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Lo que la ciencia NO es

Hay un grabado de Goya llamado ¿Si sabrá más el discípulo? que suele ser explicado, apelando a uno de sus manuscritos, del siguiente modo: ‘Un maestro burro no puede enseñar más que a rebuznar’. Y eso es lo que la mayoría hace cuando toda definir la ciencia, rebuznos enseñados por maestros poco versados que han pasado de generación en generación bajo la forma de mantras nunca puestos en entredicho. La parcela del conocimiento que se encarga de dilucidar qué es la ciencia es la filosofia de la ciencia. Lamentablemente, porque la filosofía de la ciencia es extremadamente importante para dar pie y mantener una producción científica de calidad y para formar científicos con sólidas bases teóricas altamente competentes, se trata de un campo prácticamente desterrado de las clases y las facultades de ciencias. La culpa por esta situación es compartida por ambas comunidade. De la de científicos porque denostar la propia comprensión profunda de su campo los incapacita para reflexionar sobre él de forma real y de la de filósofos de la ciencia porque durante mucho tiempo se han perdido en mares de problemas absurdos o han producido desviaciones que de poco a nada le sirven a la sociedad, la ciencia o incluso a la propia filosofía —un campo que se ha caracterizado siempre por sus tendencias autodestructivas.

En este escrito quisiera desmontar cinco visiones tradicionales, muy extendidas, respecto a la naturaleza de la ciencia. Toda la argumentación se basará en derrumbar estos mitos tan enraizados, de modo que me guardaré para otro texto posterior, la segunda parte de este, la respuesta a qué es la ciencia. Entre los mitos que trataré están: la ciencia como epistemología por defecto, como buena observación, como la búsqueda de la verdad, como lenguaje, como método y como proceso cognitivo.

Dos puntos de vista folk acerca de la naturaleza de la ciencia

Hay algunas concepciones muy extendidas dentro de la población respecto a lo que es y lo que no es la ciencia. Voy a comentar las dos que considero las más comunes: la ciencia como ‘epistemología por defecto’ y la ciencia como ‘buena observación’. El primer punto de vista se basa en una concepción muy ingenua e idealizada de cómo se comportan los niños como agentes cognitivos (Carey, 1985; Bonawitz, 2012). La ciencia se define aquí como la forma en la que empezamos a conocer el mundo, y, por ello, los niños simplemente nacerían siendo pequeños científicos —una idea que puede rastrearse hasta Rousseau (2011). Según los defensores de este punto de vista —por ejemplo, la antroposofía y sus ‘escuelas Waldorf’—, a medida que vamos creciendo, por efecto del sistema educativo y de la alienación del entorno social, nos vamos convirtiendo en agentes cognitivos no científicos.

Sin embargo, tenemos evidencia de que los niños no se comportan como lo hacen los científicos (Faucher et al., 2002). Nuestro cerebro evolucionó con la morfología y la funcionalidad que presenta porque sobrevivir en la sabana africana era adaptativo, no pensar en mecánica cuántica o en psicología social (Mithen, 2002; Schneider, 2014) Los niños, claro está, no son totalmente irracionales (Wilkening y Sodian, 2005), pero tienden a sostener creencias basadas en la autoridad (Raviv et al, 1990; Bar-Tal et al, 1991), tienden —como los adultos— al pensamiento mágico (Rosengren, Johnson y Harris, 2000; Wooley, 1997), y sus capacidades para el razonamiento lógico respecto a la evidencia y a la causalidad están todavía inmaduras (Flavell, 1990; Gavrilova, 2009). Por supuesto, resulta evidente que tampoco emplean un método que podamos denominar como ‘científico’, una característica muy importante de la ciencia. En realidad, nuestro cerebro se ve afectado por una gran cantidad de sesgos innatos y algunas falacias nos parecen más correctas que la mayor parte de los argumentos de la ciencia (De Martino, 2006). La ciencia, de hecho, es un sistema de razonamiento centrado justamente en la lucha contra estas tendencias naturales que tenemos. Toda la gente que tiene contacto habitual con niños, y dos dedos de frente, se da perfecta cuenta de la antiintuitivo que resulta pensar en ellos como pequeños científicos y en los científicos como niños grandes.

