¿Son las teorías científicas un espejo de la realidad o ficciones útiles?

Sobre el realismo se han escrito ríos de tinta. Ha sido una de las grandes modas recientes dentro de la filosofía de la ciencia, una moda que ha ido decreciendo en los últimos años a la vez que se le otorgaba una cierta victoria al realismo contra el antirrealismo —una situación que, de hecho, era la misma que había antes de comenzar el debate. El debate sobre el realismo dentro de la filosofía de la ciencia consiste en dilucidar si las teorías científicas expresan realidades objetivas o si, al contrario, expresan ficciones útiles que podemos usar para explicar o predecir hechos pero que no tienen necesariamente una relación de verosimilutid con el mundo real. Cabe decir, entonces, que aquí no está en debate el mundo real; no es el debate extremo en el que un idealista podría decirte que el mundo real no existe —un etílico debate típico de estudiantes de filosofía de primer curso sobre si la jarra de cerveza que tienen delante existe o no. En este caso el debate se centra en la naturaleza de las teorías científicas y, concretamente, en la relación que estas guardan con la realidad.

En este texto quisiera argumentar al respecto que:

1) Se puede dar por sentado el realismo ontológico —la existencia del mundo externo.

2) La ciencia es el refinamiento de nuestras capacidades naturales de representación del mundo, conseguidas a lo largo del proceso evolutivo.

3) Por 1 y 2, hay serias razones para pensar que las representaciones de la ciencia son, al menos hasta cierto punto, representaciones realistas de la realidad externa a nosotros.

4) La neutralidad respecto al realismo es una actitud que podemos considerar válida. Podemos perfectamente hacer ciencia y defender a la ciencia sin tomar postura ni por el realismo ni por el antirrealismo.

Una defensa del realismo científico débil (para luego decir que el realismo científico débil no importa una mierda)

Como decía, el problema general del realismo tiene una amplia tradición, siendo, de hecho, un viejo problema filosófico al que el propio Kant tuvo que hacer frente: la justificación de la existencia del noúmeno. ¿Porqué no caer en el idealismo de Berkeley o de Hegel? Kant encara el problema sin mucha argumentación ya en el prólogo de su Crítica de la Razón Pura —“soy consciente de una forma tan segura de que hay cosas fuera de mí que se relacionan con mi sentido como lo soy de que existo determinado por el tiempo” (Kant, 1966). Da por sentado que pensar que no existe el mundo externo es una locura, aunque no fue capaz de justificar de forma concluyente que el noúmeno existe, ni tampoco de detallar qué clase de relación guardan los fenómenos con el noúmeno más allá de una relación causal mediada por nuestras categorías. Esta fue una forma por parte de Kant de sacarse de encima de un modo rápido un tema que sabía que estaba en la base misma de toda su epistemología y de toda su metafísica. Pero la polémica continuó, aunque ya no centrada en el problema de la existencia del mundo exterior, sino ya dentro de la filosofía de la ciencia.

Podemos, entonces, distinguir tres tipos de realismo. 1) El realismo ontológico, que postula la existencia de un mundo externo y objetivo independientemente de nosotros y de nuestras creencias. 2) El realismo epistemológico, que postula la capacidad humana de conocer ese mundo objetivo y externo y que, en su versión relativa a la ciencia propone que las teorías científicas serían conocimiento de este tipo. Y 3) el realismo semántico,  que supone una complejización del anterior tipo de realismo, y que postula que determinadas proposiciones del lenguaje pueden expresar la estructura de ese mundo objetivo y externo a nosotros. Resulta evidente que el realismo epistemológico presupone al realismo ontológico, pero el semántico es una tesis separada, más bien relacionada con la teoría de la verdad por correspondencia tal como Tarski la desarrolló. El problema del realismo científico se sitúa en este tercer tipo, siendo una cuestión relativa a las teorías científicas, centrada en la relación existente entre la teoría, entendida como una representación plasmada de una forma lingüística determinada, y el mundo. ¿Supone el científico que su hipótesis, de ser contrastada, representa ahora la ontología misma del mundo? ¿Tiene el científico la intención de acercarse a la verdad a medida que las teorías que maneja explican y predicen mejor los hechos de los que tiene noticia? El realismo tiene ya una larga historia y una infinidad de desarrollos y matices diferentes. De hecho, las versiones del realismo y del antirrealismo han llegado a posturas tan sofisticadas e intrincadas que puede resultar sobrecogedor analizar algunas de ellas (González, 1992; Diéguez, 1998; Haack, 1987).

