PÁSATE EL PORRO, DERRIDA. ESTUDIAR BELLAS ARTES EN EL SIGLO XXI

Esta vez vengo a hablar de mi experiencia personal en la enseñanza artística superior en el contexto universitario, que es la que yo recibí. Os hablaré de lo que fue aquello en lo que a materia académica se refiere, y opinaré sobre sus fundamentos y mecanismos. Aunque es un caso individual, podremos rastrear algunos desmayos del arte contemporáneo que explican la situación actual y observar la correlación que esos agujeros negros tienen en la enseñanza artística. Lo que pienso hoy en día de toda esta etapa —rara como ella sola, básicamente porque aún estás por cocer y eres gilipollas hasta el mediodía y luego todo el día—, difiere totalmente, dando un giro de 180º, de lo que pensaba en su día. Muchas valoraciones que hago las he elaborado recientemente, varios años después.

 

Bienvenidos a mi mundo

Vaya por delante que yo empecé Bellas Artes con 18 años en 2006, con un perfil entre imbécil integral, no tener ni idea de nada y estar muy perdida. Intelectualmente no me caí del árbol hasta dos, tres años después, porque empecé Historia y eso me centró un poco —pero poco, porque leí demasiado a la escuela de Frankfurt, a Walter Benjamin et al— y he vuelto a caer de ese árbol otra vez hace poco. El caso es que después de unos años hedónicos en Historia retomé Bellas Artes con la soberbia intacta y muchas estupideces entre las neuronas. Creo que la realidad es que no tengo ni jodida idea de por qué entré en Bellas Artes (siempre quise licenciarme en Historia). Quizá sea porque mi padre solía llevarme al IVAM cuando era muy pequeña y por entonces yo ya me cagaba en todo porque pensaba que aquello podía hacerlo cualquiera, a lo que mi padre contestaba siempre “¿Ah, sí? Pues hazlo”. Y sí, allí acabé haciendo muchos garabatos, me licencié y de allí me llevé algo que estimo sobremanera y que contribuye a mi felicidad y deleite: la educación de la mirada y sensibilidad artística, la comprensión y la pasión por el arte, una de las cosas más fascinantes que hemos creado jamás los seres humanos. Porque, en el fondo, no hay nada como entrar en El Prado o la Tate, hinchar el pecho y saber que, con lo bueno y con lo malo, estás en casa.

Bellas Artes aún era una licenciatura cuando me matriculé, así que de allí a aquí ha llovido un rato y supongo que el plan de estudios habrá cambiado mucho, sobre todo con Bolonia por medio. Voy a hacer memoria y repasar un poco mi expediente, así que probablemente me cuele en algo, pero lo que básicamente se hacía en mi época era lo siguiente: primero y segundo curso eran fundamentos básicos, con asignaturas troncales y obligatorias. En Color I dabas pintura (solo óleo) en modalidad de bodegón; en Escultura, fundamentos de modelado en barro y talla y poco más y Dibujo básico, que era dibujo puro y duro de reproducción clásica en yeso a carboncillo y grafito. Estas tres señoras asignaturas tenían una carga lectiva de 18 créditos —¡cada una!—, de manera que nos tirábamos dieciocho horas a la semana mirando un botijo y dos jarrones, los bracitos de una penosa reproducción de la Venus de Milo y manoseando un frío lingote de barro, el cual tratabas de transformar en algo que no te visitara en tus peores pesadillas. Esto se complementaba con un par de asignaturas breves más que nadie recuerda y con Historia del Arte I. Como éramos estudiantes de arte del siglo XXI, todo esto era un tanto viejuno para la mayoría de nosotros, que si bien podíamos tener intereses parciales en ello, ansiábamos comernos las prácticas del arte contemporáneo posmoderno. En segundo curso se repetía la misma estructura. Pintura se dividía en dos asignaturas, Fundamentos de la pintura y Color II, donde aprendías otras técnicas pictóricas y el motivo pasaba a ser la figura humana del natural. Por otro lado, Fundamentos de la forma era una ampliación de técnicas del dibujo, también con motivo del natural, y escultura también se dividía en dos asignaturas: Volumen y Escultura II. Aquí ya entrabas en mandanga posmo de la buena, porque si hay una disciplina infestada hasta los topes de lo peor de la filosofía del siglo XX es la escultura.

