¿Ser mujer = Ser una avioneta DHC-6 Twin Otter? En defensa de la disforia de género

Quizás únicamente haya un colectivo más machacado históricamente que los homosexuales: los transexuales. En muchos países siguen siendo perseguidos, discriminados e incluso encarcelados o asesinados. Los rancios nunca duermen y están siempre muy preocupados por lo que hace la gente con su picha, su culo y su ropa; los rancios, vamos a decirlo, tienen poca vida propia. A la gente de derechas le hace tanta falta tener algún hobbie como a la de izquierdas tener menos —y donde digo ‘hobbie’ puede usted poner ‘que les den un buen revolcón de vez en cuando’. Las organizaciones religiosas y los partidos caspurrientos, aunque también han hecho lo propio los partidos de izquierda posmoderna, se han encargado de generar mucha desinformación al respecto, bajo la forma de discursos absurdos respecto a qué es y qué no es ser travesti o transexual.

Voy a intentar despejar toda la mitología que envuelve al fenómeno. El trastorno que está a la base del travestismo o de los transexuales (suele) ser la disforia de género —aunque hay casos particulares en los que el travestismo puede deberse a causas culturales o a mero negocio o diversión. La disforia de género recibe interpretaciones distorsionadas por ambos frentes ideológicos. La derecha suele interpretar el trastorno como una enfermedad que, de un modo realmente estúpido, suelen pensar como causada por abusos sexuales infantiles o por problemas emocionales de todo tipo. Por otro lado está la izquierda, quien en su proceso de deformar los estudios de género hasta los extremos más inverosímiles ha llegado al punto de frivolizar con la disforia de género, comprendiendo el género como un constructo social equivalente al sexo. Digamos que la izquierda posmoderna ha querido abrir tanto la mente que el cerebro se le ha acabado cayendo al suelo.

Niveles de análisis: sexo, orientación y género

Cuando hablamos de la cuestión de la transexualidad existen tres niveles de análisis diferenciados que no conviene entremezclar.

1) El sexo: Esto se refiere a si nuestra conformación biológica se corresponde con ser una hembra o un macho de homo sapiens. Aunque el tema es complejo, dado que existen individuos que constituyen lo que denominamos ‘intersexuales’. En este sentido, en el análisis hay que valorar a) el cariotipo, si la persona tiene el cromosoma 23 de tipo XX o XY, b) el sexo gonadal, es decir, si tiene testículos u ovarios, y c) el sexo somático, es decir, si la persona presenta características morfológicas masculinas o femeninas. Lo más normal —en un sentido estadístico— es que las personas XY desarrollen testículos y que tengan el cuerpo musculado, barba y ausencia de caderas y pechos, y que las personas XX desarrollen ovarios, caderas y pechos. Valga decir también que las diferencias en el sexo somático no se detienen simplemente en la barba o en las caderas, la cosa va mucho más allá. Los niveles de andrógenos —testosterona, androsterona y androstenediona— y estrógenos —estradiol, estriol y estrona— también influyen en la funcionalidad y estructura de nuestros cerebros, propiciando que hombres y mujeres tengamos, a nivel estadístico, diferentes intereses y habilidades. Todas estas diferencias, sin embargo, se ordenan como una clásica campana de Gauss, de modo que es posible que existan personas con sexo somático femenino con barba y amor por la ingeniería informática y personas con sexo somático masculino con las caderas anchas y trabajando en un departamento de psicología.

