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Los candados abiertos de la violencia

Todos, hayamos vivido o no violencia en primera persona, somos perfectamente conscientes de sus terribles consecuencias, tanto físicas como psicológicas, e incluso culturales y ecológicas. Su gravedad, junto a su inextirpable prevalencia social, ha hecho que la violencia haya sido estudiada por la ciencia en todas sus vertientes, tanto su origen biológico como sus desencadenantes o las posibilidades de prevención de las que disponemos. En este sentido, uno de los mayores problemas iniciales que nos vamos a encontrar al hablar de violencia es qué entender por ella. El término además de ambiguo es polisémico, dado que en su uso habitual es empleado para una amplia gama de comportamientos que, consideramos, guardan un cierto parecido de familia que, en ocasiones, se fundamenta en apreciaciones subjetivas. Aquí me ceñiré a la definición más acotada del término, que considera la violencia como una conducta o situación que produce un daño o sometimiento grave a una o muchas personas.

Cabe resaltar los términos ‘deliberada’ y ‘grave’ dentro de la definición, dado que la violencia, para ser tal, ha de superar con creces el daño o sometimiento inevitable o ligero o razonable, y, además, este daño grave ha de ser llevado a cabo de forma plenamente consciente y responsable. No se puede ser violento sin querer, eso sería un accidente. En este sentido, es importante resaltar la diferencia entre ser agresivo y ser violento. Una persona agresiva es aquella que mantiene una actitud extremadamente enérgica en una determinada situación, ya sea tomando riesgos excesivos o cometiendo agresiones para conseguir sus fines. Ser agresivo no es intrínsecamente malo, y no debemos confundirlo con la violencia. Yo, por ejemplo, escribo a veces de un modo agresivo, y ciertas personas plantean sus carreras de un modo agresivo. Hay veces en las que emplear un lenguaje de ese tipo o incluso agredir a otro puede estar justificado. La violencia, en cambio, es un paso más allá, es el paso en el que la agresión se convierte en irracional dado que ya no persigue siquiera un fin justificable, siendo innecesaria y ajena a la ética.

La agresividad constituye un comportamiento habitual en los animales, siendo parte del día a día de casi cualquier especie. A través de ella se establecen jerarquías e incluso se consiguen determinados objetivos grupales o individuales. La violencia, en cambio, aunque existente, es algo más rara de encontrar. Los animales suelen desarrollar ciertos mecanismos sociales a veces denominados ‘mecanismos de aplacamiento’ que expresan la sumisión ante la agresividad de otro, dando a entender que esta ya no es necesaria. Todos entendemos muy bien a los perros y, por extensión, relativamente bien a los lobos y zorros. Los mecanismo de aplacamiento entre los cánidos son tan fácilmente reconocibles como bajar la cabeza y meter la cola entre las patas, siendo la máxima muestra el tumbarse panza-arriba dejando la yugular a merced del otro. Los lobos, sin embargo, rara vez pasan de eso, siendo animales prosociales que pocas veces se muestran violentos traspasando las barreras de la agresividad y la sumisión. En los seres humanos estos gestos también son fácilmente reconocibles, expresados mediante el lenguaje tanto oral como corporal por ejemplo, un tono suplicante, extender los brazos y las manos, abrir la boca y los ojos en gesto de miedo, etc. La persona violenta será aquella que no haga caso a estos mensajes y continúe con las agresiones.

La violencia se suele clasificar según estos tres tipos: 1) Autoviolencia: suicidio, automutilación. 2) Violencia interpersonal: peleas o insultos entre individuos, violencia doméstica, agresiones de odio, violencia sexual, acoso escolar, etc. 3) Violencia colectiva: guerras, genocidios, violaciones masivas, etc. Cabe mencionar que el suicidio, la violencia psicológica o la violencia estructural como la esclavitud en todas sus variantes son también muestras de violencia, aunque sea contra nosotros mismos o no hayan agresiones físicas explícitas.