Tercero estaba constituido totalmente por optativas, y en cuarto y quinto desarrollabas Proyectos I y Proyectos II respectivamente, junto con la optatividad que te quedara por ahí. Podías escoger entre proyectos de pintura, dibujo o escultura; lo lógico era coger ambos de la misma disciplina a modo de especialización. Las cosas modernas, como vídeoarte o instalación estaban asimiladas a esos departamentos. Los proyectos de cuarto constaban de 15 créditos y los de quinto, de 36.

Y finalmente, como a todos, te quedaba la libre elección, esa gran cagada que nos tocó a los de plan antiguo que se le debió ocurrir a un mono borracho en un departamento de autoetnografía.

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Este niño y su puto ganso eran nuestro Chucky personal.

Este plan de estudios puede parecer que está muy bien, pero no tan rápido. La realidad es que esta carrera se caracteriza por dos grandes cuestiones. Por un lado, es una carrera que recoge demasiadas disciplinas en su seno. ¿Qué quiero decir? Pues que en Bellas Artes tienes pseudoespecializaciones de todo tipo, dominios que constituyen disciplinas en sí mismas, que llevarían años de aprendizaje y para las que ya hay escuelas ahí fuera. Me refiero a disciplinas como fotografía, animación, cine, vídeoarte, vídeojuegos, diseño gráfico, escenografía, etc., y no existe realmente una secuencia lógica y férrea de asignaturas que conduzcan a una especialización. Al menos no cuando yo estudié. En algunas de esas ramas, tú mismo podías perjeñarte más o menos una especie de major. Cine era un ejemplo, ya que había un par de asignaturas de realización fílmica, otro par de historia del cine, teoría y crítica. Pero solo si lo combinabas con asignaturas de, digamos, cine expandido, como vídeoarte y audiovisuales en escultura, de manera que conformabas más una pseudoespecialización rara en cine expandido —que no cine narrativo de ficción o cualquiera de los otros tantos géneros que existen—. Otras ramas, como escenografía, eran prácticamente inexistentes: no había un volumen suficiente de asignaturas focalizadas en ese área como para que constituyesen un mínimo de especialización. Desde mi punto de vista, esto constituye un déficit formativo, porque siempre va a haber gente que habrá estudiado cinco años de cine puro y duro en una escuela, o diseño, o escenografía, o fotografía y que te darán sopas con ondas. Que sí, que el resto de cosas que has hecho en Bellas Artes te dan otra perspectiva y aportan mucho, sí, pero no sé qué tanto te destacan de la verdadera formación especializada que puede haber absorbido alguien que ha estudiado en profundidad una de esas ramas y que, por ejemplo, se ha tirado años escribiendo guiones, cosa que tú has hecho, más bien someramente, en un par de ocasiones. Con esto no digo que si has estudiado Bellas Artes estás condenado a no poder rendir como cineasta o escenógrafo, sino que vas a tener que dedicarle mucho más tiempo y seguir formándote en otros lugares.

Está claro que cinco años dan para lo que dan, pero es que pueden dar para mucho. Creo que sería mucho más fructífero si los caminos de especialización fueran un poco más sólidos y se instase más al alumno a hacer focus. Otra de las cuestiones es que en Bellas Artes no solo se permite sino que está bien visto ir picando de flor en flor, coger asignaturas variadas de toda naturaleza y personalizar tu expediente hasta niveles bien locos — el mío es un tanto así. Esto generaba situaciones muy anodinas como cursar Escultura y Medios Audiovisuales, una optatividad que se dividía en dos asignaturas, I y II, de 18 créditos cada una, y descubrir en la presentación del alumnado de la asignatura II que allí había gente de otras ramas que no tenía ni idea de vídeo ni de instalación y que se habían cogido esta asignatura por «picar», «hacer un poco de todo», por aprender un poco de otras ramas. No les culpo a ellos, yo también hice lo mismo con una asignatura de dibujo que me venía muy bien para completar mi expediente y que sencillamente, me apetecía hacer. El problema está en el plan, en que aquel que no ha cursado una asignatura nivel I no debería poder matricularse en la II, porque el planteamiento de los contenidos destila que para II se precisa I, y si no es así, es una chorrada posmo sin ningún tipo de lógica rastreable. Y que si yo estoy en la rama de audiovisuales, no deberían permitirme una optativa de dibujo. Pero se permite, primero porque sino, no se licencia nadie, y segundo porque todo esto es muy “todo vale” y la onda actual es el rollito ecléctico. Artista interdisciplinar. Artista multidisciplinar. Claro. Y yo soy artista, cineasta, filósofa del arte, historiadora de la ciencia y comisaria. Ah, y presidenta de la escalera, que se me olvidaba. Presidenta de la escalera.