Además de este primer e incorrecto punto de vista, hay otra visión muy común acerca de la naturaleza de la ciencia entre la población general. Según esta esta idea algo es científico cuando es una buena observación, una propuesta muy relacionada con la idea de la ciencia como sentido común (Ogborn, 2010). Por ejemplo, si alguien dijera ‘hay una mesa delante de mí’ considerar dicha afirmación como no científica o como falsa no sería razonable. Pese a ello, y aceptando que sería irracional negarle validez a dicha afirmación, estoy totalmente dispuesto a afirmar que ‘tengo una mesa delante de mí’ no constituye una declaración científica. Evidentemente, habría que estar enajenado para considerarla irracional o falsa, pero no todas las afirmaciones razonables de este mundo son científicas. Todos sostenemos una gran cantidad de creencias razonables sin que estas se deriven de evidencia científica directa —por ejemplo, cuestiones de sentido común, políticas o morales.

En ocasiones esta posición es defendida de una manera más sofisticada apelando a algunas prácticas que se consideran ‘ciencia antigua’, como el rastreo de animales (Carruthers, 2002) o algunos tipos de medicina popular (Ansari y Inamdar, 2010). Por supuesto, los rastreadores de animales son muy buenos observadores y, debido a la experiencia ocasional, podemos establecer que algunas plantas son capaces de paliar o de curar ciertas dolencias. Estas formas de proceder no son, ciertamente, irracionales en su contexto, pero las ideas en las que se fundamentan no son propiamente científicas. Estar científicamente seguro de la corrección de alguna idea es un paso más allá de la buena observación. La deducción o la capacidad de establecer correlaciones y causaciones son algunos de los procesos cognitivos que usamos en la ciencia, pero no son ciencia por sí mismos.

No lo son porque para ello tendríamos que ser capaces de reproducir los resultados o de seguir el razonamiento en términos claros, o de obtener evidencia ajena a sesgos y falacias, algo que ni la comunidad de restreadores ni la de chamanes lleva a cabo. Afirmaciones como ‘hay una mesa delante de mí’ son lo que habitualmente llamamos un ‘hecho’. En un sentido amplio, la ciencia consiste en explicaciones y predicciones de hechos, mas no en los propios hechos. La teoría de la evolución no es un hecho. El registro fósil es un hecho, los genotipos similares son hechos, la evolución de las especies es un hecho, y el neodarwinismo es la forma según la cual explicamos todos estos hechos y predecimos otros nuevos.

La ciencia no es la búsqueda de la verdad

Una manera muy tradicional de entender la ciencia es como el descubrimiento de verdades, una idea muy relacionada hoy en día el realismo científico fuerte (Levin, 1984; Psillos, 1999; Bunge, 2007). Sin embargo, pese a gozar de defensores, este intento de entender las teorías científicas como representaciones muy cercanas a la ontología del mundo es teórica y prácticamente insostenible. Este tipo de posiciones son blancos fáciles para los filósofos posmodernos, autores anticientíficos de todo tipo y relativistas epistémicos, y debemos admitir que están perfectamente autorizados a hacerlo. Después de todo, ¿cómo saben estos realistas fuertes acerca de la Verdad? Pese a que en ocasiones emplean ciertas estrategias inductivas (Iranzo, 2012), el problema básico de esta postura reside en que se trata de un tipo de realismo metafísico, desde una definición clásica de la metafísica (Carnap, 1931).

Pero hay posturas mucho más sofisticadas respecto a la definición de ‘verdad’ (Künne, 2003). La más popular es una definición contextual que incluye una reducción de la carga metafísica del concepto, definiendo lo verdadero como la idea con mayor apego a los hechos que conocemos en un momento dado (Pihlström, 2005, Bloor, 1983) o estableciendo que la verdad es una propiedad de los enunciados (Tarski, 1944, Popper, 1972). Todas estas posiciones normalmente están relacionadas con algún tipo de relativismo muy problemático en el primer caso (Siegel, 1987; Boghossian, 2006) y con el, también problemático, realismo semántico en el segundo (Dummet, 1978; Raatikainen, 2010). Quisiera señalar dos problemas significativos con respecto a estas ideas más elegantes de la verdad. El primero es un problema práctico que surge del nuevo carácter polisémico del término. Puedo estar de acuerdo con algunas definiciones contextuales racionales si no las confundimos con la definición metafísica del realismo fuerte, pero eso sólo ocurre sin ninguna aclaración preliminar en presencia de interlocutores altamente racionales muy poco comunes. Normalmente necesitas dar un pequeño discurso introductorio sobre la definición de ‘verdad’ que se está empleando, dado que no es la habitual.