Sin embargo, quisiera posicionarme al respecto, afirmando que, dejando de lado su interés para círculos filosóficos, se trata de una cuestión prescindible y ajena al funcionamiento mismo de la ciencia, siendo más bien un problema filosófico con implicaciones sociales e incluso morales, mas no epistemológicas —por ejemplo, es esperable que alguien antirrealista tenga menos reparos en aceptar diversos tipos de relativismo epistemológico o incluso cultural, o que tienda más al constructivismo, aunque no es una relación estricta. No es necesario considerar que una actitud realista o antirrealista respecto a las prentensiones de una teoría sea un requisito a tener en cuenta a la hora de valorar la idoneidad de determinada idea dentro del contexto de la ciencia. Las teorías científicas, al fin y al cabo, no se plantean en términos realistas ni antirrealistas, sino en términos de resolución de problemas. Sin embargo, pese a ello, considero que está justificada la actitud realista por defecto presente en el científico medio. El caso del realismo es, en mi opinión, uno de esos momentos en los que la filosofía de la ciencia se pierde por los cerros de Úbeda hacia disputas bizantinas que poco a nada contribuyen a comprender la ciencia o a hacerla mejor. Porque el realismo no es precisamente una de esas cosas que puedan resultar fructíferas o que puedan recibir una respuesta. Tanto el realismo como el antirrealismo en sus versiones más ambiciosas constituyen auténticos pseudoproblemas, y el científico, más allá de sus tendencias filosóficas, está entrenado para dejar estas cuestiones de lado a la hora de evaluar la evidencia de la que dispone.

Quisiera mencionar dos argumentos contemporáneos de defensa del realismo científico en contra el antirrealismo que resultan especialmente potentes. En primer lugar, la defensa que lo presenta como una conclusión que viene avalada por la práctica empírica de la propia ciencia. El realismo es visto aquí como un resultado de la práctica científica más que como un presupuesto. Hacking, Cartwright y Giere emplean este argumento como defensa del realismo ontológico y como un tímido aval para el epistemológico. El papel del instrumental y de la experimentación es crucial en él. Uno puede suponer razonablemente que una hipótesis científica, cuando es postulada de forma puramente teórica, corre el riesgo de que sus conceptos no sean más que meros constructos que funcionan bien dentro de la teoría y que le permiten ser funcional, sin existir realmente. Pero el antirrealista piensa que, aún cuando dicha teoría esté avalada y confirmada por la experiencia, el riesgo de que tales entidades no existan no se ha disipado.

Pero estos realistas argumentan que cuando uno interacciona con las entidades científicas de cuya existencia dudamos, empleándolas y manipulándolas para realizar predicciones que se desprenden de características muy particulares de ellas, dudar de su existencia rozaría el absurdo. De hecho, consideran que se podría dudar de la existencia de todo en este punto. Landé expresa la idea de forma bastante expresiva cuando defiende que las partículas atómicas, las estrellas y los árboles tienen el mismo estatus de existencia porque “las cosas reales son las susceptibles de recibir un puntapié” (Landé, 1968). Popper hace una defensa del realismo de las entidades que va en la misma línea, argumentando que las cosas reales son las que pueden interactuar con otras cosas reales. “Las entidades que conjeturamos como reales deben ser capaces de ejercer un efecto causal sobre cosas prima facie reales; es decir, sobre cosas materiales de tamaño ordinario… no sólo los átomos, sino también los electrones y otras partículas elementales se aceptan hoy día como algo realmente existente debido, digamos, a sus efectos causales sobre las emulsiones fotográficas. Aceptamos las cosas como “reales” si pueden actuar causalmente o interactuar con cosas materiales reales ordinarias” (Popper y Eccles, 1980).

