos, y sobre unas relaciones entre ellos, que le afectan profundamente. La distinción sujeto/objeto se difumina, y Heidegger pasa completamente de la epistemología para centrarse en la antropología existencial de ese tal ser-ahí. La «nueva» posición existencial del ser humano en esta estructura filosófica no es la de ser el conocedor del mundo, sino la de un ser afectado por éste, rodeado de condicionantes y, sobre todo, obligado a hacer frente a un hecho terrible que lo domina en todo momento, del que no tiene escapatoria: la muerte – Heidegger llama al ser humano también «ser-para-la-muerte». Lo único real en la vida humana, lo único de lo que de verdad tenemos certeza, que está presente en todos los caminos que recorramos en nuestras vidas, es el hecho ineludible de que vamos a morir. Este hecho, además, nos aporta un sentimiento que resulta inherente a nuestra existencia: la angustia, el miedo a la nada, sin referente.

Por supuesto, podemos optar por obviar los detalles específicos de la filosofía de Heidegger, así como su críptica e incapacitante jerigonza, y optar por otras formas de existencialismo filosófico que se relacionen de forma menos estrecha con el expresionismo, que resulten menos perturbadoras, cristianas y sangrantes que la filosofía heideggeriana, pero todo existencialismo (o idea decente sobre la vida humana) parte de una verdad incontrovertida: nuestras vidas no se configuran únicamente por el conocimiento de los hechos, sino también por las afecciones inextirpables que esos hechos nos producen. No sólo conocemos el mundo: tenemos hijos, perdemos a seres queridos, nos enamoramos, reímos, nos contamos historias, perdonamos a nuestros amigos, votamos a políticos, pagamos facturas, pedimos hipotecas, etc. Estas dimensiones existenciales y éticas de nuestra vida no deberían ser dejadas de lado bajo ningún concepto, dado que ello nos empobrecería de una forma irremediable (no hay más tiempo que el que pierdes). ¿Puede la divulgación científica intensita hacer frente a estas cuestiones? ¿Está todo lo importante ahí, o hay dimensiones de nuestra existencia que son ajenas a CRISP y a la microbiota? ¿Puede la ciencia por sí misma articular un entramado cultural significativo, por el valga la pena levantarse de la cama? Por sorprendente que parezca, los intensitos replican con respuestas positivas a estas cuestiones.

Estas respuestas se deben, en última instancia, a las características que otorgan a la epistemología que media entre sus objetos pasivos y sus supuestos sujetos eruditos: el cientificismo. Sé que es un tópico usar el adjetivo «cientificista» como arma arrojadiza, y que el término se ha ido devaluando hasta llegar al mismo nivel de irrelevancia que «machirulo opresor» o «natural», pero en este caso es pertinente, porque de haber alguien cientificista en este mundo está entre esta gente. Pese a lo que digan ciertos autores de autoayuda que se esfuerzan por salvar una palabra insalvable, el adjetivo «cientificista» es peyorativo, denotando una actitud tremendamente desviada respecto a la ciencia. Siendo un término empleado, sobre todo, en círculos ajenos a la ciencia y a su filosofía, por lo general tiene dos acepciones.

(1) En primer lugar, denota una actitud ultrapositivista que defiende la aplicación de métodos y metodologías científicas en dominios en los que, diría alguien con sentido común, estas no pueden o no deberían aplicarse. Por ejemplo, el cientificista considera que deberíamos desarrollar una «metafísica científica», una «ética científica», una «filosofía científica», un «feminismo científico» o unas «humanidades científicas». A veces tienen más paciencia, a veces menos, exigiendo la eliminación o sustitución de un campo de forma inmediata o en un futuro cercano. Por ejemplo, existe gente defendiendo que campos como la sociología deberían incorporar metodologías propias de otros más fiables como los estudios sobre la eficacia de tratamientos médicos, por ejemplo, aplicando la metodología habitual de los ensayos clínicos, con sus grupos control y sus placebos, para investigar cosas como la renta básica universal o los efectos sociales de la introducción de determinada tecnología. Por supuesto, no hace falta ser un genio para darse cuenta de que es una petición absurda debido a las notables diferencias existentes entre ambos dominios, que limitan la definición de grupos control y, sobre todo, la validez externa de los resultados, pero ahí siguen ellos, a su rollo. Hay montones de ejemplos, aunque uno muy explícito lo encontramos en gente como Hawking o deGrasse Tyson, que consideran que la filosofía no tiene sentido y que debería ser reemplazada por la ciencia ya mismo. Otros, aún más locos, llegan a despreciar la creación artística. Los Stooges OMG desde los estándares de la física WTF de partículas LOL… En esta primera acepción, el cientificista presenta una simpleza ontológica considerable, confundiendo diversos estratos de la realidad, estudiados por campos dispares, así como una simpleza existencial deplorable, despreciando productos que ni siquiera aspiran a producir contenido epistémico.