Esta es, sin duda, una manera muy poco audaz de debatir con alguien que no va a jugar limpio, y los pseudocientíficos, por definición, nunca juegan limpio. En realidad, esta estrategia es uno de los mayores favores que puedes hacerle a un interlocutor versado en juego retórico sucio, especialmente si tenemos en cuenta que la definición metafísica es generalizada y está profundamente arraigada en las mentes de quienes escuchan el debate. ¿Por qué no, simplemente, hablar de que tal o cual teoría ‘presenta mayor apego a los hechos que conocemos’ en lugar de emplear un término totalmente contaminado por la tradición filosófica? Propongo, en este sentido, el uso de ‘la hipótesis o teoría que explica y/o predice mejor los hechos’ en lugar de ‘la verdad’, incluso en su acepción relativizada. Los problemas del realismo y la verdad son filosóficos, metafísicos e irresolubles en términos fácticos, y no deberían ser más una carga para la defensa de un criterio de demarcación, como ya lo fue en el pasado en las propuestas verificacionista y falsacionista, o en ciertas propuestas radicales posteriores (Bunge, 1982). La opción de entender las teorías científicas como la mejor manera de resolver un problema científico —explicar y/o predecir hechos— es una manera muy sencilla y estricta de defender lo mismo, pero con una mayor parsimonia metafísica.

El segundo problema de entender la ciencia como la búsqueda de la verdad es el problema de la subdeterminación (Quine, 1975). Dos o más hipótesis diferentes pueden explicar con el mismo éxito un conjunto de hechos. Tenemos algunos ejemplos de subdeterminaciones en la historia de la ciencia, y hoy en día podemos encontrar casos claros como, por ejemplo, en las diversas interpretaciones de la mecánica cuántica (Van Fraassen, 1980, Omnès, 1992). La subdeterminación es interesante, pero sus implicaciones a veces han sido sobreestimadas. En realidad, dado que se basa en algunos compromisos filosóficos desechables, es un problema sencillo de superar. En primer lugar, la subdeterminación sólo ocurre si analizamos la ciencia de una manera sincrónica, pero si introducimos un punto de vista diacrónico, como hizo Lakatos, es sencillo notar que los nuevos hechos normalmente terminan con la subdeterminación, dado que algunas teorías rivales serán incapaces de acomodarlos dentro de su interpretación sin verse seriamente afectadas.

Aunque, de todos modos, las subdeterminaciones sí presentan un problema muy serio si consideramos las teorías científicas como afirmaciones verdaderas o falsas, dado que en estos casos tendríamos al mismo tiempo dos o más verdades diferentes acerca del mismo conjunto de hechos. Esto es, por supuesto, muy contraintuitivo teniendo en cuenta la definición misma de ‘verdad’. Para superar este problema sería necesario apelar a una teoría extremadamente sui generis acerca de ella, una de marcado corte relativista. Sin embargo, si abandonamos esta idea la subdeterminación no es un problema en absoluto. Podemos tener las mismas explicaciones para el mismo conjunto de hechos y ya veremos cómo se comportan bajo la luz de hechos nuevos o en base a evaluar su capacidad predictiva. Este sería un punto de vista instrumentalista pero neutral respecto al realismo.

La ciencia como lenguaje

La visión de la naturaleza de la ciencia como la de un lenguaje, aunque suena muy rara al lector externo, tiene bastante tradición dentro de los intentos filosóficos de definirla. Históricamente se han dado algunos intentos especialmente serios de conceptualizarla de esta manera que van desde los albores de la filosofía de la ciencia hasta la metateoría estructuralista ya en los 70′ (Suppe, 1989; Balzer, Moulines y Sneed, 1987). El primer intento, y el más afamado, fue el del Círculo de Viena, especialmente a través de la figura de Carnap. Desde este punto de vista, hacer ciencia quedaría definido como ‘utilizar un determinado lenguaje’. No voy a entrar a analizar los detalles de estos dos intentos porque es aburrido y no tiene mucho interés hoy en día, pero sí quisiera apuntar sus problemas básicos.

El intento de desarrollar un lenguaje universal para la ciencia estuvo enmarcado dentro de lo que ha venido a denominarse ‘giro lingüístico’, y dentro del proyecto compartido por el Círculo de Viena de la ‘ciencia unificada’ (Neurath, 1937). La aspiración máxima de este proyecto era la construcción de un lenguaje fisicalista, de semántica extremadamente elucidada y sintaxis lógica altamente consistente, que sirviera para traducir todas las teorías científicas. De este modo, todas las ramas de la ciencia estarían unificadas por tal lenguaje que las reduciría lógicamente a la física, y, por ello, toda actividad que lo empleara con corrección tendría que ser considerada como ‘ciencia’. La ciencia quedaba retratada entonces como un ‘marco lingüístico’ basado en la manipulación de símbolos puramente significativos. Un lenguaje cuya característica básica sería la manipulación de enunciados protocolares básicos según determinados axiomas y reglas de transformación (Carnap, 1931; 1935; Schrenk, 2008).

