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¿Detector de mentiras? Esta que cuelga y estiras

El detector de mentiras ya es parte de nuestra cultura. Sale en las películas de James Bond, en los programas de chismorreo de esa gente naranja que usa demasiado bronceador artificial, en Harry Potter —puto Snape—, y hasta se ha usado en juzgados durante esa época en la que los juzgados eran muy dados a la magufada —véase uso de hipnosis regresiva, comunicación facilitada, etc. Voy a ser claro, que ya se sabe que me va el porno duro y no los besitos en la nuca: el detector de mentiras no existe. No hay manera de saber, desde un punto de vista que demande fiabilidad científica, si alguien miente, está nervioso o aprieta el culo fuerte. Lo del detector de mentiras no pasa de ser un gran mito de la psicología popular, algo que ayuda mucho a guionistas de cine a quemar etapas hacia el final de la peli y poco más. De hecho, si un detector de mentiras se conectara a sí mismo tendría como resultado una situación tan jodida que cuesta concebirla. Aunque, yo que sé, a lo mejor con todo esto de la posverdad y lo posmo la chavalada le hace la ola a la situación. Pese a todo, como explicaré en adelante, estas máquinas sí tienen una aplicación práctica que puede resultar de utilidad en determinados contextos. No pueden ser promocionadas como detectores de mentiras de ningún modo razonable, pero sí miden algo, y lo miden más o menos bien, y ese algo puede ayudarnos a tomar ciertas decisiones siempre con cautela.

Por supuesto, a la base misma del problema de los polígrafos y sueros de la verdad tenemos un clásico problema filosófico —a veces obviado en algunas de las investigación al respecto con nefastos resultados. ¿Qué es ‘mentir’? Aunque en el uso cotidiano empleamos el término de modo informal, lo cierto es que definir lo que es y lo que no es una mentira es algo que ha traído de cabeza a ciertos filósofos —de hecho, yo recuerdo haber ido a algunas clases durante la carrera sobre el tema. Mentir, de entrada, puede definirse como afirmar algo siendo consciente de que no es verdad. Se trata de algo que pocos animales pueden hacer, porque requiere de unas capacidades cognitivas realmente potentes, aunque nuestros primos más aventajados suelen ser capaces. Hay que conocer bien el mundo, idear un relato alternativo convincente, ponerlo en práctica con disimulo, etc. Sin embargo, ¿cuán consciente hay que ser? ¿Qué tan no-verdadero ha ser lo afirmado? ¿La omision es una mentira? ¿Y la inconsciencia irresponsable? ¿Y los falsos recuerdos? ¿Se puede mentir diciendo la verdad? El tema es, pues, complejo. Muchas veces el nivel de consciencia que pueda tener la gente respecto a sus mentiras es variable, muchas otras la mentira puede ser llevada a cabo sin afirmar nada de forma explícita, y muchas otras el grado de verdad y de mentira implicados en la acción es muy ambiguo. La consecuencia directa de esto es que el desarrollo tecnológico necesario para poder detectar mentiras tendrá que ser terriblemente complejo si lo que se quiere es detectarlas en todos sus casos. Primero haría falta definir el concepto correctamente, luego tener en cuenta niveles de consciencia, conocimientos previos, cribar fallos expresivos… En fin, que con un polígrafo roñoso poco hacemos si nos ponemos realmente exigentes con la naturaleza de aquello que queremos medir.

Es mentira que diga la verdad

Vamos a repasar las diferentes técnicas que se han propuesto a lo largo de la historia para detectar mentiras a fin de analizar sus fallos y sus posibles puntos fuertes. La lista no es, ni mucho menos, exhaustiva, pero son los intentos más extendidos o, bajo mi punto de vista, interesantes:

1) El polígrafo: De lejos el caso más afamado. El polígrafo suele ser un pack de técnicas de psicofisiología —tecnicas que miden variables fisiológicas relacionadas con determinados estados mentales. Entre estas técnicas están el electroencefalograma —que mide la actividad eléctrica cerebral que puede detectarse a través de la cabeza—, la conductancia cutánea —cuando sentimos estrés nuestra capacidad para conducir electricidad a través de la piel aumenta—, la respiración, el ritmo cardíaco o incluso la expansión de las pupilas. La máquina suene ser una caja cuadrada a la que llega la información para ser procesada y después expresada por medio de unas rayas oscilantes en un rollo de papel, que el ‘experto’ suele ir marcando con la cara muy seria, como si tuviera el más mínimo sentido lo que hace con su triste vida. Todas estas técnicas son serias y está bien avaladas, aunque el electroencefalograma suele presentar bastante problemas metodológicos e interpretativos, porque los datos que suele aportar suelen ser muy variables y complejos.