Nunca fuimos ángeles

Una mala y muy común interpretación de la teoría de la evolución es la famosa frase que la define como ‘la supervivencia del más fuerte’. De eso nada. La teoría de la evolución, y ya sería una formulación bastante simplona, defendería en realidad ‘la supervivencia del mejor adaptado’. La diferencia entre el más fuerte y el mejor adaptado es muy sencilla: el más fuerte es el que más hostias reparte y el mejor adaptado es el que mejor sobrevive en términos generales. Es la diferencia entre Chuck Norris y Jackie Chan, la diferencia entre la patada giratoria y nada más, y el tener recursos como para poder acabar con todo un batallón del ejército israelí usando una canasta y un boli bic soy fan de poster de Jackie, tenía que meterlo por algún lado. O para escapar del batallón. Quiero decir que Chuck por más fuerte que sea la palma fijo. Aunque puede coincidir, ser más fuerte o violento no es necesariamente la actitud que te va a hacer dejar atrás más descendencia. Esto es perfectamente descrito por una rama de la matemática aplicada llamada ‘teoría de juegos’, que explica que colaborar puede ser mucho más adaptativo que ir por ahí dándote de guantadas con todo el que pase. Ir por la vida animal de cani esquinero / chuloplaya te lleva a perder valiosa energía; desgastarte físicamente hasta estar débil y que uno menos fuerte acabe contigo; encontrarte con otro más fuerte que tú, no calibrar bien la situación, enfrentarte a él y acabar fulminado; o, y esta es bastante común, que dos o más menos fuertes establezcan una alianza y vayan a por ti.

Si todos somos trozos de pan, entonces si nace un cabrón este nos dominará y se hará con toda la descendencia, pero si todos somos violentos, entonces si nacen individuos colaboradores se podrán aliar y dominar a la población. Por ello, se sabe que la mejor táctica está en el punto medio y es denominada ‘colaborador vengativo’. Los individuos que colaboran con los otros pero que vengan el trato explotador son los que habitualmente se imponen, dado que combinan ambas estrategias. Aunque la colaboración es tan potente que se sabe que, en determinados contextos, la estrategia de ‘dar una segunda oportunidad antes de ser vengativo’ es todavía más adaptativa. Por esta razón los animales no suelen enfrentarse entre sí de formas desaforadamente violentas. Normalmente las agresiones se basan en la intimidación o se detienen en un momento determinado, o se combate a cabezasos/velocidad/colores/saltos, etc. La violencia se suele reservar cuando la situación es de vida o muerte, o cuando un enorme esfuerzo o algo extremadamente valioso está en juego. Por ejemplo, para disputas territoriales o para casos de ataques a las crías donde las madres se muestran implacables. Así que podéis tenerle más miedo al ataque de una leona que al de un león: si ella te está atacando es porque, probablemente, va a llegar hasta el final. Ellas matan por sus crías, que son vulnerables, mientras que él mata por su harén, que no lo es tanto. Aunque, eso sí, cuando los leones machos demuestran violencia antes otros machos rivales extranjeros es algo realmente estremecedor y sangriento: una vez pierden un harén será complicado que consigan otro además del sustento que le dan las hembras-, mientras ellas, en cambio, pueden esperar al próximo celo.

Sin embargo, en la naturaleza también se dan casos de violencia y no hay que irse muy lejos para encontrarlos, tanto que basta con mirar a nuestros primos más cercanos. Aunque no a cualquiera de ellos. Por ejemplo, los orangutanes son seres casi angelicales en los que la violencia es casi inexistente. Los gorilas pueden ser agresivos, aunque en general son bastante bonachones. Es extremadamente raro que tengan comportamientos violentos, suelen intimidarse y poco más. Y los bonobos, pese a mostrar más agresividad que los anteriores, tienen mecanismos de aplacamiento basados en el folleteo que resultan tan efectivos que sus sociedades son verdaderas comunas hippies. Pero los chimpancés son harina de otro costal. Durante mucho tiempo pensamos que eran tan pacíficos como los demás, pero las observaciones realizadas por Jane Goodall en su revolucionario trabajo en las selvas del Gombe refutaron esta creencia. De hecho, los chimpancés pueden llegar a ser terriblemente violentos, especialmente con las hembras y con los miembros más vulnerables y pequeños de sus manadas, a los que someten a verdaderos tormentos incluidas las crías, que a veces son asesinadas por mera envidia o celos. En la adolescencia tardía los machos jóvenes suelen crear bandas para despedazar monos o ciervos que, desafortunados los pobres, puedan caer en sus manos.