Así, una teoría científica sería un sistema axiomático que funcionaría como ‘cálculo interpretado’. “Concebidas como conjuntos de afirmaciones sobre un determinado ámbito, las teorías se analizan o reconstruyen como teniendo cierta estructura que expresa las relaciones que mantienen entre sí las diversas afirmaciones y los diversos términos o conceptos con los que se realizan tales afirmaciones. La noción formal que expresa esa estructura es la de cálculo axiomático o, simplemente, teoría axiomática y se aplica por igual a teorías empíricas y teorías puramente formales” (Diez, 1997: 267).

Los problemas básicos de este intento son varios:

1) Simplemente no es capaz de recoger la totalidad de la actividad científica. Hay muchas cosas en la ciencia que no tienen mucho que ver con el lenguaje, como el método o la evidencia.

2) La idea de la pureza de los enunciados protocolares: Este es un problema fundamental de la propuesta, porque atañe a sus fundamentos más básicos. Según Carnap estos enunciados son indubitables. Es decir, si están bien expresados son verdaderos por definición. El problema es que Carnap nunca especifica el marco de validez de estos enunciados, que quedan muy mal definidos a lo largo de toda su obra (Ayer, 1936). A esta idea subyace una visión empirista muy ingenua en la cual uno es garante de verdad respecto a sus propias impresiones —lo que Dennett define como la idea de la ‘infalibilidad papal’ de estas posturas.

Además, supone en todo momento que del paso desde la experiencia a la expresión lingüística no hay equívocos y, por ello, que ambas cosas son equivalentes. Por si fuera poco —y este es el flanco por el que han atacado a esta idea autores como Kuhn—, Carnap no considera el heho de que el investigador selecciona hasta cierto punto los datos relevantes para sus intereses, con lo cual el conjunto de enunciados protocolares de un individuo o comunidad no pueden, por sí mismos, ser garantes de verdad según la acepción más fuerte del término (Hanson, 1958; Kuhn, 1974; Sellars, 1956). Esta idea, además, goza de evidencia empírica en su versión más moderada (Bülthoff y Newell, 2006; Taylor, 1998; Gallup, 2011)

3) Términos resistentes a una definición fisicalista: Carnap se encontró con algunos términos científicos que le provocaron auténticos quebraderos de cabeza al resistirse a ser definidos enteramente mediante enunciados protocolares (Hempel, 1950). No sólo las leyes o los existenciales, sino también las propiedades disposicionales y otros términos teóricos. Existen en ciencia determinados términos que tienen un alto valor explicativo pero que no pueden ser definidos en su totalidad por medio de enunciados protocolares. Ya sea tanto porque una parte de ellos aún no es fácticamente contrastable o bien por razones lógicas —como en el caso de las leyes.

4) Refutación empírica: La última y más contundente razón por la que debemos considerar al lenguaje una herramienta de la ciencia y no su naturaleza es que la evidencia experimental refuta que la ciencia sea un lenguaje. Rosemary Varley (2002) realizó una serie de experimentos muy interesantes acerca de las capacidades de algunos sujetos con afasia global severa para llevar a cabo razonamientos científicos. Este tipo de afasia normalmente tiene lugar tras un accidente cerebrovascular, una infección o un traumatismo craneoencefálico muy fuerte. Afecta a gran parte del hemisferio cerebral izquierdo, especialmente al área de Wernicke, en el lóbulo temporal izquierdo, encargada de la comprensión del lenguaje; al área de Broca, en el lóbulo frontal izquierdo, encargada de la producción de lenguaje; y al fascículo arqueado, encargado de la coherencia entre la comprensión y la producción lingüística. Los pacientes con afasia global son incapaces de comprender y producir lenguaje gramatical, aunque son capaces de comprender los aspectos prosódicos del mismo —dado que estos procesos son llevados a cabo en el lóbulo temporal derecho, que no tienen necesariamente afectado. Si la ciencia es un tipo de lenguaje que consiste en la manipulación de símbolos según determinados axiomas y reglas que funcionan como una gramática, entonces estos individuos deberían tener seriamente afectada la capacidad para realizar razonamientos científicos básicos.