Todo esto nos lleva a pensar que la carrera en Bellas Artes, una vez ha incorporado tantas disciplinas, no puede proveer al alumnado en cinco años de la maestría y el dominio que le es propia. Esto supone un grave problema que genera un efecto dominó: si ya partimos de que Bellas Artes es una formación que, en el momento presente, no tiene una profesionalización concreta en el mundo real porque no existe un tejido social, político y laboral que absorba la cantidad ingente de licenciados que escupe al mundo, el hecho de tener un expediente de estas características convierte a estos estudios en formación en magia. Seamos honestos: estudiar Bellas Artes no sirve para nada. Podemos engañarnos con todo lo que queramos, que ensancha el alma y demás, pero no sirve para nada. Estadísticamente, el panorama es desolador, porque esto ya no es el renacimiento, cuando solo cuatro gatos iban a la escuela de arte a aprender a dibujar y luego había unos duques y reyezuelos por ahí que querían trabajitos y te encargaban cosas y tal, no, hoy en día se trata de una carrera con inflación de matriculados que está generando gente pseudocualificada cuya gran mayoría no va a ejercer jamás de nada relacionado con esto. En el fondo, Bellas Artes te forma —y tampoco del todo, no vaya a ser que compitas demasiado— en el juego del arte contemporáneo actual, a vender tu O con un canuto y tener un gran rollo logorreico detrás, y a ese estadio llegan muy pocos. Al final parece que todo es una criba para filtrar a ese genio del que tanto se quejan. El asunto es insostenible.

Pondré un ejemplo. No sé vosotros, pero en mi caso, viví en muchas asignaturas lo que considero es un problema de enfoque en cuanto a la enseñanza artística. Muchas materias estaban vertebradas por “propuestas” a modo de ejercicios, de actividades. Normalmente solían ser dos, que se presentaban al final de cada cuatrimestre y que constituían el grueso de tu aprendizaje y evaluación. Además era todo como muy importante, durante varios días se realizaban estas presentaciones y todo el mundo exponía su trabajo y asistía al de los demás. Hasta aquí, bien. El tema está en que este tipo de “propuestas” (que es el eufemismo posmo que se usa hoy en día para referirse a “el puto trabajo que tienes que hacer y por el que te voy a evaluar”, en Bellas Artes y en todas las humanidades, que ya lo tengo comprobado) se entendían como un final en sí mismo, como un proyecto, como una obra de arte, como algo por lo que tú respondes  como artista. Habitualmente debías acompañar estos trabajos de una memoria teórica, donde explicabas de qué cueva particular habías salido tú para cagar aquello. En mi opinión, este enfoque es un error. Es un error porque estamos hablando de segundo o tercero de carrera, estás en un contexto de aprendizaje, y tu trabajo en ese contexto debería de estar al servicio de ese aprendizaje, y no constituir una obra alumbrada, cerrada y terminada, sino un ejercicio que te acerca cada vez más al dominio del terreno. Durante la carrera eres aprendiz, aspiras a ser artista, te estás formando para ello. Y esto es algo que pasaba especialmente en escultura, donde todos íbamos de artistas y entendíamos estos trabajos como producción artística, los presentábamos y defendíamos como tal. El ejemplo contrario era la asignatura Retrato, en pintura. Los deberes de esta gente, no propuestas, no, deberes, eran hartarse a hacer retratos usando las diferentes paletas (combinaciones de colores tradicionalmente atribuidas a un pintor o estilo). A ninguno de los alumnos de esta asignatura se le pasaría por la cabeza hablar de esos retratos como producción artística u obra de arte. Eran meros ejercicios, puro aprendizaje de la técnica con el objetivo de dominarla, que muchas veces se hacían sobre un trozo de cartón cortado de malas maneras y que al acabar el curso iban a la basura. Ya tendrás tiempo de poner esa técnica al servicio de lo que tengas que decir, si es que tienes que decir algo.