El principio teórico básico del polígrafo consiste en que la mentira sería un estado mental que desencadenaría unas determinadas emociones y que dichas emociones serían estereotipadas y tendrían una respuesta fisiológica estable e intersubjetiva. Pese a que es evidente que mentir es un estado o proceso mental, y a que seguramente, a menos que seas político profesional o una buena actriz porno, mentir causa algún tipo de sentimiento que los demás notan, no es cierto, y esto está bastante bien refutado, que la mentira tenga, necesariamente, una respuesta fisiológica específica. Hay cuestiones inconscientes, como ciertos micro-movimientos faciales que hacemos todos respecto a sentimientos muy básicos como miedo o alegría, pero la mentira es algo tan complejo que dependiendo de las condiciones tendrá respuestas muy dispares.

Lo que puede medir un polígrafo es el estrés y el esfuerzo cognitivo —y hay que tener en cuenta que los electroencefalogramas que usan son tan cutres que normalmente es complicado afirmar que la medición de las ondas cerebrales pueda ser medianamente rigurosa.  Es decir, puede medir si nuestra respuesta ante una pregunta es estresarnos o si tenemos que esforzarnos mucho para elaborar una respuesta. En ambos casos si mantenemos la calma y estamos acostumbrados a mentir no debería notarse demasiado, especialmente si viciamos primero las preguntas control o si somos personas nerviosas de entrada —o más secos que un vicario del Opus Dei en una reunión de tuppersex. Hay muchas maneras de engañar a la máquina o de que la máquina de falsos positivos o negativos. Tanto así que los estudios controlados para medir la efectividad del polígrafo refutan concluyentemente que pueda servir para detectar mentiras. Su uso en tribunales es una auténtica barbaridad, porque los sospechosos saben cuales son las preguntas calientes y se pueden poner nerviosos cuando son interrogados por esas cuestiones específicas en la sesión de polígrafo, lo cual va a hacer que la máquina arroje unas mediciones muy altas, pero eso no quiere decir, ni mucho menos, que estén mintiendo. Yo mismo he podido engañar a un polígrafo —en este caso uno con un EEG bastante más potente que el habitual. Además de lo divertido que resulta jugar con los amigos y echarte unas risas, manteniendo la calma era sencillo engañarlo, y cuando me hacían preguntas comprometidas me ponía nervioso y eso se reflejaba. Si esto del EEG y de la psicofisiología es muy guay, pero tampoco nos pasemos de rosca.

2) La P300: Esta técnica ya tiene mucha más miga. Se trata, otra vez, del uso de electroencefalogramas, pero en este caso para medir potenciales evocados. Un electro normal y silvestre lo que mide es la actividad basal del cerebro, pero un potencial evocado consiste en medir la respuesta específica ante una actividad determinada. Por ejemplo, te pongo los electrodos en la cabeza, te pincho un dedo y miro qué potenciales eléctricos mide la máquina, y, de ese modo y tras mucho repetir, mucha matemática y bastante oficio, podría llegar a establecer una correlación entre el dolor y ciertos patrones de ondas cerebrales. La P300 es un caso muy bonito de este tipo de técnica. Se trata de un potencial automático —es decir, sobre el que no podemos ejercer control alguno—, que tiene 300 milisegundos de latencia —es decir, que aparece 300 milisegundos después del evento que lo evoca— y que se relaciona estrechamente con la memoria. Sobre su origen hay cierto debate, aunque hoy en día hay algún acuerdo general que indica que el principal sospechoso es el hipocampo, dado que su activación es esperable en las actividades que desencadenan la P300 y se trata una estructura que agrupa una cantidad enorme de neuronas en muy poco espacio, con lo cual podemos pensar que es capaz de dar lugar a un potencial tan potente. Además, los cálculos espaciales tomando como referencia los diversos electrodos también indican que el hipocampo podría ser la fuente, aunque no cabe duda de que hay una gran cantidad de otras regiones implicadas de un modo más o menos fundamental.