El experimento consistió en observar la capacidad de estos sujetos para realizar tareas cognitivas que impliquen razonamientos hipotéticos-deductivos, contrastaciones empíricas, revisiones críticas y establecimiento de causalidades. Todos ellos procesos cognitivos típicos de la actividad científica. Pese a que uno de los sujetos sí presentó carencias en ciertos tipos de razonamientos, el otro no vio mermada su capacidad para el razonamiento científico pese a su dolencia. Ello evidencia que el lenguaje es una herramienta, mas no algo imprescindible para la ciencia.

La ciencia como método

El segundo punto de vista dominante acerca de la naturaleza de la ciencia dentro de la filosofía es el que la define como un método (Gower, 1997). Este es, de hecho, el punto de vista más popular, incluso entre los propios científicos, que son muy proclives a asimilar una determinada idea de ‘metodo científico’ con la propia ciencia. Este intento, parece muy prometedor desde un punto de vista superficial, pero se trata de una posición que incurre en terribles complicaciones si la analizamos en detalle. En efecto, emplear un método es muy importante en la práctica de la ciencia, incluso más que emplear un lenguaje adecuado, pero, ¿qué entender como ‘el método científico’? Se han sucedido diversos intentos muy sofisticados para definir este método, como el inductivismo ingenuo, el falsacionismo, el falsacionismo sofisticado, etc. (Nola, 2007) -cada uno de ellos merecería un comentario en profundidad que no haré. Pero, tristemente, todas estas propuestas mantien problemas de diverso tipo.

El inductivismo ingenuo es la idea de que la ciencia funciona únicamente mediante inducciones. Esta es, de hecho, la metodología típica expuesta en las clases de ciencia de secundaria. Pero el problema de la inducción, señalado por Hume, y el mito ya expuesto de la pureza de las observaciones son problemas lógicos y epistemológicos a los que esta prouesta no es capaz de hacer frente. Además, claro, del hecho de que muchos científicos emplean otro tipo de métodos en sus investigaciones que van más allá de las inducciones. El falsacionismo, la idea de que el trabajo científico consiste en intentar refutar las ideas que otros investigadores sostienen, también encierra enormes complicaciones. La aparición de la falacia de argumento desde la ignorancia es una de ellas: las teorías científicas deberían ser aceptadas simplemente porque nadie ha probado su falsedad. Sin embargo, esperamos de una teoría científica mucho más que eso, especialmente buenas instancias de confirmación (Hansson, 2006), porque lograr una confirmación científica no es tan sencillo como intuía Popper. También la idea de los ‘experimento cruciales’ es problemática, porque los científicos habitualmente tienen maneras muy complicadas de eludir las refutaciones. Incluso pueden ganar la guerra después de perder algunas batallas.

El método hipotético-deductivo propugna que la ciencia es una actividad basada en la contrastación de hipótesis apelando a ciertas ‘implicaciones contrastadoras’ que se desprendan de ellas. Este ha sido probablemente el intento más sofisticado para desarrollar un método científico universal, pero aún mantiene una gran cantidad de serios problemas. Incluso si podemos explicar una gran parte de la ciencia utilizando este método como un marco interpretativo, lo cierto es que resulta muy decepcionante en otras. Resultan especialmente demoledores el problema de la subdeterminación y el hecho de que gran parte de los investigadores utilizan otros métodos, como inducciones, modelizaciones, explicaciones, deducciones, etc. —por ejemplo, fisiólogos, arqueólogos, biólogos evolutivos o historiadores no emplean habitualmente este tipo de método en sus investigaciones.

El falsacionismo sofisticado lakatosiano (Lakatos, 1978), por su parte, fue desarrollado como un intento de superación del falsacionismo ingenuo popperiano. Lakatos desarrolló una visión muy heurística e influyente acerca del desarrollo y funcionamiento de la ciencia, caracterizándola como una especie de competencia darwiniana entre diversos programas de investigación. Estos programas competirían entre sí tratando de refutar a sus rivales a través del tiempo mientras trabajan en solucionar sus propios problemas internos. En este tipo de falsacionismo no tenemos experimentos cruciales, en favor de un desarrollo histórico muy complejo que se ajusta mucho mejor a la historia real de la ciencia. Sin embargo, el principal problema de las ideas de Lakatos en relación a definir a la ciencia como un determinado método es que no constituyen un método propiamente dicho. Lakatos reconstruye la historia de la ciencia desde un marco racional de interpretación, pero sus ideas no especifican los métodos específicos utilizados para lograr confirmaciones y disconfirmaciones científicas.