(2) La segunda acepción del cientificisismo hace referencia a una actitud extremadamente inocente respecto a la propia ciencia, por dura que sea. Estos cientificistas tienen una concepción monolítica de la ciencia, según la cual ésta no sólo no presenta disidencia interna, sino que se trataría de un conocimiento escasamente revisable y, sobre todo, escasamente criticable – pese a que afirmen que la crítica es una de sus características, no suelen darle demasiada importancia en términos prácticos. Se podría argumentar que a la base de estas ideas está lo que a veces se denomina como «concepción heredada», y que se plasma en las típicas historietas para niños de primaria según las cuales el científico es un ser (nuevamente) espectral que sale al campo a observar florecillas y animalitos y se da cuenta de que hay algo interesante en los pistilos, elabora entonces una hipótesis (o ni eso), la contrasta mediante la observación, la convierte en teoría, y luego la contrasta muchas veces más hasta que convertirla en una ley – a los intensitos les encanta el concepto de «ley», pese a que es a la filosofía de la ciencia lo que el anabaptismo es a la ingeniería informática. Esta concepción tan simplona de la ciencia se ve con claridad en su propia actividad divulgativa, habitualmente conformada por toscas simplificaciones bajo la forma de afirmaciones tuiteras. El mundo es complejo, la ciencia aún más, y las cosas tienen muchos matices que son obviados sin mayor reparo por el intensito de turno. Nadie puede hilar un discurso potente sobre algo en base a retazos superficiales e inarticulados que ni siquiera se entienden de forma cabal.

Pese a que ambas acepciones son independientes entre sí, suelen presentarse aparejadas, dado que defender (1) es más sencillo si uno se posiciona desde el marco conceptual de (2), dado que una imagen idealizada de la ciencia (como si necesitara ser idealizada habiendo producido vacunas y aviones) facilita una defensa fanatizada. En resumen: lo que caracteriza al cientificismo, lo esencial en él, es el desdén por el estado actual de campos ajenos a la «ciencia dura». El cientificista no es únicamente un positivista con poca calle, sino un ser execrable y cutre, tan sensual como un engordadero, tan audaz como mear haciendo el pino, que desprecia todo aquello que no encaja con ese esquema conceptual tristón que con tanta vehemencia defiende.

Contra la divulgación

Ya he dicho que la divulgación no es algo malo, pero sí creo que es muy negativa su intensificación. Conocer datos científicos no nos hace mejores ciudadanos, ni aumenta nuestras capacidades críticas (de hecho, aún no sabemos muy bien qué enfoque pedagógico funciona para materializar este tan deseable efecto). Ni siquiera tendría por qué hacernos más felices que cualquier otro pasatiempo. Lo que está claro es que los intensitos parten de un presupuesto claramente erróneo: la ciencia no es divertida, es un puto aburrimiento. Es rutinaria y repetitiva hasta el hartazgo, con pocos casos épicos de creación original. Es, además, extremadamente compleja y requiere de un durísimo proceso educativo para ser comprendida. Porque, vamos a decirlo de una buena vez, lo que se ofrece en una charla TED o en una charleta divulgativa no es ciencia, sino una dilución homeopática que la convierte en un mero show. La ciencia es elitista y espinosa, ¿por qué demonios debería dejar de ser así? ¿Por qué debería ser caricaturizada para caber en mentes incapaces de procesarla de forma adecuada? Es y será siempre elitista, porque hay gente mas lista y menos lista, gente interesada y gente poco interesada y, sobre todo, gente dispuesta a tragarse diez años de sodomía universitaria para convertirse en una autoridad y gente que, completamente en sus cabales y de forma legítima, prefiere hacer otra cosa con su vida.