Resulta ser un argumento bastante convincente, sobre todo cuando se ve aplicado a algo en particular, como le sucedió a Hacking. Al preguntarle a un amigo sobre cómo hacían para variar la carga de unas bolas de niobio en un experimento que buscaba probar la existencia de los quarks, éste le contestó: “las rociamos con positrones para aumentar la carga y con electrones para disminuirla”. Hacking cuenta en relación a esta respuesta que, “desde ese día en adelante he sido un realista científico. Por lo que a mi concierne, si los puedes rociar es que existen” (Hacking, 1983). Este argumento basado en la práctica experimental es capaz de convencer a muchos. Pero tiene puntos débiles que un escéptico obstinado podría explotar, especialmente el hecho de que únicamente sirve para justificar el realismo ontológico. Los escépticos que se resisten a él no son del tipo a los que se les convence golpeando cosas en una forma particular de argumento ad baculum.

Un segundo argumento a favor del realismo ha sido esgrimido en su formulación clásica por Putnam (1975), que lo fundamenta en ‘el principio de unidad de la ciencia’. Es bastante habitual que en el desarrollo de la ciencia dos teorías o programas de investigación que se tratan por separado construyan un puente que las unifique o que una se coma a la otra en un proceso de reducción. El realista argumenta en este sentido que el éxito habitual de la unión de dos teorías científicas no puede explicarse si no expresaran estas algún tipo de verdad, si no se refirieran a lo mismo. Si aceptamos que la teoría T1 es verdadera y que la teoría T2 también lo es, entonces no puede negarse sin violar los principios de la lógica que la conjunción de T1 y T2 también lo sea.

El instrumentalista, el constructivista o el antirrealista no puede hacer este tipo de afirmación, puesto que T1 y T2 serían instrumentos construidos para realizar predicciones en una determinada parcela y su conjunción no estaría lógicamente asegurada. Esto parece chocar frontalmente con el proceso de unificación de la ciencia que se ha vivido en el último siglo. Parece ser que el realismo ontológico y también un tipo de realismo epistemológico débil son la mejor explicación a toda esta creciente adecuación empírica. Por poner un ejemplo, cuando se conoce un poco acerca de cómo funciona la ciencia apostaríamos a que, a priori, la mirmecología no viola las leyes del electromagnetismo, sino que, de hecho, podrían llegar a apoyarse una en la otra en determinados puntos. No hace falta que ningún mirmecólogo sepa las ecuaciones de Maxwell o que los físicos sepan sobre las dinámicas sociales de las hormigas, basta con pensar que ambas ramas estudian el mismo mundo cuyas características básicas son objetivas. La noticia sería la violación, no que ambas encajen perfectamente. Lo que proponen los antirrealistas sería que tenemos la inmensa suerte de que, por casualidad, las teorías desarrolladas sin relación mutua acaban encajando.

La teoría de la evolución también tiene varias cosas que decir en relación al realismo (Boudry y Vlerick, 2014), siendo posible extraer de ella un tercer argumento a su favor que se desprende especialmente de la bioepistemología. La bioepistemología es un programa de investigación que trata de indagar y explicar el desarrollo evolutivo de las capacidades cognitivas que poseemos —no confundir con la ‘epistemología evolucionista’ de Popper o Toulmin, que no tiene nada que ver con esto. Esta clase de estudios han venido floreciendo desde que la sociobiología desarrollara a mitad de la década de los 70′ esa nueva síntesis entre la biología evolucionista y la etología, la zoología, la dinámica de poblaciones y otras ramas, llevando el programa neodarwinista hasta terrenos mucho más ambiciosos. La bioepistemología encuentra como ilustre predecesora a la epistemología genética de Piaget, es sistematizada y presentada como una rama válida y fundamentada del programa neodarwinista por Konrad Lorenz (1985) para, finalmente, comenzar a ser desarrollada con rigor los años 80′ de la mano de Rupert Riedl (1984), Michael Ruse (1986) y Gerhard Vollmer (1975, 1988).