Por último, como intento de superación de todos estos problemas, encontramos una opción radical basada en el negacionismo del método. Las más relevantes de estas propuestas fueron los paradigmas y el “todo vale”. Aquí, la ciencia simplemente no tiene un método. Kuhn sostenía que el método científico es relativo al paradigma en el que la comunidad de investigadores se ve inserto, y estos paradigmas son inconmensurables entre sí (Kuhn, 1962). Con ello, inicialmente relativiza la noción de método, aunque más adelante introdujo algunos valores —convencionales— que guiarían nuestra preferencia por uno u otro. Feyerabend (1989), por su parte, sostuvo que todo vale en ciencia si funciona. Ningún método es absoluto o debe ser propuesto como hegemónico. El criterio de demarcación se desvanece en algunas consideraciones sobre valores consensuales en ambos casos. El problema de estas propuestas negacionistas, sin embargo, es obvio: los científicos utilizan un método y este método es importante, progresa y debemos considerarlo como una parte esencial de la ciencia.

Como respuesta no radical a toda la problemática expuesta se ha desarrollado una solución parcial basada en establecer que la ciencia tiene muchos métodos (Bell y Newby, 1977, Kellert, Longino y Waters, 2006), una idea habitualmente denominada ‘pluralismo metodológico’. Sin embargo, el problema principal de esta idea son las características que unificarían a todos estos métodos, algo para lo que los defensores de estas posiciones no tienen un acuerdo. Si desarrollamos un nuevo método, ¿qué tipo de rasgos necesitamos buscar en él para poder llamarlo ‘científico’ de forma justificada? Para producir evidencia científica un método debe ser fiable. El uso de un método fiable es la fuente última de la fiabilidad de la ciencia, que se materializa en el uso de la evidencia científica para apoyar las teorías que serán científicas. Un método científico necesita presentar estas características principales:

– No puede verse afectado por falacias y sesgos: El planteamiento epistemológico de la metodología necesita ser consciente de la posible incidencia de estos fenómenos. Las falacias deben ser evitadas y los sesgos, como rasgos inherentes al funcionamiento del cerebro humano, deben ser mitigados tanto como sea posible. Un método afectado por estas cuestiones no es fiable y, por ello, no podemos considerar sus resultados como evidencia científica.

– Ser intersubjetivamente compartido en todos sus pasos: En ciencia, debido a su naturaleza empírica y su externismo en la justificación doxástica, la evidencia y la metodología no pueden basarse en la mera autoridad o en experiencias privadas. En algunos campos es complicado reproducir experimentos —como sucede en algunas parcelas de la psicología o de la sociología—, pero, al menos, la metodología ha de ser clara y todos sus pasos han de estar debidamente garantizados.

– Estar basado en procesos sensitivos del sistema nervioso: Esto se relaciona con la reproducibilidad, dado que las experiencias místicas y las iluminaciones no pueden ser consideradas como fuentes fiables de información al ser supuestas experiencias privadas. La ciencia es investigación empírica y cada nombre, concepto o enunciado debe estar, en algún momento, referido directa o indirectamente a experiencias sensitivas. La inclusión de esta cláusula permite rechazar la metafísica como ciencia por definición.

La ciencia como proceso cognitivo

Podemos encontrar una tercera propuesta de definición de la ciencia, esta algo más contemporánea. Me estoy refiriendo a la visión de la ciencia defendida por el denominado ‘giro cognitivo’ (Martínez-Freire, 1997), un grupo de filósofos de la ciencia que desde los años 80′ emprendió la tarea de entender la ciencia como un tipo particular de proceso cognitivo. Su punto de vista surge de la naturalización débil de la epistemología (Kim, 1988; Giere, 1985), un tipo de naturalización del campo que se resiste a la naturalización completa planteada por Quine (1969). Defienden la combinación de la investigación empírica acerca de la naturaleza de la ciencia como un proceso cognitivo con un punto de vista normativo típicamente filosófico que nos permitiría establecer un criterio de demarcación normativo.