No aceptar este hecho, que la ciencia es una actividad llevada a cabo y comprendida por una élite en la que el resto de la sociedad deposita su confianza epistémica, es convertirse en un vendedor de ilusiones de falsa profundidad explicativa, generando efecto Dunning-Kruger al por mayor. Una falsa profundidad que, además, podría ser contraproducente: quizás introduciendo de forma torpe conceptos de mecánica cuántica estamos abonando el terreno para que lleguen los de la medicina cuántica a hacer caja. Quizás sería mejor centrarse en clavarle una demanda a los charlatanes cuánticos si cometen algún delito y en aumentar la confianza de la población en los científicos y profesionales de la salud. Querer que la gente comprenda mecánica cuántica, química orgánica o estadística avanzada, y suponer que ello aumentará sus capacidades críticas, es como cambiar bombillas girando casas. Y no es algo que digo yo, sino que forma parte de ese constructo tan complejo que es la alfabetización científica, la cual no consiste únicamente en saber sobre teorías científicas, sino también en comprender sus fundamentos epistemológicos y en confiar en la ciencia como institución social. Una cosa es que la sociedad valore, respete y prime la ciencia como herramienta productiva y otra que todos tengamos que ver al científico como un héroe griego (algo equivalente a lo que cierta gente quiere hacernos creer respecto a los ricos y a los empresarios), o que todos tengamos que conocer cosas complejas que ni nos van ni nos vienen. El que quiera saber electrodinámica, epidemiología o ecología de poblaciones, que vaya a la biblioteca, que saque un libro bien gordo, bien redactado y bien riguroso, y que ponga los codos sobre la mesa hasta que duela. Todo lo demás es el timo de la estampita.

Se han creado cientos de unidades de cultura científica, cátedras de divulgación, entidades como el FECYT que reparte dinero a mansalva, etc., mientras se ha ido descuidando de forma descarada otras parcelas culturales tanto o más valiosas. No hace falta ir a casos como el teatro o la música, que ya son prácticamente residuales, sino a cosas tan básicas como saber leer una factura, conocer hechos históricos, las leyes que te rigen o los valores que articulan nuestras sociedades y que han facilitado tanto la ciencia como el progreso ético y tecnológico del que disfrutamos. Porque no hay que confundir conocimiento empírico y valores o capacidad crítica. Heidegger, nuevamente, nos sirve para ejemplificar este punto. ¿Dónde reside lo grotesco de sus ideas? ¿Cuál es el daño que podemos atribuible? Era nazi y el nazismo se hace notar de forma insinuante en su obra, especialmente en sus divagaciones posteriores a Ser y Tiempo. Sin embargo, sus ideas no fueron influyentes en los políticos nazis, que prefirieron a autores aún más terribles y, sobre todo, más diáfanos, como Rosenberg, Bäumler o incluso Nietzsche – este último un protonazi de manual. Es verdad que convirtió la Universidad de Friburgo en lo que es descrito como una especie de academia militar altamente autoritaria y que tuvo actitudes antisemitas de lo más vomitivas, sin embargo, el daño real de la hegemonía de la filosofía heideggeriana no es ese, sino la neutralización de las capacidades críticas de la población, especialmente de la comunidad de filósofos, cuya resistencia intelectual gana especial importancia en determinados momentos históricos. Encumbrar un discurso impenetrable, altamente abstracto y articulado en base a cantinfladas ayudó al empobrecimiento reflexivo de la Europa continental en contraste con Estados Unidos o Inglaterra. Lo lamentable de todo esto es haber seguido la senda marcada por un tipo que se consideraba a sí mismo una especie de mago tolkiano, que nos animaba a dedicar nuestra energía intelectual a reflexionar sobre las más absurdas ridiculeces acerca del ser mientras las chimeneas de los campos de concentración arrojaban cenizas humanas sobre Europa.