En definitiva, en muchas asignaturas se enseñaba a generar productos y cómo no, a generar también un discurso verbal para defenderlos: eso que hoy en día llamamos la justificación. La insistencia que se hace en la elaboración por parte de los alumnos sobre estos discursos es desmesurada, porque claro, cuando salgan ahí fuera a darse de hostias entre ellos y competir por las ayudas, las becas, las subvenciones, les van a pedir la maldita justificación teórica. ¿Y de dónde viene todo este rollo macabeo?

La herencia débil

Pues del arte conceptual, esa nueva forma de hacer arte que surge en los sesenta —en el contexto de la crisis pictórica— que se deslinda como corriente propia del arte minimal, bebe del estructuralismo y la posmodernidad y también de la filosofía analítica, y que despliega un nuevo enfoque sobre el “hacer arte”: la idea está por encima del resultado físico, la idea que subyace a tu trabajo artístico es lo auténticamente importante, ese mensaje a comunicar está por encima del artefacto, es más, en muchas ocasiones es el resultado. Claramente antiformalista, cuestiona directamente la naturaleza objetual del arte, se fija y destaca con especial atención el proceso de la producción artística y acuña términos como arte antiobjetual o arte posobjetual.

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One and three chairs, Joseph Kosuth, 1965. Silla, fotografía y panel. Pieza derecha: 52 x 80 cm, pieza izquierda: 110 x 60 cm, pieza central: 81 x 40 x 51 cm. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid, España.

Esta obra de Joseph Kosuth es la que la historiografía del arte considera la fundacional del arte conceptual e ilustra muy bien el movimiento. Ahora el concepto es la obra en sí misma, el concepto prevalece a la forma. Como esta pieza hizo un montón más, porque claro, mucha queja con el tema de la mercancía del arte pero esto es un filón. Cualquiera puede hacerse su Kosuth.

Hay algo de Duchamp como antecedente remoto, ya que Duchamp ya desbanca al objeto artístico como elemento contemplativo y en su lugar apela al intelecto, y como antecedente inmediato tenemos al pintor Ad Reinhardt, que se inventó una definición tautológica del arte. Al loro: “ni líneas ni figuraciones, ni formas ni composiciones, ni representaciones ni visiones, ni sensaciones ni impulsos, ni símbolos ni signos, ni empastes ni decoraciones ni coloridos, ni placeres ni sufrimientos, ni accidentes ni ready mades, ni cosas ni ideas, ni atributos ni cualidades, nada que no pertenezca a la esencia”. La esencia… inquietante. Bienvenidos a mi secta.

Para los conceptuales, el principio sobre el que se asienta el arte moderno con Duchamp es que se produce un giro que abandona la apariencia para aproximarse al concepto. Kosuth, que es el gran estratega y líder de todo esto, basa su noción tautológica del arte en Wittgenstein cuando este sostiene que las palabras solo remiten al propio lenguaje y son incapaces de definir lo visible o la experiencia humana. “El arte es la definición de arte”, dirá Kosuth, y esta es una empresa que se arrogan los conceptuales, porque son ellos quienes, a través de su práctica artística, van a cuestionar la naturaleza del arte. Se supone que toda obra de arte conceptual no hace otra cosa que proponer una definición de arte. Esa es su misión, que a mayores la entienden como una misión mística.  Porque, para Kosuth, el arte debe sustituir a la religión y la filosofía, el arte puede colmar las necesidades espirituales de la gente. Además, Kosuth va a establecer una analogía con las matemáticas y la lógica, que, según él, también son tautológicas, destacando las primeras más por motivos estéticos que otra cosa. De verdad que lo que fumaba Kosuth era digno de una juerga de tres pares de huevos.

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Las latas con su propia mierda del artista Piero Manzoni también son emblema del conceptual. Noventa latas que vendió a precio de oro y cuyo valor hoy es astronómico. La supuesta burla y crítica de Manzoni es en el presente una patética ironía. Y se ve que dentro hay yeso, no caca.