Estos autores, con Giere (1988), Thagard (1988) y Goldman (1986) como referentes, consideran las teorías científicas como un conjunto de representaciones basadas en información empírica, y la actividad científica como el desarrollo de estas representaciones sobre la base de ciertas reglas. Sin embargo, y pese a que el primer objetivo de su trabajo fue la definición de la ciencia, en más de treinta años su análisis ha sido un fracaso total a la hora de ofrecernos un criterio de demarcación sólido. El trabajo de Giere es increíblemente rico y supuso la introducción de ideas muy novedosas en el campo, pero su criterio de demarcación es sorprendentemente débil. Considera que algo es científico con sólo emplear representaciones y prestar atención a la evidencia (Giere, 1979). Incluso rechaza el término ‘pseudociencia’, prefiriendo hablar de ‘ciencia marginal’. Su criterio resulta muy problemático, dado que introduce una cantidad considerable de lagunas legales. ¿Qué significa ‘prestar atención a las evidencias’? ¿Acaso la no-ciencia no emplea representaciones?

Thagard, por su parte, ha propuesto dos criterios distintos a lo largo de su carrera, y ambos resultan igual de insuficientes. El primero de ellos (Thagard, 1978) fue lo suficientemente problemático, compartiendo muchas ideas con el de Giere, como para ser descartado por él mismo, y el segundo fue uno de tipo multicriterio muy simple y especulativo (Thagard, 1988) que él mismo define como un mero esbozo. Goldman ha sido un poco más atento con el criterio de demarcación, pero, sorprendentemente, nunca ha realizado ninguna propuesta explícita. Esto, es probable, se deba a que no es un filósofo de la ciencia stricto sensu, centrando su trabajo en epistemología general.

Sostengo la idea de que las principales propuestas de giro cognitivo no son útiles para definir lo que es ciencia y lo que no. De hecho, no dudaría en afirmar que casi todos los libros del giro cognitivo presentan unas pocas ideas realmente interesantes flotando en un mar de palabrería vana y mucho hype. Resulta evidente que la ciencia es un proceso cognitivo, pero esta es una definición tan general y vaga que no es suficiente para desarrollar un criterio. Al fin y al cabo, la pseudociencia también lo es. Aunque su enfoque es adecuado a grandes rasgos, definir cuándo un proceso cognitivo es o no científico es algo que los autores del giro cognitivo no han sido capaces de plasmar en un criterio bien establecido.

Comentarios finales

La ciencia no es ninguna de estas cosas, pero es posible dar una definición de ella. Defenderé en un próximo artículo que se trata de una forma de garantía epistémica muy particular, algo que me tomará cierto espacio desarrollar. Resulta llamativo que poca gente se adhiera a este definición, la que más aceptación tiene en la actualidad entre filósofos de la ciencia. Y, además de resultar llamativo, resulta una auténtica pena. Es una pena porque la inclusión de la filosofía de la ciencia en las clases de ciencia es el mejor antídoto tanto para la mala ciencia como para el pensamiento pseudocientífico. No deja de resultar ligeramente perturbador que, pese a dedicarse a ello, muy pocos científicos sean ralmente capaces de ofrecer una definición mínimamente articulada de su actividad. Espero, pues, que este escrito al menos siembre la semilla de la sospecha en todos lo que creen saber qué es la ciencia y que, a su vez, desprecian o ningunean su filosofía.

Por Angelo Fasce

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14 comentarios en “Lo que la ciencia NO es

  1. Yo he tenido problemas con colegas en foros que me acusan de “platónico” a la hora de definir ciencia, pero yo me pregunto: ¿cuando conceptuamos es posible no ser platónicos? Yo lo dudo mucho…

    Venga, écheme la bronca o dígame si voy acertado:

    “Rama del conocimiento humano que busca obtener un nivel de certeza lo máximo posible, siendo éste saber objetivo y predictible, es decir, es independiente de su descubridor o formulador, quien crea modelos teóricos que nos ayudan a entender el funcionamiento del mundo, el ser humano y la relación entre ambos.
    Para ello formula hipótesis (que han de tener solidez lógica, sin falacias ni sesgos), luego mediante la experimentación y ensayo comprueba la validez de dichas hipótesis, para finalmente demostrar su grado de certeza haciendo predicciones que nos ayudan a enteder de donde venimos, quienes sómo y adonde vamos.”

    Creo que me tiré demasiado por lo de “la ciencia como método científico”, ¿no?

    A la espera de su siguiente artículo

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    1. Es una definición muy interesante la que has hecho, a ver si coincide con la que hare en el otro artículo 😉

      Sobre lo de ser platónico… es complicado no serlo, pero evitable. Hay una tendencia innata al platonismo, está bastante bien estudiado. Una tendencia a darle estatus ontológico a los conceptos que usamos. Sin embargo, la ciencia no debería funcionar así, debería entender que los conceptos son meras herramientas para ordenar el mundo de una manera que puede ser mejor o peor.