Lo curioso de la P300 es que, si bien es cierto que no puede ser empleada como un detector de mentiras propiamente dicho, sí puede ser empleada como indicador de reconocimiento de entidades significativas —también se puede usar para diagnosticar enfermedades como la esquizofrenia o algunas demencias, aunque su uso no está muy difundido. La gracia de la P300 es que es incontrolable por parte de individuo y que responde ante estímulos conocidos, con lo cual si, por ejemplo, te paso un montón de fotos de casas y llego a la casa del asesinato, y tú, como sospechoso, disparas una P300 ante ese estímulo, en teoría, será porque la has reconocido. A esto se le llama ‘prueba de conocimiento culpable’, dado que se trata de información que sólo podría tener aquel que es culpable del acto. Los estudios realizados al respecto muestran una tasa bastante alta de acierto —80% o incluso más en algunos estudios—, aunque esta tasa no es lo suficientemente alta como para considerar esta prueba una evidencia ante un tribunal garantista. Además, hay bastantes problemas metodológicos, porque la prueba tiene que ser llevada a cabo al poco tiempo del acto, la información tiene que ser profudamente significativa para el sujeto, y, claro, hay que acertar con la imagen adecuada. Sin embargo, es una técnica que sí puede ser utilizada para las investigaciones policiales. Por ejemplo, se puede emplear para encontrar cadáveres o armas, algo para lo que es cada vez es más empleada aunque con éxito variable.

3) Pentotal sódico: Esta droga a veces es denominada de un modo gratuito ‘suero de la verdad’, y su uso fue popularizado en los contextos pseudopsicológicos por los hipnotistas y los psicoanalistas. De hecho, tanto Charcot como Freud la usaron de forma profusa para hacer ‘emerger’ personalidades, o la histeria, o el inconsciente, y para todas esas cosas de magufos cabezahuecas que gustan hacer los psicoanalistas —la forma de pseudopsicología más extendida e influyente que hemos tenido. Lo que toda esta gente afirmaba es que el pentotal inhibe al Yo, de modo que el Superyo no puede reprimir al Ello y este puede manifestarse sin coacción. En palabras no gilipollas: que si te metes un chute de esto no puedes mentirle al tipo que te mira al lado del diván con la falsa e irritante creencia de no ser un pobre idiota. El pentotal sódico —o tiopentato de sodio— es una droga estrechamente relacionada con los barbitúricos —ansiolíticos, hipnóticos, etc.— y que, como estos, tiene un efecto depresor del sisema nervioso —es decir, inhibe la actividad del sistema. Para ello actúa como agonista de GABA, un neurotransmisor que se encarga de ‘tranquilizar’ a las neuronas. Actúa, de hecho, como falso GABA al unirse a sus receptores, a los que engaña y activa. Lo que propicia el pentotal sódico es un potente aunque corto efecto hipnótico que se parece mucho al que generan drogas como el zolpidem o stilnox, de modo que causa estados alterados de consciencia, sensación de irrealidad, desorientación, desinhibición y, en dosis altas, alucinaciones y el efecto clásico de ‘estar más colocado que un centro de Pirlo’, lo que, siguiendo el símil futbolístico, también se denomina ‘ponerse como Julio Alberto’.

El pentotal sódico ha sido empleado en numerosas ocasiones, incluso por fuerzas armadas en interrogatorios, pero, más allá del efecto hipnótico de manipulación que pueda tener para quien quiera colaborar pero tenga reparos, lo cierto es que es cualquier cosa menos un suero de la verdad. Lo que una persona colocada de barbitúricos pueda decir o no decir es propio de alguien colocado que puede delirar, confundir la verdad con la mentira, inventarse cosas o directamente balbucear cualquier estupidez. Es evidente que estando bajo los efectos de un hipnótico va a ser complicado dar grandes explicaciones o generar grandes mentiras, pero también es verdad que el testimonio de alguien bajo los efectos de las drogas es menos fiable que un coche italiano, ya sea como mentiroso o como fuente de verdad. El uso de este tipo de sustancias es algo que, además, puede resultar peligroso, dado que pueden provocar daño hepático o depresiones cardio-respiratorias. De hecho, el pentotal sódico se sigue usando hoy en día, en su aplicación intravenosa, como anestesia, y es el principal componente de la ‘inyección letal’ que aplican los estados con pena de muerte de este tipo.