El artista japonés On Kawara, que procedía del ámbito pictórico, es otro de los conceptuales del momento que hacía obras como Date Paintings: pintar en un lienzo la fecha del día en que lo ejecutaba, usando no más de tres formatos, y haciéndolo él mismo a mano alzada, nada de plantillas o esprays. Lo guardaba en una caja de cartón en la que también incluía un recorte de un periódico local del lugar donde había hecho la obra. Hizo más de 3.000 en cuatro décadas.

 

De todo este caldo de cultivo, y otros que orbitan a su alrededor o son producto de él, sigue bebiendo el arte contemporáneo, que no es, salvo contadas excepciones, una reformulación barata de este tipo de obras. Quizá os preguntéis qué correspondencia o vigencia sigue teniendo esto con lo que se hace hoy en día. Sin ir más lejos, el Centre del Carme de Valencia ha celebrado recientemente el trabajo del artista Pablo Bellot en una serie que lleva por título Actos de comunicación. Esta obra no se supone cualquier trabajo, sino que es el ganador de la convocatoria Escletxes 2016. Actos de comunicación se presenta como una respuesta a la incapacidad de expresión que subyuga al individuo contemporáneo, el cual malvive en un ecosistema feroz, veloz y rebosante que no le permite experimentar la vida en plenitud. Partimos de un discurso no solamente manido, visto una y veintemil veces, sino pobre, superficial y poco sometido a escrutinio. El típico rollo posmoderno de crítica a la hegemonía tecnológica, al disparate de la organización social contemporánea, al capitalismo salvaje y la sociedad industrial, la alienación, todo muy Adorno y muy Horkheimer y muy Marcuse. Todo este peñazo ya pasado de rosca se materializa en obras como un coche quemado —sí, tal cual, no hay más, eso ya es un “acto de comunicación”—, un vídeo de un plano general de un escenario musical al aire libre con el artista sobre el escenario pronunciando continuadamente la palabra “mierda”, una parte de la sala vacía, totalmente vacía, con una luz blanca en modo flash que reproduce el mensaje SOS en morse o un vídeo en el que el artista acciona una bengala de humo para salvamento marítimo dentro de la sala. Dicho vídeo se reproduce en un monitor emplazado en el mismo lugar donde accionó el bote, junto al cual descansa ese mismo bote (uy, ¿de qué me suena esto?). Este es el nivel, además de ser un perfecto ejemplo de todo lo que venimos hablando. Como podéis ver en la web un poco más arriba, el discurso de todo el proyecto y de cada pieza no guarda ninguna relación con las obras, cuando no está desprovisto de sentido se trata de una reflexión con poca enjundia. Sin embargo, ganó la convocatoria y ahí está, expuesta en el Centre del Carme, que no es cualquier lugar, y pagada con el dinero de todos.

Todo lo expuesto tiene su correlato en la enseñanza artística, porque existe un tremendo déficit formativo en sentido intelectual. Se exige al alumnado de arte que elabore estos discursos, que su actividad artística sea el fruto del desempeño cognitivo e intelectual, que sea fruto de pensar críticamente, pero no se nos enseña a pensar. Cuando yo estudié, no había ni una sola asignatura teórica que asentase unos mínimos básicos en búsqueda de información, cómo leer un artículo o cómo elegir una bibliografía, pensamiento crítico, metodologías de trabajo y de investigación, terrenos que son básicos en cualquier otra carrera universitaria (bueno, lo del pensamiento crítico desgraciadamente no, y cuando digo pensamiento crítico digo pensamiento racional, que hoy en día todo el mundo asimila pensamiento crítico a “pensar como yo pienso”). Se nos alienta constantemente en el contexto artístico-universitario a que nuestras obras versen sobre cuestiones propias del pensamiento, Benjamin para arriba, Deleuze para abajo. Quizá las más destacadas o habituales sean la política, el feminismo o la filosofía. La filosofía es el terreno estrella en Bellas Artes, a todos nos encanta vincular nuestro trabajo con cuestiones filosóficas. Pues la realidad es que no se nos enseña filosofía, señores, más allá de fragmentos en alguna clase, pero luego tu trabajo queda muy bonito y muy bien puntuado si te basas en Heidegger, al que obviamente en esta facultad nadie entiende. Mi especialización fue esta, de hecho, me metí a saco con la teoría crítica e hice una película. ¿Hasta qué punto alguien debió pararme los pies, en lugar de haber sido alentada a ello? Me estaba metiendo en un jardín. Y no digo que no haya que meterse, hay que meterse, el arte exige esfuerzo, pero puedes quedar como un idiota cuando no dominas el campo, porque estás muy expuesto a decir gilipolleces, y eso es lo que sucede. Luego los filósofos que no se han roto demasiado ven nuestras obras y se parten el culo. ¿Cuál es la solución? Si queremos que el arte vaya por ahí —y visto el panorama es evidente—, por que se hagan trabajos de arte que pretenden servir para la elucidación y reflexión de cuestiones propias al pensamiento, es decir, que el arte sea en parte el producto del más alto de los desempeños intelectuales, cognitivos, tenemos que asentar esas bases en la formación artística, y proveer al alumnado de una educación que cultive también su faceta como investigador. Si no lo hacemos, estamos condenados a no dotar de complejidad y profundidad nuestros discursos y, por lo tanto, condenados a ser mediocres, y así le va al arte hoy en día, que las facultades permiten que de ahí salga gente sin grandes habilidades, ni técnicas ni intelectuales, y que siguen hablando de los mismos lugares comunes, que si la vigilancia, que si Lyotard, que si la sociedad del espectáculo, la biopolítica de Foucault o el infierno del psicoanálisis que está en todas partes, entre tantos otros.