Por un lado, si se analiza, por ejemplo, el paso desde Indohyus —una pequeña criatura del tamaño de un gato y con rasgos de ciervo que vivió en Cachemira durante el eoceno— hasta una ballena azul actual —un tránsito que duró tan solo unos 20 millones de años—, hay una serie de cambios drásticos, totalmente condicionados por el ambiente externo al cual el animal tenía que adaptarse. El ambiente marino es radicalmente distinto al terrestre y posee unas características propias y objetivas que ejercen presión ambiental y empujan a los genotipos de los animales a adaptarse a ellos seleccionando los fenotipos más aptos. Por ello, la teoría de la evolución requiere, necesariamente, del realismo ontológico. Sin él no tiene ningún sentido. Si se piensa en todas las convergencias evolutivas entre las ballenas, los peces, los manatíes y todas las demás especies acuáticas es sencillo observar que todas ellas han tenido que adaptarse al mismo medio objetivo, independiente y ajeno a los individuos.

Los sistemas oculares son también un buen ejemplo. Existen hasta 20 ramas filogenéticas diferentes de desarrollo de distintos sistemas oculares —es decir, los ojos de los pulpos y nuestros ojos se han desarrollado de forma totalmente autónoma, por evolución convergente, ya que nuestro pariente común no tenía ojos—, y existen grandes convergencias entre todos ellos. De hecho, la convergencia es tal que normalmente hace falta una mirada muy experta para identificar si tal o cual sistema de visión está emparentado o no con otro. Algunos constructivistas han puesto pegas a este argumento alegando que los animales construyen en buena medida su entorno al relacionarse con él —como los castores, las hormigas u homo sapiens—, y que, por medio de estos fenotipos extendidos, pueden influir en el genotipo de las otras especies. Nadie niega este hecho, que, de hecho, es un campo de investigación realmente fascinante, pero, necesaria e independientemente de los fenotipos extendidos, el entorno tiene que estar ahí siempre antes y poseer características objetivas a las que los organismos se adapten. Negar este hecho haría insostenible la teoría de la evolución.

Pero existen dos argumentos empleados contra este tipo de realismo basado en la teoría de la evolución: 1) que la selección natural nos prepara para perpetuar la especie, no para tener creencias verdaderas, y 2) argumentos empíricos que tratan de demostrar que en muchos casos las creencias falsas son más adaptativas que las verdaderas (Laudan, 1996). Podemos encontrar una lúcida argumentación en favor de estos dos argumentos en (Diéguez, 2002). El segundo argumento, sin embargo, tiene menos implicaciones de las que se les suele atribuir, además de que las pruebas a las que apelan suelen tener conclusiones discutibles o que son contadas muchas veces como verdades a medias. Por ejemplo, Diéguez apela a la psicología del asco. El asco nos puede hacer evitar alimentos sanos cuya apariencia es similar a la de los alimentos dañinos. En este caso incurrimos en un error que es adaptativo, ya que, aunque evitamos los sanos, también lo hacemos con los dañinos. Sin embargo, no creo que este sea un buen ejemplo, porque en este caso la creencia no es si tal o cual alimento es o no dañino, la creencia es que se parece al alimento dañino, y esa creencia no es una ficción. El asco no llega a sofisticarse tanto como para ser tan específico, como pasa, por ejemplo, con la aversión sexual innata hacia los propios familiares, que se manifiesta en relación a las personas con las que hemos crecido y no comparando el ADN.

Lo mismo sucede cuando Diéguez apela al mimetismo. Hay serpientes no venenosas que imitan los colores de las venenosas para no ser devoradas sin tener que gastar energías en elaborar veneno. En este caso nuevamente me parece que el ejemplo incurre en el error de pensar que los animales mantienen la creencia errónea de que la serpiente es venenosa y que por ello no la devoran. Realmente lo que hacen es generar una disposición reactiva a, por ejemplo, las serpientes de color rojo, y que la serpiente es de color rojo o que las partículas que conforman a la falsa coral se mueven en el espacio-tiempo igual a como lo hacen las de una serpiente coral no son precisamente ficciones. Podríamos hablar de muchos casos parecidos, incluso algunos que considero apropiados, como la deshumanización del enemigo, que es una creencia adaptativa y errónea. Pero son justamente esta clase de sesgos los casos que hacen que el realismo epistemológico que podamos defender sea débil y no ingenuo.