Por supuesto, esto es una exageración y no quiero compara la divulgación científica con el nazismo (ya he dicho que la filosofía de Heidegger ni siquiera es propiamente nazi), pero sí creo que es importante que prestemos atención a que este auge descontrolado de divulgación absurda, superficial e incapacitante es un claro síntoma de empobrecimiento cultural. La divulgación científica está bien en su justa medida, pero quizás intentar que la población aprenda a no votar partidos absurdos o a no ser engañada sistemáticamente por ideas delirantes, por marxistas, por populistas, por gurús del dinero, por economistas austriacos, por los bancos… Que aprenda a hacer valer sus derechos laborales, a socializar, a gestionar sus emociones o ataques de ansiedad, a elaborar argumentos, a tolerar la frustración, etc., son cosas que deberían gozar de una financiación y atención iguales o mayores. También, por supuesto, el arte cuando está por la labor de aportar un producto intelectual valioso. Es importante resistir a la masificación y a la hegemonía de la divulgación, como también es importante resistir a su desaparición. Como en muchas cosas de esta vida, el equilibrio es importante, pero esto es algo que los intensitos de todos los ámbitos no entienden. Lamentablemente, vivimos su era. La alianza que tienen con los ofendiditos nos acabará comiendo por los pies, y no habrá mineralogía ni astrofísica que nos salve.

Por Angelo Fasce

Anuncios

13 comentarios en “Los intensitos de la divulgación

  1. Magnifico, totalmente de acuerdo. Pero estamos en la sociedad del espectáculo, Un momento en el que lo que no es divertido es mejor que no exista y donde un experto en cualquier materia Física o Filosófica ha de ser ante todo un experto en comunicación capaz de introducir chistes en sus discursos. Hace poco ley las lecciones que dio Zubiri en Madrid en los 60 y 70. Fue interesante ante todo el prologo donde contaba el tipo de público que asistía, hoy no creo que llenara una pequeña sala a no ser que el guion fuese revisado por un experto en comunicación. Por desgracia creo que se ha olvidado que el interés de una exposición ha de radicar en lo que se expone no en como se expone.

    Le gusta a 1 persona

  2. Lo bueno de los blogs es que cada bloguero puede poner negro sobre blanco su opinión, ya sea acertada o una memez.

    No sé el motivo para que a todo el mundo le dé por pensar que su opinión es tan valiosa, que sienta la necesidad que sea conocida y reconocida por otros, ese afán de compartirla.
    Para algunos de nosotros, la verdad, es que no le vemos utilidad práctica alguna, no necesitamos que se nos saque de nuestra ignorancia, queremos seguir siendo”discapacitados” ante tanto brillo y oropel.
    Ese didactismo con el que se nos habla, como a imbéciles, para meternos en nuestras pobres cabezas conceptos que no nos harán formar parte de la iluminación, nos hastía.

    Y lo curioso de todo esto es que tanto los intensitos como los que nos previenen sobre ellos utilizan la misma técnica.

    Por favor, si no os gusta la divulgación científica, cambiar el dial.
    Por favor, si no os gusta que os digan lo que debéis criticar, cambiar de canal.
    Por favor, a unos y a otros, dejad de decirnos qué saber y cómo pensar.
    Y que cada palo, aguante su vela.

    Le gusta a 1 persona

  3. Interesante, otra vez Fasce acaba de describir lo que otros ya hemos repetido por años, el “escepticismo” es un negocio, una basura de negocio donde importa más el dinero que la calidad, pero vamos, ahí está Naukas o un Javier Salas para enseñarte a ser un Fernando Frías “aspirante a divulgación”. Pero bueno, es gracioso venir a leer cómo Fasce se queja de lo que él mismo apoyó. XD

    Me gusta

    1. Tu no te preocupes querido bastardetic a la gente nunca le ha interesado la ciencia ni mucho menos el escepticismo y la divulgación. A los escépticos siempre se los ha visto como arrogantes matones de ilusiones y amargados cuando desmontan algún mito o intentan tumbarle el negocio al charlatán de turno o aún mas como servidores de algún poder oscuro.

      Así que podrás seguir promoviendo comodamente esa pseudomedicina que tanto te gusta, de hecho me sorprende que con la estupidez de algunos no tuvieras éxito y vivas tan frustrado.