El agua infecta que corre por las alcantarillas debajo de toda esta superficie son las aguas sucias de la posmodernidad, que es la corriente de pensamiento que ha permeado e invadido el arte contemporáneo hasta el punto de que lo domina por completo. Si miras bajo el prisma de la posmodernidad, todo vale, todo tiene un pase, cualquier cosa es válida. Por eso hoy en día importan más las ideas que los actos o los hechos o el proceso es mucho más importante que el resultado. Hoy en día, dar con un resultado cerrado, una obra de arte concluida en la que pretendes decir una cosa y no otra, una obra que responde por unas cuestiones y no por otras, eso es de viejos. Y es que dar un resultado implica comprometerse, haber decidido algo, tomar partido, posicionarse. Y eso es algo que irrita sobremanera a los posmos, porque es mucho más cómodo el todo vale que sacar las cosas adelante. Y por eso son mediocres, porque ensalzan el proceso y denuestan el resultado, porque todo es hacer preguntas y no responder nada, porque todo es siempre esbozar, reflexionar, experimentar y no llegar a ningún lugar concreto.

El tema de la enseñanza artística está íntimamente imbricado con las grandes preguntas, y en mi opinión, también imprescindibles y urgentes, que debemos hacernos quienes pertenecemos a este campo: ¿qué queremos hacer del arte? ¿Qué esperamos del arte? ¿A qué fin queremos que sirva? ¿Queremos que sea una verborrea grandilocuente que divaga sobre “cosas” y que desvirtua, menoscaba, desautoriza el resultado en tanto en cuanto artefacto concreto, producto del conocimiento profundo del dominio y su técnica? ¿Queremos que esos resultados sean artefactos de la pintura, la escultura, el dibujo, el vídeo, el cine, el arte sonoro, la instalación, construidos con talento y maestría, que comunican un mensaje, una experiencia, una reflexión? ¿Queremos que sea algo que se puede consumir, en el sentido en que se está dando en los circuitos de galerías? ¿Un producto que alguien puede comprar con dinero, poseer y usar como distintivo de clase social? ¿O, por el contrario, el arte, como expresión libre de la humanidad, pertenece a los museos, que velan por el patrimonio y lo enseñan a las audiencias? Esos museos, ¿son públicos o privados? ¿Deben los artistas dejar de esperar vivir del arte? Y, a todo esto… ¿podemos enseñar a hacer arte a otros? En fin, es largo el trabajo que el arte contemporáneo tiene por delante y los deberes que hace mucho tiempo que no está haciendo. El drama es que las montañas de preguntas que se le acumulan son cada vez más ingentes desde que se ha desvinculado totalmente de toda respuesta, casi hasta de la capacidad para dar respuestas. He llegado a escuchar por parte de mis profesores que la pregunta ¿qué es el arte? ya no tiene interés ser respondida, que los tiros ya no van por ahí. Yo misma pensé así durante mucho tiempo. Pero creo que esto es ya insostenible. Los agentes del arte eluden esa pregunta porque entienden su respuesta como una amenaza, y lo ven así por dos motivos. Por un lado, dadas las circunstancias a las que hemos llegado, no hay definición posible que demarque qué es arte hoy en día, porque cualquier cosa puede ser arte, y eso les pone en una situación muy fea, porque inmediatamente uno se pregunta “¿Y esta gente a qué coño se dedica?”, y por otro lado, dar una respuesta es acotar el campo y por lo tanto peligra su libertad para seguir haciendo lo que les da la real gana. Mi hipótesis es que tanto rollo posmo y tanta descontextualización y tanto posestructuralismo se les va a volver en su contra, cada vez espero más que llegue un momento que nadie se trague esto y todo caiga por su propio peso, se les desmonte el chiringo y ale, a tomar por culo, reset. Necesitamos gente que demuestre verdadero amor propio por este campo y eso pasa por detener este juego trastornado e ilógico, no participar de él y dar lo mejor como artista.