Pero existen personas que no se corresponden con la relación estadísticamente normal de estos tres niveles de análisis sexual. Por ejemplo, a nivel de sexo genético nos encontramos con casos de personas con síndrome de Turner, que son mujeres que únicamente tienen un cromosoma X en lugar del clásico XX. Estas mujeres desarrollan un sexo somático femenino, aunque un sexo gonadal indiferenciado, dado que, aunque por fuera parece todo normal, por dentro no presentan ovarios desarrollados. Otro caso, esta vez en hombres, es el de las personas con síndrome de Klinefelter, que tienen un cromosoma 23 de tipo XXY. Esa X extra ocasiona que desarrollen ginecomastia —un agrandamiento de las glándulas mamarias—, escasez de vello corporal, menor musculatura e hipogonadismo, siendo estos síntomas más agudos a más X extras tenga el cariotipo de la persona. También hay casos que afectan al propio desarrollo del sexo somático aunque genéticamente se sea XX o XY. Por ejemplo, los casos de pseudohermafroditismo masculino —síndrome de insensibilidad androgénica—, causado por una baja o nula sensibilidad a los andrógenos, o femenino —hiperplasia suprarrenal congénita—, que consiste en personas XX que producen cantidades muy bajas de estrógenos. Estas personas desarrollan sexos somáticos y gonadales con características que se corresponden al otro sexo genético, por ejemplo, tendrán cuerpos de mujer aunque sean XY. Cabe decir que las consecuencias van más allá de eso, dado que todos, hombres y mujeres, tenemos presencia de ambos tipos de hormonas sexuales aunque en niveles diferentes, y pueden existir problemas médicos asociados a todos estos casos.

Entonces lo que hay son hombres y mujeres, y un pequeño grupo de personas que, por diversas cuestiones biológicas, no han desarrollado de un modo normal su sexo genético, gonadal o somático. Estas personas suelen identificarse como hombres o como mujeres y, dejando de lado las cuestiones que pueden diferenciarlos de la media, deberían ser tratados y entendidos como hombres o como mujeres de pleno derecho. Faltaría más. Eso sí, todos nacemos con un sexo determinado aunque la lista de características pueden estar más o menos alejadas de la media; no conozco ningún caso de intersexualidad pura.

2) La orientación sexual: Esto se refiere a por qué sexo las personas sienten interés sexual o romántico. La orientación sexual no se refiere a amistad o preferencia a la hora de hacerte una birra, se refiere a quienes quieres o no quieres follarte. En este sentido, hay gente que prefiere montárselo con hombres, otros con mujeres y a otros les da más o menos igual de un modo más o menos variable. Así, tenemos hombres y mujeres heterosexuales —solo se quieren empotrar a gente del otro sexo—, homosexuales —solo se quieren apretar a gente de su mismo sexo— o bisexuales —pondrían mirando a Cuenca a gente de su mismo sexo o del otro, aunque aquí hay un amplio espectro de grises en los que se puede preferir más o unos u a otros. Respecto a la orientación sexual da lo mismo las razones que uno tenga o deje de tener para montárselo con las personas. Da igual que únicamente te acuestes con alguien por su inteligencia, o por cuestiones fuertemente emocionales, o que lo hagas por lo que consideres oportuno. Lo que se mide aquí es el sexo de las personas por las que tienes interés sexual, nada más. El interés sexual, claro está, se entiende en relación al mero acto sexual, es decir, tener sexo con alguien sólo por dinero aunque no te interese sexualmente no cambia tu orientación.

La orientación sexual no se elige, nadie se hace gay o lesbiana. La homosexualidad no puede considerarse un trastorno ni mucho menos una enfermedad. Los gays, lesbianas y bisexuales pueden ser más, tan o menos felices que otras personas siendo como son —siempre y cuando, claro está, los dejemos vivir en paz.

3) El género: Este es el concepto más jodido de explicar y que más se ha ido distorsionando. El término ‘género’ hace referencia al constructo que cada sociedad puede o no desarrollar en relación a los sexos. Por ejemplo, una cuestión de género es el uso de la falda: en España la usan las mujeres, en Escocia la usan ambos sexos. Aunque eso va cambiando: hoy en día es normal que las mujeres usen pantalones y yo he visto hombres usando faldas largas y, además, me parece algo bastante fashion. Aquí entramos en el terreno de los roles sexuales, que los hombres le entremos a las tías en las discotecas y que ellas usen bikini en lugar de bañadores largos como los de antes.

La pregunta del millón es, ¿hasta qué punto el género de las personas es un constructo social? La respuesta en extremadamente compleja y habría que analizar cada caso en particular, aunque, como suele pasar, el lugar razonable suele situarse en medio de los extremismos. Unos extremismos que en este caso suelen denominarse ‘determinismo biológico’ y ‘ambientalismo’ —aunque este último recibe otros nombres como ‘constructivismo social del género’ o ‘sociologismo de género’. En uno de los casos se piensa que los roles sociales se desprenden directa y unívocamente de las características biológicas de hombres y mujeres —existiría el ‘gen de la falta’— y en otro de los extremos ser hombre o mujer sería tan constructo social como ser una lampara de techo o un tanque panzer. Ambos extremos del espectro, qué duda cabe, constituyen conjuntos de ideas absurdas que han establecido diversas alianzas. Unos son los conservadores de ‘las mujeres deberían estar en la cocina y planchando y los hombres escupiendo en escupideras y cazando mamuts’ y los otros la izquierda posmoderna de ‘no se nace mujer, llega una a serlo’ o de ‘no existen los hechos, solo las interpretaciones’.