El problema principal que encontramos en el primer argumento es su simplismo (Goldman, 1980). Efectivamente, el factor principal de éxito evolutivo es la mayor capacidad de reproducción a largo plazo ante genotipos rivales, pero para aumentar esa capacidad hacen falta muchas otras actividades que requieren creencias que si no fueran certeras no serían adaptativas. Por ejemplo, la información necesaria para obtener alimento o huir de los depredadores. Un guepardo ha de calcular la ruta de un antílope corriendo por terrenos irregulares a 100 km/h. La creencia del guepardo implica a las del antílope, que a su vez estaría generando sus propias creencias acerca de su ruta mientras lo persiguen, y esas creencias implican tanto al terreno sobre el que corre como a las creencias que pueda inferir del comportamiento del guepardo. Creer que lo que hacen ambos es generar meros constructos es una regresión al infinito, como lo sería una teoría de la evolución idealista.

Debido a nuestra adaptación evolutiva al mundo parece lógico esperar que muchas de nuestras creencias se correspondan con él, puesto que ello haría que nuestras posibilidades adaptativas —y, con ello, nuestra eficacia— se incrementasen considerablemente. Siguiendo con el argumento, el realismo epistemológico no debería aplicarse únicamente al conocimiento generado por nuestra especie, sino al de todas —o gran parte de ellas—, dado que sus capacidades cognitivas también han sido moldeadas por el mismo proceso. Este sería el argumento a favor del realismo que se desprende de la bioepistemología. El argumento bioepistemológico a favor del realismo epistemológico se basa en dos premisas: 1) la idea, ya presente en Konrad Lorenz (1982), según la cual los a prioris kantianos serían a posterioris evolutivos, y 2) que al menos una parte de nuestras representaciones y creencias sobre el mundo han de ser verdaderas para poder ser seres funcionales y adaptarnos al entornos. Las citas clásicas al respecto las encontramos en Quine (1969), para quien “las criaturas que yerran inveteradamente en sus inducciones tienen la tendencia patética, pero encomiable, a morir antes de reproducir su clase”, y en Popper (1990), para quien “a pesar de su incertidumbre, de su carácter hipotético, gran parte de nuestro conocimiento será objetivamente verdadero: corresponderá a hechos objetivos. De otro modo difícilmente habríamos sobrevivido como especie”. Cabe matizar que el realismo epistemológico que defienden los bioepistemólogos no es un realismo ingenuo, sino que asume el hecho de que nuestras capacidades son imperfectas y que incluso algunas creencias irreales serían efectivamente más adaptativas y eficaces. Pero defienden que ha de haber una cierta adecuación entre nuestro conocimiento y el mundo, aunque sea parcial e imperfecta.

La ventaja que encontramos en la defensa del realismo desde la bioepistemología es que los dos argumentos anteriores —el de las patadas y el de la unificación de las teorías— tenían una característica: el escéptico podía negarlos aunque asumiendo el precio de tener que forzar bastante su postura. Pero en este caso ya no se pueden negar los argumentos y quedarse de brazos cruzados. Si son negados sin más entonces uno caería en un absurdo negacionismo de la teoría de la evolución, pero si son negados y se intenta construir un contraargumento, elaborando una teoría alternativa de la evolución fuertemente antirrealista, entonces este antirrealista se estaría metiendo en un serio problema teórico del que no tengo muchas esperanzas que pueda salir victorioso.