También hacen incursiones en el territorio de grupos rivales con gran sigilo para matar a algún miembro que encuentren aislado. Las matanzas y abusos que cometen en estos casos, además, no son rápidas. Pueden ser realmente despiadados, sometiendo a la víctima a una larga agonía llena de tortura y ensañamiento que puede acabar en canibalismo o no. Porque los primatólogos han llegado a concluir que los chimpancés en ocasiones simplemente matan por matar, porque les resulta atractivo hacerlo. Los chimpacés son, además de nosotros, los únicos animales en los que se ha visto este tipo de comportamiento, que incluye también guerra por represalias o asesinatos por venganza. Las guerras desatadas entre las manadas del Gombe fueron detalladamente descritas por Goodall, que no lograba entender el porqué de ese nivel de violencia. Acabó concluyendo que estas guerras organizadas se debían a una escalada de violencia propiciada por los agravios, la violencia furtiva y el odio mutuo, algo que resulta tan humano que cuesta creerlo.

Los humanos, sin embargo, tenemos niveles de violencia muy cambiantes. No somos bonobos, sin duda, pero tampoco somos chimpancés. Nuestros mecanismos de aplacamiento suelen ser relativamente efectivos, y la cultura modela nuestro comportamiento desde la violencia más descarnada hasta sociedades en las que somos tan majos entre nosotros que también resulta raro para la biología. La agresividad está en nuestra naturaleza, eso es innegable. Los niños son agresivos por naturaleza e incluso aún hoy en día mantenemos comportamientos instintivos tan reveladores como apretar los puños y preparar los músculos de la mandíbula cuando nos sentimos enfadados o amenazados. Sin embargo, también somos tremendamente empáticos, algo que reduce en gran medida la violencia dentro de nuestros grupos. En ese sentido, seríamos un nivel intermedio entre los chimpancés y los bonobos: no solemos ser violentos con los nuestros, pero sí lo somos con otros grupos. Esto se relaciona estrechamente con nuestra naturaleza tribal y segregante. Nunca he existido un época dorada, nunca ha existido ese ‘buen salvaje’ del que tantos filósofos exotistas, como Rousseau o Montaigne, han hablado, y que algunos, como Margaret Mead, han intentado fundamentar. Las sociedades humanas son tremendamente violentas cuando se abren los candados que desencadenan ese tipo de comportamientos. Esta idea del buen salvaje fue desmontada con el trabajo de, entre muchos otros, Napoleón Chagnon y Jared Diamond. De hecho, si observamos las sociedades que supuestamente habitaban los buenos salvajes, como las de los yanomami, lo que encontramos en una cantidad de violencia en todas sus formas que supera en gran medida la que podemos cuantificar en nuestras propias sociedades supuestamente corrompidas.

Catalizadores

Cabe preguntarse entonces acerca de qué tipo de factores son los que hacen que una persona, en la que podemos esperar comportamientos agresivos esporádicos, termine llevando a cabo actos violentos. Porque cuando la violencia humana se desencadena deja a la de los chimpancés en auténtico ridículo. Somos capaces de las más retorcidas atrocidades, de las más desalmadas matanzas y de los más crueles e irracionales abusos. La capacidad destructiva del ser humano es sobrecogedora. No tenemos nada que hacer contra un elefante o contra un leopardo, pero no somos físicamente desdeñables. Somos capaces de hacer mucho daño físico y de desatar las tormentas de violencia más destructivas, tanto para los demás como para el entorno, incluso si sacamos de la ecuación desarrollos tecnológicos como ametralladoras o bombas, que ya nos sitúan como una amenaza para el mismísimo planeta. Pese a ello, normalmente la violencia humana es controlable por medio de la educación y la cultura, teniendo aversión la gran mayoría de nosotros a infligir violencia en los demás. Nos es más sencillo matar a distancia, apretando un botón y soltando una bomba, que apretando un gatillo y viendo al otro recibir el disparo, y mucho más complicado aún matar a alguien con un cuchillo o asfixiándolo, de un modo, digamos, más ‘natural’. Hay que sacarnos de nuestra posición habitual para ello. Se trata de actos disruptivos que suponen también autoviolencia, que nos rompen en muchos niveles. Pese a los casos extremos, los seres humanos no somos asesinos por naturaleza, lo cual no quiere decir que seamos buenos o que, en las condiciones adecuadas, no podamos ser auténticos monstruos.