La relación ambiente/biología es muchísimo más compleja que el determinismo o el ambientalismo, algo que puede observarse con facilidad cuando se viaja o se lee historia y se ven otras culturas que se han desarrollado de modos relativamente independientes; normalmente los hombres y las mujeres nos comportamos de determinadas maneras particulares muy universales, aunque hayan variaciones culturales sobre cómo se expresan esos comportamientos. No estoy queriendo decir que todo tenga que ser como en las tribus de Papúa, la conducta humana es muy plástica, pero tampoco es agua que se adapta a lo que sea. Viva la diferencia y, sobre la base de esa maravillosa diferencia, respetemos y valoremos al otro sexo.

Entonces, en resumen, tenemos dos sexos —masculino y femenino—, tenemos tres orientaciones sexuales —heterosexual, homosexual y bisexual— y tenemos constructos sociales sobre esos géneros, que se relacionan tanto con el sexo como con la orientación de las personas.

En defensa de la disforia de género

La disforia de género es un trastorno recogido en el DSM-V —el manual diagnóstico que usan los psicólogos y psiquiatras—, que se refiere a personas que, de un modo que genera profundo malestar, no presentan una identificación entre su identidad y su sexo. Es decir, no se trata de feministas o de personas que no están de acuerdo con los roles sociales de hombres y de mujeres; no se trata tampoco de personas caprichosas que deciden sentirse así un sábado por la mañana de resaca mirando las noticias. Normalmente las personas que presentan cuadros de disforia comienzan a disociar su identidad con la de su sexo desde que son niños o niñas, y tienen rasgos hormonales algo diferentes a la media de su sexo. No es algo que elijan o que sea fruto de traumas infantiles o de que odien a sus padres. Eso es una gilipollada. Las personas con disforia tampoco padecen una enfermedad, dado que se trata de una condición psicológica que no tiene por qué repercutir en su salud física siempre que reciban la ayuda adecuada.

En este caso, la ayuda adecuada no es hacer como los paletos del sur de EEUU y someterlos, junto a los gays, a pseudoterapias reparativas; esos centros horribles de evangelistas y fanáticos donde se tortura a esta pobre gente. Al contrario, en este caso la ayuda consiste en aceptarlos socialmente como el género que decidan adoptar —es decir, tratarlos como mujeres aunque su sexo genético o somático sea masculino— y darles todas las facilidades y apoyo si deciden, además, optar por la transexualidad —asumir como un gasto público la terapia hormonal y el cambio de sexo genital. Nuevamente, como pasa con las personas no-hetero, no son ni mejores ni peores que el resto, aunque en este caso a diferencia de los no-heteros sí necesitan de ayuda al presentar un trastorno que puede afectarles seriamente aunque se les deje estar. En este sentido, requieren de nuestra atención y de nuestra ayuda, y, sobre todo, requieren de nuestro respeto como ciudadanos y de nuestro cariño en el trato como personas que lo están pasando mal.

En EEUU la tasa de personas que presentan disforia es del 0,6% de la población, siendo, además, una población con una altísima tasa de intentos de suicidio, especialmente antes de recibir el tratamiento pertinente. Las personas con disforia no pasan por una etapa que se va sola, sino que son tremendamente desgraciados viviendo como suele vivir la gente de su sexo somático. En este sentido, es un trastorno; pero un trastorno que se cura. Una vez viven a gusto con su rol social y pueden sentirse a gusto con sus cuerpos, los travestis y transexuales dejan de tener disforia. Es como tener una depresión, algo muy serio que se tiene en un momento dado y que cuando se va tras recibir la terapia adecuada deja de estar presente al valorar a esas personas.

En resumen, la disforia es un trastorno, no es un enfermedad y no debería durar toda la vida.