Pese a todo lo dicho, al antirrealista aún le quedan dos balas en la recámara que se sitúan ya en el límite de sus posibilidades. El primero de ellos es que la ciencia es un producto cultural y no natural y que, por ello, no se le puede aplicar el argumento bioepistemológico para justificar que sus teorías han de ser, al menos en parte, representaciones verdaderas de la realidad. Este argumento, sin embargo, no parece muy convincente, porque presupone que hay un corte claro entre la cultura y la naturaleza cuando realmente son un continuo. La ciencia emplea las capacidades de las que la naturaleza nos ha dotado por medio de la selección natural para conocer nuestro entorno, únicamente las amplía por medio de herramientas tecnológicas o conceptuales.

El segundo contraargumento extremo al que se pueden aferrar los antirrealistas se basa en el éxito momentáneo de teorías científicas ya descartadas, como la astronomía ptolomemáica. Argumentan que si eran representaciones falsas de la realidad y las que tenemos ahora son verdaderas, entonces ¿cómo sabemos que las representaciones actuales no son falsas también, y que, sin embargo, funcionan? Aquí el contraargumento parece bastante sencillo, porque la bioepistemología nos permite ser realistas epistemológicos débiles pero no ingenuos. Pese a ser bastante falsa, la teoría ptolemáica no lo habría sido enteramente. Habría habido cosas en dicho modelo que eran expresiones del mundo real y que han pasado a teorías posteriores. Por ello funcionaba para hacer determinadas predicciones sencillas. Los modelos generales de Galileo, Newton y Einstein habrían sido cada vez más y más apegados a la realidad, empleando cada vez con mayor fineza y acierto nuestros mecanismos naturales de cognición a fin de realizar representaciones cada vez más depuradas del mundo. Quizás en un futuro un nuevo modelo supere al que propuso Einstein, pero ello no significaría que el modelo einsteiniano fuera enteramente falso ni que el nuevo sea enteramente adecuado.

Realismo… antirrealismo… ¿Importa?

El del realismo, como se puede observar, puede ser un debate infinito. Lo que he expuesto son los desarrollos menos enrevesados y en su versión más ‘de sentido común’. Sin embargo, en el mercado pueden encontrarse cantidades ingentes de versiones a cada cual más estrambótica. De un tiempo a esta parte, por ejemplo, se ha puesto de moda el realismo estructural, para el cual lo real no son las entidades sino las relaciones entre ellas. ¿En qué mente rota puede ser concebible que lo real sean las relaciones y no las entidades? ¿Relaciones entre qué? Y así muchas más cosas muy raras que suenan a marciano incluso en una facultad de filosofía, y eso que estamos curados de espanto. Lo que es cierto es que un científico normalmente es realista en su fuero interno y si lo fuerzas a tomar partido, como todos si no adoptamos una postura filosófica tan curiosa como el antirrealismo, pero en la práctica de la ciencia la cuestión es irrelevante. La ciencia no es la búsqueda de la verdad, la ciencia es un intento de explicar y predecir hechos en base a evidencia extremadamente fiable. Las teorías científicas y la actividad científica son exactamente iguales las veamos con gafas realistas o antirrealistas. Pero, aunque rechazar el realismo científico débil no implica, necesariamente, rechazar el criterio de demarcación, como hace, por ejemplo, Van Fraassen, según el presente análisis parece ser bastante razonable no rechazarlo.

La base de toda esta disputa reside, en última instancia, en distintas formas de definir el término ‘real’, algo bastante complejo porque se suelen solapar varias definiciones. Por ejemplo, la aspiración filosófica de ‘real’ como noúmeno y el uso habitual como ‘mi perro es real’, que significa que si entras a mi casa podrás ver algo que solemos denominar ‘perro’. Yo reivindico ese último uso, incluso aplicado a las entidades con las que trabaja la ciencia. Pero en ese caso no estamos hablando de realismo o antirrealismo, estamos hablando de qué tan dispuesto estás a creer en hadas o a asegurar que en Irak no existieron nunca esas armas de destrucción masiva. Y ese, amigos míos, es el único sentido de realidad que podemos considerar útil y consecuente.