      Pero bueno es lo que hay divulgadores mediocres luchando contra charlatanes expertos contra eso no hay ley.

      Me gusta

      1. El hecho de que tu comentario sea el típico ataque “bastardetic” es para reirse. Y lo más gracioso no es tu falta de argumento, sino su actitud esquizoide. Recuerdo que hace años los “escépticos” se quejaban de que eran “cuatro gatos a los que no les hacen caso”, ahora se envalentonan poniendo que “hay consenso, la mayoría, los medios me apoyan”, etc.
        Lo demás es de traca, es victimización barata tan típica de tu estilo de que “somo los pobres escépticos odiados”. Lo primero sería que te preguntaras si realmente han desmontado algo, porque vamos, con los de los transgénicos y los herbicidas ponían que “La EFSA me apoya, todas las academías”, pero mira, los escándalos salen y están saliendo, y los lobbies a los que adoras ahora están sucumbiendo. Lo que describe Angelo es sólo la decadencia que predije hace años, el movimiento “escéptico” es un vulgar cadaver apestoso, no tiene futuro, se terminaron el pastel demasiado rápido, lo que ustedes sembraron lo van a recoger.
        Con tu comentario me da más risa, predecían que la homeopatía moriría en el 2010, ¡no pasó! Como no puedes, y eres cobarde, pues sólo te queda apelar a políticos, una idea que venía adelantado Fernando Frías. Es su última pieza del juego, si no ganan ahora están perdidos, eso lo deberías saber, y no hay ningua prueba de que la homeopatía esté decayendo como quisieras. Vamos, si tus divulgadores mediocres no pudieron con algo tan sencillo, realmente no esperes nada mejor. Ya perdieron.

        Me gusta

  4. No entiendo a lo que te refieres… en cierto modo tu propio blog me parece responder a la descripción de “divulgación intensita”… a pesar de ello te leo desde hace tiempo.

    Me gusta

  5. Vivimos tiempos de intensidad a la hora de expresarnos y tú, Ángelo, no eres una excepción gracias a tu estilo digamos… “Pérez-Revertiano” con el cual expresas tus ideas gusten o no xD Es lo que tiene internet y las redes sociales, que uno termina por caracterizar un personaje (sin ofensa, eh, yo tampoco soy una excepción).

    La gente se ofende, molesta e indigna por algo (con mayor, menor o nada de razón) y luego lo refleja en redes sociales (especialmente esa altamente carcinógena llamada Twitter) publicándolo a los cuatro vientos con altas dosis de intensidad. Otros creen que la homeopatía, el reiki, yoga, deporte, análisis de sus coprolitos y hasta la ciencia y escepticismo son la salvación a todos los males de la sociedad… y lo hacen de igual manera en intensidad.

    Así nos va xD

    Respecto a dos divulgadores que citas:

    1) Hawking ha sido un gran científico, un muy interesante divulgador pero en su época final un putoteh/attention whore de cuidado; haciendo afirmaciones radicales que buscaban desesperadamente la atención y lo único que lograban era poner en tela de juicio un prestigio que tenía ya más que ganado.

    Me refiero a sus sentencias tan absolutas como por ejemplo respecto a encontrar civilizaciones extraterrestes que nos aniquilen (como planteamiento ficticio está muy bien, como verdad casi incuestionable… ufff), o una majadería que soltó sobre que había que sustituir la filosofía por la ciencia. Eso merece un HD Epic Facepalm.

    Ahí si coincido contigo en meter a este señor en la categoría de cientificista. Mejor científico, nulo pensador (en sus años finales).

    2) Sobre Neil deGrasse Tyson, discrepo y mucho. Sí, es un showman y está a años luz de Carl Sagan como divulgador (quizá el más reconocido de la historia). No sé si también como científico, pero ahí no me meto. Sin embargo no me parece en absoluto una persona cientificista, y cuando habla en serio y no como niggah bronx se ve a alguien (hasta donde sé) coherente, humilde y para nada defensor radical de “O ciencia o muerteH!” Para muestra un botón

    Se me ha hecho alguien más crítico y filosófico que otros divulgadores (intensitos o no) como Dawkins y no digamos Hawking. Y eso que Dawkins tiene programas y fundaciones muy buenos para fomentar el pensamiento crítico.