Lo posmo: cuando ser mujer es un relato más

La posmodernidad es una enorme fábrica de tarados, eso es algo que no voy a discutir a estas alturas. Las características definitorias de este movimiento filosófico que ha ido colonizando muchas parcelas como el feminismo o los estudios sobre el colonialismo, es una ruptura con los hechos del mundo y con los valores ilustrados —que consideran totalitarios y poco menos que Belcebú hecho Kant. Para los posmodernos toda la realidad no es más que una enorme red de relatos interrelacionados, de modo que el relato occidental es equivalente al musulmán, y el relato homeopático es equivalente a la medicina que cura de verdad. El caso es que lo posmo, con su legión de luchadores sociales cabezahuecas totalmente alienados por llevar hasta el extremo lo políticamente correcto, también ha querido abordar el tema del género, pero a su manera, que es básicamente joder toda la reflexión al respecto para acomodarla a una visión filosófica muy extremista. En este caso lo posmo se manifiesta en un discurso que no separa los niveles de análisis anteriormente presentados, de modo que los fusiona todos en una espanto como es la idea posmoderna de ‘género’ (IPG). La IPG considera que igual que llevar falda es un constructo social, también lo es todo lo demás, incluido ser hombre o mujer a niveles genético, gonadal o somático.

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Los helisexuales (personas que se identifican sexualmente como helicópteros de guerra Apache AH-64) llevan un tiempo luchando por entrar en la clasificación posmo de sexos. ¿Por qué no? En serio, piénsalo bien, ¿por qué no?

La IPG, que ellos entienden como la corrección política adecuada, repercute en varios sentidos. El primero y más obvio sería abolir toda consideración a las diferencias biológicas entre hombres y mujeres, algo que va en contra de lo que saben la biología y la psicología. Los hombres y las mujeres tenemos campanas de Gauss diferentes y la sociedad no nos condiciona de un modo tan extremo como esta gente piensa. Igualdad legal y social no tiene por qué significar también igualdad biológica. Yo no soy biológicamente igual que mi vecino, aunque estadísticamente hablando seguramente me pareceré más a él que a mi vecina, a quien respeto y admiro, por cierto. El sexo existe, existe y el género conversa con él. El género moldea y condiciona hasta cierto punto lo que ya hay, pero no inventa de la nada que la mitad de las personas vayan a ser hombres y la mitad mujeres, y que esas personas vayan a tener propensión a comportarse de determinadas formas. El género no es enteramente un relato.

El segundo punto en el que repercute la IPG es en considerar la orientación sexual como el sexo y en complicar su clasificación de un modo que no aporta nada. Es decir, no es que haya hombres y mujeres que son heteros, homosexuales o bisexuales, que es lo lógico de toda la vida, es que para la IPG lo que hay son personas —al menos, de momento, admiten que hay personas aunque inicialmente asexuadas— no-binarias, andróginas, cisgénero, de género no fluido, de género no conforme, queer, pangénero, asexuales, demisexuales, intergénero, de género gris, demigénero, alosexuales, etc., etc., etc., etc. A ver, no, lo que hay son hombres y mujeres que teniendo la orientación sexual que tengan la experimentan de un modo u otro. No hay directamente asexuales, hay mujeres lesbianas asexuales. Y, nuevamente, es muy dudoso que pueda ponerse al mismo nivel de constructo social o personal usar falda que ser alosexual, no creo que nadie elija ser alosexual por razones personales o por presión social; la alosexualidad no es algo que dependa de vivir en México o en Tanzania. Es una característica personal que se fundamenta en cuestiones biológicas.