Concluyamos algo ya, por Dios

Por la naturaleza de esta entrada a mí me encantaría que vosotros, queridos lectores, si estudiáis Bellas Artes, comentéis cómo está el tema ahora. Ojalá la cosa se haya enderezado, al menos en cuanto a contenidos docentes. Yo, a estas alturas, mi recomendación para alguien que se esté planteando hacer esta carrera sería la siguiente: si lo que te interesa son las Bellas Artes en sentido clásico —pintura, dibujo y escultura (escultura de llorar muy fuerte, fundición, talla y esas movidas)— sin duda, matricúlate, porque vas a poder especializarte. Ahora, si lo que te interesa es la fotografía, el cine, el diseño gráfico o los vídeojuegos, ve a una buena escuela o carrera que haga focus en eso y tírate cuatro, cinco años llorando sangre con el photoshop o lo que gasten, la foto analógica o escribiendo guiones de mierda como un cabrón. Y no hay más historias. En esta vida hay que  hacer focus. Y de eso el arte contemporáneo va fatal.

Yo hice una especie de pseudoespecialización muy rara en cine, que adorné con cosas de escultura, arte sonoro y cosas muy locas. Me faltó escoger algunas asignaturas de cine. Por eso, si volviese a estudiar Bellas Artes, escogería todo lo que no escogí en su día, y me especializaría en pintura. Cursaría lo más jodido, las clases de retrato y de anatomía artística, dibujo puro y duro y óleo, mucho óleo, y mucha acuarela, las técnicas más nobles, en mi opinión. Manda huevos que hayan tenido que pasar tantos años para volver a ver lo que ya observó aquella niña pequeña en el IVAM mientras contemplaba el garabato del artista de turno. Creo que me perdí mucho en aquella facultad: adquirir verdaderas habilidades técnicas, y en especial, las de la más excelsa de las artes visuales, mi amada pintura, la disciplina que, a estas alturas, más adoro de todas. Al final, no hay vídeo, ni película, ni escultura, ni hostias en vinagre cuando se te pone delante esto. Que sí, que aprendí cosas de cine y vídeo, y a editar como una perra y todo eso, pero quizá no es lo más adecuado que puedes sacarle a esa facultad. Porque corres el peligro de coger el camino de la posmodernidad y entonces lo más probable es que influya para hacer de ti alguien capaz de justificar ante sus pares su propia mediocridad, y de alguna manera te corte las alas para hacer un focus real en tu puta vida y ser bueno en algo. Que no hace falta ser el mejor ni todo ese rollo de superación, gurús y coaches. Con ser bueno ya está bien, aunque te comas una mierda. Pero si hubiera cogido esa línea quizá no escribiría en este blog. Who knows.

Mabel Fuentes

 

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2 comentarios en “PÁSATE EL PORRO, DERRIDA. ESTUDIAR BELLAS ARTES EN EL SIGLO XXI

  1. Excelente y muy bien expuesto. Soy filósofo y musicólogo. En la composición musical las cosas están igual, y salen de un superior sin conocer las nociones elementales del contrapunto, que tiene, como mínimo de forma documentada, unos 12 siglos. Pero eso sí, muy expertos en sus discursos para justificar la proliferación de los “ruiditos”. Aunque se van viendo reacciones. Saludos y a seguir.

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