    También me parece que la finalidad del divulgador científico es mostrar lo interesante de los resultados de la ciencia, no lo aburrido del proceso. Precisamente buscan acercar más la ciencia no explicando al dedillo sus métodos, sino las implicaciones de sus logros, aunque en el proceso simplifiquen bastante las cosas para hacerlas entendibles al común de los mortales. ¿Deberían explicarnos cada paso que da un bioquímico en su experimento? No creo que sea esa su labor; sí, sin embargo, explicarnos lo potencial de CRISP o incluso salirse un poco más allá de la ciencia y abarcar temas filosóficos como lo ético de ciertas técnicas o la finalidad de la vida misma.

    Otra muestra del bueno de deGrasse Tyson xD

    Pero volviendo a lo central del tema, mucha de esta gente divulgadora termina por convertir en un modo de vida la divulgación. Y no debería ser algo malo, pero creo que si uno quiere ayudar a los demás a pensar por sí mismos o acercarles la ciencia, debería hacerlo como hizo el viejo verde de Sócrates: por amor al arte, de a gratis. Por filantropía, por humanismo. Si vamos a ser intensos, seámoslo de verdad xD

    Un saludo

    Le gusta a 1 persona

  6. Hola, Ángelo.

    Me llamo mucho la atención este párrafo:

    “(1) En primer lugar, denota una actitud ultrapositivista que defiende la aplicación de métodos y metodologías científicas en dominios en los que, diría alguien con sentido común, estas no pueden o no deberían aplicarse. Por ejemplo, el cientificista considera que deberíamos desarrollar una «metafísica científica», una «ética científica», una «filosofía científica», un «feminismo científico» o unas «humanidades científicas»”

    Y me llama la atención porque, precisamente, en Facebook hay un grupo que se llama Feminismo Científico. No sé si te he entendido bien esta parte, pero ¿consideras que la ética e ideologías como el femenismo no deberían basar sus argumentos al menos en la evidencia que se disponga sobre los temas que argumentan?¿ O es que te refieres a la aspiración de estas personas que describes de convertir a la ética, por ejemplo, en una ciencia?

    Le gusta a 1 persona

    1. Irónicamente, Fasce se monta sobre un intento de “filosofía científica” donde el objetivo es sustentar una “epidemiología de la seudociencia” basado en los prejuicios y la técnica de mezclar todo con todo. Fasce es como he repetido, un vulgar charlatán. Que ahora quiera aplicar el montaje de que “fueron los otros” es tan patético cuando el pobre Angelo se la pasa queriendo ganar atención con bromitas sin sentido o usar palabras altisonantes como si fueran un argumento. Es como si se mordiera la lengua.

      Me gusta

    2. Conozco la página de facebook y de vez en cuando tengo contacto con Roxana Kreimer. Sin embargo, no estoy de acuerdo con el apellido “científico”. El feminismo, como el abolicionismo de la esclavitud, el neoliberalismo o el cristianismo nunca, jamás, será ciencia, simplemente porque se trata de cuestiones éticas o ideológicas que no responden a razonamientos de este tipo. La igualdad legal entre hombres y mujeres no es una cuestión científica; la igualdad biológica sí lo es, pero eso no es feminismo. Si la esclavitud es mejor que la libertad o si la democracia es mejor que la tiranía son cuestiones ajenas a la ciencia. Eso en relación a lo estrictamente filosófico, luego está la dimensión retórica. En efecto, no creo que sea a mejor estrategia para lograr una igualdad efectiva de oportunidades, tanto en relación a luchar contra el machismo como en relación a luchar contra las locas posmodernas y sectarias que dominan el feminismo hoy en día. No creo que hablar de chimpancés, de la sociobiología de las hormigas o de cuevas y cazadores vaya a tener el impacto que creen que va a tener. Por supuesto, eso se relaciona con esto de los intensitos de la divulgación, dado que pertenece también a un mito más amplio: el mito del impacto del discurso académico en la sociedad.

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s