Por último, la distorsión final de la IPG: el desprecio a la disforia de género. Existen algunos movimientos posmo que, muchas veces en alianza con los chalados de la antipsiquiatría, han defendido que la inclusión de la disforia de género en el DSM-V es una patologización de algo que no debería ser considerado de ese modo. De algún modo retorcido y, diría, engreído, consideran que las personas diagnosticadas de disforia son equivalentes a los que se denominan como de género fluido, queer, demisexual o yoquesé, igual a alguien que le guste restregarse contra teles Panasonic de los 80 o que tenga las preferencias sexuales que le vengan en gana. No hay absolutamente nada alarmante en ser asexual o lesbiano, pero la gente que tiene disforia sin duda no tiene algo parecido a eso. No son personas que viven su sexualidad de un modo u otro, sino personas que no reconocen su cuerpo como propio y que tendrían un alto peligro de suicidio y depresión si no reciben la ayuda adecuada. Si no es un trastorno, ¿entonces qué es? ¿No es nada? Entonces, ¿ayudamos también a los poligénero pagándoles los dildos y a los alosexuales pagándoles las copas para el ligoteo? ¿O no ayudamos a nadie y que las personas con disforia sean consideradas como los que se identifican como de género gris u osos? La solución no es abolir la consideración de ciertas cosas como trastornos, el primer paso para echarle una mano a gente que de verdad lo necesita, sino educar a los idiotas para desestigmatizar este tipo de problemas. La posmodernidad quiere cambiar bombillas girando casas.

No hay nada malo en decir que alguien tiene un trastorno, ya es hora de dejar eso atrás. Tener un trastorno no quiere decir que vayas o que tengas que estar caracterizado por ello toda tu vida; nadie debería ser estigmatizado por algo así. Simplemente quiere decir que tienes un problema muy serio y que necesitas ayuda. La depresión o la disforia no son cosas que vayan a dejar de existir si las llamamos de otro modo. Tampoco son cosas que merezcan ser frivolizadas, como hacen los posmos en su realidad paternalista y posturil. No sé, a veces escucho a esta gente y tengo la sensación de que todo esto no es más que una forma de lo más ridícula de victimismo infantiloide. Esa extraña envidia que tienen los niños cuando su hermano se pone malito y ellos quieren recibir la misma atención.

“Trátame igual que a las personas que tienen disforia, yo también quiero atención… ¿No ves lo desgraciado que soy? Mis problemas son culpa tuya, de los psicólogos, del mundo, del gobierno, del patriarcado…”.

Por Angelo Fasce

Zebra

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13 comentarios en “¿Ser mujer = Ser una avioneta DHC-6 Twin Otter? En defensa de la disforia de género

  1. Mis dieses a la entrada. Pero tío, lo de la depresión es una patinada guapa. En realidad es una enfermedad que se arrastra toda la puta vida, con sus más y sus menos, y el valorar a la persona ayuda… pero el decirle que con ser valorado y un poco de atención ya se curará, creo que eso es lo peor que le puedes decir a un depresivo.

    Igualmente, estupendo el blog, una gozada.

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      1. ¿Y la depresión endógena que no puede dejarse atrás? ¿Es transtorno curable? Creo recordar que fue el motivo por el que una holandesa de veintipico logró que le aplicaran eutanasia activa o suicidio asistido, pero hablo de oídas… :S

        Gran artículo, como todos los de “lo posmo”: la izquierda postmoderna es un cáncer más dañino para el progresismo incluso que la derecha más rancia y anticuada. Han degenerado unas visiones y valores muy válidos hasta convertirlos en una caricatura de sí mismos; causan más daño a mujeres, homosexuales, transexuales y demás con su paternalismo posturista que las ideas retrógadas de religiosos ultraconservadores.

        Gracias por el artículo poniendo los puntitos (aunque sea a hachazos) sobre las íes.

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      2. La depresión es una enfermedad que requiere tratamiento médico de por vida, puedes pasar un episodio y estar bien una temporada, pero tarde o temprano volverá, seguramente sin ningún desencadenante.
        El trastorno depresivo postraumático no es una enfermedad: aunque suelen confundirse ambas ideas el tratamiento y las consecuencias son totalmente diferentes.
        La bipolaridad tiene una fase depresiva y otra eufórica, y algunos psiquiatras mantienen que no hay depresión sin una fase eufórica más o menos desarrollada. Otros prefieren establecer una línea entre depresión y bipolaridad y solo considerarlo bipolaridad cuando la fase eufórica es verdaderamente problemática para la convivencia.