Por Angelo Fasce

Boudry M, Vlerick M (2014) Natural Selection Does Care about Truth. International Studies in the Philosophy of Science 28 (1):65-77.
Diéguez A (1998) Realismo científico: una introducción al debate actual en la Filosofía de la Ciencia. Málaga: Universidad de Málaga.
— (2002) Realismo y Epistemología Evolutiva de los mecanismos cognitivos. Crítica, Revista Hispanoamericana de Filosofía 34(102): 3–28.
González W (1992) El realismo y sus variedades: El debate actual sobre las bases filosóficas de la Ciencia. In Carreras A (ed) Conocimiento, Ciencia y Realidad, Seminario Interdisciplinar de la Universidad de Zaragoza. Zaragoza: Ediciones Mira.
Haack S (1987) Realism. Synthese 73: 275-299.
Hacking I (1983) Represententing and intervining. Cambridge: Cambridge University Press.
Kant I (2009) Crítica de la razón pura. Buenos Aires: Colihue.
Landé A (1968) Nuevos fundamentos de la mecánica cuántica. Madrid: Tecnos.
Lorenz K (1982) Kant’s Doctrine of the a priori in the Light of Contemporary Biology. In Plotkin H (ed) Learning, Development and Culture.
— (1985) La otra cara del espejo. Barcelona: Plaza & Janés.
Popper K, Eccles J (1980) El yo y su cerebro. Barcelona: Herder.
— (1990) Towards an Evolutionary Theory of Knowledge. In A World of Propensities. Bristol. Thoemmes.
Putnam H (1975) Mind, Language and Reality. Philosophical Papers, vol. 2. Cambridge: Cambridge University Press.
Quine W (1969a) Epistemology Naturalized. In Ontological Relativity and Other Essays. New York: Columbia University Press.
Riedl R (1984) Biology of Knowledge: The Evolutionary Basis of Reason, Chichester: John Wiley & Sons.
Ruse M (1986) Taking Darwin Seriously: A Naturalistic Approach to Philosophy. New York: Prometheus Books.
Vollmer G (2002) Evolutionäre Erkenntnistheorie. Stuttgart: Aufl.

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13 comentarios en “¿Son las teorías científicas un espejo de la realidad o ficciones útiles?

  1. No leí todo, pero creo que concuerdo :v la ciencia es nuestra forma más refinada de concebir la “realidad” y lo único que importa en definitiva es lo que hacemos con esa concepción, si nos sirve o no en la práctica. No importa si los esquemas que dibuja la ciencia son 50%, 60% cuánto % cercanos a una supuesta “realidad” objetiva. Es simplemente nuestro esquema más válido y punto. Lo cual también implica que no es necesario llegar a “la verdad”. “la objetividad nivel dios :v”, porque aunque lo hagamos, seguiremos siendo humanos, y lo que importa más es nuestra condición y no las supuestas verdades que nosotros mismos fabriquemos. Es decir, de nuevo, que lo que importa siempre es, en última instancia, lo que hagamos en la práctica.

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  2. Siendo excéntrico. Basta con mirar en el cerebro (Dehaene, Damasio, Edelman, Changueux, etc.), para ver en dónde se siente y está eso de lo real y de la realidad.
    Lo que se sigue es este debate infinito que hace seamos más o menos humanos, pues la cuestión es de explicar y creer en lo que se siente, pues eso es lo que nos hace humanos: debatir.

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  3. Quise leer el artículo, pero noté que no citaste nada de los últimos 10 años pasando de largo la discusión actual sobre realismos selectivos y realismos estructurales. No leería un artículo así a menos que estuviera en primer año de universidad. Saludos.

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  4. Muy interesante la publicación. Y creo que no solo bastaría pensar en las ciencias naturales como “instrumentos” de acercamiento y predicción; las ciencias sociales tendrían un caracter similiar ¿no?

    Por cierto, a manera de correción: tengo entendido que no se dice “en base” sino “con base”. Solo es una observación ¡Saludos!