Factores que propician la violencia humana:

Trastornos mentales: El más afamado es el caso de la psicopatía, aunque otros, como el trastorno límite, drogodependencias, demencias, incapacidad para controlar la ira o trastornos que ocasionen estados psicóticos, también pueden conllevar actos violentos. Sólo un 10% de los enfermos mentales llevan a cabo estos comportamientos, pero pueden llegar a constituir el 40% de los casos de violencia en nuestra sociedad según los criterios más o menos laxos que emplee cada estudio otros los rebajan hasta el 10%, pero se restringen a muy pocos trastornos. La tasa, de todos modos, no es nada despreciable. El caso de los psicópatas es especialmente interesante. Estos individuos se caracterizan por ser incapaces de tener empatía emocional, es decir, son incapaces de contagiarse de las emociones de los demás o de predecir el mundo emocional de otras personas en base a extrapolar el suyo propio. Sí tienen, en cambio, empatía cognitiva, siendo perfectamente capaces de integrarse en la sociedad, aunque llevando habitualmente vidas solitarias y carentes de contenido afectivo. Por todo esto, los psicópatas no responden como el resto de la sociedad a los mecanismos de aplacamiento que podamos llevar a cabo para detener su agresividad. Entienden por qué lo haces desde un punto de vista meramente intelectual, pero no interpretan el comportamiento de un modo emocional. No desecadenan sus propias respuestas emocionales asociadas, como la pena o el sentirse mal con ellos mismos. Los psicópatas no tiene por qué ser más agresivos que la media o por qué cometer actos violentos, pero, en caso de verse ante la posibilidad de cometer uno de estos actos, tendrán muchos menos escrúpulos.

Hormonas: Hay cuatro hormonas que están íntimamente relacionadas con la violencia: la vasopresina, la testosterona, la serotonina y la adrenalina/noradrenalina. Niveles bajos de serotonina dificultan en gran medida el control de la ira de hecho, la policía inglesa ha llegado a repartir chocolates como prevención de altercados en zonas de fiesta, porque el chocolate tiene altos niveles de triptófano, que es un precursor de la serotonina. Niveles altos de este neurotransmisor, en cambio, reducen considerablemente la agresividad. La vasopresina es una neurohormona que cumple bastante funciones y sobre la que tenemos bastante evidencia de que genera que el hipotálamo desencadene conductas agresivas con mayor frecuencia. La noradrenalina, por su parte, es segregada en momentos de tensión, amenazas o retos, activando ciertos receptores de nuestro cerebro y generando así una respuesta adrenérgica llevada a cabo por el sistema nervioso simpático las típicas respuestas de lucha o huida. Este tipo de estado nervioso hace que seamos más proclives a cometer actos violentos, bajando nuestros niveles de empatía emocional y produciendo una respuesta conductual súmamente impulsiva. Por esta razón, drogas como la cocaína o el speed aumentan los casos de violencia. La testosterona, por su parte, mantiene una relación compleja con la violencia. Hay mucha evidencia acerca del aumento que ocasiona en los niveles de agresividad y acerca del descenso de empatía tras el aumento de esta hormona típicamente masculina aunque las mujeres también la tienen en cantidades bajas, regulando, por ejemplo, el comportamiento sexual. La testosterona, sin embargo, tiene niveles extremadamente cambiantes incluso durante el día, y normalmente aumenta mucho tras la agresión o la victoria tras un comportamiento dominante. Niveles altos de testosterona causarían mayor agresividad, pero no está del todo claro hasta qué punto es causa o efecto de la violencia en casos concretos. Y, por si no fuera poco con esto, los resultados son inconsistentes y parece ser que la relación entre la violencia y la testosterona está mediana por la cultura y las expectativas, siendo, más bien, un factor de riesgo.

Sesgo de autoridad y pensamiento de grupo: Hay dos sesgos cognitivos que parecen estar habitualmente en la base del aumento del comportamiento violento. En primer lugar, el pensamiento de grupo. La gente tiene tendencia a seguir el pensamiento estandarizado de un grupo humano al cual se considera perteneciente. Ello parece estar relacionado con nuestra tendencia a construir y a aceptar relatos que unifiquen las tribus en las que nos vemos insertos, que generen un sentimiento de pertenencia que nos resulta muy importante psicológicamente. De este modo, hay una tendencia innata en nosotros a seguir la conducta general aunque esa conducta sea violenta, dado que hacerlo en ese contexto, con el apoyo del resto, se siente menos reprobable a nivel ético. También hay una tendencia general a que los grupos sean no sólo más estúpidos que la estupidez media de sus integrantes, sino a que su forma de actuar sea más radical a como lo harían sus componentes por separado. A esto se le llama ‘sesgo de grupo’ y supone una radicalización conductual del conjunto.