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  2. Hombre, voy a poner en duda lo que planteas sobre el “trastorno de disforia de género”. Si una persona tiene depresión, actúas sobre “su depresión” y esa persona la elimina. Se eliminó la homosexualidad como trastorno porque, entre otras cosas, si se actuaba sobre “si trastorno” no solo no se conseguían mejoras sino que la persona empeoraba. En la “disforia de género” ocurre lo mismo, no se puede “tratar” para que vivan según su “sexo observable”, porque las cosas salen mal… Si para todos los trastornos se trabaja para eliminar el trastorno, es decir, no se le da la “razón” a la depresión sino que se pretende disminuir o erradicar…. ¿por qué con la disforia le estaríamos dando la “razón” a la disforia cambiando, en última instancia, el “sexo observable” a la persona con pastillas/cirugía?… Por eso creo que no debería ser entendido como un trastorno, lo que no quiere decir que no necesiten ayuda psicológica (hay otras cosas que no son trastorno y que está indicado que reciban ayuda, por ej. las personas con baja visión)….Ea! Solicito respuesta a las dudas planteadas..

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    1. Cada trastorno tiene su propio enfoque y su propio protocolo. La homosexualidad se eliminó porque no tenía sentido incluirla, tanto a nivel estadístico como a nivel de que no pasa de ser un rasgo de la personalidad que no tiene implicaciones en la salud física o mental. La disforia sí las tiene, es gente que no reconoce su cuerpo como propio. Podrían haber dos enfoques, claro está. Podríamos intentar hacer que esas personas vieran su cuerpo como propio o podríamos ayudarles a conseguir vivir y obtener un cuerpo con el que se sintiera bien. Lo primero no funciona y créeme que se han hecho todas las tropelías de este mundo. Lo segundo sí, pero necesita de terapia, no solo psicológica sino también hormonal e incluso cirugía.

      Sobre lo de ‘darle la razón o no al trastorno’, ¿qué más da? No le damos la razón a la depresión porque sencilla darle la razón es empeorar la calidad de vida de las personas deprimidas. Sería un horror. Darle la razón a la disforia, en cambio, ayuda a mejorar la calidad de vida de estas personas. Lo que queremos es eso.

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      1. “Cada trastorno tiene su propio enfoque y su propio protocolo”, es verdad, pero en ningún otro caso del resto (que son muchos) de trastornos que hay, se le da la “razón” al trastorno. Al ser un trastorno se intenta eliminar. Aquí en cambio se hace todo lo contrario… ¿no nos está dando esto pistas de que quizá no sea un trastorno mental? Es un “vamos a darle la razón al del trastorno que ni con terapia se cura” … Por eso me parece muy bien que haya colectivos que quieran cambiar esa denominación. Quizá sea algo fisiológico lo que les sucede… tiempo al tiempo

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  3. Hombre, voy a poner en duda lo que planteas sobre el “trastorno de disforia de género”. Si una persona tiene depresión, actúas sobre “su depresión” y esa persona la elimina. Se eliminó la homosexualidad concebida como trastorno porque, entre otras cosas, si se actuaba sobre “ese trastorno” no solo no se conseguían mejoras sino que la persona empeoraba. En la “disforia de género” ocurre lo mismo, no se puede “tratar” para que vivan según su “sexo observable”, porque las cosas salen mal… Si para todos los trastornos se trabaja para eliminar el trastorno, es decir, no se le da la “razón” a la depresión sino que se pretende disminuir o erradicar…. ¿por qué con la disforia le estaríamos dando la “razón” a la disforia cambiando, en última instancia, el “sexo observable” a la persona con pastillas/cirugía para que viva según dicta su supuesto “trastorno”?… Por eso creo que no debería ser entendido como un trastorno, lo que no quiere decir que no necesiten ayuda psicológica (hay otras cosas que no son trastornos y que está indicado que reciban ayuda, por ej. las personas con baja visión)….Ea! Solicito respuesta a las dudas planteadas..

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    1. Hasta donde me parece recordar, la disforia de género es un trastorno incurable en la actualidad. Probando diferentes métodos consiguieron que el que resultaba mejor para la mayoría de los casos era el aceptarlo y ayudar al paciente con la transición. Digo la mayoría, porque muchos pueden pasar por este proceso y seguir sin mostrar gran mejoría, al ser su caso más complejo (hay algunos que creen que son del género biológico deseado y reniegan haber nacido con el que en realidad tienen). Quizás por eso no se le trate como algo que se deba curar o eliminar: simplemente no se puede por ahora y emplean lo mejor que hay.

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  4. Pingback: Pluma Hóplita

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