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  5. El realismo no se podrá defender “filosóficamente” (puede que pragmáticamente sí, la Ciencia es útil sin lugar a dudas) hasta que no se pueda tumbar el argumento de cómo observamos cualquier fenómeno (desde un átomo hasta una galaxia) sin que media entre nosotros y ese átomo o esa galaxia un instrumento: sea nuestros ojos, un microscopio, un telescopio…. no podemos conocer la realidad si no es a través de un punto de vista particular, no podemos “salirnos” de la realidad para observarla en tercera persona como un Dios asomado a un balcón. Además, es importante no perder de vista el argumento historicista: la sociedad actual, la Ciencia actual; no son un fin último, no son un producto acabado, sino un constante cambio. Igual que hace 20 siglos las explicaciones mitológicas eran la Verdad, hoy lo son los métodos científicos basados en ciertos axiomas. En otros 20 siglos los regímenes de verdad se guiarán por otros procedimientos, sin lugar a dudas.

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    1. No hay axiomas en la ciencia, especialmente cuando teorías tan asentadas como las leyes de Newton, están siendo debatidas últimamente (todo por el dichoso motor de microondas ese).

      El que disponamos de unos instrumentos para captar la realidad, no niega que hayamos fabricado otros mucho más capaces, para estudiarla. Al final nuestro acercamiento a la realidad sucede en múltiples direcciones, y con múltiples métodos, otorgándonos unas mediciones muy precisas, cuantificables y falsables. Y no veo razón de tomar esto como “una ilusión”, cuando incluso la interpretación que nuestros sentidos hacen, ya no sólo de la forma natural del objeto, sino de los datos que recabamos de él, se corresponden con información del mundo real.

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  6. Menudo tocho, tampoco lo leí entero, pero no es el realismo la suma del irrealismo?? Por qué desdeñar uno? Popper y el método científico actual con su método deductivo nos enseña que el camino es partir del realismo para explicar ése irrealismo del que se compone.
    Luego no hay que cerrarnos, partir de lo grande y real para descomponerlo en sus partes irreales que forman un todo que resulta real.
    Aún no se me ha caido el cerebro, pero solo es por vencer el miedo.

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  7. Si tu te posicionas con la ciencia actual y su método lo mas seguro es que te acerques mas a la verdad pero no en toda su dimensión, es una cuestión estadística en la que basa su premisa misma. Pero no abarca la totalidad de la verdad.
    Habría que indagar en que punto lo que se sale de ésa verdad deja de formar parte de la misma, por exceso o defecto, y desaparece. Acercarnos a esos límites a partir de los cuales se derrumban y dejan de formar parte del realismo.
    Ahí nacería la verdadera Ciencia, la verdad con todas sus dimensiones.

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  8. Necesitamos un método de vaya y vuelva las veces que hagan falta de lo grande y a lo pequeño y viceversa, retroalimentandose, buscando los límites externos, el centro de la cuestión es atrevernos a creer que es posible explicar todo, que no hay límites, y que hay una posible ecuación que lo resuelve. Abrir ésa posibilidad sin miedo.
    Pero no lo estamos haciendo bien, el que se atreve a indagar mas allá aún equivocado es un valiente, pero rápidamente sus colegas se reiran y despreciaran en vez de aplaudir su osadía con el consiguiente miedo de todos a atreverse a ir mas allá. Es la historia de la humanidad que se repite una y otra vez, así no se avanza tan rápido como deseamos.

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  9. Una herramienta debe tener algún tipo de relación estrecha con los objetos a los que se aplica. Un destornillador es una buena herramienta porque los tornillos son como son, y no de otra manera. Es más, sabiendo cómo es un destornillador, podríamos inferir con bastante seguridad y exactitud cómo son los objetos a los que se aplica y qué función cumplen. Por lo tanto, que las teorías sean (buenísimas) herramientas no contradice en absoluto que la mayor parte de lo que dicen sea (con suficiente aproximación”) verdad. Saber que el mundo es un mundo en el que las leyes de Newton permiten hacer predicciones asombrosas y cojonudas (aunque no perfectas, ni en todos los ámbitos) ya es saber algo que es verdad sobre el mundo. Así que la única forma razonable de ser instrumentalista es aceptar el realismo al que el éxito de nuestras teorías conduce.

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