Una tercera y mucho más peligrosa tendencia general consiste en la deshumanización de los otros grupos. Cuando dos grupos humanos no mantienen relaciones entre ellos hay una tendencia general a que entre estos se retiren el estatus de humanidad. Ejemplo de esto son los bárbaros a ojos de griegos y romanos, o el encuentro entre amerindios y europeos en algunos casos, como en el encuentro entre europeos y bosquimanos, se llegaron a reportar casos de antropofagia inconsciente. La deshumanización es algo muy bien estudiado y que se promueve en las fuerzas armadas, tanto en su contacto con las poblaciones locales —no confraternizar con el enemigo, como en el propio trato que reciben los soldados. El lenguaje militar es un buen espejo de esto, evitando continuamente el uso de términos demasiado emocionales o cercanos. Por ejemplo, a los pelotones de fusilamiento se les prohibe entablar la más mínima conversación con aquel que tienen que ejecutar. Hay casos bien documentados de soldados que, pese a haberlo hecho otras veces, no han podido fusilar a alguien con sólo saber su lugar de procedencia o el nombre de sus padres. Pero el estatus de humanidad tan rápido como se reconoce, se quita. Un buen ejemplo fue la tregua de navidad durante la primera guerra mundial, en la que los soldados alemanes e ingleses cantaron villancicos juntos, intercambiaron regalos y llegaron a jugar un partido de fútbol en el territorio que separaba las trincheras para, acto seguido, comenzar a matarse otra vez entre ellos en la absurda defensa de un trozo de tela. Por supuesto, en el caso de relatos religiosos o nacionalistas este peligro de deshumanización es máximo dada la propia dogmatización del sesgo presente en el relato.

El sesgo de autoridad también es causa de comportamientos violentos. Tenemos una tendencia innata a obedecer ciegamente a la autoridad, unos más que otros, pero un enorme porcentaje de la población se comporta de este modo. La autoridad, además, no suele estar claramente delimitada y fundamentada, siendo normalmente el gurú que apela a los sentimientos por medio de la demagogia el que más capacidad tiene para movilizar a la población hacia el abismo. Es tal nuestra capacidad de plegarnos a la voluntad de una autoridad que los estudios suelen arrojar resultados realmente siniestros, llevando a la gente hasta situaciones en las que se convierten en auténticos seres desalmados capaces de todo. Un ejemplo clásico es el experimento de Milgram, en el que el 65% de los participantes llegó a dar una descarga eléctrica potencialmente mortal por el mero influjo de un tipo vestido con una bata blanca diciendo ‘continúe por favor’. Cabe mencionar que un 30% no llegó a la descarga mortal pero sí a un nivel de electricidad muy peligroso, haciendo caso omiso a las llamadas de socorro de la otra persona.

Pero también existen héroes. Gente bien constuida éticamente que decide luchar contrar estos sesgos y mantener una postura reflexiva, aunque esto los lleve a enfrentarse al resto de su grupo. Un ejemplo de esto es Hugh Thompson, héroe de guerra en Vietnam, un conflicto armado en la que el ejército norteamericano cometió toda clase de atropellos contra la población vietnamita. Uno de los peores episodios, tremendamente cruel y enajenado, fue la masacre de My Lai, donde el ejército arrasó, matando, violando y mutilando, todo un poblado bajo las órdenes de un teniente que perdió todo norte imaginable y que fue seguido ciegamente por su pelotón. Hugh fue enviado con un helicóptero a recoger a este pelotón y se encontró con el horror. Él, en lugar de seguir las órdenes, rescató a la pobre gente que quedaba viva y dio la orden a sus artilleros de disparar contra los soldados que atacaran a civiles. Hugh Thompson, claro está, fue acusado y excluido, pero esta clase de comportamientos son pequeños rayos de luz entre la habitual sumisión ciega.