4) Detección de mentiras por medio de la neuroimagen: No me voy a parar mucho aquí porque convertiría este texto en una tesis doctoral, pero sí quisiera hacer un breve comentario sobre la creciente publicación de supuestos ‘detectores de mentiras’ que emplean neuroimagen. Muchos de estos estudios están bien planteados, consiguen resultados y son publicados en revistas especializadas medianamente rigurosas, pero la tasa de aciertos —basante alta, por otro lado— y los problemas metodológicos siguen siendo una constante. Básicamente lo que se mide en estos casos es la actividad cerebral al ofrecer la respuesta, de un modo bastante parecido a lo que hace un polígrafo pero de una forma muchísimo más detallada. La premisa básica es que mentir provocaría una actividad cerebral mucho mayor que decir la verdad, y, aunque esto parece ser cierto de un modo bastante concluyente, no es el mejor indicador del mundo. No lo es porque dependerá de qué verdad. Quizás haya verdades que cueste recordar. Quizás haya verdades con un alto contenido emocional que pongan el cerebro en rojo. Y quizás haya mentiras asumidas de tal modo que decirlas no suponga un gran esfuerzo. Estos experimentos, a su vez, son llevados a cabo en gente joven y sana en un contexto experimental muy determinado y controlado, pero ¿pueden extrapolarse sus resultados a gente con depresión, drogodependencia o ancianos? Y, ¿pueden extrapolarse a personas que han asumido la mentira como verdad, o que son interrogados por cuestiones que sucedieron hace mucho tiempo?

Sobre estas cuestiones los estudios nos dicen más bien poco, pero, pese a todo, esta parece ser la línea más prometedora. La cuestión vuelve a ser la de siempre: encontrar el santo grial de la mentira. Hemos refutado que existan respuestas psicofisiológicas universales para la mentira, pero, quizás, sí existan esta clase de respuestas en el cerebro. Necesitamos más estudios. De momento la técnica está en pañales, aunque en algunos casos ya se ha utilizado incluso para condenar personas —al menos en países bananeros como la India. A mí, que conste, me gustan estos estudios e incluso los veo prometedores, pero para concretar algo sólido que pueda ser utilizado en un tribunal con ciertas garantías tenemos que dejar el hype a un lado, ponerne serios —algo que, no nos engañemos, no es que hagan todos los científicos—, y hacer estudios más sofisticados de los que aún no disponemos. Quizás en un futuro podamos encontrar algo, o quizás no. Quién sabe.

Cositas finales

Hay tres problemas básicos para detectar mentiras:

1) Poca elucidación conceptual de qué es y qué no es una mentira.

2) Solapamiento conductual entre verdad y mentira. Alguien se puede poner nervioso diciendo la verdad o puede estar muy tranquilo mientras miente.

3) Extrapolación de resultados a poblaciones no universitarios-jóvenes-sanos-guapos y fuera de contextos extremadamente controlados.

Por todo lo dicho, la investigación futura va a ser muy compleja. Lo que debe quedar claro, y es a lo que aspira este texto, es que ni colocarse de barbitúricos, ni ponerse electrodos en la cabeza ni, al menos de momento, meterse a una resonancia magnética funcional es garantía de nada. Así que podemos estar tranquilos: basta con que borremos el historial de navegación.

Por Angelo Fasce

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2 comentarios en “¿Detector de mentiras? Esta que cuelga y estiras

  1. Hola Angelo, gracias por esta interesante entrada. Dado que estamos en el tema de la detección de mentiras, ¿Qúe opinas de las técnicas de lectura del lenguaje corporal? En lo personal, siempre me han sonado a pseudociencia marketera, pero quisiera la opinión de un entendido.

    Saludos desde Chile, excelente blog.

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  2. Como todo lo anterior, deliciosa lectura para disparar las alarmas de la modorra intelectual y sentir que el placer de pensar se puede sentir.
    Pero mi asunto es otro. Quería decir que una cosa son los países bananeros y otra, las banana republic. Los primeros producen bananas, las segundas, pues …

    Le gusta a 1 persona

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