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      1. Con platónico me refiero a idealista, no quiero decir que la ciencia “real, verdadera y pura” exista en un mundo aparte como el sabio griego xD Lo que quiero decir es que si nos vamos a poner a conceptuar, es inevitable en buena medida idealizar. Luego habrá ciencia de la buena, de la mala o adulterada de un modo u otro por nosotros (esos imperfectos humanos) y la que no podemos considerar ciencia sino mierda… pero creo importante saber aclarar conceptos por idealistas que suenen, porque son necesarios para saber hacia donde debemos encaminarnos.

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  2. Muy interesante. Espero la segunda parte.

    En cuanto a tu frase “No deja de resultar ligeramente perturbador que, pese a dedicarse a ello, muy pocos científicos sean ralmente capaces de ofrecer una definición mínimamente articulada de su actividad.” Quizá estas siendo un poco severo, ¿no? ¿Crees que un científico que explica la ciencia según uno de tus ejemplos de lo que la ciencia NO es (típicamente «la ciencia como método») no ofrece una definición «mínimamente articulada»? Tu artículo tiene un buen puñado de referencias y parte de un cierto bagaje previo que cuesta un esfuerzo conseguir. ¿Cuánto tiempo tengo que dedicarle a la filosofía de la ciencia para poder definir (y justificar) satisfactoriamente mi actividad? ¿Esa definición «bien articulada» cambiará mucho mi trabajo día a día, mis resultados, su interpretación, sus predicciones? Pregunto sin acritud ni pedantería.

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    1. Hola Andy,

      Sí, es posible que haya sido un poco severo. Tiendo a extralimitar lo que digo, no puedo evitarlo. De todos modos, no creo que vaya tan desencaminado. Normalmente los científicos son capaces de dar una definición (como bien dices, normalmente de la ciencia como método), pero cuando rascas un poco en lo que dicen se les suele caer el alma al suelo con facilidad. Tener una definición sólida, comprender tu actividad como científico, es muy interesante y sí, mejora en buena medida la producción científica. No sólo resuta más sencillo plantear experimentos o pensar en hipótesis de trabajo, sino que hace más consciente al científico de cuándo su actividad no está siendo buena o a la población en general acerca de quién y qué es una buena fuente de información científica y quién o qué no.

      Normalmente con un curso bien planteado y dado por alguien competente y con la cabeza bien puesta encima de los hombros sería suficiente. Nunca me cansaré de defender que, aunque los científicos no se vayan a dedicar a hacer filosofía de la ciencia, es algo que debería estar en todas las carreras de ciencias. Es inevitable que los científicos hagan filosofía de su actividad, y no en casos especiales, en el día a día. Y no estoy sólo en esto, muchos de los grandes centros de investogación del mundo (MIT, Max Planck o incluso el CSIC) tienen departamentos de esto, y además departamentos muy activos.

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  3. Muy interesante! Gracias por el post.
    Sólo un pequeño comentario al margen: la búsqueda de un lenguaje universal para la ciencia tiene una larga historia, un intento bastante interesante se encuentra en Ramón Lull (S. XIII), y ejemplos más conocidos en Leibniz y John Wilkins (S. XVII)… Aunque, dicho sea de paso, ninguno de ellos intentaba identificar ciencia y lenguaje…

    Un saludo desde la comunidad de los filósofos, y hasta el próximo post!

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  4. Hola Angelo que buena lectura.
    ¿Podrías por favor realizar una diferenciación de definiciones entre epistemología, filosofía de la ciencia y gnoseologia?
    Te lo agradecería mucho, espero la segunda parte.

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    1. Hola Alvaro,

      La teoría del conocimiento y la gnoseología (en desuso hoy en dí) son lo mismo (igual que la epistemología, aunque la epistemología a veces, sólo a veces, se confunde con la filosofía de la ciencia). Es el campo que reflexiona sobre lo que es y lo que no es el conocimiento en un sentido amplio. La filosofía de la ciencia es una rama de la epistemología que se centra en la ciencia y que se pregunta, a grandes rasgos, sobre ella en un sentido filosófico. Cabe decir que todos estos campos tienen una intencion normativa, es decir, pretenden decir cuándo algo es o no es ciencia, o cómo debería funcionar el conocimiento o las instituciones que lo promueven. No se limitan a levantar acta de lo que hay.

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  5. No jodas, es gigantesca la cantidad de fuentes que has usado para estos cuantos párrafos. ¡Qué dedicación a este texto! me viene a la mente. Ha estado bien y te felicito, gracias por escribirlo. Es bastante útil.

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