Thompson: ¿Qué está pasando aquí, teniente?
Calley: Es asunto mío.
Thompson: ¿Qué es esto? ¿Quiénes son esas personas?
Calley: Sólo estoy siguiendo órdenes.
Thompson: ¿Órdenes? ¿Órdenes de quién?
Calley: Yo sólo las sigo …
Thompson: Pero, estos son seres humanos, civiles desarmados, señor.
Calley: Mira Thompson, esto es mi show. Estoy a cargo aquí. No es asunto tuyo.

Cultura: Lo que permite conseguir individuos como Hugh Thompson es la educación, eso y estructuras sociales que eviten el pensamiento de grupo, aumentando las capacidades críticas de la población a fin de oponerse a la autoridad individual o colectiva. El pensamiento crítico es básico, tanto como lo son los esterotipos positivos y las recompensas sociales ante el comportamiento ético y pacífico. Hablar sólo de la gente violenta no es suficiente, es necesario también, tanto o más que tener una policía eficaz, ofrecer modelos de comportamiento, gente a la que admirar y a la que se aspire. Una sociedad con niveles bajos de violencia es una sociedad plural, en la que se fomente la diversidad de pensamiento y la libertad individual, abierta, en la que se dificulte el pensamiento de grupo, e igualitaria, en la que las aspiraciones sociales sean compartidas y no hayan grupos llenos de resentimiento y frustración. La segregación y la desigualdad son las mayores fuentes de violencia que conocemos. Ello fomenta que los de arriba vayan escorando hacia posiciones cada vez más excluyentes y que los de abajo vayan radicalizando su frustración y sus nulas perspectivas, encontrando consuelo en grupos violentos y, progresivamente, aumentando así la deshumanización dentro de la sociedad en todos sus niveles.

Una buena noticia es que estas sociedades existen y van aumentando su espacio dentro de la aldea global. De hecho, sabemos que la violencia ha descendido de forma tremenda desde que tenemos registros históricos. En términos generales, cada vez mueren menos personas en guerras, se cometen menos asesinatos y violaciones, y cada vez los valores sociales penalizan con mayor severidad a los violentos. Ese es el camino, qué duda cabe. Ojalá el futro mantenga esta tendencia y los ángeles que nunca lo serán podamos fingir cada vez mejor.

Por Angelo Fasce

4 comentarios en “Los candados abiertos de la violencia

  1. Angelo, creo que coincidimos bastante en el punto de vista de la violencia. Somos genes y memes, como leí una vez a tu colega, Jesús Mosterín, y la cultura es la que va modelando y modulando los comportamientos del animal que somos.
    También recuerdo haber leído a Juan Luis Arsuaga el paleoantropologo, que el homo sapiens y los homínidos precedentes somos ‘guerreros’, y nos viene de atrás, de nuestros primos los chimpancés. También decía que las guerras -cuando empezaron a surgir los estados- afortunadamente cada vez menos frecuentes, son -eran- para el hombre una especie de juego, una lucha por conceptos, ideas, dioses, etc. Por ello en la actualidad hay tanta pasión por el deporte, especialmente el de equipo. En cierto modo el deporte llena un poco el vacío de los instintos guerreros.
    Más o menos esto es lo que dice el paleoantropologo en el libro, El sello indeleble, que escribió junto al psicólogo Manuel Martín-Loeches.

    Para mi, lo fundamental en el tema de la violencia es partir de la base de nuestra realidad, de cómo somos (genes y memes) y, a partir de ahí corregir con la cultura, la educación y la ley, todo aquello que moral y socialmente es recriminable. Pero sería un error negar nuestra biología y nuestro pasado.
    Añado que al feminismo radical, creo que no le gusta este enfoque, pero es más realista y puede atajar mejor el problema de la violencia machista.

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    1. Exactamente, lo del buen salvaje es un gran mito. Es bastante posible también que los deportes sean una forma de canalizar lo que antaño era partirnos la cabeza entre nosotros por equipos. De hecho, muchos programas de prevención de la violencia usan el deporte como una herramienta. La teoría memética la trataré en otra entrada. Hay muchísimo que decir sobre ella. Queda pendiente😉

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  2. Me gustaría saber que trabajos hay sobre la predisposición individual a la violencia contra personas (o a veces objetos o animales).
    Cuál es el origen de las diferencias entre individuos? Hay algun “gen de la violencia” o es 100% ambiental? Tanto los trastornos mentales como los nieles de hormonas pueden tener bases hereditarias, me parece.

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